Por KuKalambé
La poesía que se escribe desde la conciencia de su propio límite no pretende salvar ni esclarecer, pues sabe que todo intento de redención es una ilusión del lenguaje, y sin embargo insiste en permanecer en esa frontera donde la palabra, aun herida de su imposibilidad, se afirma como única forma de existencia posible, un acto que no redime pero sostiene, una suerte de permanencia dentro del derrumbe. Desde esa zona de lucidez despojada, donde el verbo ya no se ofrece como promesa sino como residuo, se levanta Solitar de Ena Columbié, libro que, más que inscribirse en una tradición reconocible, se aparta deliberadamente de toda genealogía, como si en su núcleo respirara una intuición anterior a la forma misma de la poesía, una conciencia del ser que no se define por lo que logra decir sino por su obstinación en seguir pronunciando palabras cuando todo sentido parece haberse extinguido en la vastedad del silencio.
Si Lezama Lima había concebido la imagen como un cuerpo de luz que abre el mundo hacia lo trascendente, Columbié asume que toda luz arrastra su sombra, que toda palabra, por pura que parezca, encierra en su interior una zona de opacidad que impide el acceso a cualquier claridad definitiva, y que precisamente en esa grieta, en ese espacio donde el lenguaje tropieza consigo mismo, nace la única forma de verdad posible, aquella que no ilumina sino que arde lentamente, aquella que no se ofrece como revelación sino como presencia inestable. La autora comprende que el lenguaje no asciende sino que desciende, que el poema no es una escalera hacia lo divino sino una espiral que conduce a lo interior, a un fondo donde el ser se repliega y se encuentra, no con la certeza de su identidad, sino con la sustancia misma de su desaparición.
De modo que, Solitar no designa un estado del alma ni un atributo sentimental, sino una acción interior, un verbo que no pertenece a ningún idioma y que por eso mismo adquiere la potestad de nombrar lo que ningún idioma podía decir. No significa estar solo sino hacerse soledad, entregarse al proceso irreversible de transformarse en ausencia, asumir el vacío no como pérdida sino como morada. En ese tránsito el lenguaje se desnuda de toda intención estética o retórica y se convierte en una corriente interior donde la voz ya no describe sino que acontece. Así, cuando Columbié escribe
“Me miro y no me veo
me repito sin saberme
me nombro y me disuelvo”
no se confiesa ni dramatiza su desgarramiento, sino que convierte el acto de mirar en una fractura ontológica: la mirada deja de ser instrumento de conocimiento para devenir espejo que dispersa, superficie donde el yo se deshace en una multiplicidad de reflejos imposibles de reunir. Lo que alguna vez fue la imagen como promesa de revelación se convierte aquí en trampa, en un mecanismo que multiplica la nada hasta volverla visible, y en ese reflejo quebrado se cifra la conciencia de una poesía que ya no busca comprender sino acompañar su propio desvanecimiento.
El libro avanza como una espiral de repeticiones y desvíos, un movimiento que nunca concluye porque sabe que el final es sólo una forma de detener la mirada. Cada poema retorna al mismo núcleo con la diferencia de una respiración apenas perceptible, como si en esa reiteración persistiera el deseo de mantenerse viva dentro de la fragilidad. Por eso, cuando la autora escribe
“Si me callo me pierdo
si hablo me disuelvo
elijo hablar
aunque el verbo me niegue”
no formula una paradoja existencial, sino que expresa la condición ética de su escritura, una comprensión de que el lenguaje, aunque incapaz de contener la experiencia, es la única forma de permanecer en ella. Hablar no es afirmar sino resistir; escribir no es decir sino sostener lo que aún tiembla dentro del silencio; y el poema, más que un acto de comunicación, es la huella de esa persistencia.
