Meditaciones británicas

Por Ariel Pérez Lazo

            Gran conmoción mundial ha levantado la muerte de Isabel II. La monarquía británica en años anteriores ha levantado entusiasmo popular por el enlace real de sus más jóvenes miembros. En Gran Bretaña no parece posible pensar la identidad nacional y el peculiar carácter conservador inglés sin tener en cuenta dicha institución.

            Hugh Thomas ha traído a la memoria pública recientemente el sentido de la monarquía. Recuerda algo que en algunas ocasiones me pregunté al examinar la constitución alemana de 1949. Me refiero al hecho de que, en varios países, la figura del presidente es aparentemente simbólica.

            ¿Quién recuerda el nombre del presidente alemán o el italiano? Sin embargo, todo el mundo conoce a sus respectivos primeros ministros. Esta figura del presidente en constituciones parlamentarias parece ser un rezago de la monarquía. Pero no debemos pensar que sea solamente el resto de una institución que en otro tiempo tuvo su esplendor. El presidente tiene una función que generalmente aparece en momentos de crisis. De ahí que no pueda decirse que la figura real carezca de razón en los estados monárquicos con constituciones democráticas.

            No soy monárquico, pero confieso frente al triste espectáculo de ciertas repúblicas que lo importante no es la forma de un Estado (si determinados cargos son electivos o no) sino las libertades que este pueda dar a sus individuos.

            Entiendo que lo arriba señalado; uno de los puntos básicos del liberalismo: desentenderse de la forma del Estado y hacer énfasis en el grado de libertad concedido; equivale a hacer posible ciertas deducciones que el radicalismo actual en política no está dispuesto a tolerar. Si fuéramos a ser consecuentes con esto, no sería importante lograr que Cuba volviese a ser una república democrática: bastaría para superar la crisis nacional con hacer el poder judicial efectivamente independiente y abolir las leyes que coartan las libertades civiles.

            Lo curioso, volviendo al principio liberal arriba anotado, es que, en Cuba, no parece posible una evolución las instituciones políticas que conserve algo de lo que ha sido Estado sin cargos libremente electivos y que dé un espacio a la democracia: una transacción aceptable para los grupos de poder sin coartar las necesidades de la nación.

            En este sentido, si una reforma constitucional como la antes sugerida se hiciese; no sería aceptada sin dejar de ser por eso una solución hipotética (parecida a la que se pactó en Polonia en 1989 con la Mesa Redonda) dada la correlación de fuerzas actual entre los dos bandos de nuestra sorda guerra civil.

            A diferencia de la institución monárquica; un pasado convertido en tradición que la hace en cierto modo aceptable; medio siglo revolucionario no ha bastado para convertir al Partido Comunista de Cuba en una institución tradicional: deseo proclamado por Raúl Castro en 2006 al declararlo como el sustituto del liderazgo de su hermano. Además, la retórica democrática de la ideología socialista lo contradiría.

            La historia de la revolución cubana probablemente no termine como la inglesa de 1660, en un compromiso entre la burguesía exiliada y los herederos de nuestro fallecido Cromwell. Como mismo, nuestro escudo tiene algo de francés, también lo tiene nuestra historia: tanto nuestras revoluciones como posibles restauraciones son extremistas.

            Hace una década el escritor Orlando Luis Pardo Lazo hablaba de hacer énfasis en the day before Castro. Quizás estaba pensando en un compromiso de este tipo, pero en todo caso estaría entre la aristocracia del PCC y la naciente burguesía cubana en su sentido más original, de clase media, (no solamente los cuentapropistas, sino también la disidencia).

            En aquellos años, al calor de la pasión por la entonces reciente boda real entre William y Kate, una amiga me decía enardecida que ella prefería Francia que a Inglaterra y terminaba sus líneas con un viva la revolución (francesa) que me sonó demasiado familiar. Francia ha sido, casi siempre, fuente de inspiración para nosotros, desde La Bayamesa (La Marsellesa)- el lema independentista Libertad o Muerte y finalmente Patria o Muerte que está por discutir si tenía inspiración francesa o rusa.

            Entonces recordé como la revolución de 1789 terminó en el reinado de Luis XVIII y la de 1848 con la intervención prusiana y Guillermo I coronado en Versalles, ante el temor a lo que iba a ser la primera revolución socialista del mundo. ¿No escribía entusiasmado Marx que en los países monárquicos la consigna republicana equivalía a la socialista?

            Finalmente, la nueva república francesa también cayó en 1940 (nuevamente en manos alemanas, que esta vez decidieron quedarse) ante el temor de un nuevo predominio comunista, el del Frente Popular, y hacer de dicho país un prematuro satélite estalinista. Francia solo volvería a ser estado independiente con la intervención inglesa y norteamericana en 1944.

            La alternativa al republicanismo francés que tanto ha fascinado a los cubanos ha aparentado ser o el socialismo o la intervención extranjera: una disyuntiva escuchada demasiadas veces para mí. Frente a esta, el camino inglés no parece tan desprovisto de sentido como inicialmente parecía.

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