Más vida a la «Vida»

Por Coloso de Rodas

Con la llegada al mundo, ese primer exilio desde la incubadora natural que es la placenta, comienza la verdadera tragedia humana. El infante irrumpe en la intemperie y tropieza de inmediato con el muro más alto que le aguarda, el lenguaje. Nada más respirar, el recién llegado se ve arrojado al laberinto de las convenciones establecidas, de las narrativas que otros habían tejido antes de su primera inhalación. Allí lo esperan las palabras como barrotes, los discursos como códigos cerrados, los sueños como mercancía ya empacada, las señales de tráfico que dictan por dónde caminar, las órdenes que lo conducen sin preguntar, las reglas que lo atan sin que haya aún descubierto sus manos. Todo eso constituye lo que podríamos llamar parques temáticos de la cultura, incubadoras artificiales que reemplazan la placenta perdida. La placenta biológica es sustituida por una placenta cultural, más sofisticada, más absorbente, más invasiva.

Ese exilio inicial del cuerpo materno no es más que el ensayo de la gran expulsión, la de cada individuo hacia un universo simbólico que ya está organizado para domesticarlo. El lenguaje nos recibe como celador y como nana, como cárcel y como cuna. Nos promete comunicación, pero al mismo tiempo nos niega la libertad de nombrar sin herencia. La paradoja es total, porque todo lo que pensamos como nuestro ya viene dado, todo lo que creemos imaginar ya fue sugerido antes por alguna estructura cultural que nos precedió. El nacimiento es un aterrizaje en un escenario donde los actores ya llevan años representando la obra y el recién llegado apenas recibe un libreto.

Dentro de esa incubadora cultural aparece pronto un nuevo imperativo que se presenta como un destino: llegar a la vida. Y en ese tránsito todo se disloca, porque lo que nos venden como vida ya está mediado por capas de religiosidad, mitología, misticismo, ocultismo, esoterismo, estoicismo y un largo catálogo de sistemas que más que abrir horizontes cierran con candados el acceso a la espontaneidad. Surgen escuelas, corrientes, dogmas, credos y cada uno se ofrece como camino al despertar. La conciencia se convierte en fetiche, en un trofeo prometido como atributo de superación, como si ser consciente fuera la prueba suprema de que hemos vivido. El mercado de la conciencia se convierte en uno de los más lucrativos, la espiritualidad se ofrece en cuotas y la iluminación en seminarios de fin de semana.

Pero la paradoja estalla sin piedad, porque llegar a la vida no significa otra cosa que comprender que la vida, al margen de nuestra conciencia, busca crecer por sí misma. La vida no nos necesita para filosofar, nos necesita para expandirse, para aumentar su poder, para elevarse hacia cimas más altas. Lo demás, todas las construcciones de sentido, son ornamentos, cortinas de humo, ficciones estéticas con las que tratamos de disfrazar la desnudez del hecho fundamental, la vida se quiere a sí misma y se vale de nosotros como instrumento. Ningún sistema religioso, ninguna metafísica, ninguna ética puede ocultar ese empuje natural que arrastra al ser vivo hacia adelante, hacia el crecimiento.

De ahí la lección dura, para realizar ese cometido no hace falta conciencia, hace falta voluntad de poder. No se necesita instrucción sino entrenamiento. No se requiere explicación sino disciplinamiento. No se pide adoctrinamiento sino el arte de un atleta cultural de alto rendimiento. La vida no es una academia, es un estadio olímpico donde cada cual se ve obligado a competir consigo mismo.

Ese estadio no está en las calles ni en los templos, está en la imaginación, en la disciplina interna que crea el espacio simbólico en el que se juega el verdadero destino. Hay que construirlo como un estadio en el que lo trágico y lo heroico se entrelazan. Allí entrenamos como si cada acto de pensamiento fuera un salto de altura y cada decisión un lanzamiento de jabalina. Lo que Grecia supo esculpir en mármol fue precisamente esa unión entre músculo y espíritu. La tragedia griega no era un espectáculo literario, era la dramatización de la lucha entre el espíritu que se pregunta y el músculo que responde, entre el logos que sueña y el cuerpo que sangra.

