Por Antonio Ramos Zúñiga
Cuba, al final de su era comunista, es hoy la sangría de un frenético debate, provocado por la política del presidente Donald Trump de poner fin a 67 años de régimen comunista. Hasta ahora, ningún presidente norteamericano había sido una verdadera amenaza para el castrismo, que nunca se sintió tan vulnerable hasta que perdió a su aliado venezolano Nicolás Maduro, proveedor de petróleo, tras su captura por un raid relámpago estadounidense. El peligro es serio para el castrismo debido a la visión geopolítica de Trump de controlar el traspatio latinoamericano frente a la competencia china y porque su secretario de estado Marco Rubio ansía ver libre a la patria de sus padres. De estos hechos surge un contexto que ha producido una tremenda guerra ideológica, de bulos y de teorías en los medios y las redes sociales. Ante una barahúnda de especulación y estupideces, hay una realidad que desespera: ¿Qué pasará con Cuba? ¿Qué solución o modelo puede convenir o desagradar si Trump logra un cambio sin castrismo o con castrismo incluido?
En primer lugar, hasta el momento Trump no ha hecho oficialmente público su plan democratizador de Cuba, solo ha declarado su deseo de tumbar al presidente Díaz Canel, a los Castro y liberar a los cubanos, apelando a una operación militar, si fuera necesario. Así todo, la Media internacional y los blogs del exilio cubano diseminan un supuesto plan negociador que podría grosso modo implicar: a) negociación drástica con el régimen para que la dirigencia se rinda y abandone el país, sin invasión militar; b) negociación concilio (toma pacífica del país, sin derramar sangre), con el consentimiento de la tiranía, que admitiría dejar el poder si se le garantizara la sobrevivencia y coexistencia (léase castrismo converso, capitalista); c) negociación dura y disuasiva, bajo los términos habituales desde la época de Mas Canosa (apertura total, libertad para los presos políticos, desmonte del aparato represor, elecciones libres, nomenclatura al exilio, etc. Esto se considera la decapitación del castrismo) y, a diferencia de la solución a, algunos la prefieren con derramamiento de sangre en combates y tribunales de justicia; d) invasión militar, supuesta derrota castrista e implantación del modelo democrático que Estados Unidos considere el más oportuno para sus intereses. La respuesta castrista a todas las teorías que se barajan es: disposición a dialogar, pero sin condiciones, patria o muerte, venceremos, mientras siguen llenando las cárceles de presos políticos. Pero, ¿qué hay detrás de la fachada? Seguramente, en un país en quiebra y con los episodios de la captura de Maduro y la muerte en un bombardeo del líder iraní ayatolá Alí Jamenei, los Castro deben estar preocupados por su futuro (poder, familia, riquezas). Aparte de eso, Rusia y China, lo más que hacen por ellos es solidaridad remota y punto.
Menú de modelos y soluciones para una Cuba democrática posible
Los que dan por hecho que Trump quiere implantar el “modelo venezolano Delcy” (chavismo sin Maduro) plantean que sería “monstruoso” y una “traición” en el caso de Cuba, y con razón reclaman justicia, revancha, radicalismo, muerte al comunismo, critican a Trump, etc. En este grupo figuran algunos pensadores respetables, incluso trumpistas, y una agresiva mezcolanza de antitrumpistas, procastristas, izquierdistas, rinos de derecha y, principalmente, mucha gente emocional que no sabe interpretar la realidad política y se deja llevar por influencers de pacotilla y bulos. El periodista y expreso político Saturnino Polón, autor de la teoría aristomundialista, considera que una solución que mantenga vivo el aparato militar del régimen, sería tan nefasto como el modelo de Nicaragua, donde el ejército sandinista mandaba más que la presidenta Violeta Barrios de Chamorro, hasta que una efímera filodemocracia terminó en la actual dictadura de Daniel Ortega. Polón también enunció, junto a otros analistas del exilio y norteamericanos, que Cuba tenía la solución alterna de adoptar el modelo chino o vietnamita unipartidista (capitalismo con partido comunista), algo que en la actual situación no parece viable. Si no quedara más remedio, los modelos de Nicaragua y Venezuela podrían ser aceptables para el tardocastrismo.
