El retorno de Bobito

Por KuKalambé

A Bobito le decían Bobito desde niño, no porque fuera tonto, sino porque en el barrio nadie sabía distinguir entre la lentitud y la contemplación. Los muchachos corrían detrás de una pelota, rompían cristales, insultaban a las viejas desde las esquinas y aprendían temprano el oficio menor de burlarse del que no respondía. Bobito, en cambio, se quedaba mirando las paredes desconchadas, las manchas de humedad, los ojos de los perros callejeros, el modo en que la luz de la tarde se detenía sobre los alambres eléctricos. Parecía vacilar entre seguir cayendo o permanecer suspendida. Esa demora, que en otro país habría podido confundirse con una vocación de pintor o de filósofo, fue tomada en su barrio por una forma de idiotez, y el nombre quedó adherido a él con esa eficacia cruel que tienen los bautismos populares.

Cuando cumplió cuarenta años, Bobito vivía solo en una casa estrecha, al fondo de un patio donde crecían helechos, latas oxidadas y una mata de albahaca que nadie había sembrado. Trabajaba reparando espejuelos, relojes de pared, cámaras fotográficas viejas, linternas, radios, pequeños objetos vencidos por el tiempo, y había adquirido una reputación modesta entre las señoras que todavía creían que las cosas podían arreglarse antes de ser sustituidas. Su taller era un desorden paciente. Sobre una mesa de madera se acumulaban lentes, tornillos diminutos, placas fotográficas, cristales ahumados, agujas, alambres de cobre, tubos de ensayo, pedazos de espejos, lupas rajadas, lámparas de queroseno, una vieja enciclopedia Salvat y varios cuadernos llenos de anotaciones escritas con una letra inclinada, nerviosa, casi ilegible.

Bobito no quería inventar una máquina. Esa palabra le parecía vulgar. Las máquinas pertenecían a los ingenieros, a los ministerios, a los hombres que hablaban de progreso con la boca llena de cifras. Él quería fabricar un órgano. No un aparato que sirviera para ver mejor, sino un ojo que mirara de otra manera. Había llegado a esa obsesión después de leer, en una traducción defectuosa, unas páginas sobre la posibilidad de suspender los hábitos de la percepción y contemplar el mundo antes de que la costumbre lo organizara. La idea lo perturbó durante meses. ¿Y si el ojo humano, acostumbrado a sobrevivir, no estuviera hecho para ver, sino para reconocer? ¿Y si la memoria, lejos de ayudarnos, nos obligara a repetir el mundo? ¿Y si mirar fuera, casi siempre, obedecer?

El ojo comenzó como un juego. Primero tomó el lente de una cámara rota, luego el cristal convexo de un viejo proyector, después una gota endurecida de resina transparente, una lámina fotosensible, dos espejos de afeitar y un pequeño circuito extraído de un juguete japonés que repetía una música insoportable cuando alguien le apretaba la barriga. Durante semanas trabajó de noche, cerrando las ventanas para que los vecinos no vieran el resplandor azulado que salía del taller. No dormía. Comía poco. Hablaba solo. En los cuadernos anotaba frases que parecían dictadas por alguien que no quería ser comprendido: «La fantasía no inventa, recuerda lo que la realidad no pudo ser»; «el ojo natural conserva la ruina»; «la alta cultura es una mirada que aún no ha encontrado su cuerpo».

El primer ensayo fue con una fotografía de su madre. La puso sobre la mesa y acercó el ojo artificial, todavía incompleto, con la cautela de un anatomista ante una materia desconocida. Al principio no ocurrió nada. Luego la imagen comenzó a estremecerse. La madre de Bobito, muerta hacía veinte años, apareció no bajo la forma en que había sido, con su delantal de flores y su cansancio resignado, sino según la vida que le fue negada. Bobito la vio sentada en una biblioteca, leyendo en voz alta un poema alemán que jamás había conocido. La vio joven, severa, hermosa, dueña de una dignidad que la pobreza le había arrebatado antes de que pudiera nombrarla. Bobito retrocedió asustado. El ojo no reproducía el pasado. Registraba una posibilidad.