El sentido de la vida en la Grecia helénica no residía en acumular doctrinas ni en redactar manuales morales, sino en experimentar la tensión entre fuerza y forma. La representación teatral, el atletismo, la escultura y la filosofía eran parte de un mismo organismo cultural que aún no había cometido el pecado moderno de separar el músculo del espíritu. El atleta y el filósofo se reconocían en la misma arena. Sócrates podía discutir en el gimnasio, Platón vinculaba el ejercicio físico con el cultivo del alma, los tragediógrafos sabían que sin sudor y sin lucha no hay verdad posible. Allí la vida no era un sermón ni un tratado, era un combate ritualizado donde la cultura recordaba que el hombre es un puente y nunca un fin.

La cultura fáustica, esa novena forma que Spengler anunciaba como decadencia del mundo occidental, comienza precisamente con la amputación, con la separación de músculo y espíritu, con el divorcio entre cuerpo y mente, con academias de letras que miran con desprecio los gimnasios y gimnasios que desconocen la tragedia. El Occidente tardío convierte al pensamiento en abstracción sin carne y al cuerpo en máquina sin logos.

De esa fractura nacen dos caricaturas. El intelectualismo impotente que se regodea en conceptos, estadísticas, ideologías y el culturismo vacío que se complace en bíceps, en la pura exterioridad del músculo que no piensa. Ambos son huérfanos de la tragedia griega, hijos de un mismo fracaso, el olvido de que el espíritu y el músculo solo tienen sentido en su combate compartido. La academia y el gimnasio se convierten en espacios mutilados donde falta siempre la mitad de la ecuación.

Entonces comprendemos que estamos aquí con un propósito menos romántico y más brutal, crear más vida para la Vida. Esa es la consigna silenciosa que atraviesa todos los organismos, desde la célula que se divide hasta el imperio que se expande. La conciencia no es requisito, apenas es un lujo que acompaña, lo esencial es la voluntad de poder que se encarna en cada acto de crecimiento.

El niño que sale de la placenta natural entra en la placenta cultural y desde allí debe aprender que el desafío no es repetir discursos sino entrenarse como atleta de la existencia. La pedagogía queda corta, lo que se necesita es disciplina, ensayo, fricción, dolor, resistencia. Así se forja no el individuo ilustrado que se siente orgulloso de sus lecturas, sino el atleta cultural capaz de elevarse sobre la mediocridad de su tiempo.

Hoy, en el corazón de la cultura fáustica decadente, se percibe el eco de esa tragedia. Vemos multitudes obsesionadas con la conciencia, con la autoayuda, con la espiritualidad de supermercado. Se venden métodos para despertar, técnicas para iluminarse, retiros para elevar la conciencia. Todo ese arsenal olvida que la vida no pide meditación, pide potencia. No clama por quietismo, sino por energía. No exige calma, sino embestida.

El resultado es una sociedad que colecciona gurús pero carece de atletas culturales. El gimnasio se ha convertido en culto a la selfie, la universidad en burocracia de títulos, la política en teatro de sombras. Nada se parece ya a la tragedia helénica donde el músculo y el espíritu ardían juntos en el altar de Dionisio.

La tarea de nuestro tiempo quizá consista en reconstruir ese estadio interior en el que podamos volver a entrenar músculo y espíritu como un mismo ser. La incubadora cultural ya está dada, no podemos escapar del lenguaje ni de los sistemas de sentido, pero sí podemos transformar esas incubadoras en arenas de disciplina y de fuerza, en campos donde lo simbólico y lo físico vuelvan a medirse.

No basta con conciencia, no basta con instrucción. Lo que necesitamos es recuperar la voluntad de poder como gimnasia cultural. Volver a pensar como atletas, volver a ejercitar el pensamiento como si se tratara de un músculo, volver a honrar la tragedia como el único espejo en el que la vida se reconoce.

El propósito no es otro que este, más vida para la Vida. Todo lo demás, dogmas, explicaciones, religiones, manuales de iluminación, son apenas incubadoras secundarias. Lo que cuenta es el salto, la carrera, el sudor, la tensión entre músculo y espíritu que aún nos recuerda que la cultura no nació para domesticar, sino para expandir. Y si esa expansión significa dolor, sacrificio, disciplina y lucha, habrá que aceptarlo con la serenidad de un atleta que entiende que el premio no está en la medalla sino en el propio ejercicio de la fuerza.

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