Andrés Del Collado

Andrés Del Collado

Arte y memoria mexicana en Madrid: Eddy Vásquez y Andrés Del Collado en Mexkhal

Por Rafael Vilches Proenza 

En Madrid, ciudad de adopciones constantes, el arte latinoamericano encuentra un espacio fértil para dialogar con otras tradiciones. En ese cruce de geografías y sensibilidades se inscribe la reciente presentación de obra de Eddy Vásquez y Andrés Del Collado en el restaurante Mexkhal, un espacio que apuesta por integrar gastronomía y producción artística contemporánea. 

La iniciativa, impulsada por el propietario del restaurante, Óscar Figueroa, natural de Puebla, y respaldada por la empresa Fidelitas Arte, plantea algo más que una velada expositiva: propone un punto de encuentro entre memoria cultural y experiencia sensorial. 

Dos trayectorias, una raíz común 

Aunque comparten origen mexicano, Vásquez y Del Collado desarrollan búsquedas estéticas claramente diferenciadas. 

Eddy Vásquez (Oaxaca, 1982) construye una iconografía marcada por lo simbólico y lo orgánico. En sus piezas aparecen insectos —mantis, chapulines, polillas— y figuras que parecen emerger de un imaginario rural atravesado por la memoria familiar y la dimensión mítica. Su pintura se sostiene en texturas terrosas y cromatismos intensos que remiten tanto a la tradición popular como a una exploración introspectiva de la identidad. 

En su trabajo hay una tensión constante entre lo visible y lo oculto. Las figuras parecen fijadas al soporte —madera, lienzo— como si custodiaran relatos no resueltos. La atmósfera es densa, a veces inquietante, pero nunca gratuita: responde a una necesidad de indagar en la persistencia del recuerdo y en la relación entre vida y muerte en el imaginario mexicano. 

Por su parte, Andrés Del Collado desarrolla una pintura de registro más figurativo, cercana por momentos al hiperrealismo, aunque atravesada por una dimensión poética que desborda la mera representación. Radicado en Madrid desde hace más de dos décadas, su obra dialoga con la experiencia del desplazamiento y la pertenencia. 

Las figuras femeninas que habitan sus lienzos transmiten serenidad y concentración interior. No hay estridencia en su propuesta; predomina un equilibrio compositivo que invita a la contemplación. La luz desempeña un papel decisivo: no solo modela los cuerpos, sino que sugiere un espacio de introspección donde el espectador es convocado a completar el relato. 

Materia y símbolo

Si se buscara un eje de contraste, podría hablarse de materia frente a símbolo. En Vásquez, la superficie pictórica se vuelve territorio de fricción: capas, sedimentos, densidades. En Del Collado, en cambio, la construcción del espacio tiende a la claridad y al silencio. Sin embargo, ambos comparten una misma preocupación por la narratividad: cada pieza funciona como un fragmento de historia abierta. 

Más que oponerlos, la muestra permite advertir cómo una misma raíz cultural puede derivar en lenguajes divergentes. Uno trabaja desde la cercanía al territorio natal; el otro desde la experiencia de la diáspora. Esa distancia geográfica no diluye la identidad, sino que la reformula. 

Un espacio híbrido 

El restaurante Mexkhal, ubicado en la calle Fortunata y Jacinta, refuerza esta idea de cruce cultural. Su propuesta gastronómica —que incluye platos tradicionales como el mole poblano— se apoya en recetas transmitidas generacionalmente. La incorporación de exposiciones temporales convierte el espacio en una plataforma donde la experiencia culinaria se complementa con la visual. 

En este contexto, la presencia de Vásquez y Del Collado no funciona como ornamento, sino como extensión natural de una apuesta por la cultura mexicana contemporánea en Madrid. La velada confirmó que la ciudad continúa siendo un territorio fértil para el intercambio artístico iberoamericano. En tiempos de movilidad constante, propuestas como esta demuestran que la identidad no es un bloque fijo, sino un proceso en construcción, capaz de dialogar con nuevos públicos sin perder densidad ni memoria.

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