Fernando Lles y «La escudilla de Diógenes»

Por Ángelo Goecochea

La escudilla de Diógenes o la tradición de la etopeya filosófica

Hay libros cuya naturaleza parece resistirse a las clasificaciones habituales, como si hubiesen sido escritos para demostrar la insuficiencia de las categorías literarias. La escudilla de Diógenes, publicada en La Habana por Editorial Novela en 1924, pertenece a esa rara familia de obras. Quien pretenda reducirla a la condición de novela histórica advertirá muy pronto que la Atenas clásica apenas constituye el decorado visible de una empresa intelectual mucho más ambiciosa; quien procure incluirla entre las novelas psicológicas descubrirá que la introspección moderna ocupa en ella un lugar secundario; quien la considere una simple ficción filosófica terminará comprobando que su estructura narrativa responde a una tradición mucho más antigua que la novela de ideas nacida en la modernidad. Fernando Lles parece haber escrito un libro situado en la frontera de varios géneros, un libro cuya verdadera unidad no depende de la acción ni de la cronología, sino de la persistencia de una pregunta acerca de la libertad, la verdad y el sentido de la existencia.

La crítica podría llamarla novela filosófica, y no incurriría en error, aunque tampoco alcanzaría una definición satisfactoria. Los acontecimientos aparecen subordinados a una meditación constante sobre la naturaleza humana. El lector no encuentra una intriga organizada según los modelos tradicionales de la narrativa, sino una sucesión de episodios cuyo interés radica en el conflicto de ideas que cada uno suscita. La pobreza, la moral, la verdad, el sufrimiento y la libertad comparecen una y otra vez bajo distintas formas, como si la novela no fuese otra cosa que un largo laboratorio destinado a poner a prueba esas cuestiones fundamentales. La acción importa menos que la conciencia que la interpreta. Los hechos importan menos que la mirada que los juzga.

Sin embargo, la expresión novela filosófica deja escapar aquello que posee mayor singularidad en la obra. Voltaire, Diderot, Unamuno o incluso Nietzsche recurrieron a la ficción para desarrollar ciertas intuiciones intelectuales, pero en todos ellos subsiste una relativa autonomía de la trama. En Fernando Lles ocurre algo distinto. El centro gravitatorio del libro no es una historia, sino una personalidad. Todo cuanto sucede adquiere significado en relación con Diógenes. Los personajes aparecen, hablan y desaparecen bajo la luz proyectada por esa conciencia excepcional que los examina. El lector no sigue el desarrollo de unos acontecimientos, sino la lenta revelación de un carácter.

Los antiguos retóricos habrían reconocido inmediatamente esta estructura. La palabra adecuada para designarla es etopeya, término hoy casi olvidado y, sin embargo, indispensable para comprender la naturaleza de la obra. La etopeya no describe acciones memorables ni aventuras extraordinarias; describe un alma. Su propósito consiste en revelar un temperamento mediante gestos, palabras y decisiones. Bajo esta perspectiva, La escudilla de Diógenes aparece como una vasta etopeya filosófica dedicada a mostrar la configuración moral de un hombre que ha decidido romper con las convenciones de su tiempo. Cada escena añade un rasgo al retrato. Cada diálogo ilumina una faceta de la misma personalidad. Cada conflicto permite observar el funcionamiento de una conciencia empeñada en vivir conforme a principios radicales.

Esta condición explica la naturaleza de los personajes secundarios. Platón, los sofistas, los sacerdotes y los ciudadanos atenienses carecen deliberadamente de la profundidad psicológica que la novela moderna suele exigir. No han sido concebidos como individuos complejos, sino como encarnaciones de determinadas ideas. Fernando Lles recupera aquí un procedimiento que procede tanto del diálogo filosófico antiguo como de ciertas formas alegóricas de la literatura clásica. Cada personaje representa una posición intelectual, una doctrina o una creencia. La confrontación entre ellos y Diógenes produce el verdadero movimiento de la obra. Lo que interesa no es la evolución de esos personajes, sino la forma en que sus convicciones chocan contra la lucidez corrosiva del filósofo.

La presencia de la sátira menipea refuerza todavía más esta interpretación. Desde Menipo de Gadara hasta Luciano de Samósata, pasando por innumerables herederos dispersos en la tradición occidental, la sátira filosófica encontró uno de sus recursos más eficaces en la inversión de jerarquías. Los prestigios culturales, las doctrinas solemnes y las instituciones respetables eran arrastrados hacia el territorio de la ironía para revelar su fragilidad. Fernando Lles participa de esa tradición. Diógenes se enfrenta a filósofos célebres, sacerdotes venerados y ciudadanos honorables, pero la confrontación nunca tiene por objeto ridiculizar individuos concretos. Lo que se somete a examen son las ideas que representan. La ironía actúa como una forma de conocimiento. Destruye ilusiones, derriba prestigios y obliga a contemplar aquello que permanecía oculto bajo el peso de la costumbre.

