«Xinran Xue: nace mujer en China» (Novela, testimonio, autobiográfica)

Por Waldo González López

Cuando te adentras en tus recuerdos, abres una puerta al pasado; el camino tiene muchas ramificiones y, en cada incursión, el intinerario que sigues es siempre distinto

                                                                    Xinran Xue

En la contratapa de la, a un tiempo, novela testimonio y autobiografía, leemos su sinopsis:

Una mujer tiene una mosca por mascota, otra es obligada a casarse con un anciano que la tiene encadenada, otra más es compartida por varios hombres, cuyo fin exclusivo es la procreación de hijos varones…

Quince testimonios del influyente programa radiofónico Palabras en la brisa nocturna, que hizo de Xinran Xue una celebridad y que retratan cómo viven las mujeres en la China moderna: siglos de temor y obediencia a los padres, a los maridos, a los hijos y al Partido siguen siendo el cruel destino de quinientos millones de personas que, hasta ahora, no habían podido manifestar sus ideales, sus sentimientos y sus secretos; pero, solo poco tiempo atrás, han podido gracias a los libros de Xinran Xue.

   Si a todo ello se suman los desastres naturales y la pobreza extrema, se obtiene el relato colectivo de un sufrimiento casi inconcebible. Xinran Xue(Pekín, 1958) estudió Relaciones internacionales e Informática y durante varios años condujo el popular programa radial Palabras en la brisa nocturna, que difundía testimonios de la vida de las mujeres en la China moderna (lo que más adelante daría origen a su primer libro, Nacer mujer en China.

   Gracias a su talentolaboraría como periodista y locutora radial en China antes de partir exiliada en agosto de 1997 a Londres, donde iniciara la escritura de su reveladora obra testimonial y  autobiográfica que ha sido definida, asimismo, como novela, ya que por su tesitura y fina prosa se inserta, por derecho propio, también en este género nacido en la Grecia antigua con Dafnes y Cloe, del narrador del siglo II Longo de Lesbos.

   De cualquier  modo, este crítico prefiere la dual definición de novela testimonio y autobiografía, empleando el nombre del subgénero creado, desde la ya clásica A sangre fría (1967), por el narrador norteamericano Truman Capote, si bien otros la han denominado «relato real» o «relato metaficcional», por su vínculo con el periodismo. En suma, considero que el doble término es el idóneo en este caso, por la tácita veracidad de su rica trama, en la que la autora se involucra a plena conciencia para la creación de Nacer mujer en China, un texto determinante sobre la compleja vida de la mujer china, una de las más difíciles y conmovedoras en nuestro mundo contemporáneo.

   En las montañas sagradas (Emecé, 2005), Generación Mao (Emecé, 2009) y Las hijas del Yang-tsê (Emecé, 2011), son otros de sus significativos títulos, que la ubican entre las relevantes narradoras y periodistas de oprimida patria.

SU TESTIMONIO NOVELADO Y AUTOBIOGRAFIADO

   Publicado en primera edición del 2003 por la barcelonesa Editorial Emecé Editores en su Colección Emecé Cornucopia, en excelente traducción al español de Sofía Pascual Pape, Nacer mujer en China es el incambiable texto de la valiente periodista Xinran Xue, quien tras la publicación de este otro «Yo acuso» (célebre artículo publicado en la prensa francesa el 13 de enero de 1898 por el novelista galo Emile Zola) debió exiliarse en Inglaterra para salvarse de las temibles/terribles mazmorras del Gulag asiático, comparable, por sus métodos asesinos, con los desgobiernos de Corea del Norte, Cuba y otros.

   Dividida en quince capítulos y un Epílogo, a través de sus 304 páginas Nacer… resulta una apasionante lectura y la irrefutable prueba de la falacia que vendieran y venden todavía los sátrapas chinos a millones de occidentales, sobre todo, a los “tontos útiles” que creyeron ¡y creen todavía las mentiras del ya no tan invencible gigante del Asia!

[Recuerdo a los lectores que la conocida frase “idiotas útiles” no es, tal se cree, debida al asesino Lenin, quien —como recordarán los lectores— fue uno de los autores intelectuales del asesinato/exterminio de la familia imperial Romanov: Nicolas II, su esposa, la zarina Alejandra y sus cinco hijos, como todos los que decidieron acompañarlos a la cárcel de Ekatimburgo, en la noche el 16  y el 17 de junio de 1918, cuando el zar y su familia fueron asesinados a tiros, bayoneteados y apaleados​ por tropas bolcheviques […] Algunos investigadores creen que la ejecución fue ordenada por Vladímir LeninYákov Sverdlov y Felix Dzerzhinsky. (Tomado de Wikipedia)].

