El tiempo totalitario de la isla

Por KuKalambé

Cuba, la isla sin tiempo, se me presentó no como una figura retórica, ni como una exageración de viajero impresionable, sino como una experiencia concreta, verificable en los pliegues más triviales de la vida cotidiana, allí donde el tiempo, aun presente en su forma convencional de relojes, calendarios y rutinas administrativas, parecía haber sido despojado de su nervio íntimo, de esa vibración que lo hace transcurrir, desgastarse, perderse. El tiempo estaba, sí, pero no tenía sentido, o más exactamente, había sido reducido a una mecánica sin finalidad, a una repetición sin horizonte.

Permítaseme insistir, con una precisión que acaso resulte incómoda, en que no se trata aquí de una percepción subjetiva, sino de una estructura, de una disposición sistemática que organiza no solo la vida pública, sino la experiencia misma de la duración. En aquella isla, el tiempo no progresa, no circula, no se transforma en memoria ni en expectativa, sino que se acumula en una especie de presente perpetuo que no envejece, o que envejece sin historia, como esos objetos que se deterioran sin haber sido verdaderamente usados.

Recuerdo con nitidez una mañana en la que, al intentar concertar una cita que en cualquier otro lugar habría tomado minutos, fui remitido de una oficina a otra, de un funcionario a otro, en una secuencia que no parecía responder a una lógica de resolución, sino a una lógica de dilación, de aplazamiento indefinido. Cada interlocutor hablaba con una calma que no era cortesía, sino hábito, una calma que no nacía de la eficiencia, sino de la certeza de que nada, en última instancia, urgía. Fue entonces cuando advertí que el tiempo, en ese contexto, no era un recurso que se administra, sino un espacio que se ocupa, un territorio que se habita sin la presión de un antes o un después.

El totalitarismo, comprendí poco a poco, no se limita a restringir libertades visibles, ni a controlar discursos, ni a vigilar cuerpos, sino que opera en una dimensión más sutil y más profunda, que es la del tiempo mismo. No se trata únicamente de impedir el cambio, sino de hacer que la idea de cambio pierda su densidad, su urgencia, su sentido. El tiempo deja de ser una promesa o una amenaza para convertirse en una superficie lisa, uniforme, donde todo se repite con variaciones mínimas, cuidadosamente administradas.

Había en esa repetición una cualidad casi hipnótica, una regularidad que producía la ilusión de estabilidad, de continuidad, y que, por lo mismo, resultaba difícil de cuestionar desde dentro. Las personas organizaban sus días en torno a rituales que no conducían a ninguna transformación significativa, pero que ofrecían una estructura suficiente para sostener la vida. Se hablaba del futuro, sí, pero ese futuro no se experimentaba como una ruptura, sino como una extensión del presente, una prolongación de lo ya conocido.

En una ocasión, sentado en un banco de un parque cuya vegetación parecía haber sido diseñada para no cambiar nunca, observé a un grupo de hombres que discutían, con una intensidad que no dejaba de ser curiosa, sobre un partido de béisbol ocurrido décadas atrás. La discusión no tenía por objeto esclarecer un resultado, ni resolver una duda, sino prolongar una conversación que, en cierto modo, suspendía el tiempo real y lo reemplazaba por un tiempo narrativo, circular, en el que los mismos eventos podían ser revisados una y otra vez sin agotarse. Pensé entonces que ese ejercicio, aparentemente inocente, reproducía en miniatura la lógica general del sistema, donde el pasado no se supera, sino que se recicla, se reitera, se mantiene en circulación.

No quiero sugerir con esto que la vida en la isla carezca de movimiento, ni que todo sea una inmovilidad absoluta. Hay desplazamientos, hay cambios, hay incluso momentos de ruptura, pero estos se inscriben en una estructura más amplia que los absorbe, que los integra, que los neutraliza. El tiempo, en lugar de abrirse, se pliega sobre sí mismo, y en ese pliegue se produce una forma de continuidad que no es progreso, sino persistencia.