El destino cubano en base a una opción de libertad verdaderamente democrática, en lo espiritual y político, sin castrismo reformado, es la teoría mejor fundada y con mejor perspectiva pragmática, porque el objetivo que se maneja no es renovar con simplismo maniqueo, sino engrandecer al ave fénix con los atributos del pensamiento moderno para que el vuelo sea más alto, sin prejuicios y con un nuevo relato, el de los hombres libros versus rebaño y tiranía. En esta teoría cabe cualquier solución que salve a Cuba como nación, ya sea mediante la resistencia cívica o la lucha armada y confiere importancia al papel crítico de la cultura contra el marxismo cultural y sus variantes ultra, el progresismo, las tendencias woke, el nuevo socialismo, el antitrumpismo fanático y el neocastrismo. El modelo que propone es una Cuba donde el comunismo, el fascismo, la cultura de la pobreza y la falsa moralidad seudo intelectual sean reemplazados por la variedad, la creación y la liberación interior y material del sujeto. Hay diferentes modalidades de esta visión para Cuba, no todas convergentes, sostenida por pensadores de diversas profesiones, citemos unos cuantos: Carlos Carballido, Angel Callejas Velázquez, Rafael Piñeiro, El Ciclón invisible, Julio Fowler, Ulysses Alvarez Laviada, Alberto Luzárraga, Jacobo Londres, Denis Fortún, Zoé Valdés, Rolando Morelli, Irma E. Sánchez, Rebeca Esther Ulloa, Marcia Arencibia-Henderson, Julio Benítez, Anabelle Leyva, Armando de Armas (in memoriam), entre muchos más. En el aspecto particularmente político tenemos a: Carlos Cabrera Pérez, Ninoska Pérez Castellón, Saturnino Polón, Alier González Mena, Iván Cuesta, Anna Sotelo, Cristina Monteblanco, Jorge Ferragut Sr, Ramón Castro, Lou Pagani, Ramón Colás, Julio M. Shilling, Jorge L. León, Raúl Proenza, Esteban Fernández, Pedro Campos Sánchez, David Hall, Nicolás Águila, Sergio Hernández, entre otros.
Entre los que justifican una intervención militar, se basan en que el régimen debe ser desmantelado por la fuerza, pues cualquier trato solo serviría para su continuidad. Esta es la solución compartida por gran parte del exilio cubano, sus lemas son: No diálogo con la dictadura, No al fraude, patria y libertad. Debido a las posturas de líderes como Antonio Calatayud (Congreso Nacional Cubano), Ramiro Gómez (Partido Liberal Cubano), Brigada 2506, Municipios de Cuba en el exilio, Plataforma unitaria cubana, ex presos políticos, etcétera, la membresía que aboga por esta solución va en aumento. En importantes organizaciones, como La Fundación Nacional Cubana Americana, los hay en pro y en contra de soluciones radicales. Hay otro modelo de carácter menos belicoso, que pasa como persuasivo, el que emana de una sombrilla de organizaciones del exilio llamada Asamblea de la Resistencia Cubana, capitalizada por el Movimiento Cristiano Liberación (María Rosa Payá), el Directorio Democrático Cubano (Orlando Gutiérrez Boronat) y José Daniel Ferrer (UNPACU), etcétera. Para esta organización la libertad de Cuba pasa por el derrocamiento del gobierno castrista mediante la presión política y la resistencia pacífica, el modelo transicional democrático en la isla debe ser inclusivo y es tolerable cierta permanencia de estamento militar castrista que no tenga las manos manchadas de sangre. Daniel Ferrer ha dado la bienvenida a los compañeros comunistas que quieran pasarse al bando de los buenos. Parece una organización más afín a la solución de toma amistosa, aunque tiene miembros en desacuerdo con el diálogo y elecciones gestadas por el régimen. A esta organización se le critica porque muchos no comprenden, con razón, como la benevolencia (perdón y cuenta nueva) puede resolver los problemas que representa la estructura de poder castrista si logra sobrevivir con formas de gatopardismo o con cualquier otro tipo de reciclaje o mascarada. La izquierda exiliada simpatiza con la solución de diálogo y reconciliación.
