«URRS: el ensayo ruso», Ramón Vasconcelos

Nota del editor

Ediciones Exodus trabaja para dar a conocer tan poroto esté terminada de editar la reedición del libro de viaje «URRS: el ensayo ruso» de escritor y periodista cubano Ramón Vasconcelos, publicado en La Habana en 1937. Dividido en dos partes y en 48 capítulos distribuidos a lo largo de 406 páginas, es uno de los libros más ocultados y olvidados del panorama literario republicano. Por qué, no lo sé. «URRS: el ensayo ruso» es el testimonio novelado y ensayado de un extranjero que visita Moscú y revela cuál es la realidad cultural y política del régimen soviético y del totalitarismo Stalinista antes de la II Guerra Mundial. Nuestro primer libro sobre literatura política y poder sobre regímenes totalitarios.

Si quieren, acompáñenme a disfrutar el capítulo 14

Por Ramón Vasconcelos

14 De la chispa saldrá la llama

Entramos en el período del Iskra («La Chispa»). Su profesión de fe está imbíbita en el verso de Puchkin: «De la chispa saldrá la llama»[1]. Lenin concibe el proyecto en Pskov, marcha a San Petersburgo para ponerse de acuerdo con su camarada Martov. Lo prenden, le quitan dos mil rublos que lleva encima y documentos escritos con tinta simpática. Con un pasaporte falso va a Munich, y allí, él, Plejanov, Axelrold, Potressov, Martov y Vera Sasulich discuten sobre el lugar en que debe aparecer el periódico. Después estarán siempre discutiendo, hasta que se dividirán en dos grupos por cuestiones de táctica revolucionaria. Plejanov es un teorizante, un propagandista candoroso que quiere ganar prosélitos y destronar al zar con folletos filosóficos; su sistema es ahondar en todos los asuntos. Martov es un espíritu sutil y alígero. Axelrold es una mentalidad occidental. Lenin, un perro de presa.

La Sasulich decía, refiriéndose a los dos polos del Iskra: «Plejanov es un lebrel. Golpea, zarandea al enemigo, más al fin lo suelta y lo deja partir; pero Lenin es un bull-dog; su mordisco es mortal». A Lenin le gustaba el símil. Cuanto a Vera Ivanona Sasulich, Trotski nos la pinta en dos trazos maestros. «La Sasulich—dice—es un ser raro y singularmente atrayente. Escribe con mucha lentitud y expresa con dificultad sus ideas. Vera Ivanovna no escribe, pone mosaicos, me dijo un día Vladimir Ilitch. En efecto, entre frase y frase camina lentamente de un lado a otro de la habitación, arrastra ruidosamente sus pantuflas, fuma sin cesar cigarros liados a mano, que tira a medio consumir en todas direcciones y cuya ceniza le cae en el vestido, en las manos, en el papel, en el té y en ocasiones sobre su interlocutor.»

En la mesa, mientras hilvanaba sus ideas, le ponía al pan tres y cuatro capas de mostaza. Esta mujer extraña y apasionada tuvo el coraje de descerrajarle cuatro tiros al general Trepov para protestar por el maltrato que recibía en la prisión un camarada suyo. ¿Quién ha juzgado mejor a los socialistas alemanes que ella? «Serán siempre la misma cosa; acabarán por revisar el programa, restablecerán a Marx, tendrán mayoría y conservarán de todos modos un kaiser». La revolución era para esta agitadora de raza algo así como una deidad. Palidecía de emoción cuando sus compañeros enumeraban las posibilidades del triunfo revolucionario.

A pesar de sus divergencias de criterio Plejanov, la Sasulich y Axelrod se ponían siempre de acuerdo. Lenin, que llegaba de Rusia resuelto a batir a la autocracia, no admitía términos medios. Su radicalismo les disgustaba. Los seis camaradas marcharon a Londres. En esa época llegó Trotski. Lenin lo acogió con afecto; pero Trotski tampoco estuvo conforme con la inflexibilidad absorbente del maestro. Sus métodos eran demasiado dictatoriales. «¿Y qué hay de malo en eso», dijo Lenin; «en la situación actual no puede ser de otra manera?» Lo mismo dijo en el poder cuando necesitó enfrenar las fuerzas formidables de la revolución. Lenin era hombre de ideas fijas y de propósitos largos.

