«La sombra de Heráclito»: Fernando Lles y el proceso contra las palabras sagradas

Por Ángelo Goicochea

I

Lo primero que descubre el lector es que Fernando Lles no confía en nadie. No confía en los sacerdotes, no confía en los políticos, no confía en los filósofos y tampoco confía demasiado en el hombre común. Más aún, ni siquiera parece confiar en aquellas palabras que durante siglos han servido para organizar la convivencia humana. Justicia, moral, religión, virtud, patria, sacrificio, arte: todas comparecen ante él como testigos cuya declaración presenta irregularidades. Ninguna queda libre de sospecha. Desde las primeras páginas se tiene la impresión de asistir a una investigación cuyo origen desconocemos. Algo ha ocurrido. No sabemos exactamente qué. Quizás el autor ha llegado a la conclusión de que la civilización entera descansa sobre una serie de equívocos cuidadosamente preservados por la costumbre. Quizás sospecha que los hombres han pasado siglos obedeciendo conceptos cuya legitimidad nunca fue examinada con rigor. Quizás ha descubierto que detrás de las palabras más veneradas sólo existe la repetición mecánica de una fe heredada. Sea cual fuere el punto de partida, el resultado es siempre el mismo: se abre un proceso, y ese proceso no tiene por objeto un hombre, una iglesia o un gobierno, sino la totalidad de una tradición espiritual.

Publicado en La Habana en 1923 por la Imprenta «El Siglo XX», La sombra de Heráclito ocupa un lugar singular dentro de la historia intelectual cubana porque no participa del entusiasmo reformista de la época, no se suma a las discusiones nacionales predominantes y tampoco intenta fundar una escuela filosófica. Fernando Lles parece escribir desde otra habitación, desde un despacho apartado donde se acumulan expedientes viejos, manuscritos olvidados y documentos cuya autenticidad ha comenzado a despertar dudas. Mientras muchos de sus contemporáneos discutían acerca del progreso, de la nación o de los programas de modernización política, él dirigía la mirada hacia un problema mucho más elemental y acaso más perturbador: la autoridad de las palabras. No la autoridad de los hombres que las pronuncian, sino la de los vocablos mismos, esos términos solemnes que terminan adquiriendo una existencia independiente y cuya sola invocación basta para justificar sacrificios, guerras, obediencias y renunciaciones.

En ese proceso comparecen el cristianismo, la metafísica, las doctrinas políticas, la moral tradicional, la idea romántica del arte y hasta la noción misma de justicia. Todos son interrogados. Todos son sometidos a revisión. Ninguno recibe un trato privilegiado. Fernando Lles actúa como si hubiera heredado un inmenso archivo procedente de varias generaciones de creyentes y se hubiera propuesto verificar personalmente la autenticidad de cada documento, confrontar cada testimonio y examinar cada afirmación a la luz de la experiencia concreta de la vida humana. La operación resulta mucho más radical de lo que parece porque no se limita a combatir determinadas doctrinas. Lo que verdaderamente le interesa es comprender cómo una doctrina llega a convertirse en autoridad, cómo una palabra adquiere prestigio moral, cómo una abstracción termina gobernando la conducta de millones de personas y cómo, después de siglos de obediencia, nadie recuerda ya el origen de ese poder.

Por eso Heráclito aparece aquí no como un filósofo antiguo sino como una presencia vigilante cuya sombra atraviesa el libro entero. No viene a revelar una verdad nueva. No viene a fundar una religión filosófica alternativa. No viene a ofrecer consuelo. Viene a destruir una comodidad antigua. La acusación queda formulada desde el mismo prólogo cuando Lles pregunta: «¿Qué es lo que quiere Heráclito?», para responder inmediatamente que desea «un concepto menos hiperfísico de la Moral; un concepto menos metafísico del Arte; esto es, una noción más natural de la vida humana». La frase posee la sequedad de una resolución irrevocable. No anuncia ninguna utopía. No promete una salvación futura. Se limita a corregir una dirección equivocada, como si la civilización hubiera tomado un camino erróneo y alguien intentara ahora devolverla a una senda abandonada hace siglos.

