Por Héctor A. Rodríguez, PhD
Corría 1958, un año decisivo en la historia de Cuba.
El país se debatía entre la dictadura y la revolución.
Los jóvenes, cansados de ver los abusos de la policía y el ejército contra la población, se movilizaban en las filas del Ejército Rebelde.
En la esquina de la casa de Pepín vivía el capitán Labastida, jefe de la policía en su provincia. Desde su portal, Pepín veía pasar las patrullas: un automóvil de la policía nacional y un jeep Willy que rondaban las ciudades cazando supuestos revolucionarios. A menudo los veía detener a jóvenes que eran golpeados brutalmente dentro de los carros, tratados como sacos de boxeo humanos, antes de ser trasladados al vivac, donde los esperaba la tortura y, muchas veces, la desaparición.
Harto de aquella vida, y con apenas diecisiete años, Pepín decidió subir a la montaña y alzarse bajo las órdenes de Raúl Castro, jefe entonces del Segundo Frente Oriental “Frank País”.
La decisión le costó un desgarrón: debía separarse de Evita, el amor de su vida. Ella tenía dieciséis años, un año menor, y ambos se habían conocido en la escuela secundaria, cuando aún no estaban cerradas por la guerra. Los unían el riesgo y la pasión: juntos hacían propaganda a favor del Ejército Rebelde, recaudaban fondos, pegaban carteles por la ciudad. Entre el peligro y la adrenalina, había nacido un doble fuego: el de la lucha insurreccional y el del amor adolescente.
Evita tenía los ojos más bellos del mundo: un azul aguamarina, sereno como aguas poco profundas donde la arena brilla en el fondo del mar. Su cabello negro, ondulado y rebelde, hacía un contraste que deslumbraba a Pepín y despertaba la envidia de sus amigos. Dulce y de modales finos, educada en la música clásica por sus padres, asistía con frecuencia al teatro lírico de Guantánamo, aunque ya la guerra había cerrado sus puertas.
Pepín luchó en la sierra durante diez meses, hasta la madrugada del primero de enero de 1959, cuando el triunfo de la Revolución estremeció la isla. Al pasar su columna por Guantánamo rumbo a Santiago, saltó del camión para buscar a Evita. La halló en el parque y se fundieron en un abrazo interminable, como si sus células se mezclaran en un solo soplo.
Días después, ya en Santiago, obtuvo permiso para visitarla de nuevo. La alegría los alimentaba como leche, y entre sonrisas y promesas fijaron la boda para seis meses más tarde, cuando llegaran las primeras vacaciones para los oficiales rebeldes.
Pero el destino les tendió una emboscada.
Pepín se había alzado por la justicia, por la bondad del corazón humano, y no soportaba el abuso, el robo ni la mentira. Una noche, en el cuartel de Santiago, apenas un mes después del triunfo, Raúl Castro los reunió de madrugada para transmitir una orden llegada desde La Habana:
—“Sembrar el terror en las poblaciones”.
Pepín sintió un escalofrío. Recordó lo que había visto en Guantánamo, los guardias de la dictadura golpeando y torturando jóvenes. Fue esa imagen la que lo había llevado a la montaña. No dudó en responder:
—Yo me alcé para combatir eso, comandante. Conmigo no cuente.
Su negativa lo puso del otro lado de la historia. Se unió al grupo clandestino de oficiales que comenzó a resistir al nuevo régimen. No pasó un año: fue detenido y condenado a veinte años de cárcel por “contrarrevolución”.
Lo más doloroso no fue la prisión, sino la pérdida de Evita.
Aquellos ojos azules jamás volverían a ser suyos. Ese fue el golpe más grande de su vida, uno del que nunca se recuperó.
Tras diecisiete años de encierro, la intercesión del Papa logró su liberación. Salió del país rumbo a Venezuela, donde conoció a quien sería su esposa y con quien tuvo mellizos.
Evita se fue a Miami. Pepín, sin embargo, nunca quiso establecerse allí: no podía soportar saberla cerca y no tenerla consigo.
Había perdido sus dos primeros y más grandes amores:
el amor de una mujer
y el amor a una causa que creyó justa para su patria.
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