El gran artista ovetense José Luis Férnandez (1943) defiende, en esta retrospectiva de toda su obra en la sala de exposiciones del Palacio de los Barrantes-Cervantes promovida por la Fundación Obra Pía de los Pizarro, que el sentimiento es una emoción cargada de una idea.
Él se lanzó a la aventura más arriesgada de todas -el arte- no para encontrarse a sí mismo, sino también para entrar en otro mundo infinitamente más vasto.
Toda su producción expuesta en este marco incomparable es esencia y pasión, con la ambigüedad que todo artista sabe reconocer como propia en lo más hondo de su ser, pero también con el propósito de la ocupación de un espacio para llenarlo de misterios y claves con las que ha construido cada pieza.
La forma de cada obra constituye un contenido que en un proceso de despojamiento llega al núcleo definitivo y último de su cristalización, porque su comprensión propia del lenguaje de las formas significa estar más cerca del enigma, significa vivir, porque la creación de formas, repite Macke, significa vivir.
A este repertorio, en el que se hace manifiesta la sabia conjunción plástica entre creador y materia, se le debe aplicar ese secreto que debe guardar su perífrasis, invencible y móvil, a la vez, irreductible y renovable mediante un movimiento que lleva a la escultura fuera de los senderos ya trillados.
Fruto todo de ser un auténtico hacedor que no dejó de buscar su camino hasta descubrirlo, inventarlo y construirlo de nuevo en cada pieza, hallando su esencia en el proceso de su origen.





Es esa indagación la que da lugar a una irradiación de un campo de fuerza que al espectador le abre un espacio con ese acopio, y que le incita a interrogar cada obra y dejar que ésta se exprese, y además apreciar cómo el ritmo domina los efectos de la materia (con el relieve, la textura, el volumen, el brillo y la nitidez), tanto como el alcance de su valor y color.
Fiedler decía que la importancia de los artistas relevantes está en que su arte lleve lo nuevo a la consciencia. Lo que, en su caso, además, se suma al concepto de Cézanne, de que el sentido del arte debe surgir en su realización, que ha de mostrar y descubrir lo esencial que impregnará su obra.
En definitiva, toda su voluntad artística es una emanación de su vida entera que pulsa a través de la historia para oponerse a la fuerza de la gravedad del tiempo que pasa configurando todo lo existente.
Por todo ello, se siente como Holofernes, dotado de una imaginación creadora, extravagante, loca, llena de formas, de figuras, de objetos, de ideas, de apariciones, de sobresaltos, cambios y transformaciones. El útero de la memoria las recibe, la matriz de la reflexión las nutre y nacen según la ocasión las hace madurar.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)