Plantados. Mucho ruido y poco oficio

Por: Patronio.

  • Escolios al borde. 

Si digo que Mel Gibson es genial y disientes de mi opinión eso no implica que yo tenga razón y que tú estés equivocado. Solo indica que tenemos opiniones y gustos estéticos diferentes. No hay claves objetivas ni fórmula. Quien lo diga es un imbecil. Es cuestión de apreciación personal a partir de convicciones y del acervo cultural de cada quien.

Sin embargo, resultar creíble es requisito indispensable para tragarse un personaje. Interpretar un papel no es verdad o es mentira es convicción. El actor debe de sorprender, desnudar emociones y convencer en mente, voz y cuerpo. Solo así crecerá la actuación. De otro modo resultará aburrida y predecible.

Algunos actores permanecen ensimismados en su ego o en tecnicismos tratando de recordar la frase siguiente al punto de no escuchar al otro con quien interactúa: error al que asisten de continuo muchos en el gremio. Lo que dice el otro debería afectar y generar reacciones que crezcan de modo natural y organico de la puesta. De los contrario la escena es mera caricatura insustancial.

Hay quien puede tomar las frases de cualquier escritor y hacerlas sonar como  propias. El gusto por el personaje muchas veces tiene más que ver con una buena escritura del guion que con la buena interpretación. Añádase el hecho de que un buen director puede hacer buen uso de malos actores y conseguir el resultado que espera.  Aunque esto también es oficio de cuerda floja.

De conjunto, el lenguaje cinematográfico opera al modo de un sistema de precisión como si se tratarse del mecanismo de un cronometro. Hay muchos códigos a tener en cuenta, desde la estructuración semántica, formal y funcional de la historia, hasta la manera en que es dirigida, narrada, el guión, la calidad de los personajes, la correcta utilización de los planos, ángulos, iluminación, música, vestuario y sobre todo el montaje. Todo dentro de un orden piramidal inviolable que implica a decenas de personas.

II.   Recontra-cultura.

Mediocre es el vocablo que define a Plantados.  Nadie quiere decirlo por temor a quemarse en los medios. Hasta ahí llega la hipocresía de los que callan, e incluso, de los que han ensalzado la película a sabiendas de que no sirve. Todos esperamos con ansia la vindicación de los héroes que en sangre propia protagonizaron uno de los eventos más oscuros de nuestra historia en los recintos carcelarios del régimen cubano. Pero no puede defenderse al injuriado cuando se carece de convicción sobre los hechos y mucho menos por las ansias de figurar en una vitrina. 

El largometraje encontró en el público su mejor premiador gracias a las coordenadas de la exhibición y  la sensiblería de los que por primera vez se asoman a un  tema tan doloroso que marcó la vida de cubanos valientes. La timidez de los actores no logra ni hacer justicia a las víctimas ni convencer seriamente a la crítica. Razón suficiente para que las vestales rudas del Festival Internacional de Cine de Miami 2021 hayan sido tildadas de irrespetuosas y cómplices de la dictadura cubana por no laurear a Plantados. Así lo afirma Lilo Vilaplana, quien con absoluta ceguera profesional no aquilata la mediocridad del elenco que dirigió. No niego  las complicidades a que estamos ya acostumbrados en esta comarca, pero en el caso de Plantados parece más la perreta infantil de quien no tiene noción de la manufactura del trabajo que entregó.

La buena intención de honrar a los plantados no es suficiente si a quienes los encarnan les quedan grandes los personajes y la historia se les cae de las manos.

Queríamos ver algo bien hecho porque el objetivo es sagrado: poner la historia de Cuba en alto para que el mundo pueda verla y conocerla. Pero no de un modo tan burdo que no califica ni para los Razzies.

Hay que decirlo: Plantados no es cine; no puede serlo porque no hay antesala del conocimiento histórico ni seriedad al cercarse al tema. Al menos ese es el saldo de una  realización que debía haber encarado atentamente decisiones tanto a nivel artístico como de producción (muy a pesar de las limitaciones presupuestarias y el equipo con que se cuenta, si es que fuese también el caso). ¿Será que los hacedores de Plantados son muy ingenuos en su ego artistoide? Tres millones de dólares no fueron suficientes para incentivar la decencia de la puesta en escena. ¿Qué hicieron contanto dinero? ¿Cuántos quiesieron trabajar de verdad por la verdad?

Estamos en una era de avance tecnológico donde existen recursos para hacer buen cine y por la manufactura de la intitulada Plantados este gremio pareció ignorarlo.

Sin estatus de obra de arte sólo prevalece el gusto o disgusto del espectador. Comienza, diríamos, bien los primeros minutos donde deben de haberse gastado la mayor cantidad de dólares. El resto del tiempo es de a centavos en todos los aspectos: actúa el ego no el personaje; la conducción de diálogos es vacua y la ausencia de veracidad conducen a un final que llega a ser insoportable.

