Por KuKalambé

Le entregaron un papel en la entrada.

—Con esto puede entrar —le dijeron—. Y salir.

No preguntó qué había adentro. Nadie lo hacía. El papel bastaba.

Cruzó la puerta.

No había nada extraordinario. Un pasillo, una luz blanca, el sonido de sus propios pasos. Pensó que lo habían engañado. Caminó un poco más. El aire tenía otra consistencia, difícil de precisar. Intentó recordar por qué había querido entrar, pero la razón se le escapaba como una palabra olvidada.

Siguió avanzando.

En algún punto, sin darse cuenta, dejó de pensar en el papel. Lo tenía en la mano, pero ya no lo miraba. Tampoco miraba atrás. El pasillo no se estrechaba ni se abría. Era siempre el mismo. O él era siempre el mismo dentro de él.

Se detuvo.

Sintió entonces algo que no supo nombrar. No era miedo. Tampoco calma. Era una certeza sin contenido, como si algo estuviera por revelarse y, al mismo tiempo, ya fuera demasiado tarde para entenderlo.

Miró el papel.

Seguía ahí.

Podía salir.

No salió.

Pensó en hacerlo. Imaginó el acto: darse la vuelta, caminar, cruzar la puerta, devolver el papel. Contar después lo que había visto.

Pero ¿qué había visto?

Volvió a mirar el pasillo. Nada había cambiado. Nada había pasado.

Entonces comprendió, o creyó comprender, que si salía, no podría decir nada. Y que si algo pudiera decirse, sería porque no había llegado hasta ese punto.

Guardó el papel en el bolsillo.

Siguió caminando.

Afuera, alguien preguntó cuánto tiempo había pasado.

Nadie respondió.

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