William James: «voluntad de creer» y la americanización de lo religioso

Por Spartacus

Los textos más célebres de James revelan un deseo profundo del autor por interpretar la poderosa doctrina de la voluntad de poder de Nietzsche como una elegante doctrina del «derecho a la energía». Sin embargo, en su enfoque, James no retrata al superhombre dominante que se exalta a sí mismo, como lo haría Nietzsche, sino que presenta al hombre común burgués, constantemente amenazado por la fatiga y la falta de motivación. Para James, el heroísmo no se encuentra en el dominio del mundo, sino en la capacidad del individuo para posponer su fracaso mientras se enfrenta diariamente a las adversidades en busca de oportunidades. (de aquí surge el eslogan vitalicio «Estados Unidos es el país de las oportunidades»)

Entre los psicólogos filosóficos europeos del siglo XIX, el alemán Friedrich Nietzsche y el neoinglés americano William James ocupan un lugar preeminente, porque ambos, aunque profundamente implicados en el proyecto de una amplia naturalización de lo anímico, fueron a la vez pensadores genuinos de la Modernidad, es decir, intérpretes de lo monstruoso.

Ya en tiempos se ha advertido de manera ocasional de los paralelismos en los destinos intelectuales y personales de Nietzsche y James; se ha hecho notar la implicación de ambos en las enfermedades del siglo XIX, se ha observado su común fluctuación entre los tonos depresivos y heroicos, y constatado una profunda similitud entre ellos respecto a sus batallas defensivas durante toda su vida contra los fantasmas victorianos y darwinistas de la decadencia y la neurastenia.

Los temperamentos y caminos de Nietzsche y James se separan en cuanto comienza la apasionante interpretación intelectual de lo monstruoso. Donde Nietzsche apuesta por la soledad, el elitismo y la agudización para aguijonear a los seres humanos hacia el ámbito del superhombre, porque la tierra cansada de seres humanos había de ser habitada por fin por dioses autógenos, allí James se comporta, también como consigue hacerlo, como moderador, conciliador, apaciguador, nada exigente, republicano. Se podría exponer de manera ejemplar la contraposición significativa para toda la Modernidad entre pensadores aguzantes y pensadores atenuantes mediante la diferencia temperamental entre Nietzsche y James.

Quien emprende el intento de comentar los destinos de la religión y de lo religioso en el surgimiento de las relaciones modernas de mundo se ve confrontado inmediatamente con un concepto que ha sido utilizado por innumerables autores como una clave general para conseguirse acceso a todos los aposentos de la casa común de la moderna humanidad euroamericana: secularización.

Lo que en principio no era más que un término jurídico, que se refería a la toma más o menos violenta de las posesiones de la Iglesia por órganos del Estado moderno nacional tras la Revolución francesa, se fue convirtiendo, en el siglo XIX, en una expresión que parecía expresar en su totalidad la dirección del curso del mundo, dirección esta que era la verdadera a ojos de los progresistas y laicos, y la falsa en opinión de los perdedores en la modernización.

Si hubiera que caracterizar con una palabra la interpretación de lo monstruoso de Nietzsche, solo podría ser: altura. En el caso de James sería, sin duda: variedad. No por casualidad aparece esa expresión en el título de la obra capital filosófico-religiosa de James –The Varieties of Religious Experience-, por cierto, un título elegido posteriormente, que James solo pudo formular una vez que, en mirada retrospectiva a sus conferencias Gifford de 1901, mantenidas en dos ciclos en Edimburgo, fue consciente de que había logrado un gran tanto. Entonces puso como título del libro su signo filosófico de campo y colocó su palabra de culto (varieties [«variedades»] sobre la empresa; el título previsto en principio (El apetito religioso del ser humano y su satisfacción por la filosofía) ya no se tomó en consideración debido a su rasgo psicológico limitante.

Es como si James intentara explicar que ser y seguir siendo un americano moderno, o incluso un ser humano moderno en general, solo es posible si uno posee una reserva de fuerza de voluntad y autoconfianza. En este sentido, James toma inspiración del magnífico himno de Ralph Waldo Emerson, Confianza en sí mismo, una exaltación de la virtud americana de la autosuficiencia. Como psicólogo, James asumió la tarea de traducir el canto del fabuloso trascendentalista a un enfoque analítico. Se preguntaba cómo aconsejar a aquellos seres humanos cuyas fuentes de autoconfianza parecen haberse secado, y que actualmente no encuentran acceso a ilusiones o fuerza de voluntad.

