Cultura y valor. Apuntes póstumos

Ludwig Wittgenstein «Cultura y valor»

Por Ángel Velázquez Callejas


Nota del editor

Cultura y Valor representa una cuidadosa selección de las notas personales de Ludwig Wittgenstein, meticulosamente realizada por Georg Henrik von Wright. Vio la luz por primera vez en su versión alemana bajo el título de Vermischte Bemerkungen en 1977, experimentando transformaciones en ediciones subsiguientes. La segunda edición, enriquecida por Wright en 1978, fue traducida al inglés por la pluma de Peter Winch y presentada al público en 1980, una obra que más tarde se reeditó en 1984, bajo el nombre de Culture and Value.

La traducción magistral de Peter Winch nos ofrece las observaciones de Wittgenstein sobre Cultura y Valor en una disposición cronológica, acompañando el texto en alemán con su versión en inglés y complementando esta estructura con un índice temático de referencia. La obra fue sometida a la experta revisión de Alois Pichler, quien en 1994 produjo una nueva edición en alemán. Esta versión fue luego traducida nuevamente al inglés por Peter Winch en 1998. En aras de la practicidad, hemos optado por esta última versión en la realización de la traducción al castellano, omitiendo el índice temático de referencia y el rastreo de las fuentes originales.

En el año 1981, hizo su debut Aforismos, una traducción al español obra de Elsa Cecilia Frost, quien se basó en el material de Vermischte Bemerkungen (Culture and Value, Basil Blackwell, 1980), que presentaba una edición bilingüe en alemán e inglés, con la traducción al inglés nuevamente a cargo de Peter Winch.

Dentro de las notas personales de Wittgenstein, las observaciones se despliegan ordenadas cronológicamente, con claras indicaciones de sus respectivos años de origen. Interesantemente, casi la mitad de estas observaciones emergen de un período posterior a la finalización de la Primera Parte de las Investigaciones Filosóficas, que tuvo lugar en 1945.

Nota introductoria: La neurosis Lord Chandos de Wittgenstein

Wittgenstein solía registrar sus pensamientos en sucesiones de anotaciones, que mantenía en cuadernos a lo largo de toda su vida. Las anotaciones presentes aquí, bajo el título Cultura y Valor, reflejan las opiniones de Wittgenstein sobre asuntos menos técnicos en su filosofía. Por ende, estas anotaciones abordarán temas que van desde la religión, la música, la arquitectura, la naturaleza de la filosofía, el espíritu de la época hasta las pautas de una secesión cultural.

Para Wittgenstein, el acto de pensar era una travesía entre diversas formas dispersas en una especie de oscuridad monstruosa. Wittgenstein, en verdad, es un pensador que nos ha legado una obra compuesta por frases aisladas. Su intensa necesidad de precisión lo convirtió en un mártir de la incoherencia. Se percató dolorosamente de que padecía una especie de neurosis, similar a la del personaje Lord Chandos, un trastorno que le impedía afirmar con palabras las cohesiones del mundo y creer en las afirmaciones de esas cohesiones.

A lo largo de su vida, uno puede vivir bajo la ilusión de que las palabras equivalen a la realidad. A veces, el hechizo de la existencia puramente verbal puede romperse, como ocurrió en el caso de Wittgenstein. Para expresar su experiencia, recurrió a diversas anotaciones, creando así una especie de identidad con Lord Chandos. Las promesas artísticas de la neurosis de Chandos se desvanecieron cuando se retiró a vivir en el campo, llevando una vida acomodada como estanciero. Sus conocidos de Londres, que habían elogiado anteriormente la elegancia de su pluma, esperaban que, desde su retiro campestre, produjera una obra poética brillante y conmovedora.

Sin embargo, Chandos solo envió silencio y ausencia. Para él, lo real era la trama incandescente de las particularidades que lo rodeaban y acompañaban en cada momento de su existencia. Vivía inmerso en la cambiante espuma de la materia. Todos los objetos que llenaban el espacio entre el cielo y la tierra emanaban una riqueza singular, inexplicable mediante cualquier concepto del lenguaje. La piedra, el árbol o la pradera que Chandos descubría mientras cabalgaba por el campo inglés ya no eran simples objetos definidos de manera fija por el diccionario de una lengua. Cada ser particular se convertía en un estallido constante de vida, cambiante, pero conservando su propia singularidad.