   Al escribir y dedicar el volumen «Para todas las mujeres chinas, y para mi hijo PanPan», en su brevísima «Nota de la autora», añade: «Las historias que aquí se cuentan son reales, pero hemos cambiado los nombres para proteger a las personas implicadas.»

   Narradora de valía, en su breve y esencial «Prólogo», Xinran Xue cuenta un hecho que muy bien conocemos los cubanos por haberlo vivido en nuestra aun vejada patria: la asesina garra comunista, aun en el exilio, trata de amedrentar e, incluso, asesinar a quienes se atreven a denunciar sus desmanes, tal se sabe por numerosos ejemplos; mas, creo que basta con el cruel e infame asesinato del líder pacifista cubano eliminado en la propia Isla: Osvaldo Payá, quien falleciera ¿en un accidente?…, provocado, en realidad, por el propio castrismo.

   Según narra Xinran Xue, ya residiendo en Londres, el tres de noviembre de 1999, a las nueve de la noche, ella regresaba a su apartamento, tras una clase en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad londinense, donde laboraba. Ya cuando salía de la estación del metro de Stamford Brook, oyó un extraño ruido a sus espaldas, pero ni tuvo tiempo de reaccionar, pues alguien la golpeó en su cabeza y cayó al suelo. ¡Dame tu bolso!, le gritaba sin cesar el asaltante que no se daba por vencido. Solo atinó a aferrarse a su bolso que  contenía la única copia del manuscrito de la novela testimonio que ahora podemos leer.

   Tras ser salvada del asaltante por un policía británico, éste le preguntó por qué había arriesgado su vida por un bolso, y ella, aun temblorosa y adolorida, le explicó: -Dentro guardo mi libro. Y el asombrado agente, le preguntó: -¿Un libro? ¿Acaso un libro es más importante que su vida?

   Ella, a seguidas, reflexionaría:

Naturalmente, la vida es más importante que un libro. Pero, en cierto modo, mi libro era mi vida. Era mi testimonio sobre las vidas de las mujeres chinas, el resultado de muchos años de trabajo periodístico. […] Revivir las historias de las mujeres que conocía había sido muy doloroso, y más aun, ordenar mis memorias y encontrar el lenguaje adecuado para expresarlas. Al luchar por aquel bolso, defendí mis sentimientos y los de las mujeres chinas. El libro era el resultado de tantas cosas que, de haberlas perdido, no habría sido capaz de recuperarlas.

   Desde el inicio y hasta el final de la peligrosa aventura que entrañó su programa radial Palabras en la brisa nocturna, con el que intenté abrir una pequeña ventana, un minúsculo agujero, en el que la gente pudiera pemitir que sus almas se desahogaran y respiraran despues de la atmósfera cargada de pólvora que habían soportado durante los últimos cuarenta años.

   La periodista, aún no sabe cómo, pudo dar a conocer miles de subvidas de mujeres residentes en comunidades y poblaciones olvidadas, granjas campesinas y mínimos asentamientos, incluso en cuevas de su patria, de la que si no escapa, la habrían asesinado.

De tal suerte, desde el inicial capítulo: «Mi viaje hacia las historias de las mujeres chinas» hasta el quince: «Las mujeres de la Colina de los Gritos», Xinran Xue evidencia su sensibilidad y su capacidad narrativa, cualidades sin los que su valiosa novela testimonio no constituiría lo que es: el mejor ejemplo de su labor, que le permitiría, con otros libros, continuar hasta hoy su denuncia de la terrible situación no solo de las mujeres, sino de la paupérrima población de su enorme país.

Mas, la narradora incluye rasgos que enriquecen su obra, tales aspectos  idiosincráticos: carácter y comportamiento social y/o formas de sentir, pensar y actuar, lenguaje, costumbres, rasgos culturales distintivos de su comunidad y nación.

   De ahí que, a lo largo de su apasionante relato, conozcamos tradiciones, costumbres y proverbios de la vasta cultura asiática, como, entre otros, valgan estos pocos ejemplos de los muchos que conocemos en su atrayente libro: el carácter «Xiao» delante de un apellido significa «joven», y ante el nombre propio, crea un diminutivo e indica que la persona que habla se siente cercana a la otra a la que se dirige; Una pluma de pollo es una señal urgente de aflicción; La calvicie es considerada un signo de sabiduría; como estos antiguos proverbios: «En este mundo no hay amor sin razón, no hay odio sin causa»; «El agua soporta un barco, pero también puede volcarlo»; «La lanza alcanza al pájaro que asoma la cabeza» y éste de los hombres sabios de la China clásica: «Todo compite por encontrar su lugar y el cielo elige».