La respuesta a esta pregunta resalta el significado último de la «americanización de lo religioso». Para James, aquellos que aún no han encontrado una fuente abundante de energía en su interior no deben resignarse, sino seguir buscando en sí mismos hasta que puedan despertar fuerzas profundas. Esto es lo que representa el americanismo en lo religioso: una mentalidad de explorador de petróleo aplicada a la espiritualidad del éxito (no hay una mejor expresión visual sobre el éxito del «americanismo religioso» que el filme Gigante).

Buscar es encontrar; en la América de finales del siglo pasado, esto significaba que incluso en momentos en los que parece que no quedan fuerzas, hay un mar vibrante de motivaciones esperando emerger desde nuestro interior. Dios se manifiesta como un vasto territorio interior en el espíritu humano, mientras que el individuo se convierte en una especie de instalación de extracción de energías profundas.

El americanismo espiritual se traduce en un neomediumnismo: aquellos que viven en el Nuevo Mundo en muchas ocasiones tienen la oportunidad de convertirse en un canal por el cual fluye el impulso emprendedor proveniente del reino del espíritu. En última instancia, cada ser humano, especialmente aquellos que se aventuran hacia lo desconocido, es un potencial vehículo de la fuerza del éxito más allá de lo tangible.

En este lienzo de creencias y aspiraciones pragmáticas, las fronteras entre lo espiritual y lo material se desdibujan, fundiéndose en un baile apasionado. En el corazón de la religión americana late un afán incesante por alcanzar el éxito en la vida, convirtiendo la fe en una valiente experimentación. En esta era moderna, la verdad se desviste de su aureola de misticismo y se redefine como lo que demuestre su efectividad.

De esta manera, la vida de fe se vuelve ecléctica, abrazando la diversidad de creencias y prácticas religiosas, como si fueran productos en un supermercado posmoderno. En menos de un siglo, americanos y europeos han recorrido este camino sin temor, desde el sincretismo hasta la trivialización, pasando por el exotismo.

En cada rincón donde la tendencia a vivir con hipótesis religiosas se ha afirmado, el pragmatismo ha sido el motor impulsor. Buscar acceso a fuentes internas de energía trascendente es el leitmotiv. Y así como hay estantes que exhiben el espectro oriental-occidental de material religioso y esoterismo, también encontramos otro con frascos de píldoras repletos de vitaminas. Ambas opciones son alimentadas por el mismo espíritu pragmático y dietético.

Religiones y vitaminas comparten una misión común: cada individuo debe encontrar y consumir regularmente aquellas creencias y elementos esenciales que mejor se adapten a él. El individuo moderno y posmoderno tiene la obligación de poner en marcha su motor vital con una mezcla única y personal de afirmaciones y nutrientes. Esta combinación, una especie de elixir vital, representa la farmacia pragmática y su cura.

En sus días, William James, con elegancia reflexiva, planteó a sus colegas del club filosófico (de la Universidad de Yale y del de la Universidad de Brown en su conferencia La voluntad de creer (https://es.scribd.com/document/501199087/La-voluntad-de-creer-William-James# ) en la primavera de 1896 un derecho inalienable: el ser humano, no solo el científico, tiene el privilegio de guiar su vida a partir de las convicciones que lo impulsen a apostar por sí mismo. La vida es demasiado corta como para esperar a que una investigación objetiva revele las últimas verdades. Somos papas infalibles de nuestros instintos vitales, y nadie puede recriminarnos por ello. Con el tiempo, los gurús emergieron en el mercado con un lema simple: a la iluminación no le importa cómo se alcanza.

Quizás a algunos seguidores de creencias anteriores les resulte escandalosa esta visión pragmática de lo religioso. Sin embargo, no se puede negar que existe un denso trasvase entre lo mecánico y lo espiritual.

El americanismo religioso no esconde su vínculo con la era tecnológica. Para él, creer implica, en última instancia, experimentar con una mind-machine simbólica. El pragmatismo analítico señala la conexión que las almas sensibles pueden pasar por alto: la relación entre la fe y el deseo de éxito. Esta religiosidad pragmática muestra una metafísica despojada que gira en torno al éxito en la vida, y no ve nada cuestionable en ello. Si la vida de convicción, es decir, la vida religiosa, ha estado siempre en el núcleo motivacional del éxito, entonces se debe otorgar al americanismo religioso el mérito de arrojar luz sobre este enigma de la vida exitosa. Parece decir con franqueza: en el mundo espiritual, prevalece la ley de la supervivencia del más capaz de convicción.

Así continúa la danza de creencias, visiones y objetivos, entrelazando lo espiritual con lo pragmático en un vals en constante evolución.

Continúa…

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