Lo que antes era familiar y conocido se volvía extraño, fantástico e inexplicable. Chandos sentía esta exaltada trama de la vida singular dentro de su propio cuerpo, como un líquido hirviente que recorría sus venas. Sabía que debía callar, ya que nunca podría reemplazar lo vivido con las palabras. Lo real se convertía en silencio, no porque careciera de voces o clamores, sino porque el lenguaje no podía expresar la profunda sinfonía de lo viviente. Al experimentar la distancia entre la realidad tal como es y el reflejo opaco de las palabras, Chandos abandonó la literatura.

Wittgenstein, a pesar de haber fallecido hace poco más de cincuenta años, ya se ha convertido en un mito intelectual del siglo XX. Aunque la distinción de Vico entre filosofía civil y monacal parecía haberse desvanecido desde la Revolución Francesa, uno podría sentirse tentado a revivir esta diferenciación en relación con Wittgenstein.

Según Sloterdijk, «a lo largo de su vida, Wittgenstein fracasó en el desafío de escribir un texto continuo en el sentido de un discurso ininterrumpido. Sintió de manera más aguda que cualquier pensador anterior las complejidades de las conjunciones y la concatenación de las frases, y ningún problema le conmovió más profundamente en su vida que la imposibilidad de pasar de la descripción de los hechos a las oraciones éticas».

Si observamos retrospectivamente las diversas recepciones de la obra de Wittgenstein desde nuestros días, podríamos decir, al menos, lo siguiente sobre la importancia histórica de este vienés singular que dejó su huella en el mundo intelectual británico: Wittgenstein inyectó la locura de la diferencia ontológica en el mundo angloamericano, incitando a los empíricos precríticos a asombrarse no tanto por cómo es el mundo, sino porque eso es el mundo. Al mismo tiempo, contagió a la filosofía continental con un nuevo pensamiento estilístico de precisión que provocó un florecimiento en los círculos de la escuela analítica.

A pesar de sus rigurosidades lógicas y sus limitaciones humanas, la intensidad de Wittgenstein ofreció regalos de transcendencia incalculable para las generaciones posteriores. Esta intensidad puso de manifiesto las cuestiones éticas de una manera más profunda para todos aquellos que, después de él, se sumergieron en la reflexión. Si algún día se escribiera una crítica de la razón martirológica o testimonial, una ética válida, sin duda, tendría un capítulo crucial dedicado a la figura de Wittgenstein, quien, como miembro de un grupo de marginados en vida, comprendía más que otros lo que significa la decencia en situaciones de intenso estrés. A su obra, tanto la escrita como la no escrita, habría que añadir el esfuerzo admirable de haberse soportado a sí mismo y su maravillosa vida.

La historia de la vida y el pensamiento de Wittgenstein es la pasión de un intelecto que trata de explicar su lugar en el mundo y sus límites. Lo que los contemporáneos del filósofo percibían como su aura severa y laboriosa era la intensa tensión de un ser humano que requería una concentración continua en los principios de ordenación, para no extraviarse en el abismo que se abría entre dos frases.

¿Cómo interpretar la emergencia del fenómeno Wittgenstein en medio de una época de filosofías políticas y luchas ideológicas, sino como el resurgimiento de un pensamiento en actitud de distanciamiento eremítico del mundo? La magia todavía luminiscente de la obra de Wittgenstein, junto con la elusiva aureola de su vida, forman parte del inesperado retorno del elemento monacal al centro moral de la cultura burguesa. Como casi ningún otro, Wittgenstein da testimonio de la secesión moral de una élite intelectual respecto a la mediocridad que imperaba en la sociedad.