Desde aquella noche supo que había logrado algo terrible. Durante varios días evitó mirar el objeto. Lo cubrió con un paño negro, del mismo modo en que se cubren los espejos en las casas donde acaba de morir alguien. Pero el ojo seguía allí, silencioso, cerrado y, sin embargo, vigilante. Bobito sentía que lo llamaba. No con palabras, sino mediante una promesa más peligrosa: la promesa de corregir el mundo.

Una tarde, después de reparar unos espejuelos de montura dorada, se sentó frente al paño y lo retiró con cuidado. El ojo brillaba débilmente. Bobito lo tomó entre los dedos y lo colocó frente a la ventana. La calle se duplicó. Con su ojo izquierdo vio los baches, la basura, un niño descalzo, una mujer gritando desde un balcón, dos hombres discutiendo por una botella. Con el ojo artificial vio una avenida amplia, árboles cuidados, estatuas de poetas, librerías abiertas, jóvenes que hablaban de música, ancianos que no mendigaban, mujeres vestidas de lino entrando en teatros luminosos. El mismo espacio contenía dos destinos. La miseria y su desmentido.

Entonces decidió que no bastaba mirar desde afuera. La operación ocurrió una madrugada de lluvia. Bobito había leído manuales de anatomía, había comprado alcohol, gasas, hilo quirúrgico, una pinza curva, una navaja de barbero. Nadie habría podido explicar si actuaba por locura, por lucidez o por esa mezcla de ambas que suele acompañar a los hombres cuando realizan actos irreversibles. Frente al espejo del baño se miró largamente. El ojo derecho, húmedo y común, le devolvía una expresión de miedo. Bobito sintió compasión por aquel órgano obediente que lo había acompañado desde la infancia, que había visto entierros, apagones, mujeres inalcanzables, libros prestados, habitaciones miserables, techos con filtraciones, pero también comprendió que aquel ojo era un funcionario de la realidad. Le agradeció en silencio sus servicios y procedió.

El dolor fue blanco. No rojo, tal como había imaginado, sino blanco, absoluto, sin bordes. Cayó al suelo, vomitó, perdió el conocimiento, volvió en sí, siguió trabajando con una paciencia animal. Cuando terminó, el amanecer comenzaba a entrar por la ventana. Tenía la mitad de la cara vendada y la sensación de que alguien respiraba dentro de su cráneo.

Tres días después retiró la venda. Al principio vio doble. Después vio más que doble. El ojo izquierdo le mostró el baño, el espejo manchado, su rostro envejecido, la piel amarillenta, la barba crecida, el hueco del dolor. El ojo derecho le mostró otro rostro, no más joven, sino más intenso, una versión latente que había esperado durante años la ocasión de manifestarse.

La casa se abrió en dos. Cada objeto poseía una biografía y una aspiración. La silla rota era la silla rota donde su padre se había sentado a morirse y el trono humilde de un pensador que no necesitaba reino. La taza rajada era la taza rajada y era también una porcelana digna de una mesa imperial. El libro apolillado era basura y era, simultáneamente, la entrada a una civilización que no había ocurrido.

Durante las primeras semanas Bobito fue feliz. Salía a caminar y veía dos ciudades. La ciudad natural, hecha de colas, gritos, polvo, cansancio, expedientes, perros flacos y hombres que parecían haber sido derrotados antes de nacer. Y la ciudad fantástica, donde cada portal escondía una academia, cada solar se levantaba como un palacio moral, cada conversación vulgar dejaba traslucir, por debajo, una frase perfecta que nadie pronunciaba.

Bobito aprendió a parpadear por separado. Cuando cerraba el ojo derecho, regresaba al mundo de la memoria. Cuando cerraba el izquierdo, entraba en el mundo de la posibilidad.

