Lezama en los márgenes de la poética del tiempo

En el año 2010, en la antesala del centenario del nacimiento de Lezama Lima, recibí una invitación del escritor Ignacio Granados para participar en un evento que se planeaba para el mes de noviembre, en honor a tan memorable celebración. Sin embargo, aquel evento nunca llegó a materializarse. Para esa ocasión, escribí estas cavilaciones, las cuales he encontrado, olvidadas, catorce años después, y con las que no estoy ya de acuerdo en lo absoluto.

Por Angel Callejas

«Lo difícil es estimulante«, dice Lezama, pero en ese esfuerzo, que nos impulsa a buscar lo lejano, se pierde la capacidad de ver; de ahí nacen las imágenes y el ego poético, el sujeto metaforico. En la lejanía surge el espacio imaginario. Lezama se enfrentó a una escritura imaginaria, quizás como un médium, conectándose con imágenes desde cuerpos soñados e imaginados: primero, el espacio insular; luego, el continente americano; y, finalmente, su entorno inmediato, una especie de prisión que fue su casa, su mundo íntimo, donde murió soñando su cuerpo físico, su última armadura. Es decir, Lezama fue retrocediendo en el espacio a medida que se formaba la idea que definiría su sistema poético del mundo, un sistema para soñar la realidad poética en los confines del ser.

A medida que el espacio se reduce, la posibilidad de la imagen aumenta; es el misterio del imago: cuando el espacio se ensancha, la causalidad de la imagen se evapora. Al llegar a casa, al espacio íntimo poético, creyó haber completado el sistema: un gusto y placer por lo más íntimo y cercano; pero al introducirse en el espacio del cuerpo físico del sistema, en la lateralidad de su cuerpo imaginado, comenzó la autodestrucción del espacio. Cemí en Paradiso representa un espacio de la imagen que Licario va escamoteando, un espacio en plena destrucción. Cuando sucede esto, Cemí debe creer en una imagen, en el Paraíso, en el futuro, porque ya no tiene espacio para la imagen. Así, el paraíso se convierte en la imagen del espacio y en el último refugio para la imaginación.

A lo largo de la obra de Lezama se aprecia una estética de lo que podríamos llamar el proceso de explosión e implosión de la imagen: la imagen se manifiesta como imagen en la medida en que el acto de soñar, de imaginar, se torna consciente y revela una realidad que es al mismo tiempo irreal. Bachelard estudió este fenómeno de la imagen de manera persuasiva, su modo de actuar, cuando pasó del examen de la casa como espacio poético a los espacios redondos y geométricos del interior. Algo así como transgredir el espacio de la finitud a la infinitud.

Sin embargo, los límites del cuerpo físico fijan una actitud imaginaria alrededor de éste, que no supone, desde luego, la conexión interna con los cuerpos sutiles trascendentales de la imagen. Por lo tanto, es casi inverosímil mostrar la gravedad cuando se trata de construir una imagen pura, porque en los sistemas poéticos –Bachelard y Lezama– la imagen debe estructurarse bajo múltiples problemas de conexión entre la recepción del sentir, pensar y ser. La clave de Lezama es: Soy, luego existo. Por lo general, la imagen poética en Lezama atraviesa un proceso causal que se desarrolla entre el cuerpo mental –la imaginación– y la forma que asume la escritura, la expresión formal de la simbología soñada. Así, los conceptos que conforman el sistema –súbito, vivencia oblicua, hipertélico, imagen, metáfora– están relacionados en una sola dirección, la dirección intelectual.

La visión de Bachelard también es significativa debido a este mismo ordenamiento lógico de la imagen: a la hora de concebirla como poética del espacio, como el valor didáctico de la imagen en el espacio, crea la necesidad del ego poético. Lezama desecha el tiempo, aunque asume este concepto en una dirección histórica y causal; no sobre la duración de una imagen en estructurarse, sino sobre el tiempo que causa que una imagen pase de un cuerpo sutil a otro y devenga en poética, en ego poético: una poética del tiempo. Y la mejor manera de visualizar esa poética es estando consciente de la propia imaginación, atento al movimiento imaginario que provoca el ego, la masa instintiva de la erudición y el pensamiento intelectual. Lezama tenía una visión un poco extraña del tiempo.

En La cantidad hechizada, preludio a una era imaginaria, lo sostenía la cantidad. Y esa cantidad deviene, desde luego, en espacio. Para él, el tiempo referido a la imagen poética era eternidad, inmóvil y sustanciosa. Era la imagen lo que podía ser extraído visualmente de la recurrencia temporal de la historia y la cultura. Podría verse como el tiempo que no transcurre, como la imagen que se revela a espaldas de la razón positivista. Pero esa afirmación comporta un peligro: la eternidad que no se mueve no es eterna en sí misma; es decir, la imagen que no comporta un movimiento intrínseco, no es imagen. Por tanto, en Lezama, la escritura necesita espacio más que la simulación del tiempo. Necesita expandir la metáfora para que la imagen se muestre. Al contrario, las imágenes en movimiento no atraviesan la secuencia; no mueren en un tiempo físico.

Las imágenes en movimiento forman una estética relativa a la psicología temporal del ego, lo cual configura una teoría de los movimientos de la imagen dentro del cuerpo físico humano: si la sangre circula, no es solamente por el espacio, sino también por el tiempo que necesita para circular. Como aquí el espacio se reduce a cero, la imagen representará el tiempo; de esa temporalidad circulatoria de la sangre surge el tiempo de la angustia, la libertad, el deseo, el amor, el odio, la felicidad, todo lo que en el hombre es valor, naturaleza temporal íntima, que se recobra en el tiempo y no esencialmente en el espacio. Es como engarzar –y Lezama obvió este proceder– en una sola categoría, donde el espacio se reduce a tiempo y de ello brotan imágenes humanas más comunes y cotidianas al siendo/existo.

Lezama pierde de vista, aunque su visión es infinitamente reveladora, el tiempo en el cuerpo emocional del hombre –el amor–, que es recurrente dentro del tiempo del cuerpo pensante (el estanque) –la velocidad de recurrencia– y el tiempo en el cuerpo mental –la imaginación–, congruente con los tiempos anteriores. En efecto, una poética de la estructuración de la imagen en los cuerpos sutiles del ser humano capacita al poeta de la mejor manera para entender la realidad de su existencia, no del realismo. La trascendencia que se pueda adquirir por este medio a la hora de concebir una poética del tiempo contribuirá a una mejor estética de la imagen, no de la imagen espacial, sino de la imagen que no pertenece a nadie, sino a la vida, a su naturaleza de la conciencia.

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