«VI Convención de la Cubanidad»: crónica de la gran expresión y sus contrarios

Por Antonio Ramos Zúñiga

La VI Convención de la Cubanidad se celebró en Miami, el pasado 27 de mayo, y por suerte no me la perdí. Estas convenciones, auspiciadas por la organización Ego de Kaska, han escalado a lo alto de una profesionalidad que solo se da cuando la historia se adentra en la filosofía (y viceversa) con liberalidad y expresión propia, sin que la ideología limite el debate. La especificidad miamense es la búsqueda de un rumbo a la libertad, dentro del avatar existencial exiliado (el ser y la nada en sus respectivas derivas, entre antinomias que modelan el devenir; cubanidad y espíritu como retos de definición y expresión; la identidad raigal con sus renuevos). La cultura cubana como summum es un caldo con variadísimas esencias que se enriquece desde que la balsa cruzó el estrecho de la Florida, pero también cuando el pasado sirve para soportar la lejanía y el extrañamiento. Es la impresión que se saca, por ejemplo, cuando Ego de Kaska propone salvar los libros del pasado y proyectarse como estética y ciencia de la cultura, más allá de la banalidad y los prejuicios. O cuando los ponentes, lejos del simplismo, en lugar de crear imaginarios, van directo a las claves fácticas del problema.

El gran problema cubano 

El gran problema cubano desde hace más de sesenta años es abolir la dictadura y recuperar la libertad y la democracia. Pero el hecho de que el problema involucre a Estados Unidos, genera un modo de ver las cosas con una narrativa que a veces deriva en paranoia (estamos atrapados, ¿cómo podemos deshacernos de la telaraña?) De ahí surge un tipo de debate muy particular: además del nacionalismo, anexionismo, neocastrismo, posmodernismo, etc. discurre lo más dramático: la soledad y agonía del ser: cómo vencer al enemigo ideológico, cómo evitar la disolución del acervo, el linchamiento, cómo enfrentar la propaganda en contra y la división en el Ser cubano común, qué hacer para ser reconocidos, cómo refundar la nación, etc. Por la parte neocastrista, se expresa la delectación del odio, la ciencia de la división, mientras que la causa libertaria lucha con el alma y la nostalgia, apenas tiene amigos. El exilio, infestado de divisionistas y vividores, rompe la cohesión. ¿Qué nos queda? Expresar ideas, tesis, promover la crítica contra los odiadores, rescatar a Martí, tratar de que el mundo comprenda que existe una cultura exiliada, capaz y renovadora, democrática, no racista, llevar las nuevas ideas a la isla. Sin dudas, las convenciones son foros idóneos para conseguirlo con la transmisión de la inteligencia y las buenas causas. Lo que he querido decir es que elevar el pensamiento será una manera de ganar apoyos. Y quienquiera que presente una ponencia que nos acredite como cultura moderna y libre, será una decisiva contribución y la mejor arma contra la división, el caciquismo y el veneno neomarxista reaccionario.

Las ponencias

La presentación del evento estuvo a cargo de su gestor, el historiador y escritor, doctor Ángel Velázquez Callejas, quien además explicó la razón de ser del simposio y el valor de los temas a presentar, agregando valiosas observaciones históricas y filosóficas. Le siguió Rosie Inguanzo, bella cubana llena de poesía, cuya expresiva declamación de fuego derramada en sus gesticulaciones y personalidad, le valieron muchos aplausos, hasta que se puso en marcha el Primer Panel. De una forma u otra, algunas de las ponencias de la sexta convención, las más elaboradas, formularon mensajes de defensa de valores y de crítica de las problemáticas actuales. Otras fueron más bien panorámicas y didácticas, interesantes, pero no innovadoras. Un ejemplo, José Prats Sariol, reconocido crítico especialista, siempre capta el interés del público. De Miguel Ángel Sánchez yo esperaba algo más que un retrato de Capablanca, a tono con el tema de la espiritualidad. Leopoldo Luis García, sin las interrupciones, habría sido una ponencia inmejorable. Solo Daniel Fernández presentó su trabajo sin leer, que es la mejor forma que tiene un especialista de exponer lo que conoce, acomodándose al tiempo establecido (10 minutos). La cortedad del tiempo deslució las ponencias, dejando al público con las ganas. Enrique Patterson, ex profesor de marxismo en La Habana, presentó un listado discursivo de minibiografías de intelectuales afrodescendientes en el exilio, y creo agregó figuras nuevas a la lista, pero sin análisis. También la guillotina del tiempo conspiró contra su ponencia. Por alguna razón que desconozco, este señor fue el eje de un altercado y se manifestó obtuso durante las sesiones del evento, algo insólito, punto que dejaré para más adelante.