Pronto comprendió que no podía vivir sin ninguno de los dos.

El problema comenzó con las voces. La primera voz fue la del ojo natural. No hablaba desde afuera, sino desde una zona antigua de la cabeza, cerca de la infancia.

—Recuerda.

Y Bobito recordaba.

Recordaba a su madre contando monedas, a su padre regresando borracho, a los vecinos riéndose de él, a una muchacha llamada Irene que una vez le pidió que le arreglara una cámara y nunca volvió a buscarla. Recordaba el olor de los hospitales, la humedad de los cuartos cerrados, las tardes en que había querido irse y no tenía adónde. El ojo natural defendía esas imágenes con una obstinación humilde.

—Esto eres —decía—. No lo pierdas.

La segunda voz apareció después. Era más fría, más alta, menos humana. Venía del ojo derecho.

—Eso no eres. Eso apenas te ocurrió.

Entonces le mostraba otra vida: Bobito dictando conferencias en una universidad de mármol, Bobito conversando con músicos, pintores y metafísicos, Bobito escribiendo un tratado sobre la mirada, Bobito amado por mujeres imposibles, Bobito caminando por una biblioteca interminable donde cada libro contenía una versión mejorada de su destino.

La voz artificial no mentía exactamente. No decía «esto fue». Decía «esto pudo ser». Y esa diferencia resultaba más devastadora que cualquier mentira.

Poco a poco Bobito dejó de trabajar. Las señoras tocaban a la puerta con relojes detenidos y espejuelos torcidos, pero él no abría. Le molestaba la interrupción de aquellas vidas pequeñas que venían a pedirle remiendos. Pasaba horas sentado frente a la mesa, con ambos ojos abiertos, soportando la batalla. El izquierdo le devolvía la continuidad del mundo; el derecho lo acusaba de cobardía por aceptar esa continuidad. La memoria le pedía fidelidad. La fantasía le exigía traición.

Una noche comprendió que el ojo artificial también registraba miradas ajenas. No miraba solamente las cosas, sino el modo en que las cosas habían sido deseadas por otros. Al pasar frente a una escuela abandonada, vio con el ojo izquierdo paredes sucias, pupitres rotos, un busto sin nariz. Con el derecho vio generaciones de niños convertidos en científicos, músicos, juristas, lectores de griego, arquitectos de ciudades transparentes.

La escuela no era un edificio. Era el archivo de una promesa incumplida. En una iglesia vacía vio la fe de los que habían rezado allí; no la fe real, mezclada con miedo y rutina, sino la fe en su forma más alta, aquella que aspiraba a transformar la existencia. En el mercado vio no la compraventa, sino el antiguo sueño de la abundancia compartida.

Todo lo pobre tenía un doble noble. Todo lo vulgar escondía una aristocracia frustrada.

Esa revelación, que al principio lo exaltó, terminó por destruirlo.

Porque ya no pudo mirar a nadie sin ver, al mismo tiempo, su fracaso. El zapatero no era solo un zapatero, sino un violinista que nunca había tocado. La vecina que regañaba a sus hijos era una poeta que jamás aprendió a escribir. El borracho de la esquina era un santo sin disciplina. El policía era un cobarde que pudo haber sido héroe.

Cada rostro contenía una cultura sepultada. Cada vida parecía una edición mutilada de sí misma.

Bobito comenzó a llorar en la calle.

Los vecinos confirmaron entonces lo que siempre habían sospechado. Bobito se había vuelto loco. Los niños le gritaban cíclope, aunque tenía dos ojos; las mujeres se persignaban al verlo pasar; los hombres evitaban mirarlo de frente porque aquel ojo derecho, fijo y brillante, parecía no detenerse en la cara, sino atravesarla hasta llegar a una vergüenza desconocida.

Solo un mendigo llamado Lauro se atrevió a preguntarle qué veía.

