Las insólitas criaturas de Alex Schweg

Por Waldo González López

Texto tomado del muro de FB de Alex Schweg

Recién publicado por la Editorial Primigenios, Criaturas es un volumen de minicuentos, prosemas y relatos, algunos de los cuales escuché meses atrás en voz de su autor, Alex Schweg, al que le sugerí que siguiera laborando con el mismo rigor, pues si mantenía la calidad que aprecié en ellos, conseguiría una primera y exitosa publicación.

   Sí, le dije, también, que no se dejara desorientar con los cantos de sirena de algunos ¿amigos… escritores? que solo elogian, sin leer con profundidad ni plantear un posible análisisis, desprovisto de amiguismo y, eso sí, provisto del mayor rigor, tal suelo hacer a quienes me piden opinión, labor que asumo con placer y responsabilidad desde décadas atrás, cuando en Cuba participé en numerosos jurados de concursos y talleres literarios nacionales.

   Fan de los Rolling Stones, como de la ciencia ficción —en la que se iniciara en la Cuba de los ‘90s—, el colegamigo guantanamero puede preciarse de un primer volumen a tener en cuenta en lo editado no solo en Miami…

   Y esto lo ha conseguido Alex gracias a su honda inmersión en inteligentes lecturas de decisivos autores, como visionajes de filmes y videos de singulares realizadores, y canciones de preferidos grupos musicales (sobre todo, los Rolling), de cuyas creaciones se ha imbuido, hasta alcanzar, con tales influjos, un nivel poco común en la narrativa publicada en Miami y Cuba.

   En el frontispicio de sus insólitas Criaturas, leo con placer una cita del inimitable Jorge Luis Borges, al que, sin éxito, algunos ignaros imitan…y fracasan: «Yo digo asombro, donde otros dicen costumbre.»

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

Ajedrez, Borges

   Digo Borges y vienen a mi memoria algunos de los admirables textos del universal argentino, incluidos en sus (sin temor al adjetivo) originales libros: El Aleph, Ficciones, El jardín de los senderos que se bifurcan (cuento policíaco narrado con el telón de fondo de la Primera Guerra Mundial, que lleva a otro mundo sin fin y supone un conocimiento de la realidad mediante la ficción), Los dos reyes y los dos laberintos (antológico microcuento que escribiera y publicara Borges antes de que el subgénero estuviera de moda, y al que apenas le bastaran quince líneas para deslumbrarnos con una metáfora del conocimiento del mundo, escrita de forma amena, como una fábula oriental), El Libro de arena, El informe de Brodie, La historia universal de la infamia, Pierre Menard, autor del Quijote (donde narra la biografía de un escritor ficticio), Libro de sueños, Funes, el memorioso (una reflexión sobre la sabiduría y el aprendizaje, con la que el gran escritor respalda la idea de que, para conocer, es preciso olvidar). 

   Mas, no olvido otros títulos que incluyo por su relevancia: en el México de 1957 aparecería, por el Fondo de Cultura Económica, Manual de zoología fantástica (volumen de Borges en colaboración con Margarita Guerrero), en el que reunirían seres extraños surgidos de la invención humana, y que se republicaría, con el título El libro de los seres imaginarios, en la Barcelona de 2007.

   Un aspecto a tener en cuenta con Borges es que no pocos lectores se espantan ante los clásicos; mas no con el más contemporáneo de los clásicos, quien seduce por su inmersión en la fantasía, la imaginación y el ingenio. Aunque se ocupa de temas de gran densidad, al lector le fascina la inesperada magia de los increíbles, pero ciertos mundos borgianos que nunca dejan de sorprender, pues el mayor escritor latinoamericano del siglo XX emplea un lenguaje sencillo, sin pompas ni circunstancias, en fin: claro, limpio, al alcance de si no todos, muchos.

   El profesor peruano de literatura Crisanto Pérez Esaín recuerda un mito sobre la época cuando Borges quedara ciego, cuando él mismo se encargó de difundir, al referir que escribía los cuentos de memoria y después se los dictaba a su esposa. Cuando recordamos sus admirables textos, suponemos que ya no se les puede cambiar ni una coma, porque son perfectos, a pesar de su lenguaje muy normal, estándar, pues cada palabra es como una imprescindible pieza.

   Mas, regreso a Schweg, quien revela otras lecturas en sus textos, que nos guiñan desde las sugerentes citas que encabezan sus cuentos: el filósofo inglés del siglo XVIII: Thomas Hobbes y El Leviatán, André Maurois, Nataniel Hawthorne, Milan Kundera, Pierre Reverdy, Lezama… Mas, ¿y los que oculta?

   Pues, entre estos, atisbo varios: el olvidado ¿o desconocido por tantos? Marcel Schwob y sus Vidas imaginarias, el permanente clásico Edgar Allan Poe (quien tanto influyera en el uruguayo Horacio Quiroga) y sus increíbles pero ciertos: El barril del amontillado, El gato negro, El corazón delator, La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, Annabel Lee, El cuervo, El pozo y el péndulo, La carta robada, Las campanas y, por supuesto, Los crímenes de la calle Morgue, como Narraciones extraordinarias.

   Pero sigo pensando y recuerdo con placer otro preferido por el crítico: Howard Phillips Lovecraft, el fantástico/terrorífico que asoma en las páginas de sus «raros» libros, tales el Necronomicón, En las  montañas de la locura y otros relatos, La llamada de Cthulhu, El horror de Dunwich, En la cripta, El caso de Charles Dexter Ward, Dagón, Viajes al otro mundo, El clérigo malvado y otros relatos y El que acecha en el umbral, entre otros clásicos del clásico de la narrativa [norte]americana que  tantos imitadores tuvo, tiene y y tendrá.