Pero hay más presunciones, como estas, tenidas durante generaciones por ciertas: «Existen 36 virtudes, pero no tener herederos es una maldicion que las niega todas; en China; «Se cree que las mujeres que no han dado a luz, dan mala suerte a los recién nacidos; no suele invitarse a extraños a los funerales…»; «Si no puedes hacer feliz a alguien, no le des esperanzas»; «La gente es moldeada por el agua y la tierra que nos rodea»; «Debes temer las manos de los hombres y las palabras de las mujeres»; «En casa, cree en tus propios dioses y haz lo que te plazca; fuera, cree en el Partido y ándate con cuidado con lo que haces».

LA MUJER EN (O BAJO) LA SOCIEDAD CHINA

Narra Xinran Xue que, desde las sociedades matriarcales de un pasado muy lejano, las chinas ocuparían el peldaño más bajo del escalafón social. Clasificadas como objetos, como parte de una propiedad, repartidas tales la comida, las herramientas y las armas, mucho más tarde se les permitiría la entrada al mundo de los hombres, pero postradas a sus pies: totalmente sometidas a la bondad ¿o crueldad? del «mandamás».

   Como se sabe, la historia de China es, como el propio país, extensísima; pero solo hasta poco tiempo atrás a las mujeres se les concedería la oportunidad de ser y estar: existir y actuar, ser ellas mismas, y que los hombres comenzaran a conocerlas y reconocerlas.

   En el decenio del treinta del siglo XX, cuando las mujeres de Occidente (incluidas las cubanas, que ya en 1936 se preparaban junto a los hombres para votar por los representantes al Congreso) reclamaban la igualdad de los sexos, las chinas apenas comenzaban a dudar de la sociedad dominada por los hombres, pero ya no estaban dispuestas a seguir dejando que les vendaran los pies (tal imponía la absurda costumbre milenaria), ni aceptar los matrimonios concertados por sus padres, de acuerdo con las conveniencias económicas previstas, sin contar con la opinión de ellas.

   Y es que las chinas desconocían sus derechos y deberes, e ignoraban qué ni cómo hacer para ganar su justo lugar en el reino de este mundo. Inútilmente buscaban las respuestas en su mínimo espacio del hogar y en el país donde toda la educación era (y es aun) dominada por el Partido Comunista de la supuestamente desarrollada nación… en lo económico, porque en cuanto a los derechos humanos (dentro de los que se incluyen los de las mujeres), no hay tantos avances. Irrefutable prueba es este valioso documento de denuncia, del que ahora me ocupo. Pero continúo con otros aspectos:

   El capítulo sexto: «En lo que creen las mujeres chinas», revela numerosos aspectos de esa aún desconocida y atávica cultura, como los que descubrió la autora al hablar con sus colegas mayores y más experimentados: el Gran Li y el viejo Chen.

   Ellos le informaron acerca de la filosofía que guiaba la vida de las mujeres. Ante todo, creen que el Partido está por encima de todo, aunque tienen fe religiosa y son capaces de creer en distintos cultos a la vez. «Ahora creemos en Mao Zedong y en el comunismo, pero antes creíamos en el cielo, en el Emperador Celestial, en Buda, en Jesucristo y en Mahoma. A pesar de nuestra larga historia, no tenemos una fe nativa.      

   Los emperadores y gobernantes eran considerados deidades, pero cambiaban constantemente, y la gente se acostumbró a rendir  culto a diferentes dioses.» Como dice el proverbio: «Para cien hombres, existen cien creencias».

   De hecho, podría decirse que no existe una verdadera fe. Las mujeres suelen ser mucho más pragmáticas que los hombres, por lo que tienden a cubrirse las espaldas, pues conocen el sufrimiento de centenares de años. No acaban de decidir qué dios tiene poder o qué espíritu es útil y, por tanto, ¿creen? en todos ellos, para estar del lado seguro.

   En tal sentido, el viejo Chen le diría a la autora: Creo que prácticamente ninguna mujer entiende qué es la religión. La mayoría solo intenta no ser menos que los demás, por miedo a estar endesventaja.

Mas hago un breve aparte para añadir un índice decisivo: sería el propio viejo Chen, quien conminaría a la resuelta Xinran Xue, a realizar tan importante tarea: escribir este libro: «Xinran, deberías poner todo todo esto por escrito. La escritura es una especie de sala de exposición, y un almacén que puede ayudar a crear un espacio para dar cabida a nuevas ideas y sentimientos. Si no pones estas historias por escrito, tu corazón se colmará de ellas y se romperá.»

