Contrapunteo entre «voluntad creer» y «voluntad de poder»

Por Joaquín Talavera

La modernidad no comenzó con un estruendo sino con una retirada silenciosa, la retirada de las garantías trascendentes que durante siglos habían sostenido el edificio espiritual de Occidente, de modo que cuando la autoridad de la revelación perdió su evidencia y la metafísica dejó de presentarse como fundamento indiscutible, el individuo se encontró ante una intemperie que no anulaba la necesidad de creer ni la necesidad de afirmar, sino que las hacía más urgentes y más problemáticas, y es en ese paisaje histórico donde emergen dos fórmulas decisivas que, aunque procedentes de contextos culturales distintos y animadas por impulsos divergentes, dialogan en torno a una misma cuestión radical, a saber, cómo sostener la vida y sus decisiones cuando la razón no puede garantizar certeza absoluta o cuando los valores heredados se han vuelto sospechosos, fórmulas que conocemos como la voluntad de creer en William James y la voluntad de poder en Friedrich Nietzsche.

Definir con precisión la voluntad de creer implica comprender que James no estaba defendiendo la credulidad ni el abandono de la razón, sino proponiendo una teoría sobre aquellas situaciones en las que la evidencia es insuficiente para decidir y, sin embargo, la vida no admite suspensión indefinida del juicio, pues en su ensayo afirma que “Nuestra naturaleza pasional no solo puede legítimamente decidir entre proposiciones cuando se trata de una opción genuina que no puede resolverse por fundamentos intelectuales, sino que debe hacerlo”, lo cual significa que existen decisiones en las que la espera de pruebas concluyentes equivale a perder una posibilidad vital, y por eso sostiene también que “tenemos el derecho de creer, a nuestro propio riesgo, cualquier hipótesis que sea lo bastante viva como para tentar nuestra voluntad”, frase que no legitima cualquier superstición sino aquellas creencias que constituyen opciones vivas, forzadas y trascendentales.

Una opción viva es aquella que realmente nos interpela, que no es mera abstracción teórica sino posibilidad concreta que afecta nuestra existencia, una opción forzada es aquella en la que no elegir es ya elegir, como ocurre cuando la negativa a creer en la amistad o en el amor puede impedir que esos vínculos lleguen a realizarse, y una opción trascendental es aquella que implica consecuencias significativas para la vida, de modo que la voluntad de creer se mueve en el ámbito de decisiones existenciales en las que la neutralidad absoluta no es viable y en las que la fe puede contribuir a producir la realidad que espera confirmar.

La clave pragmatista de esta formulación reside en que la verdad no es concebida como correspondencia estática entre idea y realidad sino como proceso dinámico que se verifica en la experiencia, pues en otra obra James escribe que “La verdad le sucede a una idea, llega a ser verdadera, se hace verdadera por los acontecimientos”, afirmación que traduce una concepción activa del conocimiento en la que la creencia no es mera contemplación sino intervención, y esta concepción ha sido interpretada como expresión del espíritu experimental de la cultura estadounidense, donde la iniciativa y la confianza en la viabilidad de un proyecto preceden a menudo a la prueba definitiva de su éxito.

La voluntad de poder, en cambio, no surge como defensa del derecho a creer en situaciones límite sino como interpretación radical de la estructura misma de la realidad, pues cuando Nietzsche declara que “Este mundo es voluntad de poder y nada además”, no está hablando únicamente de la psicología humana sino de una ontología en la que todo ente es expresión de fuerzas en tensión y expansión, de modo que la voluntad ya no es facultad particular sino principio constitutivo, y esta tesis transforma la comprensión de la verdad, la moral y el conocimiento al situarlos como manifestaciones de configuraciones de poder.

En “Más allá del bien y del mal” Nietzsche redefine el criterio moral afirmando que “¿Qué es bueno? Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo”, desplazando así la moral desde la obediencia a leyes trascendentes hacia la intensificación de la fuerza vital, y en “La genealogía de la moral” muestra que los valores tradicionales son productos históricos de luchas entre fuerzas, de manera que la moral cristiana, por ejemplo, aparece como resultado de una inversión de valores promovida por los débiles frente a los fuertes, lo cual implica que las creencias morales no son revelaciones eternas sino interpretaciones interesadas.

La coincidencia entre la voluntad de creer y la voluntad de poder se encuentra en su crítica a la ilusión de una razón pura autosuficiente, pues ambos pensadores reconocen que en el fondo de nuestras convicciones opera algo que no es meramente lógico sino volitivo, afectivo o instintivo, pero la divergencia aparece en la orientación de ese reconocimiento, ya que James intenta preservar la legitimidad de la fe en un horizonte moral y comunitario mientras que Nietzsche radicaliza la crítica hasta convertirla en diagnóstico del nihilismo occidental y en llamado a la creación de nuevos valores.