La noción misma de progreso, tan central en las narrativas modernas, parece haber sido desplazada por una lógica distinta, una lógica de la permanencia, donde lo importante no es avanzar, sino mantenerse, sostenerse, resistir. Y en ese contexto, el totalitarismo se revela no como una anomalía, sino como una forma extrema de organización de esa lógica, una forma que lleva hasta sus últimas consecuencias la idea de que el tiempo puede ser administrado, regulado, detenido sin que deje de parecer que sigue su curso.

Hubo un momento, lo confieso, en que esta constatación me produjo una suerte de fascinación, una atracción intelectual hacia la perfección del mecanismo. Pensar un sistema capaz de intervenir en la experiencia misma del tiempo, de modelar no solo las acciones, sino las expectativas, los ritmos, las percepciones, tiene algo de extraordinario, de casi admirable en su coherencia. Pero esa fascinación no tardó en ceder ante una incomodidad más profunda, ante la conciencia de que esa misma coherencia implica una forma radical de clausura, una imposibilidad de fuga.

Porque si el tiempo no progresa, si no circula, si no se abre hacia lo desconocido, entonces la vida misma queda atrapada en un circuito cerrado, en una repetición que, por más soportable que pueda parecer, termina por vaciar de sentido la experiencia. No hay acontecimiento en el sentido fuerte del término, no hay irrupción, no hay sorpresa que no pueda ser absorbida por la lógica del sistema.

Y, sin embargo, lo más inquietante no es esa clausura en sí misma, sino la manera en que se vuelve invisible, en que deja de ser percibida como tal. Las personas viven, trabajan, aman, sufren, ríen, dentro de ese tiempo detenido, y lo hacen con una naturalidad que desarma cualquier intento de crítica externa. El tiempo sin sentido se convierte, paradójicamente, en el único tiempo posible, en la única forma de duración imaginable.

En ese punto, uno se ve obligado a preguntarse si el problema radica únicamente en el sistema que produce esa experiencia, o si hay también una disposición, una adaptación, una forma de consentimiento que contribuye a su mantenimiento. No se trata de culpabilizar a quienes viven en ese contexto, sino de reconocer que toda estructura, por más opresiva que sea, requiere de ciertos grados de interiorización para sostenerse.

Recuerdo a un hombre, cuyo nombre no importa, que me explicó, con una serenidad que aún me desconcierta, que en la isla uno aprende a no esperar demasiado, a ajustar sus deseos a lo que es posible, a encontrar en la repetición una forma de seguridad. “Aquí el tiempo no corre”, me dijo, “pero tampoco te deja caer”. Esa frase, que podría parecer consoladora, encierra una ambigüedad que no deja de ser inquietante, pues sugiere que la ausencia de progreso puede ser experimentada no solo como una pérdida, sino también como una protección.

No pretendo resolver esa ambigüedad, ni ofrecer una conclusión que cierre el problema, porque, en rigor, no hay cierre posible para una experiencia que, por definición, se resiste a toda resolución. Me limitaré a consignar que, en Cuba, la isla sin tiempo, el tiempo existe sin sentido, y que esa existencia vaciada, esa duración sin dirección, constituye una de las formas más sutiles y más persistentes del poder.

Y acaso, solo acaso, sea en la conciencia de esa anomalía, en la capacidad de percibir que el tiempo ha sido intervenido, donde pueda comenzar a gestarse una forma distinta de experiencia, una fisura mínima en esa superficie lisa, una posibilidad, todavía incierta, de que el tiempo vuelva a moverse, a circular, a adquirir sentido. Porque incluso en los sistemas más cerrados, incluso en las estructuras más perfectas, siempre hay, en algún lugar, una grieta, un desajuste, una interrupción que no puede ser completamente controlada.

Pero esa ya sería otra historia.

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