Por Pedro Díaz Méndez
El silencio de la soledad es forzado. El habla contenida en medio de la sociedad (en medio de la relación entre varios sujetos hablantes) equivale al verdadero silencio. El truco no es callar por callar o callar por miedo a ser juzgado, sino mantener al sujeto hablante bajo control por medio de un constante y relajado estado de alerta. El hombre entonces controla su discurso con el poder de su observación más que con su volición.
El hablante emerge de lo interior antes de fonéticamente expresarse a través de los sonidos físicos del discurso hablado. Por lo demás, la mente introvertida permanece activa, serena, ensimismada en su ilimitado poder de auto percepción, y lista por si fuera necesario expresar su discurso a través del aparato del habla.
Si podemos ver el silencio desde este inusual ángulo, notamos que el silencio se torna en habla constante, un tipo de inactividad que fluye como actividad constante. ¿Qué es el verdadero silencio? Es elocuencia eterna, un discurso sin fin. Casi siempre, el habla vocal obstruye el precioso habla del silencio.
En silencio uno está en íntimo contacto con el entorno. Es más, el silencio es una poderosa exposición. Para el habla vocal, los órganos que preceden al habla son necesarios. Pero el otro discurso, el discurso desprovisto de habla, está incluso más allá del pensamiento. Es un discurso breve, trascendente, tácito, inefable.
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