   La hipocresía y la doble moral (tal acontece en todos los países bajo el yugo comunista, como bien sabemos los cubanos) está presente en la diaria existencia china. Así lo constató la periodista cuando el Gran Li le habló de una empresaria aparentemente muy religiosa que, en sus discursos políticos, solía aclamar al Partido Comunista como la única esperanza de China, pero apenas bajaba del podio, sotto voce, predicaba el budismo, sin dejar de advertir a la gente que, en su próxima vida, se le recompensaría de acuerdo con sus acciones en ésta. Por ello, a sus espaldas y con mucho cuidado, un miembro de su equipo confesaría en una ocasión que ella «es capaz de llevar la insignia del Partido en la solapa del abrigo, una imagen de Buda en las bragas y una foto del gran maestro Zhang de la secta Zangmigong en el sujetador».

   Por la camaleónica personalidad de esta mujer, al crítico le evoca al político galo que lograra la caída de «El Incorruptible», Maximiliano Robespierre, tal lo retrata Stephan Zweig en su genial biografía Fouché, el genio tenebroso, cuyas páginas constatan el carácter frío e impenetrable, y la agilidad del posible antecesor de los conocidos aparatos de seguridad de los Estados socialistas: la Stasi (RDA), el Comité para la Seguridad del Estado (KGB, URSS) y los Órganos de Seguridad de Estado (OSE, G2), creados por el castrismo.

   Asimismo, el Gran Li le confesó que en los años  cincuenta, el Partido hizo un llamado para dejar ‘florecer’ cientos de escuelas de pensamiento. Mas, ¿qué ocurrió entonces?, preguntó el Gran Li. Claro que sabemos su respuesta: «Aquellos que contestaron  al llamado, fueron encarcelados o enviados a aldeas pobres de las montañas. Algunos no hicieron más que expresar sus ideas en los diarios y debieron soportar la crítica e, incluso, el encarcelamiento.»

LA MORDAZA DE LOS PERIODISTAS

Otro aspecto que me recordó mi dura praxis como reportero de las revistas Bohemia y otras en las que laboré en Cuba, son similares a las que narra Xinran Xue. Leámosla:

   En cualquier momento, los periodistas pueden cometer un error que pone en peligro su carrera e, incluso,  su libertad. Los de la radio viven cautelosamente circunscritos a un conjunto de normas, cuyo quebranto acarrea serias consecuencias […] si una emisión se interrumpe durante más de treinta segundos, se hace circular el nombre de la persona responsable del turno por todo el país […] Aun los más insignificantes errores entrañan una reducción de la prima del mes (que supera con creces el sueldo), y a menudo los errores graves conducen a la degradación e, incluso, al despido.

   Como es obligatorio en Cuba —tal constate en Bohemia y los que allá continúan sufriendo los embates ideológicos de la Oficina que en el Comité Central del PCC dicta e impone las obligacionesá—, los periodistas chinos deben asistir dos o tres veces a la semana a clases de estudio político. Las sesiones comprendían entonces las opiniones de Deng Xiao-ping acerca de las políticas de ¿reformas y apertura?, y la ¿teoría económica? de Jiang Zemin. Los bombardeaban una y otra vez con los principios y la trascendencia política de las noticias, y no había sesión en la que no se condenara a varios colegas por alguna falta: por no anunciar los nombres de los líderes de acuerdo con el orden jerárquico establecido en un programa, por no transmitir lo esencial de la propaganda del Partido en un comentario, por falta de respeto hacia los líderes… Todas estas ‘infracciones’ y otras eran criticadas y sancionadas.

   Durante estas sesiones, Xinran Xue sentia que China seguía en las garras de la Revolución Cultural: la política seguía dirigiendo todos los aspectos de la vida diaria, sometiendo a todos los colegas a la censura y a juicio para que los demás sintieran la gravedad que entrañaban las equivocaciones. Y añade la periodista: Me resultaba muy difícil retener toda aquella información política en la cabeza, pero al menos tenía asegurado que me recordaran asiduamente el precepto más importante: «El Partido va a la cabeza en todo».

LAS MUJERES DE LA COLINA DE LOS GRITOS

La falta de talento en una mujer es una virtud

                            Confucio

Si a lectoras y lectores les parece asombroso lo leído hasta ahora, mucho más se pasmarán con lo increíble pero cierto por su crudeza que leerán en este fragmento que reproduce una parte del capítulo quince: «Las mujeres de la Colina de los Gritos», suerte de texto de terror, que evoca al crítico los antológicos relatos del gran narrador norteamericano H. P. Lovecraft, recordado autor de Ratas en las paredes, como de otros cuentos incluidos en varios de sus libros, entre ellos: La llamada de CthulbuEl color surgido del espacio En las montañas de la locura, por los que es considerado el gran innovador del género.

