Poesía y la espiritualidad

Uno de los aspectos que define a las culturas como una «orden» o «ascesis» es que, fuera de ellas, se crean espacios (lenguajes) alternativos como una diferenciación ética. En mi artículo Cuba como orden cultural, afirmé que este proceso de la «orden» o de expresar un lenguaje se lleva a cabo mediante la «secesión espiritual». Son ciertos sujetos espiritualizados los que reconstruyen la imagen de la «orilla», a la que se refería Heidegger sobre la imagen del mundo en su devenir como nuevo lugar de residencia.

En ese artículo, también mencionábamos que cualquier ascesis espiritualizada solo tiene sentido si obtiene una inmunización simbólica cultural. Salir de la corriente de lo establecido y establecer una residencia en las márgenes del río de la orden es algo que se ha vuelto común e irrevocable en la cultura cubana. Tantas personas en Cuba se bañan hoy en el río de la vida metaforizado por Heráclito, que una sola vez es suficiente para salir de sus aguas santificado, con la fuerza necesaria para evadir «la orden» y crear una propia. Cuando se dice que un determinado lenguaje textual ayuda a inmunizar “la casa del ser”, se prueba la tesis de que el hombre dentro de las culturas es un ente para el ejercicio simbólico. Por tanto, cualquier intento de crear espacios fuera de los lineamientos del discurso nacional y político en Cuba está reforzado por un sentimiento espiritual universalista, que al mismo tiempo sistematiza una regla que puede ser vista como una campaña contra lo ordinario y lo establecido.

«Esa incertidumbre del temblor donde cruje la madera / y la realidad distorsiona y parte en dos lenguajes / fue la que siempre quisimos y faltó» (La foto del invernadero, Reina María Rodríguez).

Ya lo había presagiado el poeta y ensayista Hugo Ball, el dadaísta indolente, en su Zur Kritik der deutschen Intelligenz (Para una crítica de la intelectualidad alemana), después de haber escrito el Manifiesto de la velada Dada en 1916: «en Europa falta, como en todas partes, un contraproyecto de orden superior a las culturas de los nacionalismos y las ideologías artísticas que los representan». Años después, en Die Flucht aus der Zeit (El vuelo de la hora, Diario), fue directo y dijo: «hoy el hombre aguarda por un hecho heroico de providencia antigua, que es el posible desplazamiento hacia la improbable.

El hombre no necesita ser más un monje, sino un ciudadano, un artista como los acróbatas circenses». Con estas palabras de Ball, me permito introducirme en el fenómeno de «la poética de lo cubano» como si fuera una simple envoltura oculta que lleva el monje (el ser espiritualizado) en su interior para él mismo y la orden que representa. Una poética que carga con el espacio y en la que algo falta, como bien expresa el verso arriba citado de Reina María Rodríguez. Una poética que viene a corroborar que todo intento historiográfico por elaborar la crítica al nacionalismo intelectual cubano arrastrará esa falta que Ball identificó en el fenómeno del nacionalismo europeo. Se trata de una poética sobre «la desespiritualización de la cultura como una orden».

En todos los aspectos de la cultura en la que el nacionalismo cubano se ha ocupado a lo largo de su historia, se echa en falta la «poética del espacio desespiritualizado». Max Scheler, en El puesto del hombre en el cosmos, atribuye a esa falta el hecho de que los hombres no valoran su voluntad como un fenómeno propedéutico para colegir una posible «psicología sobre las alturas». Nadie en el mundo, y menos en Cuba, por este propósito iniciático, quiere mirar hacia arriba, al cielo, para descodificar el espacio de las alturas reflejado en aquella frase con que Martí concluye el célebre ensayo sobre El poema del Niágara: «están todos los hombres de pie sobre la tierra, apretados los labios, desnudo el pecho bravo y vuelto el puño al cielo, demandando a la vida su secreto». Esta frase fue absorbida y eliminada aparentemente por el terrenal espacio de la ideología del nacionalismo. Es similar a la psicología de Mijaíl Barýshnikov, un bailarín único que luchó durante toda su vida por superar una falta: la baja estatura para papeles como Sigfrido, el héroe de El lago de los cisnes.

Lo que Reina María expresa con su dolor, a partir del verso citado, no son los acostumbrados reacomodos que se precipitan a un estatus de sobrevivencia, que intentan el paralelismo disuasivo de los quehaceres de la cotidianeidad y buscan identificarse con una cierta reparación, de grado virulento, a la que ha sido sometida la individualidad humana en espacios restringidos. Por el contrario, lo que vemos oculto detrás de «esa incertidumbre del temblor donde cruje la madera y la realidad distorsiona y parte en dos lenguajes” no es más que la necesidad de una nueva y radical ascesis sobre el lenguaje desespiritualizado de la cultura. Se trata de una «poética del espacio en suspensión» que busca, fuera de los espacios físicos, ciertas realidades comunes que no llegan a cuajar. ¿En qué consiste este espacio poético que se visualiza, según Scheler, en plena suspensión? ¿Cuáles son sus reglas y motivaciones? ¿Por qué hablar de suspensión, si los seres poéticos están sujetos a la tierra por gravitación? ¿Qué lenguajes le son asignados a estos espacios? ¿A qué puede contribuir el hombre que trata de trasgredir el espacio físico y espiritual mediante un ejercicio escritural lacónico?

