En el umbral de la casa

Por Blanca Caballero

Antes de que el sol aparezca debo terminar de limpiar el umbral de mi casa y dibujar con polvo de arroz. Hoy he pensado en cambiar la figura.

Dibujaré un tigre; últimamente ha estado uno rondando por la aldea y tal vez, si lo represento, no vendrá a atacarnos. Además, esas semillas que usaré para crear sus contornos serán el alimento de los pájaros. El dios será engullido implacablemente por los inofensivos pájaros.

Creo que con este pequeño detalle pongo la cosmología en un lugar diferente. ¡Un tigre atacado por esos pequeños alados!

Ya terminé con mi figura. Quedó soberbia; se puede ver la tigridez.

Es tarde, debo dirigirme a la fuente y traer agua fresca. Cuando salgo, vuelvo la cabeza y veo allí, en el umbral, una bandada dándose un festín.

Me siento como si el cielo hubiera bajado y me estuviera comprimiendo. Sudo copiosamente, a pesar de que el sol no ha llegado a la mitad de su camino.

El camino a la fuente es largo. Mi mirada se interna en el bosque que rodea la aldea. Vienen conmigo varias mujeres más, cargando sus cántaros; algunos grandes y otros pequeños.

Se acercan con sus charlas incesantes; algunas me saludan y desean un buen día. Yo sonrío. Mis pensamientos están en otro lugar. Siento una inquietud malsana, como si mi cuerpo se estuviera corroyendo y aun así siguiera con vida.

Una vez tuve un encuentro cercano. Se plantó frente al grupo de mujeres. Pude ver sus ojos, penetrar en ellos y sentir cómo un aire gélido me envolvía. Un ruido inesperado lo hizo huir. Yo quedé marcada por la fiera.

Desde ese instante sueño con él. Me despierto a medianoche gritando, agarrando frenéticamente la manta de dormir. Quiero romperla; que el crujido al rasgarse sea el de los huesos del tigre rompiéndose entre mis manos.

Miro hacia la negrura del bosque; me sobresalta cualquier ruido.

Cuando regreso a casa con mi vasija de agua voy más lento, asustada. Camino con cautela. No quiero encontrarme con esa figura demoledora; mis posibilidades son tan escasas que ni siquiera las pienso.

Un ruido detrás de mí.

Un terror eléctrico me recorre la columna. Mi cuerpo tiembla y giro la cabeza.

Ahí está.

Erguido, mirándome con ojos codiciosos, listo para saltar.

Entonces el cielo se desploma.

Del bosque sale una bandada tan grande y compacta que oscurece el día. Rodean al tigre y comienzan a picotearle los ojos. Logro ver las cuencas vacías en un segundo de frenesí.

El tigre ruge, indefenso, y retrocede hacia la sombra de los árboles.

Los pájaros me rodean.

Me escoltan de vuelta mientras el olor a sangre y plumas inunda el camino.

He roto el equilibrio de la vida y ahora soy la protegida de los vaciadores de ojos.

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