      Leamos: En 1995, China realizó un estudio que concluyó con los siguientes datos: en las zonas más desarrolladas del país, las cuatro profesiones con expectativas de vida más reducidas eran ¿o son todavía? las de los obreros de la industria química, los camioneros de larga distancia, los agentes de policía y los periodistas. Los dos primeros grupos son víctimas de la regulación de seguridad laboral apropiada. Con un sistema judicial imperfecto y en una sociedad en la que el poder político lo es todo, los criminales con contactos influyentes suelen salir impunes y algunos se vengan de los agentes de policía involucrados. […]

«Cuando entrevistaba a mujeres que vivían en matrimonios políticos faltos de sentimientos, cuando veía a mujeres debatiéndose entre la pobreza y la miseria, que no tenían siquiera un plato de sopa o un huevo para comer después de haber dado a luz, o cuando oía a mujeres en mi contestador automático que no se atrevian a hablar a nadie de las palizas que les propinaban sus maridos, muchas veces me encontraba en la situación de no poder ayudarlas por culpa de las regulaciones a las que estaba (¿o está todavía?) sometida la radiodifusión. Solo me quedaba llorar por ellas en privado».

       Pero hay más, por favor, continúen leyendo: «En otoño de 1996, a la vuelta de la conferencia del Partido, el viejo Chen me contó que varios grupos de alivio de la pobreza habían sido enviados al noroeste y el suroeste de China y a otras zonas económicamente deprimidas del país. Había escasez de personal público cualificado que pudiera emprender estos viajes de investigación y a menudo el gobierno recurría a periodistas cualificados para recoger información. El viejo Chen dijo que se estaba planteando unirse a un grupo que se desplazaría a la antigua zona militar de Yan’an para ver cómo era allí la vida de la gente corriente. Según el viejo Chen, se trataba de un rincón olvidado por la revolución.

   Enseguida, Xinran Xue pensó: «Vi una oportunidad excelente para ampliar mi conocimiento de las vidas de las mujeres chinas y solicité inmediatamente la inclusión en uno de estos grupos. Fui asignada al grupo “noroeste”. Primero viajamos a Xi’an, donde el grupo se dividió en tres. Había otras cuatro personas en mi grupo: dos periodistas, un doctor y un guía del gobierno local. Partimos hacia nuestro destino final con gran entusiasmo. Aunque no creo que nuestra ruta fuera la más dura, la zona que visitamos probablemente fuera la más afectada por la pobreza, que se manifiestan de formas muy diversas. Durante nuestro viaje, el paisaje que nos rodeaba fue haciéndose cada vez más sencillo: los altos edificios, la algarabía de voces humanas y los colores vivos de la ciudad eran reemplazados gradualmente por casas bajas de ladrillo o chozas de barro, nubes de polvo y campesinos que vestían ropas grises y uniformes. Más avanzado el viaje, la gente y el rastro de huellas fueron haciéndose más escasos. La salvaje meseta de tierra ocre era sacudida por violentas tormentas de arena, a través de las cuales solo lográbamos ver con gran dificultad. El lema de nuestra misión había sido: “Ayudar a los más pobres en los lugares más pobres”. La máxima que implicaba el uso del superlativo resulta difícil de definir. Cada vez que uno se encuentra con una situación extrema, nunca está segura de que sea la más extrema. Sin embargo, hasta hoy no he sido testigo de una pobreza comparable a la que pude experimentar en aquel viaje. […] El jeep se había abierto camino a través de unas colinas desnudas, y nos habíamos detenido junto a una de ellas relativamente grande.»

   Y el próximo fragmento al crítico le parece tomado del Alejo Carpentier de El reino de este mundo, por el matiz “de lo real maravilloso” que adopta y adapta la periodista-narradora, solo que en la novela tal tratamiento se justifica por la fabulación carpentereana del atrasado Haití en 1791, dominado por el canalla Henri Christophe, quien, olvidando su reciente pasado de cocinero, se autoproclamara rey y explotara a veinte mil haitianos que, entre 1805 y 1820, murieron, sometidos a la fuerza y sin descanso, como esclavos, en la mayor construcción de América: La Citadelle La Ferrière (La Ciudadela La Herrera), edificada en la cima del cerro homónimo, con murallas de cuatro metros de ancho y 40 de alto, y a 875 de altura, solo para —al imitar el estilo de vida de sus odiados reyes franceses— alimentar aun más su superinflado ego…

   Mas, en la China del siglo XX es increíble, pero cierto, que humanos vivieran (¿viven aun?) en cavernas. Ello, como podrán apreciar los lectores, evidencia el atraso a que el gobierno tenía (¿o tiene aún?) sometidas a algunas comunidades campesinas alejadas de la capital. Pero sigamos leyendo:

