Memoria de doce escritores

Por Waldo González López

Pocas semanas atrás, «descubrí», al poeta, critico y actor hispano Rafael de Penagos, algo raro en mí conocer solo ahora a esta figura de las letras hispanas, pues ¿desde hace cuántas décadas? soy un impenitente rastreador de buenos escritores y libros; mas, en un impensable comercio, hallé este título de valía, cuya lectura me satisfizo, por lo que comparto ahora este comentario con los lectores.

   Memoria de doce escritores (Agualarga Editores, Madrid, 1999), es, ante todo, un haz de reportajes, artículos y entrevistas con igual número de notables creadores, cuya sola mención atraerá a muchos lectores, tal me aconteció a mí.

   Y no es para menos, pues entre los incluidos, resaltan algunos de mis «autores de cabecera», desde no poco tiempo atrás: Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, León Felipe, Pablo Neruda y Rafael Alberti.

   Pero si este aperitivo menú escriturario que nos ofrece Rafael de Penagos resultara magro para algunos opíparos, añado el resto de los integrantes de la pantagruélica aventura, afín al azar concurrente lezamiano: Miguel Ángel Asturias, Julio Camba, César González-Ruano, Nicolás Guillén y Eduardo Zamacois, quien —lo digo ya—: era cubano, por más señas, nacido en Pinar del Río.  

   Como bien apunta De Penagos en su prólogo, nueve de estos textos aparecerían en el diario ABC y en la revista Sábado Gráfico. Me satisface en particular una cualidad que resalta en el también actor: la modestia, tan distante y distinta de quienes solo piensan en sí y su ego, y concentrados en su ombligo como un Buda tropical, solo se ocupan de la «enfadosa y […] aburrida pisada de la egolatría», pues los pobres ignoran que «las grandes cosas han de ser relatadas con palabras sencillas», tal sentenciara el preclaro narrador que marcara pautas en la España de la Generación del 98: Azorín, quien escribiera novelas impresionistas y líricas, en las que intercambia los espacios y el tiempo, utilizando los mismos personajes en distintas épocas.

   Leamos, entonces, al poeta español y la evidencia que subrayo:

Todos los escritores que aquí figuran, excepto don Antonio Machado, a quien no conocí, tuvieron la generosidad de condecorarme con su amistad. A todos, en mayor o menor grado, debe mi vida momentos inolvidables. Con todos tengo y tendré siempre una deuda de gratitud. Estas páginas intentan pagar, modestamente, esa deuda.   

    Y justo por estas páginas, vemos pasar y pasear intectuales de España y otras geografías, como de distintas generaciones, desde los abordados por el autor, hasta otros que, apenas asomados en los textos, los apoyan con sus criterios, conformando un variado haz, en el que  figuran, entre muchos otros esenciales de distantes lugares y épocas: Francisco de Quevedo, Gracián, Fray Luis de León, Victor Hugo, Emile Zola, Dostoievski, Oscar Wilde, Rubén Darío, Ortega y Gasset, Racine, Sthendal, Pedro Salinas, Pérez de Ayala, Eugenio D’Ors, Andrés Eloy Blanco, María Teresa León, Camilo José Cela y el relevante periodista y narrador Francisco (“Paco”) Umbral, como asimismo sendos y míticos actores de la talla de la francesa Sarah Bernhardt y el sueco Max von Sidow, canónico en los inolvidables filmes de Ingmar Bergman, quien integra mi «Pentarquía de Realizadores Cinematográficos Preferidos», junto al español Luis  Buñuel, el polaco Andrzej Wajda y los italianos Federico Fellini y Luchino Visconti.      

   En estas páginas, de tal suerte, Cruzan, se detienen y nos hablan integrantes de la mítica Generación del 98, entre los que figura el siempre contemporáneo Antonio Machado, quien se desdoblarara en dos heterónimos —si bien él prefería el término apócrifo (falso, supuesto, fingido) con los que nombrara a sus más socorridos: Juan de Mairena y Abel Martín. Otros grandes del ‘98 que aparecen en el inapreciable volumen: Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Valle-Inclán y José Martínez Ruiz: Azorín.

   Aún otra cualidad subraya no pocos de los textos que aquí reuniera De Penagos. Y es la impronta lírica que los marca con su aliento, tal acontece en los dedicados a Juan Ramon Jiménez, Machado, Neruda y otros.