A partir de ese momento aparece la palabra decisiva del libro: Quimera. Fernando Lles la escribe con mayúscula porque no se refiere a una simple ilusión individual sino a una inmensa construcción colectiva que ha terminado gobernando la imaginación de la especie. «Es necesario destruir la Quimera de todos modos», afirma con una firmeza que no admite negociación. No se trata de una observación pasajera. Es el núcleo de toda la obra. La Quimera exige víctimas, consume energías, legitima sacrificios y prolonga errores que el paso de los siglos ha convertido en verdades aparentemente indiscutibles. El problema consiste en que los hombres han terminado confundiendo la antigüedad de una creencia con su legitimidad, y la duración de una costumbre con la evidencia de una verdad.

Sin embargo, la Quimera posee un instrumento más poderoso que cualquier ejército, más eficaz que cualquier tribunal y más duradero que cualquier imperio. Ese instrumento es el lenguaje. «Su arma ofensiva, es el Verbo, la PALABRA», escribe Lles en uno de los pasajes más reveladores del prólogo. Conviene detenerse en esa observación porque en ella se encuentra una de las intuiciones más originales del libro. Lo que preocupa al autor no son solamente las instituciones visibles ni los sistemas religiosos organizados. Lo que le preocupa es el prestigio adquirido por ciertos vocablos. Sospecha que la historia humana se encuentra organizada alrededor de palabras cuya autoridad nadie se atreve a examinar. Son términos repetidos durante generaciones, pronunciados desde púlpitos, parlamentos, tribunales y escuelas, hasta adquirir la apariencia de realidades naturales. La ley, la patria, la virtud, la justicia o el sacrificio terminan entonces funcionando como entidades autónomas cuando en realidad dependen de una compleja estructura de obediencias colectivas.

La crítica que desarrolla Lles no consiste simplemente en negar esas palabras. Su procedimiento es más profundo. Las toma una por una, las abre, las examina, las somete a una especie de autopsia intelectual y trata de descubrir qué mecanismos les permitieron alcanzar semejante prestigio. Cuando habla de la ley como «una abstracción y otra espantosa y mendaz palabra», no está discutiendo únicamente una institución jurídica. Está cuestionando el proceso mediante el cual una palabra consigue ocultar su origen histórico y presentarse como una realidad indiscutible. Lo mismo ocurre con la justicia, con la moral y con la religión. Heráclito parece recorrer los salones de la cultura occidental golpeando las paredes para verificar su consistencia. Y cada vez que lo hace descubre una grieta.

La diferencia es que Lles no realiza esta operación desde una reflexión académica sobre el lenguaje, sino desde una rebelión moral contra aquello que considera una gigantesca acumulación de errores históricos. Cuando denuncia el poder de la PALABRA como instrumento de la Quimera, está señalando el lugar exacto donde reside el problema. No gobiernan únicamente los hombres. Gobiernan ciertas palabras que han terminado independizándose de las realidades que originalmente pretendían describir. La civilización ha construido templos alrededor de ellas. Ha levantado sistemas morales. Ha organizado guerras. Ha creado jerarquías. Y todo ello, según Heráclito, sobre fundamentos cuya solidez nadie ha querido comprobar.

II

La sospecha que anima a Fernando Lles no se detiene en las instituciones ni en las palabras que las representan. Después de desmontar la autoridad de ciertos conceptos fundamentales, dirige su atención hacia una de las nociones más prestigiosas de la cultura occidental: lo sublime. Pocas veces un autor cubano ha manifestado una hostilidad tan persistente hacia una palabra que durante siglos fue considerada una de las más altas conquistas del espíritu. Desde las primeras páginas del prólogo se advierte que para Heráclito la sublimidad no constituye una elevación sino una deformación. La Quimera, nos dice, vive precisamente «a expensas de la energía que le presta el error de lo SUBLIME, en el espíritu del animal humano». La frase merece una lectura lenta porque contiene una inversión completa de los valores tradicionales. Allí donde la filosofía, la religión y el arte habían visto una forma superior de experiencia, Lles descubre una fuente de errores. Allí donde generaciones enteras admiraron el sacrificio, el heroísmo y la renunciación, él encuentra mecanismos de obediencia cuidadosamente adornados por la retórica.