La convicción de que el ser humano es algo que debe ser superado estaba presente entre los intelectuales vieneses selectos antes de la Gran Guerra, no solo entre sus seguidores de Nietzsche o los adeptos de la filosofía vital, sino también en formas de un culto burgués a lo sagrado, donde la figura del genio artístico y filosófico ocupaba un lugar central. Esta figura tenía la responsabilidad de rescatar la ambivalencia y la mediocridad, y de guiar a una juventud cada vez más exigente desde las profundidades de la vulgaridad hasta las alturas de las vocaciones ilustres. Para el joven Wittgenstein, esto se expresaba como la tensión entre lo animal y lo lógico en la naturaleza humana.

Sus apuntes son un monumento a la vacilación extrema frente a la creación de un mundo en un texto coherente. En su modernidad radical, sus escritos testimonian la perturbación de la analogía entre el cosmos esférico y la prosa fluida. Pero precisamente porque Wittgenstein ya no podía ser un filósofo de la totalidad y los sistemas, de estilo tradicional y satisfecho con sus afirmaciones, estaba destinado, por así decirlo, a revelar a plena luz del día el mosaico de los juegos locales de la vida y sus reglas. No es de extrañar que su teoría de los juegos de lenguaje se haya convertido en uno de los argumentos más influyentes del pluralismo moderno y postmoderno.

Todo parece indicar que, con el tiempo, ambas partes están a punto de superar la fase de las primeras reacciones inmunológicas. Desde el clásico estudio La Viena de Wittgenstein de Allan Janik y Stephen Toulmin, parece que las cosas van en camino hacia una relación saludable con las ideas de este solitario mágico. ¿Quién podría seguir refiriéndose a Wittgenstein solo para considerarlo como un modelo para pensadores excéntricos? ¿Quién podría seguir acusándolo de ser el destructor más positivista de la cultura occidental de la reflexión? Descartando las reacciones exageradas, emerge el perfil de un filósofo que sin duda formará parte de los patrocinadores de la futura intelectualidad.

El genio de la teoría cultural austriaca, el filósofo Wittgenstein, afirmaba que el progreso de las culturas involucraba múltiples secesiones. Austria, un país con un gran talento intelectual, es un ejemplo típico de estas secesiones culturales, con la formación de grupos, asociaciones y empresas. Conozco a dos intelectuales en la tradición cubana que tomaron en serio esta advertencia del autor de la Filosofía del Lenguaje Ordinario: Lezama con Orígenes y Joel James con los Sistemas Mágicos Religiosos Afrocubanos.

Esta es una opinión personal: si queremos avanzar hacia una cultura sólida, que evite la politiquería, el nacionalismo simplista y el mimetismo superficial, debemos fomentar las secesiones culturales. En mi opinión, la Generación Cero todavía no constituye una secesión cultural.

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Wittgenstein: de la filosofía del lenguaje a la interpretación de la cultura

(Fragmento del ‘Prólogo’)

Por Alberto Méndez

Ahora que se cumplen este mes de abril 133 años del nacimiento del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein y un siglo de que el lógico matemático y fundador junto a Frege, Russell y Moore de la filosofía lógica moderna, se diera a conocer al mundo con la proeza de ascetismo intelectual de la publicación en su versión en inglés del Tractatus Logico-Philosophicus (Wittgenstein [1922] 2006) es también una oportunidad para dar a conocer en la editorial Éxodo la versión de uno de los diarios íntimos del filósofo austriaco en la traducción al español del ensayista e historiador Ángel Velázquez Callejas para el lector cubanoamericano a partir de la versión en inglés de fragmentos de ese diario publicado inicialmente en inglés hace algunos años por el también muy reconocido filósofo lógico de origen finés Georg H. Von Wright (Schilpp, 1989b) quien fuera además de editor y albacea, un reconocido discípulo de Wittgenstein y sucesor de éste en su cátedra de filosofía en la Universidad de Cambridge. 