No resulta difícil comprender por qué Diógenes ocupa un lugar privilegiado dentro de esta arquitectura literaria. El filósofo cínico encarna una de las figuras más incómodas de la historia del pensamiento occidental. Su vida entera parece una objeción permanente contra las certezas compartidas. Vive en un tonel, desprecia la riqueza, ridiculiza a los poderosos y contempla con escepticismo las construcciones intelectuales de su época. Fernando Lles descubre en él algo más que un personaje histórico. Descubre una actitud espiritual destinada a reaparecer cada vez que una cultura comienza a confundirse con sus propias ficciones. El Diógenes de la novela pertenece tanto a la Atenas antigua como a cualquier época futura donde los hombres necesiten recordar que la libertad intelectual comienza con la sospecha.

Esa sospecha se proyecta sobre la Academia, sobre la religión y sobre la política. Las tres instituciones aparecen unidas por un mismo defecto: la tendencia a olvidar los fines originales que justificaron su existencia. La filosofía se degrada cuando deja de buscar la verdad y comienza a proteger sus propias doctrinas. La religión se degrada cuando sustituye la experiencia espiritual por la administración del poder. La política se degrada cuando olvida el bien común y se transforma en una lucha de intereses. Diógenes contempla esas transformaciones con la serenidad de quien no espera salvación alguna de las instituciones. Su fidelidad pertenece a la experiencia inmediata y no a los sistemas.

Acaso por esa razón la novela conserva una sorprendente actualidad. Fernando Lles no escribe sobre la Antigüedad para reconstruir un pasado remoto. Escribe sobre la Antigüedad para interrogar el presente. Diógenes emerge de las páginas como una conciencia destinada a examinar las ilusiones colectivas de cualquier época. El filósofo del tonel no representa una doctrina cerrada ni una escuela determinada. Representa la posibilidad de pensar contra las evidencias, de desconfiar de los consensos y de recordar que toda civilización, por sólida que parezca, descansa sobre creencias cuya legitimidad puede ser cuestionada. En esa capacidad de cuestionamiento reside la vigencia de la obra y también la razón por la cual La escudilla de Diógenes ocupa una posición singular dentro de la literatura cubana del siglo XX.

La razón cínica frente al neobarroco y la crítica de la cultura

Si la primera impresión que deja La escudilla de Diógenes es la de una etopeya filosófica organizada alrededor de una conciencia excepcional, una lectura más atenta descubre que la obra encierra además una crítica de la cultura cuya radicalidad la sitúa en una posición casi antagónica respecto de una de las corrientes más influyentes de la literatura cubana del siglo XX. Me refiero a la tradición barroca y neobarroca que encuentra en José Lezama Lima su figura más poderosa. No se trata de una oposición histórica, pues Fernando Lles escribe décadas antes de que el neobarroco alcanzara formulación consciente, sino de una discrepancia más profunda, relacionada con dos maneras incompatibles de comprender el lenguaje, el conocimiento y la verdad.

La literatura de Lezama parece fundada sobre una confianza ilimitada en la capacidad creadora de la imaginación. Cada imagen convoca otra imagen; cada símbolo remite a otro símbolo; cada metáfora abre una nueva región del universo. El lenguaje no refleja el mundo, sino que lo amplía. La realidad visible aparece rodeada por una vasta periferia de correspondencias secretas que la poesía se encarga de revelar. El conocimiento adopta así la forma de una expansión incesante. La cultura crece mediante acumulaciones, asociaciones y resonancias que jamás concluyen definitivamente. El lector de Paradiso o de Oppiano Licario experimenta la sensación de internarse en un laberinto cuyos corredores se multiplican sin término.

Fernando Lles parte de una intuición opuesta. Diógenes contempla con desconfianza esa proliferación de discursos, símbolos y explicaciones. No porque niegue la inteligencia, sino porque sospecha que las interpretaciones acumuladas por los hombres terminan ocultando aquello que pretenden esclarecer. La verdad no comparece como el resultado de una expansión indefinida del sentido, sino como una experiencia que exige desprenderse de numerosas mediaciones. Mientras Lezama agrega, Diógenes elimina. Mientras uno multiplica caminos, el otro intenta reducirlos. Mientras uno encuentra riqueza en la complejidad creciente de los signos, el otro busca una forma de desnudez intelectual.