Bobito respondió:

—Veo lo que ustedes perdieron antes de tenerlo.

Lauro se rió, pero después se quedó serio. Había comprendido demasiado.

La lucha final ocurrió en diciembre, durante una madrugada fría. Bobito despertó con la certeza de que los dos ojos habían dejado de obedecerle. El izquierdo le imponía recuerdos cada vez más precisos: la sábana de su infancia, la fiebre, la mano de su madre, el primer libro robado, la primera humillación, el sabor metálico de la sangre después de una pelea.

El derecho le mostraba una sala inmensa donde todos esos recuerdos eran transformados en arte: la fiebre se volvía música, la humillación se volvía teatro, la pobreza se volvía filosofía, la sangre se convertía en una línea roja sobre un cuadro perfecto.

—Sin mí no eres nadie —dijo el ojo natural.

—Con él eres apenas alguien —dijo el ojo artificial.

Bobito se levantó, fue al taller y encendió la lámpara. Sobre la mesa colocó la navaja de barbero. Durante un rato pensó en arrancarse el ojo inventado. Volvería a ser un hombre común, mutilado, sí, pero dueño de una sola realidad. Podría reparar relojes, abrir la puerta a las señoras, alimentar la albahaca, esperar la muerte con modestia.

Luego pensó en arrancarse el ojo natural. Se libraría de la memoria, de la identidad, del barrio, del apodo, de la biografía entendida como condena. Viviría en la alta cultura de lo posible, aunque ya no quedara nadie llamado Bobito para contemplarla.

La mano le tembló. Entonces hizo algo inesperado. Cerró ambos ojos. No fue fácil. Al principio siguió viendo. El ojo natural proyectaba recuerdos contra la oscuridad. El artificial encendía palacios, bibliotecas, sinfonías, ciudades.

Bobito resistió. Cerró más hondo, hasta alcanzar una región donde ni la memoria ni la fantasía podían gobernarlo. La memoria gritó. La fantasía también. Ambas querían sobrevivir. Ambas reclamaban ser la verdad. Horas después, cuando el sol entró en el taller, Bobito seguía sentado, inmóvil, con la navaja sobre las piernas.

Dicen que Lauro, el mendigo, lo encontró al mediodía. La puerta estaba abierta. En la casa no había señales de violencia. Los cuadernos habían desaparecido. Sobre la mesa quedaba solamente el ojo artificial, limpio, separado de todo cuerpo, mirando hacia la ventana. Del ojo natural nunca se supo nada. Tampoco de Bobito.

Algunos vecinos afirmaron haberlo visto días más tarde caminando por la avenida, con la cara cubierta por un sombrero ancho. Otros dijeron que se había lanzado al mar. Una señora aseguró que lo encontró en una biblioteca, leyendo en silencio un libro sin título.

Lauro contaba una versión distinta. Según él, Bobito no había muerto ni escapado. Había logrado suspender por completo la guerra entre las dos miradas y habitaba ahora una tercera visión, una región sin memoria y sin fantasía, donde las cosas no eran lo que fueron ni lo que pudieron ser, sino lo que aparecían antes de ser nombradas.

Nadie le creyó. Pero desde aquella mañana ocurrió algo extraño en el barrio. La gente empezó a mirar de otra manera.

El zapatero compró un violín usado. La vecina escribió un poema torpe en una libreta escolar. El policía renunció. La escuela abandonada fue limpiada por antiguos alumnos. Lauro sembró albahaca en latas oxidadas.

No hubo milagro. La miseria siguió allí, con su administración puntual, sus goteras, sus apagones, sus perros flacos.

Pero a veces, sobre todo al caer la tarde, cuando la luz se detenía sobre los alambres eléctricos y parecía resistirse a desaparecer, algunos vecinos sentían que el mundo visible no agotaba el mundo y que tal vez Bobito, aquel hombre al que habían llamado tonto por mirar demasiado, había descubierto una forma peligrosa y necesaria de ver.

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