Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del show business
Neil Postman
ISBN: 978-84-79480-46-2.
Ediciones de La Tempestad, Barcelona, 2012
Por Sol de Rodela Ocoso
Un profeta sin estatua: Postman y la colonización del discurso público por el entretenimiento
(Reseña en dos partes)
Neil Postman (Nueva York, 1931–2003) es una de esas figuras que el campo académico tarda décadas en digerir y que el gran público suele descubrir demasiado tarde. Educador, teórico de los medios y crítico cultural, Postman pasó más de cuatro décadas vinculado a la New York University, donde fundó y dirigió el programa de Ecología de los Medios y ocupó la cátedra Paulette Goddard. Su trayectoria intelectual arrancó en las aulas de primaria y secundaria —enseñó varios años como maestro antes de doctorarse en Columbia— y esa experiencia de primera mano con la transmisión del conocimiento marcó de manera permanente su pensamiento. Fue discípulo tardío de Marshall McLuhan, aunque la relación fue siempre más la de un crítico admirador que la de un seguidor ortodoxo.
Su bibliografía supera los veinte títulos. Entre los más influyentes figuran Teaching as a Subversive Activity (1969, con Charles Weingartner), The Disappearance of Childhood (1982), Technopoly: The Surrender of Culture to Technology(1992) y The End of Education (1995). Sin embargo, ningún otro libro suyo ha tenido el alcance y la permanencia de Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business (1985), publicado en castellano como Divertirse hasta morir y en catalán como Divertim-nos fins a morir (Llibres de l’Índex, 1990). El texto que aquí se reseña es la edición catalana, primera traducción publicada en España del libro —con traducción de Betty Alsina Keith y apoyo de la Institució de les Lletres Catalanes—, lo que ya de por sí dice algo sobre la temperatura cultural de la Barcelona de principios de los noventa.
Postman murió en 2003, antes de que las redes sociales adquiriesen su forma actual. Nunca escribió sobre X (Twitter) ni sobre TikTok. Sin embargo, su diagnóstico resulta hoy más perturbadoramente preciso que en el momento de su publicación. Esto no es elogio fácil: es la comprobación empírica de que escribió un libro con categorías y no con ejemplos, y que las categorías siguen siendo válidas cuando los ejemplos han envejecido.
PRIMERA PARTE
La tesis y su arquitectura argumental
La apuesta de partida: Huxley tenía razón
Divertirse hasta morir comienza con una boutade que es también un programa filosófico. Mientras Occidente vigilaba ansiosamente el año 1984 temiendo el apocalipsis orwelliano —la bota del poder aplastando el rostro humano—, la pesadilla que en realidad se estaba materializando era la de Aldous Huxley: no la de un tirano que prohíbe los libros, sino la de una cultura en la que ya nadie quiere leerlos. Orwell temía que nos destruyera lo que odiamos; Huxley, que nos destruyera lo que amamos.
Esta distinción inicial no es retórica. Define el problema epistemológico central del libro: la amenaza no viene de la coerción externa sino de la seducción interna. No hay conspiración, no hay Ministerio de la Verdad. Hay algo más difícil de combatir: un entorno mediático que hace que el discurso serio resulte aburrido, que la complejidad parezca pedantería y que el pensamiento prolongado se sienta como un castigo. La servidumbre moderna se administra con placer, no con dolor.
Postman no es el primero en señalar esta dimensión del problema. Guy Debord, en La société du spectacle (1967), había articulado con mordacidad situacionista cómo el capitalismo tardío transforma la vida en representación y la representación en mercancía. Pero Debord escribe desde una teoría política y con una prosa que mezcla la lucidez con el hermetismo. Postman escribe desde la teoría de los medios, con pedagogía y con un sentido del ritmo que le permite llegar a lectores no especializados sin sacrificar rigor. Su libro —conviene subrayarlo— no es un panfleto: es un ensayo sistemático con once capítulos, estructura argumental interna y un aparato bibliográfico sólido.
El medio como metáfora: la deuda con McLuhan y su corrección
La clave teórica del libro está en la reelaboración que Postman hace del famoso aforismo de McLuhan: «el medio es el mensaje». Postman acepta la intuición pero corrige el enunciado: el medio no es el mensaje, dice, sino la metáfora. Un mensaje es una afirmación concreta sobre el mundo; una metáfora es una estructura de percepción. Los medios no nos dicen qué pensar —eso sería propaganda— sino en qué formato está disponible el pensamiento. No imponen contenidos, imponen formas de posibilidad.
La ilustración más célebre del libro es la de las señales de humo: no se puede filosofar con humo. La limitación no es ideológica sino estructural. Y Postman extiende esta lógica al telégrafo —que creó la idea misma de «noticias» como mercancía descontextualizada—, al reloj —que disocio el tiempo de los ritmos naturales—, a la fotografía y, finalmente, a la televisión. Cada tecnología no solo transmite información: reorganiza la cognición, redefine qué cuenta como conocimiento, qué vale como argumento y a quién se considera un interlocutor legítimo.
