Alef y Alif. Susurros del Tanaj y el Corán, es un libro que se lee en minutos y se digiere en años…; del poeta, artista y pedagogo cubano Jorge Braulio Rodríguez Quintana, pertenece a esa rara categoría de volumen breve, casi silencioso en su fisonomía, que sin embargo deposita en el lector una carga de imágenes y preguntas que no se desalojan fácilmente. Publicado por Olán Editions en la primavera de 2026, este libro representa uno de los proyectos poéticos más singulares y mejor construidos que la poesía en lengua española ofrece en lo que llevamos de siglo.
Jorge Braulio Rodríguez Quintana nació en La Habana en 1950. Artista visual y máster en Educación por el Arte, fue decano de la Facultad de Artes Visuales de la Universidad de las Artes de Cuba (ISA). Su obra atraviesa la pintura, el dibujo, la narrativa y la poesía, pero es en el haiku donde ha encontrado su voz más personal y más reconocida internacionalmente. Ha impartido talleres y conferencias sobre el género en Suecia, Bolivia, Brasil y Cuba, y lleva décadas estudiando sus vínculos con las artes visuales. Participó en el 16 Encuentro de Haicai Brasileño, celebrado en Campinas, y realizó la selección, traducción y prólogo del libro Haiku: Este otro mundo, del escritor estadounidense Richard Wright. Como poeta, ha publicado Todo en tres líneas (Gente Nueva, 2013) y Cuaderno de Lucrecia (Ediciones Samandar, 2015). No es, por tanto, un autor que llegue al haiku por moda o por accidente, sino alguien que lleva media vida aprendiendo a ver con tres versos. Es un artista que también escucha.
Esta trayectoria importa porque Alef y Alif no es un ejercicio decorativo. Es el resultado de años de lectura sostenida del Tanaj y el Corán, combinada con el rigor formal que solo da el dominio genuino de una tradición poética. El libro no pretende ser un comentario teológico ni una síntesis académica. Pretende, como el autor declara en un prefacio de escritura impecable, añadir «una voz pequeña a la larga conversación que estos libros llevan siglos sosteniendo con quienes los leen».
Para quienes no están familiarizados con el haiku, conviene decir algo sobre lo que esta forma hace —y sobre lo que no hace. El haiku es el poema más breve de la tradición japonesa clásica: tres versos, diecisiete sílabas en su estructura canónica, y una disciplina de la imagen que prohíbe la explicación. No se dice la soledad: se muestra el cuenco vacío. No se enuncia el paso del tiempo: se oye el croar de una rana en un estanque. Esta aparente sencillez es engañosa. Escribir bien en tres versos es probablemente más difícil que escribir bien en cien páginas, porque no hay donde esconderse. Cada palabra carga con un peso que la prosa distribuye entre muchas.
El micropoema que practica Jorge Braulio es heredero directo de esa tradición, aunque adaptado a una sensibilidad contemporánea y a una lengua —el castellano— que tiene sus propias músicas. Lo que esta forma permite, aplicada a textos sagrados, es extraordinario: entra en cada libro, en cada sura, en cada figura bíblica o coránica, y extrae no el argumento, no la doctrina, sino el instante en que algo tiembla. El momento en que un ser humano —con nombre o sin él— flaquea, duda, pregunta lo que no debería preguntar o pide lo que ya debería saber.
Esa es la apuesta central del libro: que los márgenes de la revelación también merecen un poema. No los grandes dogmas, sino las fisuras. La mujer de Lut que se vuelve hacia la ciudad destruida sin que nadie explique por qué. Ibrahim pidiendo a Dios que le muestre cómo se resucita a los muertos, no por incredulidad sino porque su corazón necesita apaciguarse. El pueblo que recibe la orden de inmolar una vaca y multiplica las preguntas antes de obedecer. Figuras que los textos sagrados registran de pasada, y que el micropoema puede habitar precisamente porque tiene el tamaño exacto de un instante.
