Tiranía de “lo mismo”: todos los rostros parecen los mismos

Hoy surge una sociedad cuya estructura narrativa constituye otra forma de limitación. Nos limitamos nosotros mismo a “lo mismo”. El agente externo que durante siglos nos dominó, nos alienó a maneras extrañas de relaciones y quebrantos existenciales, ha desaparecido. En su lugar ha aparecido la consigna de lo mismo “sé tú mismo” como resultado de algo equivalente para todo el mundo. Todo el mundo necesita “lo mismo” idéntico: “ser uno mismo”. La auto-enajenación por lo idéntico produce, por doquier, la tiranía de “lo mismo”, lo cual termina cerrando la puerta a “lo distinto”. En el trabajo competitivo, en el ejercicio intelectual, en la era de la digitalización, “lo mismo” querer “sé tú mismo” llega a ser viral a cuenta de hacer un flaco servicio a la creación de lo distinto. “Lo mismo” no conduce a ninguna realización, sino a un estado de repetición y depresión.

“La roca de patmos”, la novela cubana sobre “lo real” escrita por Alberto Lamar Schweyer en 1927, erróneamente comparada con el argumento de “El hombre sin atributos” de Rober Musil y caracterizada surrealista, manifiesta con valentía la condenación de “lo mismo”. Marcelo Pimentel, el protagonista de la novela de Lamar no es el hombre que se halla en medio de las relaciones entre el productor y la producción de hombres, sino un atormentado por “lo mismo”. De nueva York viaja en barco de regreso a Cuba, tras haber vivido cuatro años en “lo mismo”. “Lo mismo” lo conduce a regresar, a intentar vivir una vida distinta. Pero una voz sabia lo increpa: “es un intento inútil liquidar el pasado. Siempre, en todas partes, en el cuerpo y en el alma, lo tendrás grabado”.

Las atribuciones de un hombre sin cualidades son falsas. La preocupación de Marcelo de no repetir “lo mismo” son tangibles. Durante la estancia en Cuba tras el regreso descubre “lo mismo” de “ser uno mismo”. Le vuelven a reprochar lo mismo: “Los caminos, amigo mío, no se desandan, aunque se quiera y el cansancio que dejan nos acompaña siempre”. Desde entonces todo el mundo se preguntaba por lo mismo. El intento de que la literatura y la cultura cubana se proyectaba “una misma” se puso en tela de juicio cuando Labrador Ruiz escribió en 1933, siguiendo los impulsos lamarenos, las novelas gasesinformen: “El laberinto de sí mismo”. Años más tarde se expresaría en estos términos: “Pero vivir es estar solo, según una fórmula muy conocida; profundamente solo, sin siquiera la intimidad de uno mismo en ocasiones”.

Estos laberintos aún prosiguen desatando la guerra contra “lo mismo”. Lo mismo que hoy sumerge a la sociedad en el desdén de la repetición, promulgues en la escritura como en lo vivencial. El contexto ha sido visualizado por un gran filme, ganadora de del Gran Premio del Festival del cine de Venecia 2015, “Anomalías”. Un filme de animación cuyo argumento versa sobre la tendencia a lo igual. Todos los rostros son iguales, todas las voces son las mismas. Todos los temas son los mismos.

¿Todos los rostros en Playa Albina parecen ser los mismos, todas las voces indican decir lo mismo?. ¿“Lo distinto” brilla por su ausencia? ¡Aleluya!

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