Se acerca otra «guerra entre poetas»

Por Luis Felipe Bicicleta

Playa Albina es un lugar propicio para la guerra de poetas. Hace algún tiempo, en referencia a una contienda por el trono, alguien escribió: «Quien entre, me honrará; quien no, me dará la satisfacción». ¡Qué manera amable de expresar tal descortesía! Sin embargo, el poeta que hizo semejante comentario puede tener razones para ser incivilizado; se ha dicho que los versos de Petrarca eran superiores a los de otro versificador. Por lo tanto, se aconseja al pobre poeta que escriba muchos más versos y se aleje del mundo lo más que pueda.

¿Es esto una ofensa malvada? Un rey será más valioso que sus versos, aunque se pretenda decir lo contrario. Hablamos de trivialidades y todo el séquito cree que estamos trabajando arduamente; comienza el día y el espectáculo, y no sabemos nada de la revuelta. Por supuesto, habrá que improvisar (todo el mundo improvisa sus versos).

Los poetas han luchado siempre en una guerra moral monárquica. Luchan por la diferencia en una escala moral, no por lo bueno o lo malo, sino por la órbita de lo superior (es decir, la autoridad de ponerse por encima de otro para alcanzar la verticalidad). Lo que se debe evitar son los prejuicios de la crítica literaria, que siempre dependen de lo que diga un Borges o insinúe un Roque Dalton. Ellos no son autoridades para establecer un hecho moral en la actividad poética. No son ni buenos ni malos: son críticos.

Parece que esta vez Morfeo ha querido burlarse de los hábitos tradicionales de calidad y cantidad. Es evidente que el hábito de comenzar el día registrando ciertas cosas para encontrar la aptitud que resulte llevadera se realiza de manera bastante frívola y principesca. Por el dominio del trono, la confianza está a favor de Bruto y no de César, y se ha desatado la guerra en el teatro de lo inconmensurable de Playa Albina.

En el intrincado entramado de la vida, ha surgido recientemente el poeta rebelde, un defensor de la cultura progresista y consciente, caracterizado por su peculiar estilo con bigotes y un sombrero de ala amplia, al más puro estilo del gallo de Morón, aunque carente de pluma y autenticidad.

Observo aquí a pocos poetas que, como más de un vate, ejercen un atractivo superior por la imperfección que por lo que surge matemáticamente perfecto y elaborado de sus manos. No hay otro modo de reconocer que lo imperfecto natural alcanza más utilidad y encanto por su ineptitud que por su poderosa exuberancia. La obra poética de un imperfecto no necesita expresar absolutamente todo lo que quisiera, es decir, lo que experimenta visualmente.

Ante la sospecha de una visión, en su espíritu aguarda un anhelo colosal de esa visión, y de ahí consigue sacar su locuacidad no tan enorme, originada por la avidez y la tentación. A través de esto, un poeta imperfecto puede engrandecer a quien lo lee por encima de su propia obra, liberándolo de las cadenas de lo perfecto para elevarlo a cotas más altas nunca alcanzadas por los aspirantes. Transformados ellos mismos en vates, van y le expresan al maestro la admiración de haberlos llevado a la visión de sus circunstancias más sagradas.

¡Cuánta razón tenías!

¡Vivan los poetas!

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