Alef y Alif está dividido en cinco secciones que funcionan como un arco completo. La primera parte, «Susurros del Tanaj», recorre los treinta y nueve libros del canon hebreo —organizados en sus tres secciones tradicionales, Torá, Nevi’im y Ketuvim— dedicando a cada libro uno o varios micropoemas. La segunda parte, «Susurros del Corán», hace lo propio con las suras coránicas, desde Al-Baqara hasta Al-Asr. Ambas secciones están precedidas por un prefacio del autor que es, en sí mismo, una pieza de prosa de alta calidad: reflexivo, honesto, escrito con la misma economía que los poemas.
Las secciones siguientes son de una ambición poco habitual en un libro de poesía. El «Tafsīr» —término árabe que designa la exégesis coránica— ofrece un comentario crítico riguroso sobre los poemas del Corán: analiza sus procedimientos, dialoga con la tradición hermenéutica islámica, señala los hilos temáticos que atraviesan el conjunto. El «Midrash» —forma de interpretación rabínica— hace lo mismo con los poemas del Tanaj, con una profundidad y una honestidad lectora que sorprende. Y cierra el volumen una sección de «Caligrafías» que explora, con brevedad y precisión, la paradoja visual y teológica que da título al libro: el Alef hebreo, construido en tensión con tres trazos que convergen sin fundirse; el Alif árabe, una sola línea vertical, irreductible. Ambas letras, distintas en su morfología, nombran lo mismo: el origen, el umbral, el comienzo de toda escritura. El resultado es un libro de múltiples registros que puede leerse de maneras distintas: como poemario, como ensayo, como meditación espiritual, como ejercicio hermenéutico. Cada lectura lo enriquece sin agotar las demás.
Alef y Alif merece lectores por varias razones que conviene enumerar sin rodeos. Primera: es un libro bien hecho. La calidad de los poemas es sostenida, y los mejores —el de la Sura 27 sobre el rey que escucha el cuchicheo de las hormigas, el de la Sura 19 sobre el arroyuelo que consuela a María, el de Iyov sobre el alma que se abre a la intemperie sin esperar recompensa— son piezas de hondura genuina que resisten la relectura.
Segunda: su propuesta es políticamente pertinente. En un momento en que las relaciones entre las tradiciones judía e islámica se discuten con frecuencia en términos de conflicto, este libro elige el origen compartido antes que la diferencia. No como gesto naïf de reconciliación fácil, sino como operación poética: demostrar que el Alef y el Alif son, en el fondo, la misma letra; que antes de que los caminos se separaran hubo una apertura común. Esa apuesta tiene valor cultural y humano.
Tercera: el libro no exige conocimientos previos para funcionar. Aunque quien conozca el Tanaj y el Corán encontrará capas de sentido adicionales, los poemas están construidos de forma que también pueden leerse con plena autonomía. «Una osamenta. / En la tierra, los brotes / de la llovizna» no necesita nota a pie de página para detener al lector.
Y cuarta: Jorge Braulio escribe con una voz propia y reconocible, que no imita ni cede a la grandilocuencia que el tema podría tentar. Su mirada es la de alguien que ha aprendido, gracias al haiku, a confiar en la imagen concreta antes que en la idea abstracta. Esa disciplina, aplicada a los textos más leídos y más comentados de la historia humana, produce algo genuinamente nuevo.
«¿No lo puedes ver? Está brotando ahora», escribe Isaías en el versículo que abre el prefacio. Jorge Braulio lo cita y lo cumple. Alef y Alif es un libro que merece encontrar a sus lectores.
Alef y Alif. Susurros del Tanaj y el Corán
Jorge Braulio Rodríguez Quintana
ISBN: 979-82-57801-29-7
Olán Editions, Terrassa, 2026
Disponible en AmazonAlef y Alif. Susurros del Tanaj y el Corán
Jorge Braulio Rodríguez Quintana
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