Desde luego, no me refiero a través de estas preguntas a los espacios poéticos que se definen por las diferencias, como intenté expresar antes. Es decir, a determinados lenguajes de la poesía contemporánea que tratan de reeditarse y rescribirse, como propone Jacques Derrida, basados en los goznes de la vida y tapiando los espacios anteriores. Por el contrario, a partir de aquí me estoy refiriendo a «la altura” no antes considerada en la metafísica de las culturas latinoamericanas. Aquellos espacios en que los hombres pueden imaginar, parafraseando a Nietzsche, un mundo «para nadie y para todos». Una imposición voluntaria del arte por la onerosa posibilidad del nacimiento de un creador (en espacios en que los hombres comunes se encuentran separados por los grandes artistas, los primeros mirando a los segundos desde abajo, como espectadores del arte del llamado circo de los atrevidos y los funámbulos, o como lo refiere la enigmática canción de Led Zeppelin, Stairway to Heaven).

Solo en este sentido el arte debería estar vivo y el artista muerto. La frase, tomada del libro Así habla Zaratustra, implica que miremos de cerca la verticalidad (no la horizontalidad o la espiritualidad universalista) del impulso y la voluntad poética para ascender y asegurarnos un puesto en el lugar moral, por antonomasia, donde solo caben los «dispuestos poéticos». Esos que se divierten, gozan y se vituperan ejercitando escritura y reescritura con el fin voluptuoso de conocerse a sí mismos como creadores de hombres simbólicos, a la manera en que Barýshnikov puede elevarse desde sus pies. Ahora ya no son los «sujetos», sino los «dispuestos», los que han de viajar lejos en el espacio o caminar por esa escalera para conseguir el cielo con el fin de superarse a sí mismos y dejar atrás por completo el arrastre de la metafísica de las ideologías nacionalistas. Esta «poética de la disposición», en la cual el sujeto poético queda abolido, es el lugar o espacio vertical que constituye una ascesis para ejercitar la vida desprovista de toda espiritualidad. El materialismo de la desespiritualización sugerido por la crítica de Nietzsche, no es más que el espacio de la suspensión.

Lo que tratamos de edificar con esta nueva espacialidad es la erección como límite imaginario, para separarnos tajantemente de la espiritualización de los espacios reales. Y es que, mediante estos últimos, han jugado un papel preponderante las metafísicas y las teleologías que devienen en espacios estrictamente propensos para la elaboración de discursos ideológicos, nacionales y totalitarios.

Por eso, en cierto sentido, hay motivos más que suficientes que se verifican en una supuesta «poética de exilio» que permite comulgar abiertamente –sin correcciones– con los filisteos «espirituales» de una «poética de la diferencia», cuyos preceptos son anti-convencionales y metapoéticos. Estos preceptos han sido motivo esencial para que dicha poética lleve librando, hace más de tres décadas, una batalla estética dentro de la isla. Decir que se ha producido un acatamiento de la «poética de exilio» a la «poética de la diferencia» es incorrecto. Lo que se revela como diferencia es más bien una continuidad, que subyace en una corriente oculta, espiritualizada, moviendo la cultura cubana como un cuerpo único dentro y fuera de la isla durante un siglo.

Para los de acá, los exiliados de Miami o cualquier otra ciudad, que constituyen un grupo espiritualizado e inadaptado, resulta imposible aprovechar el apogeo del «nuevo espacio laico» proporcionado por la postmodernidad, especialmente cuando se vive alejado, geográficamente hablando, del útero poético nacionalista. Este último, desde luego, desconoce por entero la posibilidad poética del «astro ascético insular».

A falta de esta última visión neoevangélica, que ha sido diseñada en otros lugares por poetas neorrenacentistas desespiritualizados (Nietzsche, Rilke, Pessoa), se produce el pathos por el cual los inadaptados fuera de la isla se han visto obligados a aceptar el ditirambo de un sujeto poético espiritualizado, que en Cuba ha logrado «ubicarse afuera», en las márgenes residuales del espacio que constituye las áreas proteicas de una poética dominante desde el gran invernadero: “El Palacio de las Convenciones».

Lo que se produce como ruptura poética en Cuba, por los llamados neo-origenistas en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, no es una Revolución Espiritual (entiéndase esta en el sentido que Nietzsche le asigna al impulso creativo de un espacio hacia adelante), sino una vuelta atrás, al renacimiento espiritual de lo individual en contraste con una política poética colectivista.

Por estos días nos visita una de las más insignes representantes de esa «poética de la diferencia», o «de la renuncia». O, en palabras de Schopenhauer, de la «no-representación» de la realidad cubana revolucionaria: Reina María Rodríguez. Usando una arriesgada metáfora, ella es como un puente espiritualizado de la poética cubana actual por donde todos, simbólicamente, caminamos para transgredir las fronteras geográficas entre el útero nacionalista cubano y las afueras del exilio. Ella representa el viejo dilema ascetológico de los poetas que buscan una escritura del cuerpo para refrendar la melancolía y la angustia del sujeto poético espiritualizado. Y esto es, aun cuando la de Reina María es una poética de vanguardia dentro y fuera de Cuba, estar lejos todavía de la realidad. Restablecer un lenguaje en base a otro establecido constituye una deconstrucción del discurso poético para desenmascarar, pero no precisamente para crear.

En Cuba existe un objeto poético que pide a gritos su pronta e insoslayable intervención: se trata de la desespiritualización del discurso nacionalista. Los poetas deben estar atentos al mandato moral hoy en Cuba: ¿Por qué seguir con el mandato “La poesía en lo cubano”? Hay que transgredir este valor espiritual por aquel que se hace evidente: el cuerpo poético de la cultura cubana ha sufrido una transmutación. Y es que sin saberlo, los poetas, los soñadores como Reina María, no están produciendo un cuerpo escritural: están produciendo objetos que vislumbran la ascesis poética, la materialidad del ser poético hecha realidad.

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