NOTAS AL MARGEN. «LE DEDICO MI SILENCIO». ¿LA ÚLTIMA NOVELA DE VARGAS LLOSA?

Por Waldo González López

Como en toda manifestación creadora, en la narrativa latinoamericana del denominado Boom, surgido en Latinoamérica entre los “60s y “70s, los más relevantes autores marcaron pautas e integraran el noneto renovador de aquel decisivo fenómeno escriturario y editorial que transformaría nuestras letras: los cubanos Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, el colombiano Gabriel García Márquez, los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, el chileno José Donoso y el peruano Mario Vargas Llosa.

Por supuesto, aclaro que el orden de los factores —y reniego del lugar común— sí altera el producto; pero jamás antepondría la notable dupla autoral de mi país que inician la lista por el solo hecho de haber nacido ambos en la Isla (maldita desde 1959), sino porque quizás actué bajo la ¿lógica? del azar concurrente lezamiano.

   Igualmente subrayo que algunos estudiosos de ese singular movimiento, incluirían otros escritores que no integran este particular eje central, pues ni por obra ni por edad les corresponde. Entre otros, son los casos de los muy destacados (¡y vaya con los cubanos!) Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, como el también guionista argentino Manuel Puig, principales creadores del llamado movimiento Posboom.

¿LA CONCLUSIÓN DE UNA GRAN OBRA LITERARIA?

   Lo dudo, pues si durante décadas ha sido inagotable el flujo creador del escritor peruano más universal (que sobrepasa al gran César Vallejo), no creo que ahora —ya cumplidos los 88 años, casi en visperas de los 90— decida Vargas Llosa cerrar su computadora, aunque incluso, tras concluir en la página 301 su presunta “última” narración Le dedico mi silencio, afirme en la nota aclaratoria de la 303: «Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré». 

   Repito que no lo creo, menos ahora, pues hace poco tiempo, tras ¡al fin separararse! de una… señora —cuyo nombre recordar no quiero, pues es una dama de la Societé española—, regresaría a su invariable Patricia Llosa: la prima hermana y fiel pareja, «con la que conviviera 50 años, y tendría tres hijos: el también periodista Álvaro, Gonzalo y Ximena Morgana» —según afirma Jorge Coaguila en Mario Vargas Llosa. Narrador realista (Los Libros Más Pequeños del Mundo, Lima, Perú, 2019)—, y a la que no le dedica su silencio, sino el feliz resultado de esta novela ¿final? y cuasi homónima, en la que homenajea la música popular de su Perú natal, aventura que le llevaría varios años de investigación y redacción, como la mayor parte de su narrativa y ensayística.

   En el propio libro, Coaguila menciona un hecho singular que este cronista intuye acaso la muestra de su interés por las manifestaciones artísticas populares: los bailes peruanos, tema al que dedicaría una de las 26 emisiones de La torre de Babel, programa del que sería conductor y realizaría 26 ediciones por Panamericana Televisión, en 1981.  

LA NOVELA    Con una ingeniosa estructura —que entre cada capítulo de la ficción, incluye elementos de la cultura popular desarrollada en los «callejones» de Lima, donde descollaron los más gustados bailes: la zamacueca, la marinera y el valsecito, como los “géneros” de la música peruana: valses, huanitos, marineras y resbalosas—, el gran ficcionador peruano ofrece al lector una sencilla trama, deudora de la narración melodramática surgida a principios del XIX en los diarios de Francia: el melodrama,.melo o feuilleton: folletín, con el amor como tema preferido, tan acogido por sus sucedáneos, como en España, donde llegara en 1840 y —desde mediados del siglo XX hasta el 2009, cuando muriera— sería dominado por una autora superventas y superkitsch: Cor  Tellado (1927-2009), a quien el peruano entrevistara en su exitoso programa La torre de Babel). Asimismo, en Latinoamérica, resaltarían las historias superamorosas, las que parodiara con acierto Manuel Puig en sus deliciosas novelas La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas, entre otras.    Por la trama de esta novela-ensayo, el lector aprende/aprehende los nombres y méritos de quienes compusieran y cantaran las canciones arriba mencionadas, como el protagonista Toño Azpilcueta, apasionado promotor-divulgador de la música peruana, y el talentoso Lalo Molfino, misterioso y mítico personaje fallecido prematuramente, con quien el novelista urde su insólita, pero muy creíble armazón, a pesar de nunca aparecer.      Otros nombres de valía aparecen, como el del gran compositor nacional: Felipe Pinglo Alva, la primera guitarra del Perú: Oscar Avilés, el famoso por sus serenatas: Don Pedro Bocanegra, los guitarristas José Ayarza, Pedro Fernández y Luis A. Molina, como, en particular, una voz que disfrutamos en la Cuba pre huracán del 1959, muy familiar por dos de sus canciones-himnos: La flor de la canela y El puente y la alameda, entre otras. Chabuca Granda, maestra y compositora inusitada, como gran cantante, es recordada en una estatua en Lima que evoca esta notable figura de la canción en Latinoamérica.    A cronista le place el rigor investigativo del laureado narrador, pues menciona a relevantes compositores y cantantes de los que, en ya lejanas décadas, conociera gracias a las entonces valiosas radio y TV de aquella Cuba. De tal suerte, no pocas voces femeninas descollaron como, a pesar de su nombre, Jesús Vázquez, fue «una bella cantante de magnífica voz», como Serafina Quinteras, Amparo Baluarte, Alicia Lizárraga, Estela Alva, La Limeñita y ¿Cecilia Barraza?, personaje de la novela, amada desde joven por el Toño Azpilcueta, no obstante estar casado con la pobre Matilde.       Pero el libro resulta, igualmente, un bosquejo por otros renglones de la amplia cultura peruana, como la poesía, la narrativa y el ensayo. De ahí que entre sus páginas surjan los conocidos nombres de Ricardo Palma, cuyo volumen Tradiciones Peruanas leí con fruición décadas atrás; Federico Barreto, recordado por la letra de la inolvidada canción Odiáme; no puede faltar César Vallejo, cuyos poemas en prosa signaron, mucho tiempo atras, los incipientes textos de quien escribe estas líneas, «como quien redacta un documento» (v.g. Eliseo Diego).    Asimismo, «los poemas llenos de infantes de José María Eguren», y la ruidosa y publicitaria de otro José: Santos Chocano, vendido, como otros, en ediciones pirata en pueblos de provincias cubanas.    Otros rasgos y atisbos se disfrutan en esta nueva y espero que no última novela de Mario Vargas Llosa, quien nos corrobora que su lucidez y talento no han mermado a sus 88 abriles.    Espero, como en otras ocasiones, que estas Notas al margen, les sirvan de incipiente estimulo para una buena lectura.           
 
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