Ciertamente, la  razón por la que alguien decidió llevar a la pantalla grande un tema tan sensible está más allá de nosotros y eso es lo que sucedió con Plantados, aunque a mi entender de modo irrespetuoso, en especial por la seudo-actuación de los elegidos. Sin dirección artística ni trabajo de mesa asistimos a un repertorio de poses que pifiaron de conjunto la película y el tema en sí. Todos querían ser, todos querían estar…, como la mujer de Antonio desde la vecinita de enfrente. Pero no puede ararse la tierra con arpa de violín ni andar de prisa  sobre héroes y contextos para luego pretender poner en escena el verdadero espíritu de la Historia. Esta es la clave del fracaso de Plantados: conocimiento inconsútil y fortuito.

  • Actantes que figuran: actores que no hacen cine.

Faltó la convocatoria y sobró la piña. Sí, la piña probablemente de artistas desempleados la mayor parte del tiempo que encontraron en Plantados los minutos de fama necesarios para reinsertarse en el mapa de la localidad.  Actores tan guionizados a quienes no les entró las palabras en la piel para poseerlas como propias. Los personajes desganados y la historia mal escrita resemantiza la decepción como epifonema de cierre. No cabe más que preguntarnos entonces quién fue el alma detrás de esa selección.

Para muestra, varios botones. Las escenas del tío Ramón (Gilberto Reyes) con sus sobrinos fuerza  un paralelismo que no ayuda a mover la historia. Nada aportan más allá de la inseguridad de sus protagonistas.  Gilberto Reyes descolorido y recitador como siempre no es capaz de dejar de hacer lo que cree que es actuar. Siempre parco, baila como para justificar sus parlamentos con gestos intrascendentes. Es casi triste verlo frente a cámara. A Alberto Pujol (Caballo loco) nada le queda de la grandeza de antaño. Repetitivo y desaliñado parecía más bien una alegoría del  sargento García del Zorro. Nada que ver con el Caballo loco enérgico y asesino  que Raúl Castro comisionó una vez a la ciudad  Camagüey con poderes plenipotenciarios.  Asimismo, el secuestro de Mauricio mayor (Carlos Cruz) suena mal leído y sin fuerza escénica. En cuanto a Boncó (Alfredo), Boncó sigue siendo Quiñongo.

Probablemente los asesores historiográficos Ángel De Fana y de Ernesto Díaz Rodríguez, hombres respetables, no quisieron identificar el modelo actancial del largometraje con los personajes reales de la historia, salvo un par de excepciones quizás. Si esta fue la intención es válida para ellos  como protagonistas reales a la luz de la distancia, no para escritores y actores que se consideren serios al abordar tan delicado tema.

El escritor tiene que tener el valor de mutilarse el cerebro y prescindir de focas aplaudistas.

Sin dudas, asistimos a un guión mediocre construido sin sustancia dramática más que por las continuas golpizas y alaridos. Ahí está la primera escena sobre el cambio de uniformes que no atrapa de ningún modo. Cuando Ricardo Becerra (Ramón, joven) dice «Mátanos» parece más una declaración de amor que de convicción ante el sacrificio y la experiencia vivida. Una realizacion rara del síndrome de Estocolmo. Ni actor ni escritor pudieron  prescindir de la tiranía del símil para iniciar la cursilería de un parlamento que  empalaga y no convence:

Nosotros somos plantados

Es como un árbol que tiene las raíces muy fuertes y que nadie lo puede mover de su posición. Así estamos nosotros: plantados.

La exacerbada ridiculez no permitió al escritor Juan Manuel Cao algo más cursi para climatizar una escena tan desgarradora o escribir medianamente bien un guión. Santiesteban Prats por su parte nada aporta de los miedos y pesares que caracterizan el discurso narrativo de sus libros. Y Lilo Vilaplana, no sabíamos que también era…

Secuencias como las de los fusilamientos  y la mojonera devienen en alegorías  simbólicas de lo que pudiera haber sido una gran película. Son de los poquísimos momento que dejan en el espectador una impotencia difícil de narrar y que sería el todo de Plantados como película de haber existido un crecimiento psicológico de los personajes y una historia bien contada. El resto es más de lo mismo: no llega. Sin guión serio y con paneos de camara a lo ICRT, junto a  los excesivos gritos de guardias y prisioneros superan los cuasi diálogos de los personajes y el mismo lenguaje cinematografico.

Chantaje, separación de familia, amenazas de muerte, quiebre de voluntad, hambruna, hacinamiento, etc., hubieran sido clave para el desarrollo orgánico de personajes e historia. Pero no hubo creatividad y sí una exhibición de malos artistas y escritores.

Mención aparte merece la música que va en consonancia con el tema  tratado a pesar de lo frustrante de la cinta.  Sandoval captó el qué para sintetizar en partitura la complejidad del cómo (casting, decorados, fotografía y montaje) y creó una música excepcional. La historia del cine tiene en su haber miles de películas, algunas decepcionantes y otras épicamente desastrosas, donde lo único salvable es sin duda la música. Plantados es un claro ejemplo de la que solo nos acordaremos por ella.

En fin, más allá de Miami, ni siquiera los Premios  Razzies —que entregan una frambuesa de plástico pegada a un carrete de celuloide y rociado con pintura dorada (a un costo de menos de cinco dólares) premiaría a los peores actores, escritores, guionistas y director de este intento de películas que está en YouTube porque no hay otro lugar para exhibirla. 

Soy respetuoso —créame—, de los verdaderos protagonistas y de la historia, no de su burda interpretación…, tampoco comunista.

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