Por Galán Madruga, el historiador

En la Biblioteca Nacional José Martí se conserva un manuscrito de extraordinario valor historiográfico titulado La conquista del espacio cubano. Este documento pertenece a los fondos personales de Juan Pérez de la Riva y ha circulado de manera limitada entre los especialistas dedicados al estudio del territorio, el poblamiento y la estructura social de Cuba. A pesar de su relevancia, el manuscrito casi nunca ha sido citado de manera explícita. En el año dos mil cuatro el Fondo Editorial de la Fundación Fernando Ortiz publicó una edición parcial que reunió conferencias, apuntes y fragmentos dispersos. Esta edición permitió visibilizar una parte significativa del proyecto del autor aunque dejó claro que la ambición del manuscrito original era mucho mayor y que su estructura conceptual nunca fue plasmada en un libro definitivo.
La propuesta teórica que emerge del manuscrito parte de una idea central. El espacio es una categoría histórica y no un escenario pasivo. El territorio organiza la economía, determina el poblamiento, condiciona la circulación del trabajo y estructura las relaciones de poder. La conquista del espacio se presenta como un proceso prolongado que comienza con las mercedes de tierras del siglo dieciséis y continúa con la fundación de villas, la apertura de caminos, los desmontes, la creación del batey esclavista, la expansión del ferrocarril y la reorganización territorial impulsada por el capitalismo azucarero y por el imperialismo norteamericano. La historia de Cuba aparece entonces como una sucesión de conquistas espaciales que moldean de manera duradera la vida social y económica.
Dentro de este marco conceptual la idea de hinterland desempeña un papel fundamental. El interior de la isla no fue ocupado mediante un crecimiento demográfico espontáneo sino a través de una estrategia administrativa que precedió al poblamiento real. Los cabildos adjudicaron enormes extensiones de tierras que debían ser controladas aunque la presencia humana fuese mínima. La fundación de Bayamo, Sancti Spíritus, Trinidad, Puerto Príncipe y Remedios obedeció a la necesidad de asegurar jurisdicción sobre espacios inmensos donde la densidad de población no alcanzaba para sostener estructuras políticas complejas. Las villas funcionaron como centros de irradiación que organizaron una red de vecindarios, hatos, corrales y caminos. La conquista del hinterland permitió al poder colonial extenderse hacia regiones alejadas del litoral y garantizar un control mínimo sobre territorios difíciles de penetrar.
La historiografía regional confirma esta lectura. En el caso de Bayamo la ciudad se convirtió en el núcleo organizador de la cuenca alta del río Cauto. Su hinterland incluía vegas tabacaleras, zonas ganaderas, enclaves agrícolas y caminos que unían la ciudad con Manzanillo, Jiguaní y la Sierra Maestra. Olga Portuondo y otros historiadores han demostrado que esta estructura territorial generó una cultura cívica sólida que explica el protagonismo de Bayamo en los acontecimientos de mil ochocientos sesenta y ocho. La historia política bayamesa no puede entenderse sin examinar primero la conquista del espacio interior que fortaleció las redes de cohesión local.
Camagüey constituye otro ejemplo significativo. La ciudad de Puerto Príncipe surgió rodeada de sabanas extensas y su poblamiento disperso se explica por la predominancia de la ganadería. El hato camagüeyano funcionó como unidad económica, social y territorial. Las distancias entre viviendas eran amplias y la movilidad asociada al pastoreo determinaba la organización del trabajo y el modo de vida. Jorge Ibarra describió esta estructura como esclavitud patriarcal. La mano de obra esclavizada estaba integrada en unidades domésticas que funcionaban según lógicas distintas de las del ingenio. El manuscrito de Pérez de la Riva coincide con esta interpretación y señala que Camagüey formó parte de una Cuba B donde la conquista del espacio produjo formas de habitar y de autoridad que no se ajustaban al modelo de la plantación azucarera. El análisis de la conquista del hinterland en Camagüey revela un mundo donde el territorio se habitaba desde la movilidad y no desde la concentración disciplinaria.
En este punto resulta pertinente la teoría de la hacienda ganadera patriarcal formulada por Ángel Velázquez. Según Velázquez la hacienda ganadera no debe ser entendida solo como unidad productiva. Es un sistema de vida que produce un habitar específico. La autoridad del hacendado se ejerce en un espacio sin límites rígidos donde la vigilancia de aguadas, el desplazamiento para reunir el ganado y la relación directa con la sabana generan una identidad territorial y cultural propia. La mano de obra esclavizada participa de este modo de vida con mayor flexibilidad laboral que en el ingenio. La hacienda patriarcal produce un ritmo espacial que difiere del paisaje disciplinario del occidente azucarero. El manuscrito de Pérez de la Riva muestra que la conquista del hinterland camagüeyano creó territorios autosuficientes donde el espacio abierto estructuró el carácter social de la región.
La región de Trinidad ofrece otra variante de la conquista del espacio. La ciudad, fundada en el siglo dieciséis, se transformó durante los siglos dieciocho y diecinueve en un enclave azucarero asociado al Valle de los Ingenios. El hinterland trinitario integró serranías, valles interiores, ingenios, vegas y un puerto marítimo. La historiografía regional destaca que Trinidad no replicó exactamente el modelo occidental. Su estructura productiva y social se organizó de manera más híbrida debido a la interacción entre ciudad colonial antigua y plantación moderna. Pérez de la Riva reconoce estas particularidades y observa que la conquista del espacio trinitario se realizó mediante la integración de zonas rurales diversas que dependían de rutas interiores y de conexiones regionales con Sancti Spíritus, Remedios y Cienfuegos.