La frase que recorre la novela como una suerte de axioma secreto, aquella según la cual «la verdad humana está en lo más recóndito de la conciencia del hombre», permite comprender esta diferencia. La verdad deja de habitar las grandes construcciones filosóficas, los sistemas metafísicos o las arquitecturas simbólicas levantadas por la cultura. Su territorio es mucho más modesto y mucho más difícil. Se encuentra en la conciencia individual. El desplazamiento no es menor. Durante siglos la tradición occidental buscó fundamentos universales capaces de explicar el mundo. Diógenes desconfía de esos fundamentos y dirige la mirada hacia la experiencia inmediata. Lo importante ya no es descubrir una teoría capaz de explicarlo todo, sino examinar la propia existencia con una lucidez que no admita consuelos fáciles.

Por esta razón filósofos, sacerdotes y sofistas aparecen sometidos a una misma crítica. Las diferencias doctrinales que los separan poseen poca importancia desde la perspectiva del cínico. Todos participan de una actividad semejante. Todos producen explicaciones. Todos construyen sistemas destinados a organizar la realidad. Todos terminan levantando un universo verbal que corre el riesgo de sustituir aquello que originalmente pretendía comprender. Diógenes contempla esas edificaciones conceptuales con la ironía de quien sospecha que el lenguaje puede transformarse en una prisión tan eficaz como cualquier poder político.

La cultura misma comparece bajo una luz ambigua. Lo que suele recibir el nombre de tradición aparece muchas veces reducido a una acumulación de hábitos intelectuales cuya legitimidad nadie se preocupa por examinar. Los hombres heredan doctrinas, creencias y valores con la misma naturalidad con que heredan una lengua o una patria. El tiempo les confiere prestigio. La repetición les confiere autoridad. La costumbre termina otorgándoles una apariencia de verdad. Diógenes interrumpe ese proceso. Su función consiste en formular preguntas allí donde los demás encuentran respuestas. Lo que para unos es evidencia, para él es problema. Lo que para unos es verdad establecida, para él es una hipótesis pendiente de examen.

Esta actitud explica la importancia de la ironía dentro de la novela. La ironía no aparece como un adorno estilístico ni como un simple recurso humorístico. Representa una forma de conocimiento. Las refutaciones racionales pueden ser respondidas mediante nuevas argumentaciones; el ridículo posee una eficacia distinta. Una doctrina puede sobrevivir a una crítica filosófica. Difícilmente sobrevive cuando pierde el prestigio que la sostenía. Diógenes comprende este mecanismo y lo utiliza con maestría. Sus observaciones suelen parecer triviales. Sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad se oculta una crítica devastadora de sistemas intelectuales enteros.

La imagen simbólica que mejor resume la distancia entre Fernando Lles y la tradición neobarroca es quizá la oposición entre el laberinto y el tonel. El laberinto representa la proliferación de caminos, la expansión de las interpretaciones, la riqueza inagotable de los signos. El tonel representa la reducción de las necesidades, la renuncia a lo accesorio y la búsqueda de una existencia elemental. Ambos símbolos contienen una concepción del mundo. Ambos expresan una metafísica. El primero celebra la abundancia de la cultura. El segundo recuerda la posibilidad de vivir fuera de ella o, al menos, a cierta distancia de sus seducciones.

También la figura del escritor se transforma profundamente según se adopte una u otra perspectiva. En la tradición barroca el escritor aparece investido de una misión casi sacerdotal. Su tarea consiste en enriquecer el universo mediante nuevas asociaciones simbólicas. Cada obra amplía el territorio de la imaginación humana. En Fernando Lles ocurre algo distinto. El escritor no agrega significados; los examina. No multiplica ilusiones; las somete a juicio. No edifica monumentos intelectuales; explora sus grietas. La escritura abandona cualquier pretensión ornamental para asumir una función crítica. Su objetivo ya no es producir asombro, sino lucidez.

La consecuencia de esta actitud es una concepción singular de la literatura. Fernando Lles parece sugerir que el escritor no debe actuar como un fabricante de consuelos. La literatura digna de ese nombre tendría una obligación más severa. Le correspondería mostrar aquello que los hombres prefieren ignorar, destruir las ficciones demasiado cómodas y recordar que ninguna doctrina posee un derecho natural a la obediencia. En esa tarea coincide con la tradición de los moralistas franceses, con ciertos escépticos antiguos y con algunos de los grandes iconoclastas de la modernidad. Su Diógenes pertenece a esa genealogía.

