«Guantanameridad»: la patria chica entre el «mar y la montaña»

Por: Spartacus

Entre la Montaña y el Mar, el alma de Guantánamo toma forma. La Montaña, con su semblante rugoso y su danza incesante con la naturaleza, moldea el temple precavido de sus habitantes. En su paisaje inmutable de rocas y senderos escarpados, el ritmo acompasado del bosque y la paleta cromática del valle, los guantanameros hallan sus aristas de lucha, donde cada paso se vuelve un desafío agotador.

La patria chica, arraigada en este entorno de perenne contacto con tierras vecinas, cuya rivalidad es más producto de tradición que de naturaleza innata, cultiva un patriotismo marcado por la tensión. En estas colinas relucientes, el instinto guerrero se revela, palpita en lo más profundo del espíritu. La sensibilidad montañesa es áspera, la expresión emocional se retrae, reflejo tanto del poeta como del sentir común de un pueblo en busca de un entendimiento colectivo.

En contraste, el Mar extiende su horizonte amplio y su paleta de colores cambiantes, ofreciendo refugio y calma al espíritu colectivo de los guantanameros. Aquí la desconfianza se disipa, la alianza con la naturaleza inspira confianza y fortaleza colectiva. Por ello, la esencia de la patria chica, el terruño, la aldea, se suaviza, se expande y abre hacia el mundo.

Ahora, con inspiración en Boti, el poeta del «ser y los entes», te comparto este poema:

«Hay un alma sensible en cada cosa».

Las voces del silencio en la montaña;
las rapsodias del mar; el tableteo
del viento en los playones y farallas;
el ritmo monacal de la alta noche;
el treno de los valles y quebradas;
el ecuóreo bullir del caracol
y el sinfonizar de los pinares
son quejas, gritos, ayes y clamores
de las cosas simples y perennes.

Son el acorde del dolor del mundo,
que el mundo tiene un alma, y hay un alma
sensible en cada cosa. Un alma hermana
de nuestra pobrecita alma humana.

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