Yo soy un artista sin confesionario

Por Gregorio Vigil-Escalera.

Espoleado por una tenacidad y energía insólitas no sólo no puedo evitar recaer en un hermetismo y caligrafía cabalística, sino que la ideación llega a su máxima expresión. Pasa del misticismo al delirio; del delirio al simbolismo y a una síntesis universal cifrada.

No estoy mancillado ni soy carne de estética, me confieso, soy lúcido, no culpable y me encuentro entre la cosmogonía y la alucinación. Desde esos dominios trato de construir obsesiva y plásticamente todo un sistema del universo, entregando el razonamiento a una parte del subconsciente que active reminiscencias, un sentido de la armonía y el ritmo, así como juegos y contrastes.

Pero cuando el periodo de incubación toma desarrollo, el trabajo intelectual de la sistematización impulsa un poliformismo que queda circunscrito al proceso causal. Por el camino hacia el núcleo se producen sorpresivamente reacciones de irritación y emotividad, melancolía y perplejidad, cálculos e indecisiones.

Yo mismo, en este testimonio que estoy ofreciendo, me siento agobiado cuando me asaltan pensamientos extraños y anticipados, intuiciones y veleidades abstractas, interrupciones, aunque nada en ellos hace presagiar el color del resultado futuro. En todas las áreas de la superficie las formas insidiosas son más sutiles, a la vez que más sistemáticas. En ocasiones me inhibo ante unas regiones de textura idéntica pero que acaban siendo vulnerables.

Y me acomete, admito, en diversas etapas de la labor, una percepción que se vuelve extraña, con una forma sensorial indefinida constituida por una mezcla de materializaciones y tendencias, con elementos vagos y fragmentarios. Sin embargo, las previsiones siguen sin cumplirse por estar inmerso en sentimientos de extrañeza y falso reconocimiento, sumido en cuestiones incesantes y absurdas, a menudo enfrascado incluso en alusiones y reproches, en pérdidas de sensibilidad y entumecimiento o adormecimiento. Sin contar con las perplejidades, las dudas, la fatiga, los trastornos de atención sostenida y la conciencia frecuente de irrealidad.

Seguir sosteniéndome en esa amarra ahora no tiene ningún derrotero, ya que lo real, lo verdadero y lo acertado han desistido de estar estrechamente relacionados y de condicionarse mutuamente. La función primaria de la que hablaba Collingwood de suscitar ciertas emociones consideradas necesarias o útiles para la tarea de vivir, en mi caso hoy se han ido al traste. Si el arte es un proceso dialéctico me he perdido en el trance de la resolución de las contradicciones y de las ambigüedades. Por lo tanto, me voy, entonces, con la perra que me está anunciando su último y definitivo sermón. 

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