«Patria» y «guantanameridad»: Regino Boti el «mar y la montaña»

Por: Spartacus (AVC)

«Patria chica» y «guantanameridad» de Regino Boti entre el «mar y la montaña»

Regino Eladio Boti, 1878 – 1958 | Cultura Cuba

La «Montaña», con su paisaje monótono, la rudeza en la lucha, el peligro constante, moldea sobre una forma de aspereza recelosa el carácter del pueblo montañés. La inmutabilidad de la roca, del árbol, del camino serrano, del ritmo sincrónico del bosque, de la policromía cronométrica del valle, concentran al guantanamero y acentúan en él, los caracteres de irritación y de agresividad en la lucha, habida cuenta de que todo es más difícil y más desgastador. La «patria chica» guantanamera evoca ese paisaje, en contacto peligroso y continuo con las regiones aledañas (que por ley natural son tradicionalmente rivales, aun cuando la rivalidad sea más cultivada que natural y psico-biologica) presenta un patriotismo aldeano más irritable, más concentrado. En esta condición montañosa, lustrosa, el instinto agresivo es más puro y está más a flor de espíritu.   La sensibilidad montañosa es también más áspera y menos dilatada la capacidad emotiva, cosa que se nota en el poeta y generalmente en todas las manifestaciones del sentir individual que busca una compresión colectiva pueblerina.

Casa Natal del historiador y poeta Regino Eladio Boti - Portal del ciudadano

En cambio, el «Mar» con el horizonte dilatado, la variabilidad cromática, las garantías de reguardo ejerce en el espíritu colectivo de la «guantanameridad» como consecuencia de la acción sobre el individuo, un efecto sedante y tranquilizador. Hay menos recelo y la alianza natural en la «guantanameridad» inspira más seguridad, inmunidad colectiva. El carácter de la patria chica guantanamera es por eso más suave, más abierto y expansiva.

El mar y la montaña | Claustrofobias Promociones Literarias

Ahora un poema de Boti, el «ser y los entes», titulado;

«Hay un alma sensible en cada cosa».

Las voces del silencio en la montaña;
las rapsodias del mar; el tableteo
del viento en los playones y farallas;
el ritmo monacal de la alta noche;
el treno de los valles y quebradas;
el ecuóreo bullir del caracol
y el sinfonizar de los pinares
son quejas, gritos, ayes y clamores
de las cosas simples y perennes.

Son el acorde del dolor del mundo,
que el mundo tiene un alma, y hay un alma
sensible en cada cosa. Un alma hermana
de nuestra pobrecita alma humana.

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