1905. El pueblo se siente indignado con la catástrofe del Extremo Oriente. Los bolcheviques desfilan en manifestación imponente por las calles de San Petersburgo. Los primeros soviets se han organizado y con ellos están los intelectuales, la pequeña burguesía y los campesinos. En sesenta y dos distritos, o sea el catorce por ciento de los gobiernos, arde la huelga, hay saqueos, incendios y efusión de sangre. Sesenta cantones son «iluminados» en otoño. Dos mil fincas repartidas. Los cosacos vencen. El gobierno indemniza a los propietarios torales a costa de los campesinos. Las enormes distancias rusas salvan al régimen. No es posible organizar núcleos poderosos de labradores y el movimiento se extingue por falta de acción uniforme.

En la Duma repercutió el grito del campo: «¡Tierra; queremos tierra!» El conde de Saltykov replicó en nombre de la aristocracia: «No daremos una pulgada de nuestras tierras, ni un solo grano de nuestras cosechas, ni una brizna de yerba de nuestras praderas, ni un leño de nuestros bosques». Stolpin exclama desde el banco ministerial: «La izquierda grita al Gabinete: ¡Manos arriba!; no nos dejemos intimidar».

La tercera Duma se reúne con esta palabra de orden: «Tranquilidad primero; después reformas constitucionales». Promesas. Fueron días terribles. Veinticinco mil campesinos son arrestados, mil periódicos son suprimidos, más de mil redactores encarcelados, dos mil personas condenadas a muerte por tribunales militares. Cada individuo que sale de San Petersburgo compra un revólver. Stolpin dice: «La revolución retrocede.» Lenin comenta: «Es la alegría de vivir de la juventud.»

Lenin huye a Finlandia con su periódico El Proletario. Stolpin es asesinado en un teatro de Kiev, en presencia del emperador. Lo mata su propia policía, la Okhrana. La Gran Guerra. La Revolución de Febrero. Gobierno provisional de Kerenski. Puertas abiertas para «todos los que han sufrido por el bien del país». Lenin viaja con el pasaporte de un sueco difunto. En Estocolmo sus amigos lo calzan, pero no permite que le compren un abrigo nuevo. Lee su Pravda contento. Camino de San Petersburgo lo aclaman, le regalan ramos de flores, lo saludan con huecas tiradas oratorias. Él se ríe de todo eso.

El gobierno provisional vacila, enfermo de flatulencia lírica. Lenin proclama que «un partido político no tendrá razón de ser, equivaldrá a cero, si deja escapar la ocasión de adueñarse del poder». Se le declara fuera de la ley. Se disfraza y se oculta en la cabaña de un campesino. Trotski, presidente del soviet de San Petersburgo, da por disuelto el gobierno provisional. Kornilov arrastra consigo una parte de las tropas, Kercnski lo hace detener y lo mete en la cárcel. En los cuartos 10 y 17 del Instituto Somolni se instala el comité militar de la revolución. Kerenski huye. El Palacio de Invierno ha sido asaltado. Los mencheviques se enfurecen. Lenin se encuentra en un cuartico de Smolni. Trotski da la noticia. En el cuarto no hay muebles. Se buscan frazadas y los dos vencedores se tienden en el suelo. Vladimir Ilitch le dice a su compañero: «El paso de la ilegalidad a la toma del poder es demasiado abrupto, me da vértigo». Es el resumen de sus impresiones.

