Preguntas impertinentes sobre la relación Cuba-EEUU

Por Armando de Armas

Anoche se presentó en el Museo Americano de la Diáspora Cubana con gran calidad y asistencia de público uno de esos libros que llaman a revisarnos y revisitarnos como pueblo, asombrados ante los misterios de nuestro fracaso nacional, como estaría el Hombre de Popol Vuh ante los misterios de su propio origen. Se trata del libro del respetado profesor e intelectual Alfredo Triff, ¿Por qué el pueblo cubano (aún) apoya el castrismo?, 2023, a cargo del sello Exodus que, bajo la dirección del historiador Ángel Velázquez Callejas, se vislumbra al presente como uno de los proyectos editoriales más serios de la cubanidad dentro y fuera de la isla.

El libro fue presentado por el periodista Alejandro Ríos y el poeta Andrés Reynaldo.

Al final se suscitó un movido debate que, para mi beneplácito, aunque no participara porque preferí escuchar, devino hacia uno de los temas, apoyado por muchos del público, que con más asiduidad he manejado desde hace años: el de la responsabilidad norteamericana o, con más rigurosidad, de los que mandan en Estados Unidos bajo el manto cada vez más agujereado de la democracia, con la toma del poder y permanencia en el mismo por los comunistas en Cuba. Por lo que en ensayos sueltos y libros como Mitos del antiexilio, 2007, y El regreso de los imperios, 2022, me he hecho las siguientes impertinentes preguntas que pongo a continuación:

¿No representó la caída del Gobierno del General Machado en 1933 el comienzo de los problemas sin solución para Cuba?

¿No fue el mediador estadounidense Benjamin Sumner Welles un mediador en contra de Machado?

¿No apostó el Benjamín, ¡vaya nombrecito!, por favorecer a las organizaciones izquierdistas, muchas de ellas sin ninguna participación en la lucha antimachadista y creadas exprofeso, durante las negociaciones?

¿No comienza con la caída de Machado la comunización de Cuba en serio?

¿No sería la abolición de la controvertida Enmienda Platt, a consecuencia de la revolución antimachadista del 33, el punto a partir del cual Washington comienza de verdad, ¡pero tras bambalinas como le gusta!, a controlar los destinos de la isla?

¿No fue la revolución del 33, tan cantada desde siempre por algunos en el exilio, el comienzo de la misma revolución que culmina en 1959 con el triunfo del castrismo?

¿No fue Batista un hijo de la revolución del 33 y un preferido de los mandantes norteamericanos?

¿No le costó el poder a Batista la maldad de darle un giro nacionalista a su administración al punto de convertir la isla en una de las naciones más prósperas del mundo de la época?

¿No le impusieron desde Deep State estadounidense un embargo de armas a Batista de modo que Castro pudiera hacerse fácilmente con el poder?

¿No se negaron a reconocer a ninguna otra oposición a Batista que no fuera la castrista?

¿No se negaron a tener en cuenta las muy fundamentadas y reiteradas denuncias de sus mismos servicios de inteligencia acerca de que Castro era comunista?

¿Cuándo finalmente el mismo Castro se declaró comunista, no inventaron el cuento, tan grato a tantos, de la revolución traicionada?

¿Recodamos aquello de Castro, bautizado como el Robin Hood cubano, en tanto aparecía retratado con su fusil de mira telescópica en el periódico presuntamente más imparcial del mundo?

¿Recordamos a Herbert Matthews dejándose engañar para a su vez engañar al mundo sobre la verdadera envergadura de las huestes castristas en la Sierra Maestra en su amañado y famoso reportaje para el Times?

¿Quiénes eran los dueños de Life y The New York Times?

¿No se nos ocurre pensar que pudieron ser los mismos dueños de Castro que luego, a la vuelta de unos meses, fueron los dueños de Cuba?

¿Por ventura los mismos dueños de aquella CIA que mandó a desembarcar a la Brigada 2506, de heroicos exiliados cubanos, no por Trinidad –literalmente al cantío de un gallo de las fuerzas alzadas en el Escambray con la que hubiesen conformado un frente de guerra probablemente imbatible–, como original y certeramente estuvo planeado, sino por una apartada y perdida playa a unos 200 kilómetros del Escambray y, venga Dios y lo vea, con un insondable pantano preñado de cocodrilos de por medio?

¿No dejaron a los patriotas cubanos sin el apoyo aéreo que habían prometido?

¿Errores humanos?

¿Horrores humanos?

¿No sirvió el descalabro de Bahía de Cochinos para promover el mito de la invencibilidad (una imbecilidad) de Castro frente al imperialismo Yanqui?

¿O es que de verdad nos creímos el cuento de que la primera potencia del mundo ha tenido por 62 años a su más grande enemigo aposentado en el traspatio?

¿O nos creímos el otro cuento, aún más inverosímil, de que tras la Segunda Guerra Mundial esa misma potencia entregó media Europa, así sin más, a su más grande enemigo, acción a resultas de la cual ese enemigo vino a aposentarse a poco en la isla?

¿O el otro cuento de que por casualidad, sólo por casualidad, los cargamentos de armas enviados por la CIA no caían casi nunca en manos de los hombres de Osvaldo Ramírez, jefe de las guerrillas anticastristas en El Escambray, sino en manos de las milicias castristas?

¿Por qué la usura que usurpa el poder en Washington ha favorecido desde siempre y hasta el presente a los más ineptos o inescrupulosos líderes, intelectuales o políticos, de la oposición anticastrista?

¿Eran enemigos reales?

¿O eran enemigos reales manejados por el mismo amo apoltronado en la bóveda de un banco como sustituto de la monarquía reventada allá por 1789 en Francia?

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