En la voluntad de creer la voluntad interviene cuando la razón no puede decidir y la vida exige compromiso, pero la estructura del mundo no es reducida a voluntad, de modo que James sigue admitiendo la posibilidad de verdad objetiva aunque entienda que su acceso es mediado por la experiencia y por la decisión, mientras que en la voluntad de poder la voluntad constituye el trasfondo permanente de toda interpretación, y la verdad deja de ser descubrimiento para convertirse en efecto de perspectiva.

El impacto de la voluntad de poder en el siglo XX fue profundo y complejo, pues influyó en el existencialismo al destacar la centralidad de la decisión y la creación de sentido, en la hermenéutica al subrayar el carácter interpretativo del conocimiento, y en la teoría crítica al inspirar análisis de las relaciones de poder que atraviesan la sociedad y el saber, de manera que la sospecha respecto de la objetividad absoluta y la conciencia de que todo discurso está inscrito en un campo de fuerzas llevan la impronta nietzscheana.

Sin embargo, la recepción de Nietzsche no estuvo exenta de distorsiones, pues ciertos movimientos políticos del siglo XX apropiaron superficialmente la idea de poder para justificar ideologías autoritarias, aunque tales usos no agotan ni representan adecuadamente la complejidad de su pensamiento, que en realidad propone una superación del nihilismo mediante la creación afirmativa de valores y no la mera exaltación de la dominación.

La voluntad de creer, por su parte, tuvo una influencia menos espectacular en términos de polémica política pero más integrada en el tejido cultural estadounidense, pues el pragmatismo se convirtió en corriente filosófica influyente y la idea de que la fe en un proyecto puede contribuir a su realización impregnó la ética del emprendimiento, la confianza en el progreso y la narrativa del éxito individual, de modo que creer en la posibilidad de algo antes de tener garantías completas se convirtió en rasgo distintivo del imaginario nacional.

En la cultura política de Estados Unidos puede rastrearse esta herencia en la insistencia en la iniciativa personal, en la retórica de que la convicción y el esfuerzo pueden transformar la realidad, y en la valoración positiva del riesgo asumido en nombre de una visión de futuro, lo cual refleja la internalización de la voluntad de creer como modelo práctico de acción, aun cuando la mayoría de los actores sociales no sean conscientes de su origen filosófico.

En el siglo XXI ambas formulaciones siguen operando, aunque a menudo de manera implícita, pues la crítica contemporánea a las verdades absolutas y la conciencia de que el conocimiento está atravesado por relaciones de poder continúan desarrollando intuiciones vinculadas a la voluntad de poder, mientras que la cultura del emprendimiento, la autoayuda y la fe en la autoeficacia prolongan la lógica de la voluntad de creer como confianza en que la convicción puede generar resultados.

La cuestión de cuál de las dos ha tenido mayor influencia no admite respuesta simple, pues en el ámbito académico y en la teoría social la voluntad de poder ha sido probablemente más determinante al inspirar corrientes críticas y deconstructivas, mientras que en la cultura práctica estadounidense la voluntad de creer ha operado como paradigma silencioso de acción, integrándose en el modelo de sociedad que privilegia la iniciativa y la experimentación.

Más allá de la comparación cuantitativa, lo decisivo es reconocer que ambas ideas responden a la misma crisis de fundamento y ofrecen soluciones distintas, una que legitima la fe cuando la razón no basta y otra que propone reinterpretar el mundo como lucha de fuerzas y asumir la tarea de crear valores, de modo que la modernidad tardía puede entenderse como escenario en el que la voluntad de creer y la voluntad de poder se entrecruzan, se oponen y se complementan, configurando la tensión constitutiva de una época que ya no dispone de certezas trascendentes pero que tampoco puede renunciar a decidir y a afirmar.

La voluntad de creer preserva la posibilidad de compromiso en un mundo incierto al afirmar que la fe puede ser acto legítimo cuando la vida lo exige, mientras que la voluntad de poder radicaliza la situación al sostener que toda verdad y todo valor son expresiones de fuerzas en competencia, y en esa diferencia se juega no solo un debate filosófico sino la orientación misma de la cultura moderna, que oscila entre la confianza pragmática en la eficacia de la creencia y la conciencia crítica de que toda afirmación es ejercicio de poder.

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