El 8 de noviembre de 1917 lee en la tribuna del Congreso de los Soviets de toda la Rusia su decreto relativo a la tierra: «1. —Todo propietario privado es desposeído de su tierra, sin indemnización y con efecto inmediato. 2.—Todas las propiedades privadas, todas las tierras pertenecientes a la corona, a los conventos y a la Iglesia, con los animales, edificios y dependencias, pasan, hasta la reunión de la Asamblea Constituyente, a manos del comité local y del soviet de campesinos del distrito. 3.—Todo daño causado a las propiedades confiscadas, que pertenecen desde ahora al pueblo, será considerado como un delito grave y castigado por los tribunales revolucionarios». Lenin gobierna desde el Kremlin. Expediciones punitivas, bloqueo, hambre, huelga pasiva de intelectuales, Nep[2], repulsa universal. Todo se ha estrellado contra la obra comunista. El sacrificio no ha sido inútil.

En los sótanos se ha hecho una especie de Museo Grévin[3], en que se reproducen los calabozos de los presos políticos. Se ve la celda en que estuvo encerrada veinte años Vera Figner. La horca de Pegasko, héroe de Kazan. Copia de la prisión de Schlisselburgo[4] en que fue ahorcado el hermano de Lenin. En un cuarto aparte, los cuatro enemigos del comunismo: la Segunda Internacional de Amsterdam, la Internacional Cristiana, la Federación Norteamericana del Trabajo y la Internacional Anarcosindicalista. En una galería están todos los jefes revolucionarios, excepto los que han sido irradiados del bolchevismo. No está Trotski.

Esta nueva religión, que tiene su Roma, sus pontífices, sus cónclaves, sus textos sagrados, sus exégetas, sus mártires y sus apóstoles, es implacable en sus excomuniones. Implacable como su fundador, aquel bull-dog de mordisco mortal que devoró a los Romanov después de haber puesto en fuga al palabrero Kerenski.

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Nota biográfica

Según fuente citada por EcuRed, Enciclopedia de Historia y Cultura Caribeñas, Ramón Vasconcelos nació en Alacranes, Matanzas, el 8 de febrero de 1890. Inició sus estudios en su provincia natal. En 1908 obtuvo por oposición una plaza de maestro en la escuela José de la Luz y Caballero. A principios del siglo XX ejerció como maestro en una escuela pública. Su carrera profesional estuvo relacionada con el estudio de la historia de Cuba, la política, las bellas artes y la educación.

En 1910 viajó a México y con posterioridad continuó su formación en Francia, Italia y España. No cursó estudios universitarios, pero en su planilla de ingreso en el Colegio Nacional de Periodistas escribió: «Cursos libres en distintas academias del país y del extranjero»

Escribió para múltiples publicaciones y dejó su impronta en la creación de otras tantas. Fundó los diarios El Liberal, El Cuarto Poder y El Universal. Además, dirigió La Opinión y Rebeldía. Trabajó asiduamente, en ocasiones por contrato fijo y otras bajo colaboración, para El Heraldo de Cuba, La Prensa, Carteles, Bohemia, El Mundo, Avance, La Semana, Información y Prensa Libre. Asimismo, aparecieron textos de su autoría en el Diario de la Marina, El País (en la columna diaria «Al margen de los días»), y en el Boletín del Archivo Nacional.

Después de algún tiempo de trabajo en el sector periodístico nacional, en 1920 viajó a Marruecos y después a Madrid, como corresponsal de guerra del diario El Mundo. Desempeñó el cargo de historiador de La Habana de 1920 a 1924.

Contribuyó a la creación de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, en 1942, y en varias ocasiones impartió cursos en esa institución.

Su nombre se destacó entre los ensayistas políticos de la Cuba republicana, y se le considera entre los mejores libelistas de Cuba y América Latina. Mantuvo una vida política activa y fue un polemista agudo, que sostuvo querellas personales con sus adversarios. Sus ensayos políticos generaron grandes discusiones; sobre todo, el dedicado a la muerte del Lugarteniente General del Ejército Libertador, Antonio Maceo, y la actitud de su médico, Máximo Zertucha.