1. Wittgenstein, una introducción a la filosofía del lenguaje

Mi recuerdo del nombre de Wittgenstein se remonta a La Habana de finales del siglo xx, durante los años 90’s, hace ya de esto, buena cantidad de años, poco más de veinte. Entonces, dedicaba cada semana, horas enteras de detallada lectura a estudiar la serie de libros publicados por Paidós de los Seminarios del psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan, dictados en París, para sus colegas, primero en el auditorio de la clínica mental de Sainte Anne en los años 50’s donde asistían solo sus colegas psicoanalistas como Serge Leclaire, Octave Manoni y Françoise Dolto, psiquiatras como Jean Delay y Henri Ey Taurus, Madrid, 1978, p como algunos filósofos de la altura del existencialista Jean Wahl y del hegeliano Jean Hyppolite. Más tarde, en los años 60’s honrado con la presencia de sus maestros Lévi-Strauss, Roman Jakobson y Alexandre Koyré, Lacan consagraría sus Seminarios para un público más amplio de entre sus alumnos y seguidores en las salas de la Sorbone y de la Ecole Normal Superieure en París y se entregaría con vehemencia a restaurar la doctrina de Freud en el campo abierto por la palabra en el inconsciente. Un recorrido que comenzara con su «Discurso de Roma» en 1953 recogido en sus Escritos (Lacan [1966], 2003) donde habría postulado su tesis estructuralista, ya clásica, de que el inconsciente estaba estructurado como un lenguaje, que lo llevaría hasta la fundación de su Escuela Freudiana de París en 1964 (Roudinesco [1994], 2016). Sin embargo, Lacan tomaría distancia de aquella tesis rompiendo con aquella primera etapa hegeliana, lingüística y heideggeriano-hermenéutica para introducir con un giro lógico y filosófico matemático una de las tesis más cardinales de su última enseñanza a inicios de los años 70’s, justo cuando introducía la lógica de los cuatro discursos y las cuatro matrices simbólicas de las fórmulas de la sexuación, la tesis del nudo borromeo y la perturbación de las defensas del inconsciente real a partir de una reinterpretación de la segunda tópica freudiana del Ello, el Yo y el Superyó. Fue durante mi lectura de los textos de Lacan en esa última etapa, que, en uno de sus Seminarios, descubrí por vez primera el nombre de Wittgenstein (Lacan, 2008). 

Fue en esa última etapa de su enseñanza en que Lacan descubría la lógica moderna e introducía en su siempre renovada interpretación del psicoanálisis el giro lingüístico ocurrido a inicios del siglo xx en la filosofía empirista del atomismo lógico anglosajón de la Universidad de Cambridge y en el positivismo lógico del Círculo de Viena, cuando Lacan introduce los hallazgos de Wittgenstein (Lacan, 2008). Lacan que con mirada clínica ya había deducido de su lectura del Tractatus… la ­psicosis de Wittgenstein (Lacan, 2008), enfatiza en su Seminario (Lacan, 2008) que esa psicosis era la consecuencia de aquella relación biunívoca que Wittgenstein había establecido no sin una notable rigidez entre la enunciación de las proposiciones y la significación de los enunciados en el pensamiento lógico de inicios del siglo xx cuando el filósofo austriaco había publicado en inglés su Tractatus Logico-Philosophicus en 1922 y que había sido prologado para la edición inglesa por su mentor el también filósofo y fundador de la lógica moderna Bertrand Russell (Wittgenstein, [1922] 2006).

Lacan, en esta dirección, llega incluso a trazar en su Seminario una conexión entre las proposiciones lógicas de Wittgenstein y las relaciones entre analiticidad y sinonimia en la crítica que el lógico W.V. Quine (Quine, 1998; Schilpp, 1986) hace de la distinción kantiana de los juicios analíticos y sintéticos en relación con la teoría significante del enunciado y la enunciación desarrollada por Lacan en el mismo Seminario (Lacan, 2008). Quine será también igual que Wittgenstein una referencia decisiva en la última enseñanza de Lacan. Fue por esa razón que, especialmente, la lectura de los Seminarios de Lacan marcaría definitivamente mi interés por la obra y el legado filosófico de Ludwig Wittgenstein.

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Ediciones Exodus
ISBN: 979-88-33612-64-4

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