«Tras una inspección más detenida, descubrimos que alguien  había cavado cuevas en la ladera de la colina. El guía nos presentó el lugar como el paraje que habíamos deseado visitar: la Colina de los Gritos, una aldea diminuta que no aparecía en ningún mapa. […] Me asombró que así fuera y me puse a pensar en el extraño nombre de la aldea. El rugido del jeep había atraído a algunos aldeanos curiosos. Mientras rodeaban el vehículo, empezaron a hacer todo tipo de comentarios, y llamaban al jeep «caballo que bebía petróleo; se preguntaban dónde habría ido a parar su «cola» negra que ahora había dejado de moverse, y los niños que había entre ellos hablaban de cómo encontrarla. Yo quería explicarles que la cola estaba formada por los gases de escape, pero los jefes de la aldea habían aparecido para darnos la bienvenida y nos hicieron pasar al interior de una cueva que hacía las veces de cuartel general.

«[…] Después de la cena nos condujeron a nuestro alojamiento a la luz de tres velas. Los dos periodistas disponían de una cueva para ellos solos, el doctor debía quedarse con un anciano, y yo compatiría una cueva con la joven. […] Los asfixiantes humos del fuego de la muchacha me sacaron de mi ensueño. […]»

   Tras por fin arribar al ansiado lugar cuyo sugerente y misterioso nombre le había hecho sentir a Xinran Xue, cuando lo escuchara por primera vez, «una excitación indecible […] porque «presentí que mi visita estaba predestinada [pues] el nombre evoca un lugar ruidoso y activo, desbordante de vida, pero nada más lejano de la realidad».

   La Colina de los Gritos está en la franja de tierra donde el desierto se aúna a la meseta, y desde siempre el viento (como en la mágica Comala de Juan Rulfo) sopla infatigable, lo que impide ver más allá de unos pocos pasos por las enormes tormentas de arena que azotan a quienes trabajan en las colinas, que se ven obligados a gritar para comunicarse.

   Es (¿todavia?) un lugar totalmente aislado del mundo moderno: entre diez y veinte familias con tan solo cuatro apellidos (sobre)viven (¿aun?) en pequeñas cuevas bajas excavadas en las rocas. Las mujeres valen por su utilidad, tales herramientas reproductivas, por lo que constituyen el artículo comercial más preciado en las existencias de estos paupérrimos entes, pues no me atrevo a llamarlos seres humanos y mucho menos personas, ya que el trato recibido del régimen comunista chino no corresponde con el de estas categorías. Y lo digo por lo que van a leer a continuación. Según relata la veraz Xinran Xue:

Los hombres no vacilan en cambiar a dos o tres niñas por una esposa de otra aldea. Casar a una mujer de la familia con un hombre de otra aldea y recibir a cambio una esposa para algún hombre de la familia es una práctica muy común; de ahí que la mayoría de las mujeres de la Colina de los Gritos provenga de otras aldeas. Tras haber sido madres, son obligadas a ceder a sus propias hijas. Las mujeres de la Colina de los Gritos no tienen derecho de propiedad ni de herencia.

    Mas, si a los lectores les parece increíble esta aborrecible costumbre ad usum aun en el campo chino, más asombro les causará la siguiente que cuenta la narradora: «La práctica social de compartir a una mujer entre varios hombres también se aplica en la Colina de los Gritos. En la mayoria de estos casos se trata de hermanos de una familia extremadamente pobre y sin mujeres que intercambiar, que compran una esposa en común a fin de continuar la estirpe. De día se benefician de la comida que cocina la mujer y de las tareas domésticas que realiza; y de noche disfrutan de cuerpo de la mujer por turnos. Si la mujer tiene un nino, los hermanos son papá grande, segundo papá, tercer papá, cuarto papá y así sucesivamente. Los aldeanos no consideran esta práctica ilegal, puesto que es una costumbre establecida que ha sido transmitida desde sus ancestros, y que, por tanto, tiene mayor fuerza legal que la ley en sí. Tampoco se mofan de los niños que tienen muchos padres, ya que éstos gozan de la protección y la propiedad de varios hombres a la vez. Ninguno siente compasión por las esposas compartidas. Para ellos, la existencia de las mujeres está justificada por su utilidad. […] se compran a cambio de familiares de la misma sangre, éstas se ven obligadas a soportar el resentimiento de los miembros de la familia que echan de menos a sus propias hijas o hermanas, y tienen que trabajar día y noche para ocuparse de la comida, la bebida y otras necesidades diarias de la familia.

