«Paideia» (¿Totalitarismo?)

Por El Coloso de Rodas

Este monumento sobre una de las formas de vida griega me lo robó un impostor de mi biblioteca. Si usted fue formado en la «Paideia» lo felicito; si las instrucciones recibidas no pasan por la «pedagogía», es difícil completar la formación. En este sentido, la «educación» es un fracaso pedagógico. Desde luego, aparecen humoristas y divertidos degradando la literatura. «Paideia» significa entrenamiento, la ascetología prístina del legado de la cultura en occidente. Sin saberlo, todos somos «paideianos» de naturaleza. No saberlo es lo que nos produce tanta mediocridad.

Sí, la civilización misma, en opinión de sus miembros helénicos antiguos, no es otra cosa que un baluarte frente a la disolución de los límites entre los tipos y órdenes. Tampoco la advertencia incesante de la hybris —el imperativo categórico del ethos griego— persigue otra meta que exhortar a los mortales al respeto de los límites hacia arriba, hacia abajo y hacia fuera: no deben confundirse con los dioses, ni mezclarse con los animales y los bárbaros. La vida de la polis presupone el rechazo continuo del abismo, que virtualmente se abre —mejor: que ventea siempre sus oportunidades— cada vez que individuos de una especie bien definida, sobre todo una pareja de miembros del zóon politikón, emprenden el intento de repetir en forma constante su tipo y modo de vida en descendientes propios.

Con esta advertencia a la vista, puede analizarse la cuestión de si también en los procesos de generación, aparentemente logrados, de seres humanos producidos de acuerdo con la tradición no puede aparecer un momento monstruoso en cuanto las relaciones sociales permitan que en el paso de padres a hijos se manifieste de nuevo en formas agresivas el hiato, que hay que ocultar bajo cualquier circunstancia. Aunque los padres traigan al mundo en la polis descendencia aparentemente bien lograda, solo están protegidos insuficientemente frente al riesgo de monstruosidad psíquica y moral en sus hijos.

Precisamente en la forma arriesgada de vida de la gran ciudad-poder, en la que se mezclan pueblos, mitos, tretas y ambiciones, se hace reconocible el principio dinámico-civilizatorio, según el cual, debido al modus vivendi actual, se liberan inevitablemente más energías imprevisibles, más inquietudes desconocidas y más perturbaciones novedosas del orden existente de las que este puede mantener bajo control con sus propios medios. Para enfrentarse a este desafío, los griegos inventaron la disciplina, novedosa en su tiempo, de la paideia, que pasa por ser la matrix de la pedagogía occidental. La palabra paidagogós no despertaba en absoluto representaciones nobles en la Antigüedad ateniense: designaba al esclavo que había de ocuparse de que los jóvenes se comportaran decentemente en el camino a la escuela.

Tenían que dirigirse a la clase con la mirada baja, sin responder con su vista a los lascivos ojos de los experimentados pederastas. Los paidagogoi eran en primer término vigilantes y domadores encargados de atemperar la braveza de los muchachos, para lo cual los golpes frecuentes se valoraban como el medio generalmente recomendado para la creación de un comportamiento virtuoso. Por contra, los verdaderos maestros de la juventud, los didáskoloi, se presentaban como «sofistas», es decir, como transmisores de la sabiduría u «hombres sagaces», antes de que fueran reducidos a los armarios por sus concurrentes, que se denominaron a sí mismos, en llamativa modestia, «filósofos», amantes de la sabiduría.

La competición entre ambos tipos de maestros en torno a su joven clientela y a sus vacilantes padres, vistas las cosas a corto plazo, fue decidida a su favor por los sofistas, dado que supieron presentar su arte de la dirección de muchachos con mayor plausibilidad y sin consideración a la procedencia de los niños, aunque también salía más caro; mientras que desde la perspectiva de la historia de las ideas fueron los filósofos los que salieron victoriosos de ella. Solo en tiempos recientes experimenta la sofística un discreto comeback, en el que se la rehabilita como fuente de diseño, retórica, publicidad y democracia. La educación descansaba, en las polis griegas de la época clásica, en el concepto de paternidad dividida, según el cual el padre físico, a una edad adecuada, tenía que entregar el hijo a la dirección de un «maestro».

Este debía desde ese momento ejercer las funciones de paternidad espiritual e iniciar a los jóvenes, hasta la edad de efebos de 18 años, en las artes de la vida adulta, adecuada a la polis; a ello se añadía una formación posterior, en parte militar, en parte artística. Paideia significaba en primer lugar el cultivo superior de la capacidad de hablar, sin la que no era imaginable la existencia del zoón politikón.

A través de la Roma helenizada, tanto de la precristiana como de la cristianizada, el sistema griego de la doble paternidad tuvo grandes consecuencias para la cultura educativa paleoeuropea: la división del trabajo entre padres y profesores, probada en la Antigüedad ateniense, mantuvo su fuerza, casi incólume, hasta el comienzo de la modernidad; prescindiendo de los pocos casos en los que convergían paternidad y docencia, como el de las familias rabínicas y el de las casas parroquiales protestantes. Ese arreglo clásico perdió su función solo en la segunda mitad del siglo XX, cuando la feminización de las profesiones enseñantes relegó a los profesores masculinos y destruyó su estatus de segundo padre; por no hablar todavía de la degradación general de la posición de padre en las «sociedades» modernas.

Que la población de las ciudades griegas, ya en torno a la mitad del siglo V a. C., se inquietara por los riesgos éticos y los efectos colaterales políticos del nuevo negocio-paideia sofista es algo que puede deducirse entre otras cosas de las producciones del teatro ateniense. En su comedia Las nubes, representada por primera vez el año 423 —sin éxito en la competición de dramaturgos—, Aristófanes lleva al escenario la actividad de un centro sofista, burlándose del modo más agresivo, a costa del archisofista Sócrates, de las tendencias amorales de las escuelas de retórica y de dialéctica.

El implacable creador de comedias tiene claro que el gremio de los profesores, tan exitoso en aquellos días, no es otra cosa que una organización de oportunistas de la crisis, que sacan provecho de la rápida decadencia de las costumbres ciudadanas: instruyen a sus alumnos en el arte sospechoso, por no decir corrupto, en todo caso acorde con los tiempos, de vencer ante el tribunal de justicia y en la asamblea popular como abogados de una mala causa. Aristófanes consigue hacer en su pieza un descubrimiento que a la luz de las experiencias actuales se puede llamar profético: expone con toda claridad la conexión interna entre el sistema urbano de crédito y las artes ideológicas de su tiempo, que se fundan en la tergiversación de patrones culturales transmitidos; en la tradición de Brecht habría que hablar aquí de un «cambio de función».

En el creador de comedias ateniense los deudores no dispuestos a pagar buscan en primer lugar los servicios de los sofistas para librarse de sus obligaciones con respecto a sus acreedores. Pero si —como el campesino ático Estrepsíades, la figura principal de la citada comedia— ya no son capaces de aprender por sí mismos el arte de la tergiversación de las palabras y del sentido, envían entonces a sus hijos, en este caso al joven Fidípides, a la escuela sofista para formarse allí como abogados invencibles.

Este joven Fidipides ( el fidelito que llevas dentro) es el mismo que la paideia revolucionaria castrista atizo en su arco de triunfo durante seis décadas de victoriosos corregimientos pedagógicos.

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