Resistir en la tradición*

Por Andrés Reynaldo

*Texto tomado del muro de FB de Andrés Reynaldo

He aquí donde estamos. La sociedad liberal (dicho en el sentido clásico, no en el sentido al uso en Estados Unidos) es incapaz de contener las fuerzas centrífugas que amenazan su disolución en la anarquía y el nihilismo. O al menos no las puede contener sin que el Estado recurra a un determinado grado de represión. Paradójicamente, la creciente autonomía del individuo concedida por el liberalismo permite la formación de estructuras que acaban limitando las libertades de la mayoría.

Divisivas y divididas, de una agresividad ilógica y caprichosa, con la oportunista movilidad de un movimiento sin ataduras filosóficas ni morales, y protegidas por el mismo orden que se proponen destruir, estas fuerzas centrífugas intentan vaciar el significado y cancelar la creatividad de un centro cohesionado durante siglos por la ley, la familia y la tradición. Bien por el espontáneo impulso de esta mentalidad destructiva, cultivada por décadas en nuestras escuelas, universidades y medios de difusión, bien por instigación de enemigos externos y poderosos intereses, actuando por separado o en coordinación, en Estados Unidos vemos la acometida de estas fuerzas contra la Corte Suprema, la libertad de expresión, la racionalidad económica, la devoción patriótica a nuestra excepcional fundación, los valores éticos y estéticos aportados por la civilización occidental, la natural determinación biológica, la justa integración racial, la particularidad cultural y religiosa de los estados, la condición preeminente de la mujer como madre y eje de la familia nuclear y, last but not least, el derecho a las armas.

Mientras más absurdo sea el reclamo, mayor será su impacto desintegrador y menor nuestra capacidad de corregirlo mediante la razón. Las ideas, por erradas que sean, pueden combatirse con ideas. Pero esto es un patrón transformativo que se afirma, como todo proceso revolucionario, en una emocionalidad negativa, la banalidad moral y una reduccionista interpretación de la historia. Una actitud convertida en la maquinaria de una realidad alterna.

¿Cómo argumentar con alguien que toma la simple expresión de una opinión contraria como una ofensa individual y/o colectiva que merece ser respondida con violencia física? ¿Qué ciencia puede establecerse frente al impermeable convencimiento de que el sexo no es una realidad genética sino una arbitraria asignación de padres y médicos que deben ser reeducados? ¿Cuál otra fehaciente prueba hay que exponer para demostrar que la matemática no es “blanca”? La referencia más cercana al fenómeno hay que buscarla en los umbrales de las revoluciones francesa y rusa, así como en los días del ascenso nazi tras el colapso de la República de Weimar. En 1934, aterrado ante la ola hitleriana, Thomas Mann condenará en sus diarios este “fervor seudorrevolucionario, nacido de una inferioridad intelectual y emocional, que no puede producir nada que sea verdaderamente progresivo ni conducir a la felicidad humana”.

Aquel que haya leído la Historia o, como nosotros, haya sufrido la Historia, sabe lo que viene cuando ese centro tradicional es privado de su capacidad cohesiva y su potencia evolutiva. (En el caso de las modernas revoluciones comunistas, no hay una que no haya surgido en el momento en que las cosas andaban mejor que antes).

Hemos llegado a un inimaginable punto de inflexión de la historia humana en que capitalismo e izquierda hacen causa común contra los valores greco-latinos y judeo-cristianos. Valores que hasta hoy habían sostenido, según el caso, la resistencia contra la esclavitud de la usura y la esclavitud del colectivismo.

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