   «Son las mujeres las que reciben el amanecer en la Colina de los Gritos: tienen que dar de comer al ganado, barrer el patio y pulir y reparar las herramientas oxidadas y desafiladas de sus maridos.Tras haber enviado a sus maridos a trabajar en los campos, tienen que ir por agua a un arroyo poco confiable en la lejana ladera de una montaña situada a dos horas a pie, y volver cargadas con dos pesados cubos sobre los hombres. Cuando llega la temporada de la hierba cogón, las mujeres también tienen que escalar la colina y desenterrar las raices que utilizan como combustible para sus cocinas. Por la tarde tienen que recoger comida para sus hombres, y al volver se dedican a hilar, a tejer, y a  confeccionar ropa, zapatos  y sombreros para la familia. A lo largo de todo el día llevan a los niños pequeños a todos lados, en brazos o cargados a la espalda.

   «En la Colina de los Gritos, el término empleado por los hombres cuando quieren acostarse con una mujer es «utilizar». Cuando los hombres vuelven al atardecer y quieren «utilizar» a sus esposas, a menudo les gritan impacientes: —¿Por qué tardas tanto? ¿Vas a subirte al kang (sistema de calefaccion radiante que puede utilizarse como cama) o ¿qué?

   «Después de haber sido «utilizadas», las mujeres se arreglan y cuidan de los niños mientras sus maridos roncan plácidamente. Al fin, cuando anochece, ellas pueden descansar, pues ya no hay luz para que puedan seguir trabajando. […] El único dia que una mujer de la Colina de los Gritos puede mantener la cabeza alta es el día en que da a luz un hijo. Empapadas de sudor tras los tormentos del parto, escuchan las palabras que las llenan de orgullo y satisfacción: —¡Lo tengo!

   «Este es el mayor reconocimiendto de sus esfuerzos que recibirá de su marido, y su unica recomensa material es un bol de huevos con azúcar y agua caliente. No hay mala disposición hacia las mujeres que dan a luz a una niña, pero a ellas no se les ofrece este manjar. La estructura social de la Colina de los Gritos es única, pero no difiere del resto de China en valorar más a los hijos que a las hijas. […] En la Colina de los Gritos nadie se resiste al curso de la vida, y la planificación familiar es un concepto desconocido. Se trata a las mujeres como si fueran máquinas reproductoras, y éstas suelen tener un hijo al año, cuando no tres en dos años. Nadie les garantiza que sus hijos sobrevivan. A mi entender, el único freno a las familias numerosas es la mortalidad infantil o los abortos por agotamiento.

   «Vi a muchas mujeres embarazadas en la Colina de los Gritos, pero no percibí ni sombra de ilusión por la llegada de una nueva criatura, ni entre ellas ni entre los hombres. Incluso durante los últimos días de gestación, las mujeres tenían que trabajar como antes y soportar ser «utilizadas» por sus maridos, que pensaban que «tan solo los niños que resisten ser aplastados son lo suficintemente fuertes». Estaba horrorizada por aquello, sobre todo por la idea de las esposas compartidas que eran «utilizadas» por varios hombres a la vez durante el embarazo. Los hijos que las mujeres parían eran realmente fuertes: la suposición de la «supervivencia del más fuerte» realmente parecía ser cierta en la Colina de los Gritos. Este pragmatismo brutal habia tenido como consecuencia úteros severamente prolapsos entre las mujeres valientes y desinteresadas de la aldea. […]

   «El hecho de que las mujeres de la Colina de los Gritos no tuvieran ni idea de la sociedad moderna, ni aun menos conciencia de los derechos de la mujer, era un pobre consuelo. Su felicidad se sustentaba en su ignorancia, en sus costumbres, y en la satisfacción de creer que todas las mujeres del mundo vivían como ellas. Hablarles del mundo exterior sería como eliminar los callos de una mano acostumbrada al trabajo y dejar que las espinas pincharan la carne tierna. […]

«[…] durante las dos semanas que permanecí en la Colina de los Gritos vi a madres, hijas y esposas que parecían haber sido dejadas atrás, en los albores de la historia, abqndonadas a sus vidas primitivas en medio del mundo moderno. Estaba preocupada por ellas. ¿Alguna vez serían capaces de ponerse al día? No es posible alcanzar el final de la historia en un solo paso, y la historia no las esperaría».

LA HOMOSEXUALIDAD

   Sobre otro punto aún más escabroso —por ser un tema prohibido en la infrasociedad y la prensa chinas, como lo fue hasta poco tiempo atrás en la cubana—: la homosexualidad, Xinran Xue narra varios tópicos en el capítulo siete: «La mujer que amaba a las mujeres»:

   El éxito de su programa radial la llevaría a ser considerada, no solo la primera locutora que osaba ‘levantar el velo’ de las mujeres, sino «la primera periodista de temas femeninos que se atrevía a hurgar en la verdadera realidad de sus vidas», por lo que la emisora la había promocionado y ella había  conseguido un considerable número de patrocinadores financieros, también lograría crear un espacio de “línea caliente” y recibir llamadas de las oyentes en directo.