El problema, según parece entenderlo, no consiste únicamente en que ciertas ideas sean falsas, sino en que resultan seductoras. Lo sublime posee la capacidad de embellecer aquello que en condiciones normales sería rechazado. Gracias a esa facultad, los hombres aceptan sacrificios que no aceptarían en nombre de la simple necesidad, soportan privaciones que considerarían absurdas si se presentaran bajo su verdadero nombre y participan en empresas colectivas cuya legitimidad depende más de la emoción que de la razón. Heráclito observa este fenómeno con una mezcla de irritación y desconfianza. No le interesa tanto el contenido de las doctrinas como el hechizo que ejercen sobre quienes las aceptan. Sospecha que la humanidad ha confundido durante demasiado tiempo la intensidad emocional con la verdad, la exaltación con la evidencia y la grandilocuencia con la sabiduría.

Por eso resulta significativo que una de sus críticas más duras esté dirigida contra la tradición retórica. Cuando habla del «ARTE VERBAL, tan prolijo como enfático, retórico y bárbaro», no está atacando únicamente un estilo literario. Está denunciando una manera de organizar la sensibilidad humana. La retórica aparece como una fábrica de ilusiones cuya función consiste en revestir de nobleza aquello que no siempre la posee. Durante siglos, afirma implícitamente, los hombres han confundido las palabras hermosas con las ideas verdaderas. Han admirado construcciones verbales sin preguntarse si describían adecuadamente la realidad. Han terminado viviendo dentro de un universo lingüístico cuya magnificencia formal les impide percibir sus contradicciones.

Aquí emerge uno de los rasgos más curiosos de la obra. Fernando Lles combate el exceso verbal utilizando precisamente las armas del lenguaje. Critica la retórica mediante una prosa que, aunque aspira constantemente a la claridad, no renuncia a la imagen ni a la ironía. El resultado es una tensión permanente entre el deseo de desmontar las ficciones y la necesidad de expresarse a través de palabras. Tal vez por eso sus mejores páginas no son aquellas donde afirma una verdad, sino aquellas donde introduce una duda. La sospecha constituye su instrumento favorito. Cada aforismo parece diseñado para producir una pequeña fisura en las certezas del lector. No intenta sustituir una fe por otra. Intenta destruir la tranquilidad que proporciona la obediencia intelectual.

Esa misma actitud explica la fascinación que ejerce sobre él la figura de Timón de Atenas. A lo largo del libro, Timón aparece una y otra vez como interlocutor, aliado o cómplice. No se trata simplemente de una referencia erudita. Timón representa una forma particular de inteligencia: la inteligencia que desconfía. Heráclito y Timón parecen reconocerse a través de los siglos porque ambos pertenecen a la misma familia espiritual. No son constructores de sistemas. Son inspectores de ruinas. Llegan después de las grandes proclamaciones para examinar sus consecuencias. Escuchan con paciencia las promesas de los hombres y luego observan lo que esas promesas producen en la realidad. La conclusión rara vez resulta favorable.

Esta afinidad con el escepticismo antiguo aparece también en una de las máximas más repetidas del volumen: «Nada te asombre. Deja de ser sublime». La fórmula posee una apariencia sencilla, pero resume una auténtica ética. Lo que Heráclito propone no es la indiferencia ni el cinismo vulgar. Propone una forma de lucidez. Quiere que el hombre abandone el hábito de maravillarse ante aquello que todavía no comprende y aprenda a examinarlo con paciencia. La historia de la humanidad, según esta perspectiva, puede interpretarse como una larga sucesión de errores nacidos del asombro. Los dioses, los milagros, las supersticiones y las grandes construcciones metafísicas habrían surgido precisamente de esa tendencia a transformar la ignorancia en admiración.

Por eso el conocimiento ocupa un lugar tan importante en la obra. No el conocimiento entendido como acumulación de datos ni como especialización académica, sino como esfuerzo constante por sustituir la fantasía mediante la observación. Cuando Lles afirma que algún día los hombres descubrirán la explicación de muchos misterios que ahora consideran extraordinarios, está expresando una confianza profunda en la capacidad de la razón para ampliar el horizonte de lo comprensible. No se trata de un optimismo ingenuo. Sabe perfectamente que cada respuesta genera nuevas preguntas. Sin embargo, considera preferible la incertidumbre del conocimiento a la seguridad de la superstición.

En este punto el libro adquiere una dimensión inesperadamente moderna. Muchas veces parece escrito contra formas de pensamiento que todavía continúan entre nosotros. La tendencia a sustituir los hechos por consignas, la inclinación a transformar conceptos abstractos en objetos de veneración y la costumbre de aceptar determinadas palabras sin examinar su contenido real constituyen fenómenos que no pertenecen exclusivamente al mundo de 1923. Por esa razón la lectura conserva una capacidad singular para incomodar. Fernando Lles obliga constantemente al lector a preguntarse qué significan realmente las palabras que utiliza todos los días y hasta qué punto sus convicciones dependen de una reflexión propia o de una herencia intelectual recibida sin examen.