En el número de Bohemia de 12 de diciembre de 1948, Vasconcelos publicó un artículo en el cual insinuaba que el doctor Zertucha había delatado a Maceo y, por tanto, ocasionado su muerte en el combate de San Pedro. El artículo provocó en enero de 1949 una respuesta airada del general e historiador Benigno Souza, en el mismo semanario. El entonces director de Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, decidió no publicar la misiva, por temor a una segura polémica con Vasconcelos.

Al tema de las razas también dedicó páginas Vasconcelos, pero sus puntos de vista originaron opiniones contrapuestas en sus contemporáneos. Fustigó el rescate artístico del legado cultural africano en la música y la literatura, tanto como la iniciativa de reflejar la vida y los hablares de la raza negra en Cuba. Al aparecer el poemario Motivos de Son, de Nicolás Guillén, publicó un trabajo en El País, el 6 de junio de 1930, en el cual calificó de impropios para la época los versos del poeta.

Asimismo, arremetió contra la música vernácula de Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán. Sin embargo, mostró una elevada perspicacia cultural al ser el único periodista capaz de evaluar, en su habitual El País, la importancia de la primera Feria del Libro realizada en Cuba con respaldo estatal, entre los días 20 de mayo y 27 de mayo de 1937.

Escribió numerosos libros de viajes, de artes y de crítica; entre ellos, Montparnasse, París bien vale una misa, La URSS, Lenin: el camarada dictador, La letra de molde, Predestinación de Martí, República Española número dos.

Auspició la fundación del Patronato del Teatro Nacional, cuya presidencia ocupó. Perteneció al Círculo Nacional de Periodistas, al Círculo de Bellas Artes de La Habana, a la Academia Nacional de Artes y Letras, a la Asociación de Artistas y Escritores Americanos y al Comité Cultural Argentino.

Durante su carrera, obtuvo el Premio José Ignacio Rivero (1945), por su artículo «Los imponderables», publicado en Prensa Libre; el Premio Juan Gualberto Gómez (1946), en la categoría de artículo o crónica, por el trabajo «El guajirismo, rey y pretexto», aparecido en Bohemia, y el Premio Justo de Lara (1946) por el artículo «Por qué mirar el trabajo como una maldición», también publicado en Bohemia. Además, recibió la Orden Carlos Manuel de Céspedes, la Orden Carlos J. Finlay y otras distinciones nacionales y extranjeras. En varios de sus trabajos usó el seudónimo de Tristán.


[1] Lenin se une a otros compañeros de lucha, y crea el primer periódico revolucionario para toda Rusia bajo el nombre de La Chispa (Iskera). Entusiasmado con este nuevo comienzo, Ulianov escribe en una carta: «todos nuestros jugos vitales deben nutrir la criatura que se dispone a nacer». Y en el epígrafe del periódico figurará el verso de   Puchkin: «De la chispa saldrá la llama». (Nota del editor)

[2] La Nueva Política Económica (NEP) fue una política económica propuesta por Lenin, a la que denominó «capitalismo de Estado». Fue oficialmente discutida en el curso del X Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Adoptada el 14 de marzo de 1921 por el X Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, reemplazando la política de «comunismo de guerra» seguida durante la Guerra Civil y la intervención, que llevó a la Rusia soviética al declive económico.3​ El contenido principal de la NEP es la sustitución de la apropiación excedente por un impuesto en especie en el campo (hasta el 70% del grano se retiró durante la apropiación excedente, alrededor del 30% con el impuesto en especie), el uso del mercado y diversas formas de propiedad, la atracción de capitales extranjeros en forma de concesiones, la implementación de una reforma monetaria (1922-1924), en virtud de la cual el rublo se convirtió en moneda convertible.

[3] Se refiere al museo de cera de París, que se ubica sobre los Grands Boulevards en la orilla derecha del Sena. Su arquitectura es barroca e incluye un mirador y un teatro (Nota del editor).

[4] Antes de ser convertida en prisión, fue la fortaleza de Oréshek (también Oréjov) («Pequeña nuez») situada en la isla Oréjovets en el municipio ruso de Shlisselburg, a 35 km de San Petersburgo. (Nota del editor)

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