Por Spartacus
Nada de lo que hoy comparece bajo la rúbrica de lo político parece responder a una voluntad histórica discernible ni a una decisión irrefragable, pues en el presente no se advierten signos nítidos de soberanía efectiva ni de ruptura auténtica, sino apenas la reiteración cansina de gestos que simulan conflicto, debate o viraje ideológico y que en realidad parecen haber tenido lugar en otro estrato, en una zona previa y opaca donde las causas permanecen adarces y los efectos llegan siempre con un retraso calculado, de modo que la política termina apareciendo como un fenómeno tardío, casi cencido, una espuma verbal de consistencia flébil que flota sobre corrientes más profundas cuya lógica no admite representación pública ni deliberación visible.
Desde hace tiempo esta sospecha se ha vuelto contumaz y ya no puede ser desalojada sin violencia intelectual, pues aquello que todavía llamamos Historia no actúa ni decide ni orienta, sino que se limita a registrar con acribia burocrática el desplazamiento de fuerzas que no reconoce como propias y que operan con una autonomía inquietante, mientras la narrativa histórica heredada del siglo XIX, con su fe casi nefelibata en el progreso, en el sujeto colectivo y en la conciencia política, ha quedado reducida a una ficción pedagógica que acaso sirva para la instrucción escolar pero resulta inservible para comprender un presente que avanza sin relato, sin teleología y sin promesa, dejando a la política el papel menor de un gesto administrativo que simula control allí donde solo hay inercia y repetición.
Oswald Spengler había advertido ya este desplazamiento al describir el ocaso de las culturas en La decadencia de Occidente, donde muestra que cuando la vida creadora se agota y las formas espirituales pierden su vigor, la política ocupa el lugar del sentido perdido y se hipertrofia hasta convertirse en espectáculo, en retórica grandilocuente y en ruido permanente, sin que por ello gobierne nada esencial, ya que las grandes decisiones no pertenecen a parlamentos ni a líderes visibles, sino al destino morfológico de las civilizaciones, de modo que en ese marco la Historia no elige ni delibera, sino que ejecuta un guion impuesto por la forma misma de la cultura.
Jacob Burckhardt llevó este escepticismo aún más lejos en Reflexiones sobre la historia universal, donde se niega a concederle a la política el rango de motor histórico, pues para él la Historia está compuesta por fuerzas permanentes que se repiten bajo disfraces variables y que configuran un campo de tensiones donde el poder, la religión, la cultura, la violencia, el miedo y la ambición se entrelazan de manera plúrima sin que ningún proyecto político logre dominarlas de forma duradera, de tal modo que el historiador no descubre planes racionales ni intenciones coherentes, sino recurrencias y ritmos que desmienten la ilusión de control.
Esta sospecha se vuelve más sombría en el siglo veinte, cuando Carl Schmitt formula la idea de la decisión soberana como núcleo de lo político en El concepto de lo político y, sin embargo, deja entrever una grieta inquietante al reconocer que la decisión verdadera no se discute ni se vota, sino que acontece en el estado de excepción, con la salvedad de que en el presente ese estado ya no necesita ser declarado ni dramatizado, pues se ha vuelto permanente, técnico y burocrático, de modo que nadie anuncia la excepción porque ya no hace falta, mientras la política continúa hablando con una nonchalance casi mecánica y la decisión se desplaza hacia mecanismos impersonales que operan sin dramatismo ni responsabilidad visible.
Michel Foucault abandona la figura clásica de la conspiración sin disipar la sospecha de fondo y lo hace en Seguridad, territorio, población y en Nacimiento de la biopolítica, donde muestra que el poder moderno no actúa desde un centro reconocible, sino desde dispositivos que organizan conductas, gestionan poblaciones y producen realidad mediante una racionalidad difusa que no necesita voluntad consciente para imponerse, de modo que la política queda reducida a la tarea secundaria de legitimar decisiones ya inscritas en el funcionamiento técnico del sistema, sin mandar, sin crear y sin otra función que la de traducir y ajustar.
La consecuencia de este desplazamiento resulta inquietante, pues si el poder ya no requiere intención moral ni conciencia explícita, la Historia pierde su estatuto de sujeto y se revela como un archivo pasivo, en el que no hay conspiradores en el sentido novelesco del término, sino procesos que avanzan por su propia lógica, gobernando el mundo sin necesidad de rostro ni de responsabilidad, mientras la política se convierte en una ficción tranquilizadora, en un teatro necesario para que las sociedades no adviertan que han perdido la capacidad efectiva de decidir su destino.
James Burnham anticipó este escenario al describir el ascenso de una clase gestora en La revolución de los directores, donde el poder deja de pertenecer a políticos o capitalistas tradicionales y pasa a manos de administradores, expertos y planificadores cuya autoridad se legitima por la eficacia y no por la representación, transformando la política en una fachada simbólica donde las elecciones ratifican, el conflicto reordena y nada esencial se transforma.