Sin embargo, sería un error reducir La sombra de Heráclito a una simple demolición. Bajo la crítica existe también una propuesta, aunque rara vez aparezca formulada de manera sistemática. Lo que Heráclito desea es una vida más cercana a la naturaleza, menos sometida a las abstracciones y más consciente de sus límites. No pretende convertir al hombre en un ser superior. Pretende reconciliarlo con su verdadera condición. Quiere que abandone la pretensión de sentirse un dios y acepte la evidencia de que es una criatura sometida a necesidades, a restricciones biológicas y a leyes que no dependen de su voluntad. En esa aceptación encuentra una forma de dignidad más sólida que todas las grandezas imaginarias ofrecidas por la tradición.

Quizás por eso la lectura de estas páginas deja una impresión ambigua. Por un lado, producen una sensación de pérdida. Heráclito desmonta muchas de las ilusiones que durante siglos proporcionaron consuelo a los hombres. Por otro lado, generan una forma peculiar de libertad. Una vez que ciertas palabras pierden su prestigio automático, se vuelven nuevamente discutibles. Recuperan su condición humana. Dejan de ser ídolos. Y es precisamente en ese momento cuando comienza el verdadero trabajo del pensamiento.

III

Si hasta aquí Fernando Lles ha concentrado sus esfuerzos en desmontar las palabras mediante las cuales la civilización organiza sus creencias, en los aforismos posteriores la investigación adquiere una dimensión todavía más amplia, porque ya no se trata únicamente de examinar conceptos morales o instituciones históricas, sino de interrogar la posición misma que ocupa el hombre dentro del universo. Es entonces cuando la crítica de la religión abandona el terreno habitual de la polémica anticlerical y se convierte en una reflexión sobre los límites de la condición humana. Heráclito no combate solamente a los sacerdotes. Combate una determinada imagen del hombre. Combate la pretensión de que la especie constituye el centro de la creación y de que el cosmos entero ha sido dispuesto para satisfacer sus necesidades espirituales. En este punto la escritura de Lles adquiere una dureza particular, porque sabe que está tocando uno de los pilares fundamentales de la imaginación occidental.

Resulta significativo que cuando aborda el problema de Dios no lo haga mediante una negación directa. Los ateos convencionales suelen comportarse como creyentes invertidos. Conservan la estructura del dogma y simplemente cambian el signo de la respuesta. Fernando Lles procede de otra manera. Prefiere deshacer las preguntas antes que responderlas. Allí donde otros discuten acerca de la existencia o inexistencia de una divinidad, él se pregunta si los hombres poseen realmente los instrumentos intelectuales necesarios para formular adecuadamente el problema. El resultado es una posición singular. «Dios es el Azar», escribe en uno de los pasajes más sorprendentes del libro, para añadir poco después que la palabra destinada a nombrarlo todavía no ha sido construida por el hombre. No estamos ante una profesión de fe ni ante una negación. Estamos ante una suspensión del juicio que recuerda, por momentos, a ciertos escépticos antiguos que preferían reconocer los límites del conocimiento antes que llenar el vacío con explicaciones apresuradas.

La consecuencia inmediata de esta actitud es una reducción drástica de las proporciones humanas. El hombre deja de ser el destinatario privilegiado de una providencia universal y se convierte en una criatura diminuta situada en un rincón insignificante del cosmos. «Somos demasiado pequeños, sobre un mundo sobradamente insignificante, para pretender con justicia que toda la atención de la causa primera esté puesta sobre nosotros», afirma Lles con una severidad que no deja espacio para las ilusiones antropocéntricas. La frase resume buena parte de su filosofía. Durante siglos la humanidad ha imaginado que los cielos observaban atentamente cada uno de sus movimientos, que las estrellas participaban de sus dramas y que la historia universal giraba alrededor de sus conflictos. Heráclito interviene para recordar que semejante pretensión constituye una forma refinada de vanidad.

