Por Coloso de Rodas
A veces uno sospecha que hay algo real más allá de lo que simplemente se ve, algo que no se entrega de inmediato a los sentidos y que sin embargo forma parte de la materialidad del mundo, o tal vez la desborda de tal modo que la hace parecer insuficiente. Lo pensaba mientras escuchaba a Armando de Armas hablar de lo que él llama realismo metafísico, porque en su formulación se insinúa la idea de que lo visible no agota lo que existe y que la realidad, tal como la recibimos cada día, no es más que la capa más delgada de un tejido cuyo espesor casi nunca alcanzamos a comprender. Comprendí también que su intención no era negar la materia ni reducirla a un engaño consolador, sino señalar que dentro de la vida espiritual hay una zona que no sólo trasciende lo material sino que lo antecede y lo sostiene, como si esa zona fuera la raíz oculta de la cual brota todo cuanto aparece ante nosotros. Uno podría preguntarse si eso implica que sólo lo espiritual es real y que lo material es una ilusión, aunque la respuesta no sea tan simple ni tan rotunda. De Armas parece sugerir más bien que el mundo visible es una manifestación externa de algo que lo atraviesa y lo precede, de una dimensión que no contradice la materia, aunque sí la relega a un plano secundario, como si funcionara apenas como la sombra de una presencia más profunda que rara vez percibimos.
Es en medio de estas intuiciones donde empieza a perfilarse lo que él denomina realismo metafísico, expresión nacida no por cálculo ni por búsqueda deliberada, sino porque una pregunta inesperada abrió una fisura en el discurso habitual y por esa fisura se filtró la sensación de que la realidad es más vasta, más secreta y más esquiva que lo que la costumbre y los hábitos nos permiten admitir. Fue Virgilio Paz Romero quien, durante la presentación de La tabla en un museo de Miami, formuló una pregunta que alteró el ritmo templado de la sala y que de algún modo obligó a que esa idea, que tal vez llevaba tiempo esperando, se revelara de golpe. Ocurre a veces que los conceptos más fértiles no nacen de la premeditación sino de un sobresalto.
Armando de Armas recibió en la III Convención de la Cubanidad del año dos mil veinte el Premio Ensayo y un reconocimiento que sellaba simbólicamente la intuición que venía arrastrando. Su realismo metafísico no pretende repetir las consignas del realismo decimonónico ni abandonarse a las complacencias del realismo mágico. Lo suyo es una tentativa distinta y más arriesgada que consiste en adentrarse en la profundidad donde lo real deja de ser superficie y se muestra como una trama antigua, cargada de un fulgor que la historia cotidiana ha ido oscureciendo. No se trata de desmontar la realidad como haría un naturalista obsesionado por los detalles externos, sino de penetrar en esa dimensión silenciosa donde lo visible y lo invisible se espejean y se convocan mutuamente.
Él mismo ha explicado que mientras el ensayo tiene la ingrata tarea de desmontar los mitos disfuncionales que la modernidad produce en abundancia, su narrativa se permite lo contrario y busca reconfigurar la dimensión mítica de lo real. No lo hace por nostalgia ni por deseo de regresar a un pasado ideal, sino porque cree que el mundo, mirado desde cierta altura interior, revela un orden simbólico que la modernidad ha pretendido acallar. Por eso su obra no responde a ninguna escuela literaria consolidada. Él prefiere construir una esfera personal donde los símbolos y aquello que simbolizan coexisten sin jerarquías rígidas, donde lo visible actúa como una membrana que deja pasar lo invisible y donde la experiencia narrativa se asemeja a un mandala en movimiento perpetuo.
De Armas relata una escena que podría considerarse fantástica, aunque su función es profundamente real en términos metafóricos. Un personaje, al ser arrancado de su cuerpo en medio de una pelea, se observa desde arriba como si fuese un espectador de sí mismo. Ese instante de desdoblamiento lo conduce a una comprensión que no se alcanza mediante la razón sino mediante un sobresalto del espíritu. La escena recuerda el gesto de Krishna ante Arjuna, cuando le muestra que la batalla es simultáneamente un hecho humano y un acontecimiento cósmico, y que lo que parece inmediato y trágico forma parte de un orden más vasto. En esa tensión entre la inmediatez del conflicto y la distancia de lo eterno ubica De Armas su realismo metafísico, que no desea representar lo real sino revelar la dimensión donde lo real se renueva con un sentido inesperado.
Esa búsqueda se aproxima a lo que Peter Sloterdijk llama inmunologías culturales, es decir, los mecanismos que las sociedades elaboran para resistir el vacío que deja una modernidad desencantada. Fue al hilo de esta idea que sugerí en alguna ocasión llamar a su propuesta realismo tradicionalista, no por un afán de restauración de viejas formas, sino porque la tradición, entendida como un flujo y no como un museo, ofrece un modo de orientación que todavía resulta imprescindible. Incluso los realismos supuestamente modernos llevan consigo una raíz metafísica que no han podido ni querido eliminar del todo.
Recordé entonces a Heidegger. En su conferencia Qué es metafísica, que el propio título vuelve enigmática, no se limita a definir un saber antiguo ni a resumir el legado de Aristóteles. Lo que hace es mostrar que la metafísica es una zona del pensamiento donde el ser y la nada se rozan de un modo que escapa al cálculo, donde la pregunta se vuelve más importante que cualquier respuesta. Esa perspectiva arroja luz sobre la propuesta de De Armas, porque su realismo metafísico no pretende describir lo que está ahí sino acercarse al umbral donde lo real se vuelve penetrable y donde lo eterno se filtra en lo contingente.