Esta genealogía de las tecnologías cognitivas conecta directamente con la tradición que arranca en Walter Ong (Orality and Literacy, 1982) y llega hasta Jack Goody y su análisis de las consecuencias intelectuales de la escritura. Postman cita a Ong explícitamente y lo usa con honestidad, sin abusar de él. También convoca a Lewis Mumford —cuya lectura del reloj como máquina que produce minutos y segundos, y no zapatos ni acero, es uno de los pasajes más citados del libro— y a Ernest Cassirer, para anclar la idea de que el ser humano vive en un universo de símbolos que inevitablemente medía su acceso a la realidad.
La América tipográfica y su ocaso: historia de un modo de pensar
La segunda parte del libro —capítulos 3 y 4— reconstruye lo que Postman llama «la América tipográfica»: la cultura pública norteamericana del siglo XVIII y primera mitad del XIX, organizada en torno a la palabra impresa. Postman argumenta, apoyándose en historiadores como Daniel Boorstin y Elizabeth Eisenstein, que la cultura del libro generó un modelo específico de discurso público: lineal, argumentativo, exigente con el lector, tolerante con la complejidad y con la ambigüedad. Los grandes debates políticos de la fundación americana —los Federalist Papers, los debates Lincoln-Douglas— presuponen un ciudadano capaz de seguir argumentos largos, de retener premisas y de evaluar inferencias.
Esta sección es la más discutida de la obra. Postman romantiza la América tipográfica, se ha dicho con razón. Olvida que ese ciudadano capaz de leer los Federalist Papers era blanco, propietario y varón. La esfera pública habermasiana que implícitamente invoca tiene los mismos puntos ciegos que la de Habermas: silencia las exclusiones constitutivas del sistema. Es una objeción legítima y Postman no la responde porque no la anticipa. Pero la objeción no invalida el argumento: incluso aceptando que la esfera pública tipográfica fue excluyente, la pregunta de si los modos actuales de discurso son epistemológicamente superiores o inferiores a los que la tecnología del libro hizo posibles mantiene toda su pertinencia.
El capítulo sobre «El mundo del tat-tat» —el telégrafoy la fotografía como precursores de la era televisiva— es uno de los más brillantes. Postman muestra cómo el telégrafo creó por primera vez información sin contexto: noticias de lugares remotos sobre hechos sobre los que el lector no podía actuar y que no tenían relación verificable con su experiencia. La información se convirtió en entretenimiento mucho antes de la televisión. Esta continuidad histórica es importante porque vacuna el argumento contra la crítica de nostalgia tecnológica: Postman no añora el mundo predigital; analiza una trayectoria.
La televisión como supraideología del discurso
Los capítulos centrales —5, 6 y 7— contienen el núcleo del diagnóstico y son, probablemente, los más citados de la historia del pensamiento sobre medios en la segunda mitad del siglo XX. La tesis es radical en su formulación y está apoyada con una precisión argumental que pocos ensayos de divulgación académica consiguen: la televisión no es simplemente un medio más de transmisión de contenidos, sino una supraideología que subordina a su lógica todos los discursos que circulan a través de ella.
Postman no dice que la televisión sea mala porque emite contenidos malos. Eso sería una crítica de contenido, y Postman declara explícitamente que no le interesa. Lo que le interesa es la forma. La televisión exige, por su naturaleza técnica y económica, que todo lo que aparece en pantalla sea visualmente atractivo, emocionalmente estimulante, brevemente expuesto y seguido inmediatamente de otra cosa. Este imperativo formal no es opcional: es constitutivo del medio.
La consecuencia más demoledora la ilustra Postman con un ejemplo que en 1985 debió de parecer exagerado y que hoy resulta casi pintoresco: el programa de discusión de ochenta minutos emitido por la ABC tras la controvertida película El día después, sobre el holocausto nuclear. Los participantes eran Henry Kissinger, Robert McNamara y Elie Wiesel. El moderador era Ted Koppel. Aquello no fue una discusión —señala Postman con precisión quirúrgica—: fue una sucesión de actuaciones de cinco minutos sin posibilidad de réplica, sin desarrollo argumentativo, sin elaboración. La televisión no permitía otra cosa. El medio había convertido a tres de los intelectuales más brillantes de su generación en actores interpretando el papel de intelectuales brillantes.
La fórmula con la que Postman bautiza la lógica del discurso televisivo —»Y a continuación…»— es quizá la aportación conceptual más duradera del libro. Las noticias se construyen mediante yuxtaposición sin consecuencia: una catástrofe, un anuncio de detergente, una historia de interés humano, otro anuncio. Esta estructura no es accidental ni evitable: es la gramática misma del medio. Y cuando esa gramática se convierte en el modelo por defecto del discurso público, la capacidad de sostener una argumentación compleja se atrofia en toda la cultura.
(Continuará…)
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