El verbo inventado, Solitar, se impone entonces como clave de toda la poética, porque en él se condensa la idea de que sólo lo que se nombra comienza a existir, y que al crear una palabra la poeta crea también una forma del ser. No se trata de inventar un término exótico, sino de forjar un espacio nuevo para la conciencia, un territorio en el que el sujeto y la palabra se funden hasta desaparecer el uno en la otra. Así, Solitar no describe un fenómeno psicológico sino que ejecuta un movimiento metafísico, un modo de ser que consiste en mantenerse abierto al vacío sin pretender llenarlo.
La estructura del libro obedece a un ritmo que no es narrativo sino interior, una cadencia que recuerda el movimiento de la respiración contenida, no porque busque armonía sino porque se ordena alrededor de una pulsación que insiste en seguir. Cada poema es una detención del tiempo, un intento de fijar la experiencia en su punto más frágil, allí donde el pensamiento se disuelve. En uno de los momentos más intensos se lee
“Todo lo que sube arde
todo lo que arde cae
todo lo que cae soy yo”
y en esa secuencia se advierte una concepción del ser que ha renunciado a toda ilusión de permanencia. La gravedad no es castigo sino ley, y el fuego no destruye sino que cumple su función de devolver lo alto a lo bajo, el fulgor a la sombra, el verbo a su silencio. La poeta no huye de esa combustión, la acepta como medida natural del mundo y en esa aceptación encuentra una claridad que no proviene de la fe sino del conocimiento.
El lenguaje de Columbié evita el ornamento y la retórica, pero no por sobriedad estética, sino porque sabe que toda exuberancia traiciona la intensidad de lo que calla. Cada palabra parece sostenida por una tensión invisible, como si detrás de su aparente sencillez se contuviera el peso de una revelación que no se entrega. Cuando escribe
“Respiro palabras
aunque no digan nada
porque sin ellas
el aire no existe”
Columbié no celebra el lenguaje sino que lo denuncia, lo muestra como el último hilo que separa la vida del silencio. La palabra no salva, pero sostiene, y en ese sostén reside su única dignidad.
Hacia el final del libro, la autora declara
“No busco salida
prefiero el centro del laberinto
allí todo se detiene
y el silencio tiene forma”
y en esa elección del centro, en esa negativa a huir, se revela la ética profunda de su poética. El laberinto no es prisión sino morada; el silencio no es negación sino forma del ser. Permanecer en el centro equivale a aceptar la inmovilidad como plenitud, la detención como revelación. En ese punto la palabra deja de avanzar y se vuelve casa, no por refugio sino por fidelidad al límite.
Solitar, en su brevedad y su profundidad, representa una ruptura con la retórica de lo expansivo y una apuesta por una estética del despojamiento, donde el poder de la palabra no se mide por su capacidad de multiplicarse sino por su aptitud para sostener el vacío sin disolverse en él. La poesía de Columbié, en su sobriedad luminosa, se acerca más a una forma de pensamiento que a un género literario, porque lo que interroga no es el mundo sino el modo en que el ser se mantiene dentro del lenguaje cuando toda certeza se ha desvanecido. No busca decir lo indecible, sino dejarlo ser dentro del poema.
Al pronunciar Solitar, la autora no nombra la soledad, la ejecuta; no describe el ser, lo realiza; no ofrece un símbolo, sino un acto que restituye la presencia en medio de la ausencia. En ese verbo inventado se cifra una invención ontológica, un modo de existencia que acontece sólo en el instante en que se dice, y que, al ser dicho, crea el lugar donde puede ser. En esa zona final donde el lenguaje se apaga y el silencio adquiere densidad, Columbié logra que el poema, despojado de toda retórica, se convierta en un estado del alma que ya no busca comprender sino permanecer, como si la palabra, en su último aliento, se encontrara al fin consigo misma en el centro inmóvil del laberinto donde el silencio, por primera vez, tiene forma.
Si deseas leer la reseña completa, puedes encontrarla en el libro mencionado en el siguiente enlace:
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