De este modo, la novela deja de ser una reconstrucción del pasado para transformarse en una interrogación permanente sobre la cultura. Atenas importa menos que el problema que simboliza. Los sofistas importan menos que la tentación del sofisma. Platón importa menos que la seducción de los sistemas. El filósofo del tonel atraviesa los siglos porque representa una actitud que reaparece cada vez que una civilización comienza a confundir sus propias construcciones intelectuales con la realidad. Fernando Lles comprendió que las doctrinas envejecen, las instituciones desaparecen y los imperios se derrumban, pero ciertas preguntas permanecen. La pregunta de Diógenes, formulada hace más de dos mil años, sigue siendo la misma: qué queda del hombre cuando se desvanecen las ficciones que ha levantado para explicarse a sí mismo.

Verdad, naturaleza, sufrimiento y libertad intelectual

Si la primera mitad de La escudilla de Diógenes se ocupa de desmontar las ilusiones producidas por la cultura y la segunda dirige esa crítica hacia las instituciones del saber, la parte más profunda de la novela se adentra en una cuestión todavía más antigua y más inquietante, aquella que concierne a la condición humana misma. Fernando Lles parece comprender que toda filosofía termina enfrentándose tarde o temprano a tres realidades que ninguna doctrina consigue abolir por completo: la naturaleza, el sufrimiento y la muerte. Las escuelas filosóficas pueden discrepar acerca de la verdad; las religiones pueden proponer distintas formas de salvación; los sistemas políticos pueden prometer diversos paraísos terrestres; sin embargo, el dolor, la fragilidad y la incertidumbre continúan acompañando al hombre como lo acompañaban en tiempos de Homero, de Sófocles o de Marco Aurelio. La sabiduría de Diógenes nace precisamente de esa comprobación.

La naturaleza ocupa en la novela un lugar que recuerda ciertas páginas de los moralistas antiguos y algunos fragmentos de Nietzsche. No aparece como una madre benévola ni como una instancia moral destinada a premiar virtudes y castigar defectos. Fernando Lles la describe como una realidad indiferente a las categorías humanas del bien y del mal. Cuando afirma que es «amoral y maestra de egoísmo», no formula una condena ni una protesta metafísica; se limita a registrar un hecho elemental. Los seres vivos luchan por perseverar en la existencia. La supervivencia precede a cualquier código moral. El hombre participa de esa ley general y ninguna doctrina consigue sustraerlo completamente de ella. Diógenes contempla ese orden natural con serenidad, pues comprende que gran parte de las ilusiones humanas nacen del deseo de atribuir al universo una finalidad moral que probablemente no posee.

De esa observación deriva una crítica particularmente severa de la moral convencional. Los hombres suelen imaginar la moral como una victoria sobre los instintos, una especie de elevación espiritual que corrige los impulsos elementales de la naturaleza. Fernando Lles sospecha de esa interpretación. Las normas morales, según sugiere la novela, no eliminan necesariamente el egoísmo; con frecuencia le proporcionan nuevas máscaras. La ambición aprende a expresarse mediante vocabularios respetables. El interés personal adopta la apariencia de virtud. Las pasiones permanecen intactas bajo el ropaje de los principios. Diógenes descubre esta paradoja y la contempla con una ironía que posee algo de amarga lucidez. El problema no radica en la existencia del egoísmo, sino en la facilidad con que los hombres consiguen ocultarlo incluso ante sí mismos.

La multitud recibe una crítica semejante. Los ciudadanos atenienses, designados en ocasiones mediante la imagen del rebaño, representan una de las preocupaciones constantes de la tradición cínica. El rebaño no simboliza la maldad ni la ignorancia; simboliza algo más común y quizá más peligroso: la comodidad intelectual. Pensar junto a los demás exige menos esfuerzo que pensar contra ellos. Las opiniones compartidas ofrecen refugio. Las convicciones colectivas producen seguridad. La independencia, por el contrario, suele conducir al aislamiento. Diógenes acepta ese aislamiento porque entiende que la libertad del pensamiento posee un precio que no todos están dispuestos a pagar. La multitud busca tranquilidad; el filósofo busca verdad. Entre ambas aspiraciones existe una distancia que ninguna reconciliación consigue borrar completamente.