En este punto la sospecha conspiranoica adquiere un tono más abstracto, pues ya no se trata de preguntar quién manda, sino de aceptar que el mando se ha disuelto en sistemas, tal como lo formuló Guy Debord en La sociedad del espectáculo, donde el espectáculo no aparece como un conjunto de imágenes, sino como una relación social mediada por imágenes que sustituye la experiencia directa de lo real, de modo que la Historia no avanza ni progresa, sino que se reproduce como simulacro, y los acontecimientos no ocurren tanto como se representan.
Debord sugiere que la operación decisiva del poder consiste en haber separado a las sociedades de su capacidad de vivir la Historia como experiencia propia, convirtiendo todo en comentario, análisis y opinión, de tal modo que el acontecimiento llega siempre ya interpretado y la política no actúa, sino que reacciona, mientras la conspiración deja de consistir en un plan secreto para convertirse en la producción de un mundo donde el secreto ya no importa porque nada decisivo ocurre en el nivel visible.
Esta línea de pensamiento se radicaliza en autores como Nick Land, para quienes el proceso histórico ha sido absorbido por una dinámica no humana, visible en sus textos de los años noventa vinculados a la Cybernetic Culture Research Unit, donde el capitalismo tecnificado y acelerado funciona como una inteligencia sin sujeto que no necesita ser controlada por élites conscientes, de modo que incluso los gestores operan como piezas parciales de una maquinaria que avanza por su propia lógica, dejando a la política reducida a un residuo arcaico, a un lenguaje obsoleto incapaz de describir procesos que ya no requieren legitimación.
Desde esta perspectiva la Historia no solo no decide, sino que ha sido superada como mito humanista que presupone voluntad, conciencia y finalidad, mientras el mundo actual produce efectos sin narración ni horizonte, obligando a la política a intentar reintroducir sentido allí donde solo hay aceleración y repetición.
René Guénon ofrece una lectura convergente al describir una civilización dominada por lo cuantitativo en El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, donde la causalidad profunda se vuelve invisible y los acontecimientos parecen accidentes no porque lo sean, sino porque el plano donde se originan ha sido deliberadamente ocultado, reduciendo la política moderna a una actividad secundaria que administra signos y produce discursos sin tocar lo esencial, mientras la verdadera transformación ocurre en niveles que no admiten representación democrática.
Así se configura una visión inquietante del presente, en la que las crisis políticas, las polarizaciones ideológicas y los enfrentamientos históricos aparecen como resultados superficiales de procesos ya consumados, con una Historia que comparece como archivo de efectos y una política que se repite como ritual sempiterno, mientras las decisiones irrefragables se desplazan hacia redes técnicas, financieras, informacionales y biopolíticas cuya lógica se impone sin necesidad de comprensión.
Incluso las grandes narrativas del conflicto, entre izquierda y derecha, entre democracia y autoritarismo, entre soberanía y globalismo, operan como dispositivos de distracción que no son falsos, pero sí insuficientes, lenguajes heredados para describir un mundo que ya no responde a esas categorías, mientras la política insiste en hablar y el proceso avanza por otros canales.
La sospecha final resulta quizá la más insoportable, pues tal vez no existan manos ocultas en el sentido clásico, y la verdadera conspiración consista en que nadie gobierna, en que el mundo ha sido entregado a una dinámica automática y en que la Historia ha dejado de ser una instancia de decisión para convertirse en un efecto colateral, mientras la política sigue representando su papel en un escenario vacío.
El ciudadano cree participar, el intelectual cree interpretar y el político cree decidir, aunque todos operan dentro de un marco que no controlan, pues la Historia no decide nada y se limita a registrar el paso de fuerzas que no necesitan conciencia para imponerse.
Y sin embargo la ficción persiste, se sigue hablando de momentos históricos, de giros decisivos y de encrucijadas, se sigue escribiendo como si la voluntad colectiva aún tuviera peso, tal vez porque admitir lo contrario resultaría insoportable, tal vez porque la política, aun vaciada de sustancia, sigue siendo el último lenguaje disponible para fingir que el destino no ha sido delegado a una maquinaria sin rostro.
La imagen que acompaña este post muestra cómo, en tiempo real, el gabinete de Trump vivió la captura de Maduro, y ese tiempo real que acompaña la acción de los acontecimientos no puede leerse sin suspicacia, pues resulta legítimo preguntarse si responde a una voluntad de la Historia o si no es más que otro síntoma de esa lógica espectral que convierte el acontecimiento en registro inmediato, razón por la cual conviene seguir sospechando de la Historia.