   Cuenta Xinran Xue que una noche, cuando se disponía a ‘serenar’ su programa con música suave, atendió su última e insólita llamada:

«—Xinran, hola, llamo desde Ma’anshan. Gracias por tu programa. Da mucho que pensar y me ayuda a mí y a muchas otras mujeres. Hoy me gustaría preguntarte qué piensas de la homosexualidad. ¿Por que hay tanta gente que dispensa un trato discriminatorio a los homosexuales? ¿Por qué la gente no entiende que los homosexuales tienen los mismos derechos y opciones en la vida de los demás?

   Y confiesa la periodista: «La homosexualidad era (¿o es aun?) un tema prohibido según el reglamento que rige los medios de comunicación, y yo me pregunté desesperadamente por qué la controladora no había suprimido la llamada inmediatamente. No había forma de evitar la cuestión: miles de personas esperaban mi respuesta y yo no podía permitir que supieran que se consideraba un tema prohibido. Tampoco podía decirle que el tiempo se había agotado, pues todavía quedaban quince minutos para el final. Subí la música mientras repasaba todo lo que había leído alguna vez acerca de la homosexualidad e intenté idear una manera de tratar el tema diplomáticamente. La mujer acababa de hacer una pregunta perspicaz que debió  perdurar en la mente de los oyentes:

   —La homosexualidad tiene su propia historia, desde la Roma antigua en Occidente y las dinastías Tang y Song en China, hasta ahoy. Existen  argumentos filosóficos que establecen que cualquier cosa existe por una razón concreta. Entonces, ¿por qué en China se considera la homosexualidad exenta de razón?

Xinran Xue, siempre talentosa, siempre brillante y siempre honesta, aun con la peligrosa implicación de un posible despido suyo de la emisora por su respuesta, diría a la audiencia:

Acabamos de recibir una llamada de una oyente que sabe mucho de la sociedad y la historia, y que comprende las experiencias de un grupo de mujeres que tienen un estilo de vida poco convencional. Por lo que sé, la homosexualidad no es solo, como bien dijo la oyente, fruto de una sociedad moderna: hay constancia de su existencia en la historia de Oriente y Occidente. Dicen que durante las guerras de conquista en la Roma Antigua, los gobernantes incluso animaban a sus soldados a practicar la homosexualidad. Sin embargo, por aquellas épocas, tal vez fuera más una cuestion de utilidad de la homosexualidad que de una aprobación de ella. Las relaciones homoxuales ayudaban a los soldados a soportar la guerra y la añoranza de los familiares. En una contienda cruel, los lazos emocionales establecidos entre los soldados les daban ímpetu para vengar a amantes muertos o heridos.

    Mas, no conforme con las verdades expresadas a la oyente como a miles de escuchas en el gigantesco país, Xinrsan Xue, añadiría:

Estamos de acuerdo en que todo el mundo tiene derecho a elegir el estilo de vida que quiere seguir y satisfacer sus necesidades sexuales. Sin embargo, la humanidad se encuentra en estado constante de transición. Todos los países, regiones y grupos étnicos se mueven hacia el futuro de la humanidad lo mejor que pueden en busca del sistema perfecto. Ninguno de nosotros puede todavía llegar a una conclusión acerca de lo acertado y lo equivocado de este viaje, y hasta que alcancemos la perfección necesitamos gobiernos que puedan guiarnos. También necesitamos tolerancia y comprensión.

   Y continua, siempre comprensiva y tolerante, siempre honesta y arriesgada como pocas, cuando les enví un mensaje a sus oyentes lesbianas y gays: «A nuestros amigos homosexuales que han experimentado los prejuicios de la sociedad, quiero pedirles perdón en nombre de la gente inmisericorde con la que han tropezado. Todos tenemos necesidad de comprensión en este mundo.»

   Por su sensibilidad e indulgencia hacia la otredad lésbica, poco despues su oyente y admiradora llegaría a confesarle que la amaba, a lo que Xinran Xue, le respondería que ella no podía, pues nunca había sentido atracción por ninguna mujer; pero, en cambio, le sugería que la podía querer como a una hermana mayor.

EN FIN…

   Como he afirmado en estos apuntes sobre el excelente volumen de Xinran Xue, en él revela múltiples abusos y vejamenes cometidos por el régimen comunista contra las más pobres comunidades, como asimismo conocer muchos aspectos de la milenaria cultura china.

   Finalmente, solo me queda sugerirles a ustedes, lectoras y lectores, que lo adquieran y disfruten, tal me sucedió a mí con este entrañable volumen, escrito con la verdad de la poesía… ¿o la poesía de la verdad?

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