Por Blanca Caballero
Este fin de semana pasará un ciclón por Cayo Hueso. Ha pulverizado todos mis planes. Los ciclones son así: llegan sin pedir permiso y trastocan todo lo que hemos planificado con tanto esmero.
Recuerdo cuando vivía en Cuba. La llegada de un ciclón, junto con la emergencia que implicaba, traía también un aire festivo. Nos preparábamos con provisiones: comestibles, ron, cigarros… La situación era una excusa para disfrutar unos días sin escuela ni trabajo.
Vivía en la provincia más oriental de la isla, donde se alza la Sierra Maestra. Al pasar sobre ella, los ciclones llegaban debilitados, convertidos en lluvias y vientos no muy fuertes. Así que nos encerrábamos en casa y, mientras afuera llovía, comíamos y contábamos cuentos.
Recuerdo al ciclón Flora, que causó una gran destrucción. Su trayectoria errática lo hizo dar vueltas y, aunque no fue de gran intensidad, la cantidad de lluvia que dejó resultó devastadora. ¡Cuánto llovió! Desde la terraza veíamos cómo el nivel del agua subía y amenazaba con entrar. Afortunadamente, la lluvia cesó.
Después de vivir varios años en Venezuela, donde me casé con una mujer de allá, olvidé mis experiencias con los ciclones. Pero al mudarme a Cayo Hueso, volví a encontrarme con ellos.
Mi esposa, nacida y criada en un país continental, jamás había vivido un huracán. Conocía de terremotos y de aguaceros torrenciales, pero no de ciclones.
Cuando termina el verano —insufrible en Miami por su calor intenso y húmedo— comienza la temporada ciclónica. En cuanto se forma uno, acapara la atención de la televisión y los diarios. Nos dan instrucciones sobre cómo prepararnos: almacenar agua, comida enlatada, linternas; reforzar puertas y ventanas.
Ver las noticias en esos días es como mirar una película de terror. Meteorólogos expertos evalúan las posibles trayectorias y advierten sobre el riesgo de que el ciclón pase por nuestra zona.
La primera vez que reportaron la llegada de un ciclón desde que vivíamos aquí, mi esposa entró en pánico. Yo la tranquilicé. Le expliqué que, por lo general, se exagera.
Los respetaba. Yo era precavido y creía conocerlos bien. Al menos eso pensaba. No fue el caso de mi esposa. Tras su experiencia con el último, se asustó tanto que decidió regresar a su país. Antes de marcharse, dijo:
—No voy a tener que lidiar más con ciclones.
Aunque a veces discutíamos, yo la quería. Pero era iracundo y, en ocasiones, reaccionaba con violencia. Pienso que en su expresión hubo un sentido figurado: quizá no solo hablaba del fenómeno natural, sino también de mí.
Ahora vivo solo. Un huracán de gran intensidad se acerca y he seguido al pie de la letra todas las instrucciones para protegerme. No he dejado nada al azar. Espero sentado en la sala.
Para colmo, el ciclón se llama Elisa. Elisa… igual que la responsable del CDR* de mi vecindario en Cuba. Chismosa, meticulosa, siempre al tanto de todo lo que ocurría en el barrio. Sabía quién entraba y salía, y hasta intentaba escuchar las conversaciones. Esa era su función: espiar, informar a la policía política.
Ahora, sentado en esta sala, espero a Elisa. Otra Elisa. Aunque, en el fondo, tal vez sean la misma.
El viento azota. Oigo el estruendo de lo que se destruye y el bramido del mar enfurecido.
La tormenta ruge con una furia descomunal, como si toda la ira de la naturaleza se hubiera desatado para arrasarlo todo.
Siento temor. No, más que eso: pánico. Ahora comprendo que debí irme, como hicieron los demás.
Me acurruco en la bañera; allí me siento más seguro.
El rugido del viento va in crescendo. Las olas embisten, los ruidos de afuera me ensordecen.
Algo se desploma.
La casa se estremece.
Parte del techo sale volando.
Me abrazo las rodillas.
Espero.
Tiemblo.
De pronto, silencio.
El viento cesó. Me incorporo con dificultad. El cuerpo me duele; he estado demasiado tiempo entumecido.
Abro la puerta con esfuerzo…
Y entonces, el horror.
Solo hay agua.
La bañera flota en una inmensa extensión azul oscuro. La casa ha desaparecido. No queda nada. Solo esta caja de cerámica que se balancea con las olas.
Aguzo la mirada. A lo lejos, la costa. Un nudo en el pecho. No puede ser.
Parpadeo repetidamente.
Allí, en la distancia, … el Morro de La Habana.
(1) Comité de Defensa de la Revolución (CDR): Institución creada por el régimen comunista para vigilar y controlar a los ciudadanos