Panel de la batalla y ruido en el sistema

En un Segundo Panel, a mi juicio, se presentaron las ponencias más interesantes y complejas, que no solo fueron restringidas por el tiempo, sino también boicoteadas por un irresponsable barullo que se matizó de provocación. Un señor de la raza negra, se levantó y después de hablar incoherencias acusó a los presentes de racistas. Tal vez era un chiflado, un provocador, decía la gente, tal vez era ambas cosas, lo cierto es que dicho señor tiene la costumbre de malear eventos, tal vez alguien le metió en la cabeza que los blancos son racistas, algo que ahora se ha puesto de moda, o le ordenaron armar el desorden. Pero esto no quedó ahí. Sucedió algo más que no estaba previsto y que me ha dejado pensando, como a otros.

       Fue una pena que por la restricción expositiva, el escritor Armando de Armas leyera a trozos su ponencia sobre Woke: la carcoma cultural, que principiaba enunciando los remotos ancestros egipcios que configuran el debate de la evolución del judaísmo y la ulterior forja seminal, que con Constantino y el catolicismo de los edictos y luego Lutero, devino en civilización judeocristiana. La interrupción de su ponencia por un brusco vozarrón que aseveró «El comunismo es occidental», fue un mal indicio, propio del ego didactista fuera de control, le llaman los franceses. En realidad, es el autoritarismo del saber negador que, de la mano del radicalismo de izquierda y el poscomunismo, propende a desacreditar o sabotear el discurso de los opuestos, exigiendo respeto para sus tesis, a la vez que irrespetan, al contrario. ¿Por qué razón no esperan su turno para opinar y polemizar?

       Alfredo Triff, un intelectual cubano de calibre en Miami, presentó su ponencia: El huevo del cucu marxista en el nido del cubano progre, una joya conceptual dotada de formas y códigos que dan claridad sobre la turbulencia de las antinomias en la era de Tump y Biden. Murmullos y negaciones no dejaban oírla. Los mismos que habían reclamado silencio para sus ponencias, mantuvieron un cuchicheo insolente y continuo, masticando alimentos y oyendo la musiquita de sus celulares: eran Patterson y un individuo de melena que se sentaba a su lado. Hicieron lo mismo durante la ponencia Cultura Woke: rebeldía y conformismo, presentada por una estrella del periodismo, Andrés Reynaldo, quien pidió silencio y no le hicieron caso. Otra ponencia brillante, la del doctor Rafael Piñeiro, Cuba y su inserción en el preámbulo de la muerte de las ideologías clásicas, apenas se pudo oír, en medio de una especie de turbamulta de voces, quejas y ruidos. De nuevo Patterson lanzó el vozarrón protestando porque a Piñeiro le habían otorgado más tiempo que a él, esto es el ridículo en su forma más insoportable. Patterson, entre comentarios, interrupciones, murmullos, más su ponencia, consumió más tiempo que los demás. Me pregunto, ¿por qué se lo permitieron? Como en toda parte, él debía acatar las reglas y comportarse a la altura de un evento de cubanos libres que lo había invitado a exponer su pensamiento, no a subvertir la dignidad de un auditorio educado donde algunos, entre ellos yo, nos asombramos de su sinuosa fraseología y de la medianía de su porte, que actuando de esa forma, no lo distingue como intelectual. El peor momento fue escucharle decir “blanquitos”, con énfasis despectivo. ¿Quiénes son los blanquitos para él? (1).