   Más, otro rasgo constituye la gama de oficios, que en arco integrador, va de la poesía al humor, pasando por el teatro (dramaturgia y actuación), el periodismo y más, conformando una variopinta evidencia: la poiesis o creación para los griegos (tal prefijara Platón en El Banquete); o «funciones», según gustaba definir al maestro mexicano Alfonso Reyes —quien era, además, un atendible poeta y narrador—, si bien luego denominados por otros con el incierto vocablo de «géneros».

   Es singular que en los textos, hallamos en no pocas ocasiones, apuntes, connotaciones, en fin, axiomas que sirven, ¡cómo no!, para la vida. De tal suerte, en la dedicatoria que a De Penegos le hace en uno de sus libros González Ruano, leamos: «Cuando ya no estemos, seremos en alguien. La memoria, querido Rafael, vence a la muerte».

   A lo que añade el autor, enriqueciendo el verbo del maestro:

[…] la memoria —ese don inefable que el cielo otorga— acerca mágicamente voces, perfiles y distancias; porque por la memoria prolongamos y traemos a un presente ideal los ademanes de la vida ya rendidos, es por lo que hoy escribo estas líneas, con la intención de contribuir a lo que él llamaba «la semana del duro», que, en el mejor de los casos, sobreviene a la muerte del escritor.               

   Aquí, además, De Penagos recuerda el acierto/aserto de Sthendal, quien pontificara: «no hay originalidad más que en el detalle», pues el autor puntualiza momentos decisivos que conforman la personalidad de los escritores abordados por él en sus propuestas. 

   Mucho vale texto dedicado a ese clásico ejemplo de bonhomía y humildad José Martínez Ruiz, heterónimo del gran narrador, critico y dramaturgo Azorín, quien con su clara impronta, limpiara el borrascoso campo de la narrativa española de la primera mitad del XIX. Por ello, definiría —con su sesgo minimalista, por emplear un término contemporáneo— el estilo, al que signara de esta suerte:

¿Que cómo ha de ser el estilo? […] Mirad la blancura de esa nieve de las montañas, tan suave, tan nítida: mirad la transparencia del agua de ese regato, tan límpida, tan diáfana. Es estilo, es eso: el estilo «no es nada». El estilo es escribir de tal modo que quien lea, piense: «Esto no es nada» Que piense: «Esto lo hago yo». Y que, sin embargo, no pueda hacer eso tan sencillo —quien así lo crea—, y que eso que no es nada sea lo más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado.

   Sobre el gran poeta chileno Pablo Neruda —«cronista de todas las cosas», tal se autodenominara el Premio Nobel 1971— define De Penagos, que era: «apasionada ola incontenible de la poesía en nuestra universal lengua española, taumaturgo mágico de la materia y la sustancia del mundo, defensor del habitante y su esperanza, hondero entusiasta de humanas libertades»; y del que nos dice con lógico orgullo que lo conocería en el Chile de 1953.

   Sin duda, he aquí una de las memorables páginas del poeta hispano, pues exaltaría su veta lírica al hablar de su admirado colegamigo, el segundo poeta latinoamericano en recibirlo, tras la justa concesión, en 1945, a la martiana Gabriela Mistral.

   Y ya que menciono a Neruda, vale la pena transcribir un breve fragmento de su discurso en agradecimiento por recibir el merecido lauro. En consecuencia, diría allí el enorme cantor:

«el poeta debe aprender de los demas hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicacion de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicacion y el silencio para llegar al recinto magico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolia; mas en esa danza o en esa cancion estan consumados los mas antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.»

   Otro momento relevante es «La primavera romana de Rafael Alberti», en la que De Penagos evoca, con poeisis el refugio del gran poeta en Roma: 

el mínimo estudio al final de la Vía Lungara —la calle donde se levanta el Palacio de la Farnesina y donde el silencio y la dorada melancolía de esta parte de la ciudad se remansan mágicamente— podría ser hermano de aquél (el Jardín de Punta del Este, donde viviera antes de su exilio Neruda). El ventanal se incrusta casi en la fragrante verdura del jardín botánico.     

   De otro admirado poeta, Juan Ramón —tal suelo denominarlo sin mencionar su apellido, pues constituiría decisiva lectura en mi ya, !ay!, tan distante adolescencia—, escribiría otro recordado: el periodista y narrador Francisco («Paco») Umbral, que el gran lírico de Canciones, sería «el olvidado inolvidable». Por cierto, ese fue ek título tomado para mi primer cuaderno para niños: Poemas y canciones (Premio «13 de Marzo», 1976, premiado por un Jurado presidido por Eliseo Diego, quien lo prologara).