La solución post comunista en Europa del Este
Tal vez el recuerdo del fin del comunismo en Europa del Este, tras la caída del muro de Berlín en 1989, pueda ayudar a entender o rechazar una solución democrática para Cuba. Claro que son escenarios y procesos algo diferentes, pero esencialmente se produjeron reclamos y situaciones que forman un referente a tener en cuenta. Salvo en Rumanía, la caída del comunismo no fue de manera violenta. Checoslovaquia hizo su revolución de terciopelo. La Stasi no se atrevió a masacrar la sublevación anticomunista en Alemania del Este (RDA), el ejército polaco no tiroteó al pueblo en las calles, se solidarizó. El pueblo húngaro no se vengó del ejército que, junto a los rusos, les había causado cientos de muertos en 1956. La revolución en cadena anticomunista se celebró sin revanchas en Bulgaria, Albania, Yugoslavia, Ucrania, etc. Solo en China, el gobierno comunista ordenó reprimir letalmente las protestas de Tiananmén. En la Unión Soviética el proceso, alterado por un golpe de estado fallido, no terminó en un baño de sangre, gracias Gorvachov y Yeltsin. El periodista David S. White, en X, se pregunta; “¡Qué impredecible lección histórica, una revolución sin muertes! ¿Cómo pudo suceder esto?” Y varios en su auditorio respondieron: “Ya nadie quería más muertes” Lo interesante es que la liberación en esos países no condujo al desmantelamiento del ejército comunista, sino a la expulsión de oficiales de alta jerarquía. Las estructuras represivas (policía, órganos de inteligencia) fueron canceladas. Se le celebraron juicios a los represores con expediente criminal, pero no se pudo probar la culpabilidad de muchos. Una desbandada de jefes militares se fue al exilio parisino, estadounidense, español, suizo, italiano. Años después, se les permitió el regreso y se reintegraron a la política y al partidismo neocomunista. Contra esta tendencia, en Polonia, actualmente, se busca la manera de ilegalizar la doctrina comunista. La renovación del comunismo y la falsedad de un democrático-socialista, como el chavismo, es otra cuestión que temen los cubanos que se oponen al castrismo reformado.
¿Puede la experiencia europea aplicarse en Cuba?
¿Puede la experiencia europea aplicarse en Cuba? Tal vez se pueda pero con matices. La situación cubana se diferencia de aquella, en primera instancia, porque no existe una oposición organizada en la isla, como la hubo en Polonia, ni una disidencia unida doctrinalmente como en Checoslovaquia y Hungría, la división resquebraja la fuerza del exilio. Las cadenas opositoras por la paz eran masivas en Alemania, las protestas en Cuba son puntuales, espontáneas, fáciles de reprimir. Tampoco existe un liderazgo de peso que represente la cohesión popular. Para mayor mal, la oposición está infiltrada y manipulada. Los gobiernos comunistas, como el polaco y húngaro, en la década de 1980 habían permitido ciertas formas capitalistas, no te metían 10 años de cárcel por disentir o poner un cartel contra el sistema, el de Cuba, en lugar de suavizar el control, lo endurece, se vuelve más vil a medida que avanza su decadencia. El antisovietismo era generalizado en Europa, lo viví en Checoslovakia. El anticastrismo tiene voces fuertes en el exilio y en Cuba, pero también existe un seudo exilio con muchas voces procastristas y anti Trump, lo cual es un problema, porque tienen el apoyo de la izquierda liberal estadounidense. Por supuesto, este seudoexilio ve bien una solución con el toque suave europeo y las variantes reformistas inocuas: el modelo nica, la reforma blanda de Gutiérrez Boronat, la mediación dialoguista y reconciliadora de la iglesia católica, la apertura controlada por el castrismo, un poco de libertad, pan y circo para curar heridas y hambre vieja. De la sospechosa solución venezolana, ni le hablen. De que el exilio mande en la isla, menos.
¿Cuál será la carta que se guarda Trump?
¿Entonces, cuál será la carta que se guarda Trump? Lógicamente, Cuba no es Nicaragua ni Venezuela, esta última encaja más en el designio geopolítico trumpista por ser un gigante petrolero. De hecho, la toma de Venezuela propició el ataque a Irán, según el análisis del banquero cubano americano Doctor Alberto Luzárraga, la irrelevancia económica de Cuba está en su contra, al menos que el exilio poderoso apriete su influencia cabildera (https://egodekaska.com/claves-de-la-intervencion-de-trump-en-venezuela-y-cuba/). ¿Qué puede significar Cuba para Trump? Podría significar el arreglo de un problema con un país conflictivo. Liberar a Cuba también le ganaría los votos de lo cubano-americanos para MAGA y, por qué no, a lo mejor quiere regalarle la libertad de Cuba a su mimado Marco Rubio. Sin embargo, creo que la clave se aviene más con el Trump de visión empresarial, asesorado por su secretario del tesoro, el genial Scott Bessent, como ya se ha dicho. Una Cuba libre con su extensión miamense podría convertirse en la democracia capitalista más desarrollada de América Latina, como centro de negocios, turismo, alta tecnología, cultura y servicios médicos, donde la calidad de vida sería igual o superior a los índices europeos. Claro, para que esto ocurra no basta con una solución venezolana, ni andarse con paños tibios, se precisa desbaratar el castrismo.