La pobreza voluntaria ocupa un lugar central dentro de esta búsqueda. Conviene no interpretar esa pobreza en términos económicos. Fernando Lles no propone una doctrina social ni una exaltación romántica de la miseria. El desprendimiento de Diógenes pertenece a otro orden. Su objetivo consiste en reducir las dependencias. Cuantas más cosas posee un hombre, más cosas puede perder; cuantos más deseos acumula, más temores engendra. La libertad exige una reducción constante de las necesidades. El célebre episodio de la escudilla resume admirablemente esta filosofía. Diógenes observa que un muchacho bebe agua utilizando únicamente las manos y comprende que incluso aquel humilde recipiente era superfluo. La anécdota, repetida durante siglos, conserva una fuerza simbólica extraordinaria porque expresa la idea fundamental del cinismo: la libertad comienza cuando cesa la servidumbre de lo innecesario.

El sufrimiento constituye quizá el núcleo emocional de la novela. Bajo la ironía, bajo las provocaciones y bajo las disputas filosóficas aparece constantemente la presencia del dolor humano. Diógenes recuerda la viuda abandonada, el niño huérfano, el anciano desamparado y todas aquellas figuras que las doctrinas suelen olvidar cuando se elevan demasiado por encima de la experiencia concreta. Fernando Lles parece sugerir que ninguna filosofía merece confianza si pierde de vista esa realidad elemental. Las abstracciones pueden construir sistemas admirables; el sufrimiento continúa exigiendo respuestas. La religión promete consuelo, pero no evita la desgracia. La metafísica explica el universo, pero no siempre logra explicar el dolor. La política organiza sociedades, pero no elimina la vulnerabilidad humana. Diógenes regresa una y otra vez a esa evidencia porque comprende que la experiencia del sufrimiento impone límites a cualquier construcción intelectual.

La crítica de la metafísica surge precisamente de esa exigencia de realidad. Los filósofos académicos discuten acerca de esencias, principios y entidades universales; Diógenes recuerda el hambre, la enfermedad y la muerte. No desprecia la inteligencia. Desconfía de aquellas formas del pensamiento que terminan sustituyendo la vida por conceptos. El conflicto entre Platón y Diógenes, que atraviesa simbólicamente toda la novela, podría resumirse como el enfrentamiento entre dos modos de conocimiento. Uno busca elevarse hacia las Ideas. El otro regresa obstinadamente a las cosas. Uno aspira a descubrir estructuras permanentes. El otro insiste en la experiencia inmediata. La oposición no pertenece únicamente a la filosofía antigua; continúa reapareciendo bajo distintas formas en la historia intelectual de Occidente.

Toda la cultura queda finalmente sometida al mismo examen. Religiones, doctrinas políticas, sistemas filosóficos e incluso ciertas formas del arte participan de una tendencia común: ofrecer refugios frente a la incertidumbre. El hombre teme el caos del mundo y construye explicaciones. Teme la muerte y construye promesas. Teme la soledad y construye comunidades de creencias. Diógenes contempla esas construcciones con una mezcla de comprensión y escepticismo. Comprende la necesidad que las origina; desconfía de las ilusiones que producen. Su misión consiste en impedir que esas respuestas provisionales adquieran el prestigio de verdades definitivas.

Quizá por ello la novela produce la impresión de una larga meditación moral antes que la de una narración convencional. Fernando Lles ha comprendido que ciertas figuras sobreviven a los siglos porque encarnan problemas que ninguna época consigue resolver. Diógenes pertenece a esa familia de personajes. Como Hamlet, como don Quijote o como el capitán Ahab, trasciende el libro que lo contiene y continúa viviendo en la imaginación de los lectores. No representa una doctrina cerrada. Representa una actitud espiritual. La actitud de quien prefiere una verdad incómoda a una ilusión confortable, la de quien sospecha de las certezas colectivas y la de quien entiende que la libertad intelectual no es un privilegio adquirido, sino una conquista que debe renovarse constantemente.

Se comprende que el verdadero tema de La escudilla de Diógenes nunca fue la Atenas antigua. Tampoco fue la biografía de un filósofo extravagante ni la reconstrucción de una escuela de pensamiento desaparecida. El verdadero tema es la conciencia humana enfrentada a sus propias ficciones. Fernando Lles descubrió en el viejo cínico una metáfora perdurable de la lucidez. Su Diógenes sigue recorriendo las páginas del libro con una lámpara encendida en pleno día, no para buscar un hombre honesto entre los habitantes de Atenas, sino para recordar a cada generación que la verdad, cuando existe, suele encontrarse mucho más cerca de la intemperie que del refugio.

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