Trascendencia

Con tal atmósfera, terminaron las sesiones de la VI Convención, afortunadamente en paz y reconcilio. A pesar del ruido en el sistema, la convención resultó un evento exitoso, bien organizado, democrático, inclusivo, de magistrales ponencias, algunas de elevado nivel conceptual, que seguramente serán referentes documentales en lo adelante. En el auditorio estaban figuras conocidas de la cultura y las artes, literatos, periodistas, poetas, etcétera. Los temas fundamentales: literatura, espiritualidad, la cultura de la cubanidad y Woke fueron tratados con profundidad y valentía, y serán publicados. Al ruido en el sistema, dígase provocación, y carcoma de pacotilla, se los llevará el viento, solo quedará la huella de los creadores y sus estupendos mensajes y la grandeza del templo mayor de la cultura que se expande, “la Casa del Ser” versus la Nada mamerta. Esta VI Convención se la debemos al gran esfuerzo desplegado por Ángel Velázquez, uno de los pilares del Nuevo Pensamiento del exilio cubano, que no es de derecha ni de izquierda, sino plural como epistemología de la libertad y democracia, que es a fin de cuentas una de las razones de la hermandad y del futuro arado de la refundación de una Cuba libre.    

Notas

(1) Es bien despectivo llamar n..g.r a un negro en Estados Unidos, pero ya pocos lo hacen, se han creado leyes para salvaguardar la dignidad de las razas. En Cuba se utiliza niche, para insultar a un negro, una insolencia racial común, que no es perseguida, que yo sepa. Hace algún tiempo los negros y blancos norteamericanos llamaban spit (escupida) a los cubanos exiliados, fueran negros o blancos. Pero de un tiempo acá, los afrocubanos, mayormente los de adhesión neocastrista, usan la palabra “blanquito”, que no es un calificativo cariñoso, sino todo lo contrario, una denostación de fuerte carácter excluyente y racista, sobre todo cuando la sonoridad de la palabra se adereza con desprecio y mala fe. El castrismo, sin dudas, también usa la semántica y la teoría de los colores como armas para conseguir sus propósitos de desintegrar el exilio, y algunos, por empatía ideológica, por ganar dinero o por odio, se prestan al juego de la división. Marcuse inventó como sacarles ventajas políticas a las minorías, y Soros, el partido demócrata, la izquierda mundial et al, han invertido en el fomento de las tendencias más destructivas del siglo 21, dividir pueblos, romper fronteras, inducir los odios raciales. El mismo Soros ha declarado que el odio negro hacia el blanco será una de las herramientas del cambio en Estados Unidos. Esto es una absoluta aberración. Crear un choque violento de negros y blancos solo puede generar sangre y más racismo (más irreverencias antitéticas, dicen los que evitan la censura del adefesio políticamente correcto). Por suerte, no todos los negros se prestan al juego en Estados Unidos, desde los tiempos de Martin Luther King a Thomas Sowell. En Cuba ni en el exilio tampoco. Hace dos días, en la Casa del Preso, la escritora Zoe Valdés fue ovacionada por docenas de cubanos negros, mulatos y blancos, muchos de ellos jóvenes. El ambiente reinante de hermandad puede ser una inspiración, como lo son Maceo y Martí. También es una sicopatía que, a estas alturas, algún aspirante a prócer intente la división, el motín y el odio racial. No hay negros, ni afrocubanos, ni blancos ni amarillos ni indios en el gran crisol cubano, sino cubanos con alma y deseos de libertad. El tema de la negritud solo puede ser fecundo y digno en la medida que hermane a las razas y sea un arma contra el verdadero enemigo: la dictadura castrista.

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