Un dato desconocido sobre el 10 de octubre de 1868 (una guerra campesina)

Por Coloso de Rodas

Hace más de tres décadas, en 1991, me vi inmerso en un apasionado debate ideológico durante un evento histórico celebrado en la Casa de la Nacionalidad en Bayamo. En ese entonces, defendí con entusiasmo una tesis historiográfica que sostenía que la Guerra de Independencia, también conocida como la Guerra Grande y que comenzó el 10 de octubre de 1868, fue en realidad una «contienda de carácter campesino» en lugar de una lucha de clases dirigida por la burguesía terrateniente.

Mi argumento se basaba en una meticulosa interpretación de las fuentes disponibles, las cuales indicaban que la mayoría de los insurgentes el día del grito de independencia eran campesinos: arrendatarios, subarrendatarios, aparceros y pequeños propietarios de tierras en usufructo. Esta perspectiva desafiaba la narrativa oficial de la historiografía tradicional, que aún sostenía que la guerra fue liderada por la supuesta burguesía terrateniente de hacendados ganaderos, quienes paradójicamente habían otorgado la libertad a sus esclavos ese mismo día.

Después del memorable grito en la Demajagua, el 11 de octubre, el General Bartolomé Masó inmortalizó aquel día en un documento resguardado con veneración en el recinto sagrado del Archivo Histórico de Manzanillo. En estas páginas impregnadas de historia, Masó narró la respuesta valerosa de más de «500 campesinos», entre los que se contaban arrendatarios, subarrendatarios y aparceros de la comarca de Manzanillo, a la convocatoria de Céspedes.

En ese contexto, se desafían dos mitos arraigados en la historia: el primero, relacionado con el famoso telegrama que advertía a Céspedes sobre su inminente arresto, y el segundo, vinculado a la imperiosa necesidad de adelantar la fecha de la insurrección del 14 al 10 de octubre.

Un expediente de incalculable valor, custodiado en la sección de Guerra de Independencia del Archivo Provincial de Santiago de Cuba, arroja luz sobre la penosa situación agraria que asediaba a los campesinos de la región, quienes soportaban el asfixiante peso de las hipotecas usurarias y el apremio del crédito comercial.

En la jornada del 10 de octubre, una multitud de campesinos se encaminaba con determinación hacia la ciudad, con la noble intención de presentar sus demandas al cabildo. Sin embargo, el destino, caprichoso como suele serlo, los desvió de su curso original y los condujo hacia el ingenio Demajagua. En este giro inesperado de los acontecimientos, se avizoraba una oportunidad única para Céspedes, el líder de la causa independentista. La historia sugiere que él comprendió la magnitud de ese instante y, en un acto audaz, dio voz al grito de independencia que resonaría en los corazones de muchos. Se especula, incluso, que en medio de la efervescencia de aquel momento, Céspedes ordenó a los pocos esclavos presentes que ejecutaran la danza de la Tumba francesa, un gesto simbólico que se erigió como un canto a la libertad en medio de la incertidumbre.

Ya había sospechado, como antecedente al fenómeno del alzamiento del 10 de octubre, que la «ira», como un fenómeno thymótico de la psique, cantada en el poema épico Espejo de paciencia, apuntaba hacia la autoafirmación y el orgullo de un pueblo, encendiendo la llama de la patria localidad y la nacionalidad.

Andaba Miguel López de Herrera
Con más furor que el iracundo Marte,
Matando y deshaciendo de manera
Que sólo a él se rindió la mayor parte.
Miguel Baptista andaba de carrera
Mostrando su valor, esfuerzo y arte,
Con Gonzalo de Lagos el valiente
Honor y gloria de su ilustre gente.

En este sentido, mi enfoque histórico dejaba de lado la construcción de estructuras y abrazaba un discurso que priorizaba la «erótica revolucionaria» del deber cumplido como fenómeno psicopolítico. En mi libro anterior, resumía un análisis de las relaciones entre las energías del capital usurario depositadas en las casas de crédito y las energías del capital thymótico depositadas en la casa de los terratenientes ganaderos.

¿A qué llamado nos referimos, entonces? En este punto, comienza a desmoronarse el mítico andamiaje de la historiografía oficial, que afirmaba que la organización conspirativa de los independentistas ganaderos en la región del Cauto había respondido a una estrategia revolucionaria minuciosamente planeada, pero que se adelantó a la fecha prevista para el alzamiento. De modo que, la historia no se limita únicamente a las estructuras sociales; también abarca, de manera aún más influyente, los fenómenos no estructurados que surgen sin una causa aparente y emergen de la nada. En este estudio, he intentado desvelar esas posibles estructuras de la historia, sepultadas por el peso de una historiografía positivista y marxista de alcance limitado.

Estos valientes hombres estaban asfixiados por la usura del crédito hipotecario, una problemática que yo mismo había abordado en mi libro de 1996, galardonado con el Premio Pinos Nuevos y titulado «Los hacendados ganaderos de la región del Cauto». Resulta interesante destacar que Masó omitió mencionar a los esclavos en su narración, lo cual refleja su agudo conocimiento de la estructura de clases predominante en la región.

Para respaldar aún más mi tesis, me sumergí en una exhaustiva investigación que confirmó mis afirmaciones. Los registros de las «Antiguas Anotadurías de Hipotecas» (1840-1868) revelaron que el 60% de los contratos hipotecarios y los informes entredicho por deudas de refacción se centraban principalmente en propiedades agrarias, arrendatarios y aparceros.

Estos individuos se encontraban en clara desventaja frente al capital usurario de los comerciantes y terratenientes, quienes actuaban como prestamistas itinerantes. En aquellos tiempos, en la comarca no existía ninguna entidad crediticia, ni siquiera una casa de banco, ni bancos de crédito.

Un conjunto de documentos legales, conservados en el Archivo Histórico de Santiago de Cuba, detalla una serie de litigios entre campesinos y comerciantes ante los notarios protocolares de la ciudad de Manzanillo. Estos conflictos surgieron debido al incumplimiento de contratos hipotecarios y préstamos usurarios. Muchos campesinos alegaban estar en la ruina y eran incapaces de saldar sus deudas y cumplir con los contratos de refacción mediante la cosecha y el crédito.

En un «sistema patriarcal de economía rural», donde predominaba la autarquía o la autosuficiencia económica, los arrendatarios y apareceros estaban condenados a formar parte del proletariado en una estructura económica financiada por la banca local.

Estas consideraciones fueron expuestas en un pequeño libro, La Hacienda ganadera de Bayamo, publicado en 1996, premio Pinos Nuevos de Ensayo, Editorial Ciencias Sociales, y que muy pronto tendrá una segunda edición corregida y ampliada.

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