Mario Palou, Lezama y la «literatura perceptiva»

Por Coloso de Rodas

En el verano de 2008, por recomendación de un amigo brujo que parecía moverse entre los intersticios de lo visible y lo invisible, llegué al apartamento de Mario Palou en el downtown de Miami. Desde el primer instante supe que no estaba ante un hombre común. Era un lector insaciable, un conocedor de lo oculto, un practicante fervoroso de las ciencias esotéricas. La atmósfera de aquel encuentro, como en tantos otros que vendrían después, no se redujo al simple diálogo entre dos personas. Todo parecía transcurrir en un escenario en el que la palabra se transfiguraba en conjuro, la literatura en sortilegio y la filosofía en ceremonia órfica.

En aquel momento mis inquietudes giraban en torno al trabajo de la escuela del Cuarto Camino y a sus fundadores. Quería comprender la relación entre Gurdjieff y la tradición mística de Oriente y Occidente. Antes de sumergirnos en la conversación, Palou me invitó a realizar un gesto ceremonial. Caminamos hasta la gasolinera más cercana y compramos dos six packs de 211. Aquel brebaje, con su fuerte catorce por ciento de alcohol, era para él una suerte de elixir alquímico. No se trataba de un simple exceso. Era el lubricante espiritual que abría las compuertas de la mente y permitía que las asociaciones fluyeran sin obstáculos.

La charla comenzó a media mañana, cuando la ciudad aún estaba marcada por el sopor del verano. Era una hora poco habitual para tratar asuntos de metafísica, aunque en Palou esa misma irregularidad se convertía en método. Su discurso, cargado de citas y confidencias, tenía la textura de la vida entregada a la lectura y a la introspección. Nos detuvimos en Gurdjieff y su Cuarta Vía, una disciplina que unía cuerpo, emoción e intelecto. Pasamos a Ouspensky, obsesionado con el tiempo y con la geometría de la conciencia. Luego emergió la figura de Aurobindo con su aspiración a una evolución espiritual de la humanidad. Más adelante apareció Krishnamurti, el gran disolutor de ídolos, que defendía la libertad absoluta del espíritu. Cerramos ese tramo con Osho, cuya mezcla de hedonismo y misticismo hacía temblar las categorías de lo establecido.

En la deriva de nombres y corrientes apareció también el tema de las sociedades secretas. Masones y rosacruces ocupaban un lugar especial en la imaginación de Palou. Para él eran custodios de símbolos y guardianes de enigmas que habían inscrito sus claves en la historia y en la literatura. Según sus palabras, solo aquellos capaces de leer en las sombras lograban descifrar el mapa oculto del mundo. Cada frase que pronunciaba se sostenía entre sorbos de cerveza y humo de cigarro. El apartamento se convirtió en un templo improvisado donde lo cotidiano adquiría el peso de lo revelador.

Lo decisivo ocurrió cuando la tarde se inclinaba hacia la noche. La conversación, que había transitado por geografías espirituales y esotéricas, desembocó en la literatura. Allí aparecieron Borges y Lezama como presencias inevitables. Fue entonces cuando Mario habló de lo que llamaba literatura perceptiva. Según su visión, esa categoría no se definía por la trama ni por el desarrollo psicológico de los personajes. Tampoco por la construcción formal de la narración. La esencia de esa literatura residía en la capacidad del escritor para evocar imágenes que traspasaran la percepción ordinaria y abrieran en el lector un ámbito nuevo de conciencia.

La literatura perceptiva era, en sus palabras, una forma de escribir que no solo describe, sino que despierta. El lector no permanece frente a un espejo de lo real. Es arrancado de lo cotidiano y lanzado a una zona donde la percepción se expande y se estremece. Borges, con sus bibliotecas infinitas y sus laberintos de espejos, mostraba que la mente humana podía ser escenario de lo eterno. Lezama, con su barroco de imágenes, ponía en cada palabra la huella de lo invisible. Palou veía en ambos un mismo impulso, la voluntad de ampliar el campo de lo perceptible y de crear un lenguaje capaz de rozar lo inefable.

Aproximadamente a las siete de la tarde, cuando la jornada ya había atravesado su fase de plenitud y se acercaba a su clausura, advertí que Mario Palou había dejado atrás el romanticismo místico que alguna vez lo había acompañado en sus lecturas juveniles. No quedaba en él el aura de un visionario sentimental, sino la sobriedad de alguien que había encontrado un nuevo fundamento para su búsqueda. Su interés se orientaba ahora hacia una convicción singular. La literatura, afirmaba, no debía limitarse a narrar la realidad de manera transparente, sino que debía provocar en el lector una experiencia sensorial comparable a los estados alterados de conciencia. El efecto de un texto, en su visión, no radicaba en el argumento ni en la lógica del relato, sino en la capacidad de evocar un estremecimiento perceptivo semejante al que producen las visiones extáticas o las experiencias liminales.

En el centro de esta reflexión se insinuaba un vínculo con la epojé fenomenológica, aunque trasladada al ámbito de la estética literaria. Mario hablaba de la necesidad de suspender el juicio, no en la línea cartesiana de la duda metódica, sino en el sentido husserliano de detener la interpretación inmediata para abrir paso a la percepción pura. Leer una obra significaba, entonces, despojarse de la exigencia de sentido semántico y colocarse en el estado receptivo de un médium. El lector se transformaba en un canal abierto, capaz de recibir imágenes que lo traspasaban sin necesidad de procesarlas intelectualmente.

