Las moscas del mercado

Por KuKalambé

Cada tarde, a las seis en punto, la terraza del café Horizonte se llenaba de voces. No era un lugar especialmente elegante ni tampoco barato. Su verdadero atractivo consistía en otra cosa. Quien se sentaba allí podía ver y ser visto. Los escritores locales acudían para anunciar libros que nadie leía, los activistas para exhibir sus indignaciones del día, los artistas para fotografiarse junto a otros artistas y los aspirantes a celebridad para transmitir en directo la representación de sus vidas.

En una mesa apartada, junto a una maceta de buganvilias que apenas sobrevivía al calor de junio, se reunían tres hombres.

El primero se llamaba Adrián. Era profesor de filosofía y llevaba años intentando escribir un libro sobre el silencio en la era digital. Había llenado decenas de cuadernos con notas dispersas, pero nunca lograba concluir una sola página. Cada vez que comenzaba a escribir, sentía la necesidad de revisar las redes sociales para comprobar qué decían los demás.

El segundo era Bruno, periodista cultural y dueño de una popular columna en internet. Conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía a él. Su teléfono vibraba sin descanso. Había aprendido que una opinión rápida valía más que una reflexión profunda y que la polémica producía más lectores que la inteligencia.

El tercero se llamaba Elías. Nadie sabía exactamente a qué se dedicaba. Había publicado un único libro hacía veinte años y luego desapareció. Vivía solo en una pequeña casa junto al mar y bajaba a la ciudad únicamente una vez al mes para comprar provisiones y visitar aquella terraza.

Aquella tarde, Bruno agitó el teléfono frente a sus amigos.

—Miren esto. Una escritora acaba de acusar a un crítico de plagio. Ya hay miles de comentarios. Si publico algo ahora, duplicaré las visitas de la semana.

Adrián sonrió con desgana.

—¿Y dentro de una semana quién recordará esa disputa?

—Eso no importa —respondió Bruno—. Lo importante es estar presente.

Elías observó cómo una mosca revoloteaba sobre la mesa.

—Las moscas también están siempre presentes.

Bruno soltó una carcajada.

—Ya empiezas con tus metáforas.

Elías no respondió. Tomó su taza de café y siguió observando el insecto. La mosca iba de una mesa a otra, atraída por las migas, el azúcar derramado y las conversaciones.

—Nunca se detienen demasiado tiempo en ningún sitio —dijo finalmente—. Viven del ruido y de los restos.

Bruno miró el reloj. Acababa de recibir una nueva notificación.

—El ruido es el precio de la relevancia.

Elías negó con la cabeza.

—No. El ruido es el enemigo de la relevancia.

Adrián guardó silencio. Hacía tiempo que sospechaba que ambos tenían razón y que, precisamente por eso, él no lograba decidir qué clase de vida quería vivir.

La tarde avanzó. La terraza se llenó de risas, fotografías y conversaciones superpuestas. Alguien reconoció a Bruno y le pidió una selfie. Luego llegaron otros. Él se levantó encantado, saludó, sonrió y repitió varias veces la misma anécdota.

Mientras tanto, Adrián y Elías permanecieron sentados.

—¿Nunca extrañas todo esto? —preguntó Adrián señalando el bullicio.

—¿El mercado?

—La gente.

Elías sonrió.

—La gente no. El ruido, mucho menos.

Adrián bajó la mirada.

—Yo quería escribir un libro importante.

—Entonces deja de intentar ser importante.

La frase cayó sobre la mesa con la suavidad de una hoja seca.

Adrián iba a responder, pero una nueva oleada de risas estalló a pocos metros. Bruno regresó satisfecho.

—He conseguido una entrevista para mañana —anunció—. También me han invitado a un programa de radio.

Elías terminó su café.

—¿Y cuándo fue la última vez que estuviste a solas con una idea?

Bruno frunció el ceño.

—Las ideas nacen entre las personas.

—No siempre. Las opiniones, sí. Las ideas necesitan silencio.

Por primera vez en mucho tiempo, Bruno no supo qué contestar.

La noche comenzó a caer. Las luces de la terraza se encendieron y, atraídas por el resplandor, decenas de moscas se arremolinaron alrededor de las lámparas.

Elías se puso de pie.

—Me marcho.

—¿Tan pronto? —preguntó Adrián.

—Ya es suficiente mercado por un mes.

Bruno sonrió con ironía.

—¿Y qué harás allá, solo, frente al mar?

Elías se colocó la chaqueta.

—Escuchar lo que no puede oírse aquí.

Se despidió con un gesto y desapareció calle abajo.

Adrián observó cómo se alejaba hasta perderse entre las sombras.

Bruno volvió a mirar el teléfono. Tenía diecisiete mensajes nuevos.

Adrián, en cambio, guardó el suyo en el bolsillo.

Aquella noche no regresó a casa. Condujo hasta las afueras de la ciudad y alquiló una pequeña habitación frente al mar.

Por primera vez en muchos años, abrió un cuaderno sin pensar en quién lo leería.

A lo lejos, la ciudad seguía zumbando. Pero el ruido ya no llegaba hasta él.

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