No es casual que la palabra que aparece constantemente detrás de estas reflexiones sea necesidad. En realidad, podría afirmarse que la verdadera protagonista de La sombra de Heráclito no es la libertad sino la necesidad. Fernando Lles contempla la existencia humana como una realidad sometida a condiciones materiales ineludibles, a leyes naturales que no pueden ser derogadas por decreto ni suspendidas mediante plegarias. Por eso insiste una y otra vez en la necesidad de abandonar las ilusiones trascendentales y aceptar la estructura efectiva de la vida. El hombre nace, lucha, envejece y muere dentro de un orden que no fue diseñado para satisfacer sus aspiraciones morales. Toda filosofía que olvide este hecho elemental termina convirtiéndose, a sus ojos, en una variante de la Quimera.

La presencia constante de Heráclito y de Timón de Atenas ayuda a comprender mejor el sentido de esta operación intelectual. Ambos personajes funcionan como máscaras a través de las cuales Lles expresa una misma actitud espiritual: la resistencia frente a las verdades oficiales. No son profetas. No son fundadores de religiones. No prometen paraísos. Su tarea consiste en recordar aquello que las sociedades prefieren olvidar. De ahí que muchas veces parezcan figuras incómodas, incapaces de integrarse en las celebraciones colectivas. Mientras los demás participan de las ceremonias de la fe, ellos revisan los documentos. Mientras los demás repiten consignas, ellos formulan preguntas. Mientras los demás admiran monumentos, ellos inspeccionan los cimientos.

En cambio, la obra puede interpretarse  también como una defensa de la duda. No de la duda paralizante que impide actuar, sino de la duda que impide obedecer ciegamente. Cuando Heráclito examina conceptos como justicia, virtud, patriotismo o sacrificio, no pretende destruir toda posibilidad de vida moral. Lo que intenta destruir es la obediencia automática. Quiere que el hombre piense antes de creer. Quiere que examine antes de aceptar. Quiere que comprenda que la antigüedad de una idea no constituye una prueba de su verdad. La historia, parece sugerir, está llena de errores venerables.

Por eso resulta imposible leer hoy La sombra de Heráclito mas de 100 anos  después de su publicación sin advertir que Fernando Lles ocupó una posición excéntrica dentro de la tradición del pensamiento cubano. Mientras buena parte del pensamiento nacional buscaba definir identidades, construir relatos históricos o formular proyectos políticos, él parecía dedicado a una tarea previa y más ingrata: verificar la consistencia de las palabras mismas con las que esos proyectos pretendían expresarse. Su trabajo recuerda al de un inspector que llega antes de la inauguración de un edificio para comprobar si las vigas soportarán realmente el peso de la estructura. No participa en la ceremonia. No pronuncia discursos. Se limita a revisar planos, examinar materiales y señalar grietas.

Vista desde el presente, una de las singularidades más llamativas de La sombra de Heráclito consiste en que Fernando Lles parece anticipar, por caminos completamente distintos, una operación intelectual que muchas décadas después alcanzaría notoriedad bajo el nombre de deconstrucción. No existe, desde luego, ninguna filiación posible. Cuando este libro apareció en La Habana, Jacques Derrida ni siquiera había nacido. Sin embargo, la afinidad metodológica resulta difícil de ignorar. Si el filósofo francés dedicaría buena parte de su obra a desmontar los grandes conceptos de la metafísica occidental para revelar las tensiones ocultas bajo su aparente estabilidad, Fernando Lles emprende una tarea semejante cuando somete a examen palabras como Justicia, Ley, Moral, Patria, Religión o Virtud, no para negar su existencia de manera sumaria, sino para investigar las condiciones históricas que les otorgaron autoridad y el conjunto de obediencias, intereses y sacrificios que se han acumulado en torno a ellas. En ese sentido, su lectura puede entenderse como una forma temprana de deconstrucción, pues convierte los conceptos más respetados de la tradición en objetos de interrogación, obligándolos a justificar una legitimidad que la costumbre había dado por sentada.

Heráclito continúa caminando por estas páginas con la misma obstinación con que recorría las calles imaginarias de Éfeso, y viene a preguntar. Y una vez que sus preguntas han sido formuladas, las viejas palabras dejan de parecer tan seguras de sí mismas como antes. Esa incertidumbre, que para muchos lectores constituirá el aspecto más perturbador del libro, representa también su mayor virtud. Porque cuando las palabras pierden el prestigio automático que les otorgaba la costumbre y se ven obligadas a justificar nuevamente su existencia, comienza el verdadero trabajo del pensamiento.

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