La región de Remedios y Santa Clara también demuestra que la conquista del espacio no fue homogénea. Remedios surgió en el litoral norte y sufrió ataques corsarios que obligaron a trasladar parte de su población al interior. Allí se fundó Santa Clara que se convirtió en un nodo de articulación regional. La ciudad organizó un hinterland compuesto por vegas tabacaleras, haciendas ganaderas y pueblos menores que fueron ocupando la región central. La red de puntos poblados de Las Villas se formó de manera más equilibrada que en el occidente. Pérez de la Riva destaca que esta red permitió una ocupación territorial más diversa donde coexistieron varios sistemas económicos.
Holguín constituye otro caso notable. Los estudios regionales muestran que su poblamiento se debió a inmigraciones provenientes de Jamaica después de la ocupación inglesa. El hinterland holguinero integró zonas ganaderas, vegas tabacaleras y pequeñas manufacturas. La región desarrolló un poblamiento más denso que otras zonas del oriente interior. Pérez de la Riva observa que esta dinámica surgió de una conquista del espacio que se orientó hacia el norte y que generó una estructura social más cohesionada.
La visión territorial de Pérez de la Riva converge con las ideas sociológicas de Jorge Ibarra. En La crisis de la esclavitud patriarcal, La esclavitud patriarcal en las regiones al margen del mercado mundial y Regionalismo en el Departamento Oriental y Central de Cuba Ibarra explica que las regiones alejadas del mercado mundial produjeron formas de esclavitud doméstica, identidades territoriales fuertes y comportamientos políticos singulares. La integración entre estas obras y el manuscrito de Pérez de la Riva permite comprender que la conquista del espacio interior generó regiones con ritmos propios. La Cuba A del occidente azucarero no explica la totalidad de la isla. La Cuba B del interior y del oriente desarrolló estructuras sociales distintas que influyeron en la historia política.
Hasta este punto el análisis se ha desarrollado dentro de un marco marxista que privilegia la estructura del trabajo, la economía y la demografía. No obstante esta perspectiva puede enriquecerse mediante una lectura filosófica inspirada en la fenomenología del habitar de Martin Heidegger. Según Heidegger el espacio no existe como extensión neutra. Es una apertura donde el ser humano habita y se relaciona con el mundo. Los modos de habitar producen sentidos y determinan experiencias. Esta reflexión permite reinterpretar la conquista del espacio narrada por Pérez de la Riva. La cuadrícula urbana de las villas impone un modo de habitar racional. El batey azucarero impone un habitar disciplinario donde el trabajo organiza la vida. La hacienda ganadera patriarcal genera un habitar móvil donde la relación con la sabana es central. Los cafetales serranos generan un habitar adaptado al relieve y a la economía familiar. Cada uno de estos modos produce identidades territoriales.
La historiografía económica clásica había vislumbrado algunas de estas diferencias aunque con una fuerte tendencia a privilegiar la zona occidental. Obras como El ingenio de Moreno Fraginals, la Historia económica de Cuba, los estudios de Le Riverend y la vasta obra de Levi Marrero en Cuba, economía y sociedad describieron con precisión la estructura de la plantación y el papel del azúcar. Sin embargo estas obras dedicaron más atención al occidente. El resto de la isla aparece como apéndice o como espacio marginal. La conquista del espacio que describen se concentra en la franja habanero matancera y deja en sombra la complejidad del interior y del oriente. Por ello el manuscrito de Pérez de la Riva constituye un avance metodológico. Su proyecto es abarcar la totalidad del territorio nacional y no solo la zona más estudiada por la historiografía económica.
A pesar de la riqueza de estas investigaciones persiste una ausencia notable en la historiografía cubana. No existe aún una continuidad que articule en un solo libro la totalidad de las líneas abiertas por Pérez de la Riva. Además de esta ausencia la investigación contemporánea ha producido un número considerable de estudios regionales y locales. Existen trabajos sobre el desarrollo urbano de Holguín, la historia económica de Guantánamo, las dinámicas del Cauto, la estructura del Escambray, la evolución del tabaco en Vueltabajo, la red de pueblos interiores de Las Villas y la agroindustria en Ciego de Ávila. Aunque todos estos estudios poseen un alto valor académico permanecen como piezas aisladas. Ninguno ha logrado consolidar una interpretación totalizadora de la conquista del espacio nacional. Cada obra ilumina un fragmento. Ninguna articula el conjunto. La geografía histórica de Cuba continúa necesitando una síntesis que integre estas investigaciones con una visión panorámica que abarque el territorio completo.
La conquista del espacio cubano requiere un estudio más profundo y abarcador que incorpore los aportes de la economía, la demografía, la sociología regional, la antropología de la hacienda patriarcal, la fenomenología del habitar y la historia ambiental. La interpretación del territorio cubano necesitaría un libro que recorra todos los niveles del análisis espacial. El poblamiento indígena y su desaparición. La adjudicación temprana de tierras y los mecanismos de poder colonial. La formación de hinterlands urbanos y rurales. La expansión de la ganadería y del ingenio. El impacto del ferrocarril. Los modos de habitar que surgieron en cada región. Las diferencias entre Cuba A y Cuba B. El peso de la memoria espacial en la identidad nacional. La historia cubana carece aún de una obra que abarque todos estos elementos y que dé continuidad al proyecto intelectual que Pérez de la Riva dejó esbozado en su libreta.
Mientras este estudio no se realice la conquista del espacio seguirá siendo una obra inconclusa y abierta. Un proyecto que espera ser completado. Un territorio que exige una lectura que abarque su totalidad material y simbólica. Una clave indispensable para comprender la historia de Cuba desde sus suelos, sus distancias, sus rutas y sus modos de habitar.