La tradición, vista así, no se limita a una herencia ni a un repertorio de formas antiguas. Es un diálogo incesante con aquello que permanece aunque las épocas cambien. En esa conversación y no en un rechazo abrupto se encuentra la posibilidad de revitalizar una dimensión espiritual desgastada por la obsesión contemporánea con la utilidad. Lo moderno ha demolido muchas estructuras de significado, pero no ha logrado extinguir la necesidad de lo trascendente. Lo ha desplazado hacia ideologías políticas o hacia ilusiones tecnológicas, aunque no ha podido suprimirlo.
En este sentido, cualquier estética que aspire a recuperar lo trascendente debe admitir que la tradición ofrece un suelo firme aunque esté fragmentada. Esa tradición sigue susurrando un anhelo de totalidad y es en ese susurro donde el realismo metafísico halla su razón de ser. De Armas lo sabe y por eso invoca las catedrales góticas y a Rembrandt. No pretende imitarlos, sino recordar que el arte auténtico no se limita a representar lo dado. Intenta convocar lo que está oculto, atraer lo que late bajo la superficie, hacer visible aquello que de otro modo permanecería en sombras. El escritor, en esta concepción, no es un cronista sino un mediador entre lo inmediato y lo eterno.
Cuando se adentra en la literatura cubana, De Armas insiste en que la creación no es un artificio ni una evasión, sino un acto de revelación. Siguiendo a Manly P. Hall recuerda que en el origen de nuestra tradición occidental el arte y la filosofía no estaban separados de lo sagrado. De ahí que observe con ambivalencia el libro de Olavo de Carvalho sobre los fundamentos metafísicos de los géneros literarios. Carvalho eleva los géneros a principios trascendentes, pero esa perspectiva corre el riesgo de olvidar que la literatura nace también de circunstancias históricas y de tensiones culturales. De Armas cree que la literatura, para conservar su fuerza crítica, no puede desprenderse de lo humano. De hacerlo se convertiría en una abstracción sin vida.
Hay en su pensamiento una inclinación hacia la luz y la oscuridad, hacia Hermes y Poimandres, que sugiere un intento de restaurar la unidad entre arte y trascendencia. La modernidad ha fracturado ese vínculo, aunque él insiste en que sigue siendo posible recuperarlo si miramos con atención la zona donde la luz nace de la sombra y la sombra prepara el camino de la luz.
La figura de Martí ocupa un lugar central hacia el final del libro. Martí aparece como un hombre que experimentó la guerra en un estado alterado de conciencia. Su Diario de Campaña no es una simple crónica militar. Es el testimonio de alguien que se acercó a la muerte con una serenidad que raya en lo místico. La guerra para Martí no es un acto puramente político. Es una forma de iniciación que lo acerca a lo eterno. Era masón de grado treinta y su percepción del sacrificio no se limita a un deber patriótico, sino que se vuelve un tránsito espiritual. La prosa de Martí no abunda en sentimentalismos. Es una mirada que acepta la muerte sin escándalo e incluso con cierta claridad profética.
La guerra en Martí no se glorifica ni se disfraza. Es un proceso duro y transformador que desgasta y eleva a la vez. Los fusilamientos, las marchas, los combates son descritos con una sobriedad que revela una conciencia alterada y una percepción ampliada. Allí es donde De Armas ubica lo que llama metarrealidad. Ese lugar donde lo visible y lo invisible se tocan, donde la muerte deja de ser final para convertirse en revelación y donde la guerra, sin dejar de ser brutal, se vuelve también una vía para comprender la dimensión más profunda de lo humano.
Es por todo esto que el realismo metafísico tiene sentido en su obra. No es una escuela ni una técnica ni un capricho terminológico. Es una tentativa de recuperar la mirada profunda que la modernidad ha extraviado. Es la afirmación de que lo real no se agota en lo que vemos. Es un recordatorio de que debajo de la superficie late una corriente silenciosa que sólo algunos alcanzan a oír. Es la intuición de que lo eterno no está lejos. Y de que lo humano, incluso ahora, conserva la capacidad de escuchar lo que la tradición sigue diciendo, aunque hable desde sus ruinas.
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El 4 de febrero de 2020, la Fundación Ego de Kaska Inc. anunció, a través de una nota de prensa, la apertura de la convocatoria para el «Premio Ensayo Ego de Kaska 2020», dirigido a escritores e investigadores cubanos de la diáspora y el exilio, con obras inéditas que profundizaran en los campos del arte, la literatura y las ciencias culturales.Un total de 26 textos se inscribieron en la competencia, y el jurado decidió, por unanimidad, otorgar el galardón a una obra firmada bajo el seudónimo El Templario, destacada por su excepcional calidad literaria y su capacidad para abordar la interpretación de manera inédita.
El acta de premiación subraya:
«En la Ciudad de Barcelona, el jurado, compuesto por Josep Maria Orteu, periodista y editor, y Jordi Pijoan-López, escritor, decide, de manera unánime, conceder el Premio Ego de Kaska 2020 a la obra Realismo metafísico: un texto mistérico acerca de la creación literaria, firmada bajo el seudónimo El Templario. El premio se otorga por el alto nivel interpretativo con que la obra aborda temas fundamentales del debate contemporáneo sobre la literatura ensayística, una propuesta inédita que se mantiene firme en su mirada continental y global.»
El galardón, patrocinado por el restaurante cubano La Sabrosita, de El Masnou, Barcelona, consiste en una dotación económica de 1.000,00€ y la publicación del ensayo por Ediciones Éxodos. Además, el ganador recibirá un certificado acreditativo, que será entregado en la próxima Convención de la Cubanidad, a celebrarse en Miami
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