   De Penagos lo define de esta suerte:

Se ha querido hacer de él un poeta de esteticismos, de alejados caminos interiores, de solitarios y desdeñosos desvíos, vuelto de espaldas a las urgentes realidades humanas. Pero se ha olvidado […] que un gran poeta —y JRJ está instalado en una cumbre insuperada de nuestra lírica— es, ante todo, un poeta social en el más amplio sentido de esta palabra, porque es auténtica voz arraigada de su pueblo, porque ese pueblo se descubre y se explica en esa voz y porque a través de ella, encuentra su sentido más justo y más profundo.   

   Mas, no hay mejor connotación que la del inolvidado ¿prosista, cronista, narrador…? de Españoles de tres mundos —cuya primera entrega fue la argentina de la insuperable Editorial Losada, en la Buenos Aires de 1942, que este cronista descubriera en los ‘60s)—, excelente haz de «siluetas» o «retratos», según las nombrara, y en las que reuniera a grandes colegas, entre muchos otros: Ortega y Gasset, Azorín, Antonio Machado y uno que, en particular, a quien escribe le satisfizo y, ¿por qué no? enorgulleció: José Martí.

   Relevante es la «marca» con que estableciera el oficio de poeta nuestro Juan Ramón: «El poeta es un artista; quizá diría con más gusto «un artífice» o artesano de la palabra y con ella trabaja en este intento humano, obstinado y a la vez humilde, de descubrir la esencia del hombre».      

   Pero quizás el más bello instante es el único que no reuniera entre las entrevistas, retratos o crónicas, pues no llego a conocer al gran poeta sevillano, sobre el que escribiría este texto entrañable homónimo: Antonio Machado. Y es que aquí concentra su vocación de poeta y periodista, logrando recrear —con la admiración que hondamente sintiera— la clásica foto del poeta sentado esperando ¿a quién?, por la que podemos ver al gran autor de Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), Campos de Castilla (1912), Juan de Mairena (1936)…

   De Penagos lo retrata:

Está el poeta sentado ante una clásica mesa de mármol del desaparecido café de Ls Salesas, Todo es melancólico y humilde en su persona; todo es gastado en su indumento. El sombrero flexible cae sobre la ancha frente; los pequeños ojos tienen una mirada vaga, bondadosa, tiernamente alejada. ¿No hay un rictus de sonrisa triste en los labios. Las blandas manos descansan, apacibles, sobre el puño de un grueso bastón… 

   Por último, subrayo que los libros de Penagos serían elogiados por AzorínLeón FelipeCésar González RuanoMelchor Fernández Almagro y Federico Carlos Saínz de Robles, entre otras figuras de las letras españolas.

PARA CONOCER MÁS A RAFAEL DE PENAGOS

RAFAEL DE PENAGOS (Madrid, dic./3/1924-Madrid-feb./25/2010​) fue un actor y poeta español. Hijo del famoso dibujante Rafael de Penagos Zalabardo, comenzó escribiendo poesía influido por Rafael Alberti y publicando artículos periodísticos en el diario ABC. Debutó como actor cinematográfico y de doblaje en Barcelona a principios de los ‘40. Después se estableció en Santiago de Chile y luego en Buenos Aires, donde publicó su primer poemario: Sonetos del buen amor, elogiado por Juan Ramón Jiménez.

En 1945 volvió a establecerse en España, donde siguió compaginando su oficio de actor con la poesía, recitales y conferencias universitarias. En 1964 merecería el Premio Nacional de Literatura por Como pasa el viento. Publicó Carta a León Felipe (1967), Poemas a Consuelo (1992), Orilla del recuerdo (1996), Memoria de doce escritores (1999), Nueve siluetas (2005)y Retratos testimoniales (2006). Fue actor de cine, en El crack II, de José Luis Garci. Dotado para la comedia y poseedor de un timbre refinado, fue la voz habitual de los actores británicos Stan Laurel (en los redoblajes para TVE de los filmes de El Gordo y El Flaco), Brian Murphy (en su papel de George Roper) y Donald Pleasence. Entre sus mejores creaciones, está la de Sherlock Holmes para las series de TV protagonizadas por Jeremy Brett desde finales de los ‘80. En el doblaje de animación, se recuerdan su trabajos por Miguel de Cervantes en Don Quijote de la Mancha (1978), por el agente Dix en La vuelta al mundo de Willy Fog y el Cardenal Richelieu en D’Artagñan y los tres mosqueperros

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