Para explicar esta concepción, recurrió a una metáfora tan sencilla como reveladora. Me condujo al balcón de su apartamento y señaló un árbol en el patio. Me dijo que lo visible eran las ramas y el follaje, pero que las raíces permanecían ocultas bajo la tierra. Esa ausencia visible no anulaba su existencia. Al contrario, la sostenía y le confería vitalidad. En su opinión, la literatura lezamiana operaba de manera análoga. El lector quedaba conmovido no por lo que se enunciaba de forma explícita, sino por lo que se insinuaba como raíz invisible. El secreto del arte no estaba en la superficie del lenguaje, sino en lo que permanecía latente, en lo que se intuía más allá de lo dicho.

A partir de esa imagen del árbol y sus raíces, Palou desarrolló una teoría sobre la imago que le parecía central en Lezama. No se trataba de construir personajes psicológicamente verosímiles ni de plasmar escenarios concretos, sino de tejer un conjunto de imágenes que actuaban en el lector como presencias enigmáticas. El efecto de esas imágenes no descansaba en la resolución de significados, sino en su suspensión. El sentido quedaba flotando en el aire, generando un espacio de indeterminación que obligaba a la percepción a abrirse en múltiples direcciones.

En ese mismo momento la conversación tomó un giro inesperado. Mario comenzó a relatar sus experiencias con drogas psicodélicas y estupefacientes. No hablaba desde la exaltación del hedonismo ni desde la frivolidad recreativa, sino desde una perspectiva de exploración. Para él, el consumo de ciertas sustancias era un método para ampliar la conciencia y penetrar en dimensiones perceptivas inaccesibles en la vigilia cotidiana. Entre esas sustancias mencionó los broncodilatadores, cuyos efectos, según afirmaba, agudizaban la percepción de las imágenes mentales hasta el punto de conferirles un carácter místico. Lo insignificante adquiría una vibración singular y se revelaba como portador de un sentido oculto.

Con el tiempo su intuición quedó plasmada en un artículo publicado en 2013 en la revista digital Letraria en tierra de letras. El texto llevaba por título Lezama Lima y el saxofón sutil y en él desarrollaba con mayor precisión su tesis sobre la imago y su relación con la percepción alterada. Para él, la literatura era capaz de producir un efecto semejante al de los estados visionarios, aunque sin mediación química. Allí residía su fuerza, en la capacidad de intensificar lo perceptivo hasta el punto de desbordar los límites de la racionalidad.

Fue también durante aquella conversación de 2008 cuando escuché por primera vez de sus labios el nombre de Lorenzo García Vega. Mario lo presentaba como el reverso de Lezama. Si el autor de Paradiso encarnaba la grandilocuencia barroca y la densidad de la imagen, García Vega representaba el gesto lúdico, el desmontaje irónico, la exploración experimental de los límites del texto. En esa oposición Mario veía una clave para comprender la pluralidad de la literatura cubana, siempre oscilante entre lo sublime y lo carnavalesco.

Antes de despedirme, Palou acudió a su biblioteca y me entregó tres obsequios. El primero fue El posmodernismo de Fredric Jameson, una obra de referencia para comprender la lógica cultural del capitalismo tardío. El segundo, La matriz divina de Gregg Braden, un texto que se movía entre la ciencia especulativa y el misticismo popular. El tercero era una separata de periódico que contenía un artículo suyo sobre Borges, titulado Borges y la secta de Tlön. Aquellos regalos parecían una combinación paradójica. En un extremo, la densidad crítica de Jameson. En otro, la literatura de autoayuda espiritualizada de Braden. Y en medio, la huella personal de su reflexión sobre Borges.

Todavía me pregunto por qué me entregó La matriz divina. Tal vez quiso advertirme sobre la banalización del misticismo en la sociedad norteamericana, donde lo trascendente se convierte en mercancía y lo sagrado en eslogan de consumo. Era, quizás, una advertencia contra la espiritualidad domesticada del American way of life, transformada en producto de mercado para la clase media en busca de consuelo.

No estoy seguro de que haya logrado transmitir del todo esa advertencia. Lo que sí sé es que algo en su gesto quedó resonando. Mario Palou encarnaba la inagotable sed de explorar lo oculto, una búsqueda que no se conformaba con respuestas ni con dogmas. Su noción de literatura perceptiva, su obsesión por la imago, su inclinación por Lezama y Borges, sus exploraciones con drogas y filosofías, todo formaba parte de un mismo impulso. El impulso de ver más allá de lo aparente, de hundirse en la raíz invisible del árbol de la percepción.

Quizás tenía razón cuando afirmaba que la literatura verdadera no se encuentra en las palabras mismas, sino en las imágenes que esas palabras despiertan en la mente del lector. Tal vez solo vemos el follaje del árbol y nunca alcanzamos a contemplar las raíces. Y sin embargo, son esas raíces ocultas las que sostienen la experiencia de lo literario, las que alimentan el misterio de lo estético y las que nos recuerdan que todo lenguaje, cuando alcanza su plenitud, se convierte en revelación perceptiva.

Yo al final asumo lo que Valery dijo: “No caigas en la trampa de la autorrealización. Lo esencial está contra la vida.”

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[1] (años después, en 2013, Mario publicó un artículo en la revista digital Letraria en tierra de letras titulado Lezama Lima y el saxofón sutil donde avanza una tesis sobre la imago, https://letralia.com/277/articulo01.htm ).

[2] (https://letralia.com/ed_let/borges/ensayo/palou.htm)

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