   Asimismo, me vienen a la memoria otros narradores como Carlos Fuentes y su noveleta Aura (llevada al teatro miamense poco tiempo atrás), Cortázar y su fantástico «Axolotl», tal su tocayo menos conocido: Julio Ricci, narrador uruguayo cuyos matices kafkianos marcan su literatura con la sugerencia.

UNA NARRATIVA NADA COMÚN

   Cierto, tal es la que escribe Alex Schweg y demuestra a quienes lo dudan con este volumen que, sin duda, asombrará a muchos quizás por varias causas. Veamos, o mejor, leamos las posibles preguntas de tales escépticos:

   ¡Eh!, a los 62 años ¿aparecerse con un primer libro de éxito? 

   ¿Por que esperó tanto?

  ¿Y qué hizo durante tanto tiempo?

    Pues sí, al parecer escuchó atentamente mi consejo, como supongo los de otros colegamigos, prefirió leer, volver a leer y releer sus textos, los analizó una y otra vez, esperó y, al fin, decidió lanzarse al ruedo con el genuino volumen de atendibles cuentos, que ahora saca bajo su manga, como aquel mago Merlín que viviera en Britania durante parte del siglo V, cuando integrara el ciclo artúrico.

   ¿El resultado? Muy bueno, pues Alex Schweg ha publicado un primer título que casi no tiene aristas por donde cogerle un lado flaco para criticarlo.

   -¡Ah!, ¿pero es perfecto? —salta un dudoso… o envidioso.

   -No, de ningún modo. Algún que otro texto más amplio, resulta menos intenso, pues por su extensión, la tensión y, en consecuencia, el brío y poderío, requerimientos necesarios en el «género» de más larga data en la Historia de la Literatura Universal (no de la Infamia, parafraseando otro clásico libro de Borges) de los mejores relatos contados o cantados desde que los hombres primitivos contaron, cantaron y bailaron alrededor de la hoguera para atraer la lluvia o cazar los dinosaurios u otros animales, necesitados para su subsistencia.

   Otra virtud de estos textos es el pathos que los caracteriza, por mover y conmover al lector con la pasión que los enriquece, complaciendo al crítico, quien bien sabe que, de la tragedia griega acá, la mejor literatura escrita ha incorporado la amplia gama del sentir y sufrir de «los humanos, demasiado humanos», tal calificaba al homínido (novela del austríaco Klaus Ebner, publicada en 2008) uno de mis filósofos de cabecera: el alemán Friedrich Nietzsche en su homónimo volumen, con cuyo subtítulo «Libro para pensadores libres», apareciera en 1878.

   La originalidad (no le temo al término) es un rasgo definitorio del volumen, integrado por la «Introducción (A manera de prólogo)», de Juan Carlos Recio, cinco capítulos y el «Epílogo» «Cuando el ángel se muerde el costado», de Augusto Lemus-Martínez: introitos que preparan al lector inteligente para el placer que le espera: cosmogonías, seres ¿insólitos? (que pueden existir), situaciones inesperadas, en fin, el increíble, pero cierto supramundo cercano a Borges, que supera otras muchas ficciones.

   Ahora propongo al lector algunos de sus más breves relatos que, a mi modo de ver y leer, sobresalen entre los más intensos: ante todo, abro el primer capítulo «Bestiario», que presta su título al libro y no poco evoca la atmósfera muy cercana a la de misterio y fantasía aportada por Cortázar en su antológico relato «Axolotl»:      

                                 «CRIATURAS» 

¡Las criaturas llegan en la noche!  —profirió abriendo los ojos con desmesura.

No. Las criaturas son de la noche, pertenecen a ella, pero adoran la luz. De día se las puede llegar a encontrar echadas, durmiendo en algún rincón de cualquier calle. Su aire de familiaridad, de bestia doméstica e inofensiva las hace permanecer inadvertidas. Por las noches, cuando despiertan, se levantan y con pasos cortos echan a andar, buscando las calles desiertas…   

   Similares propósitos revela Alex en el borgiano desde el título «Uqbar»; «Al acecho» (el aura de misterio enriquece las diez líneas de este minicuento ejemplar), como los kafkianos: «La otra metamorfosis», «La espera», «Efectos de una caída» y «Referente a las criaturas».

   En el segundo capítulo «Lo extraño» compiten los más largos con los más breves. Así, prima facie, brilla: «Confesión» que no me resisto a transcribir:    

                                   «CONFESIÓN»

He matado a un hombre, confesó una voz temblorosa detrás de la celosía. Conmovido el párroco, corrió la cortinita del confesionario para mirar el rostro del picador… la sombra se había disuelto. 

   Aun otro no menos elogiable, es

                                      «LA VENTANA»

Es tarde en la noche y, en el último piso de un hotel, un hombre mira desde la ventana de su habitación. Entonces advierte que enfrente, en otro edificio, alguien lo observa. Se dirige al gavetero y extrae del primer cajón una pistola y regresa a la ventana, apunta y un disparo estremece el silencio al tiempo que un cuerpo cae, con una pistola sin disparar en la mano. 

   Por último, ofrezco al lector otro ejemplo de minicuento, en

                                             «LA CENA»

Estaba cenando: frente a mi mesa estaba una reproducción  de «La última cena». Levanté la vista una vez más para mirarlo. Entonces advertí la mesa vacía: Jesús y sus apóstoles… se habían marchado.  

   El tercer capítulo, «Apocalípticos» (¿acaso un homenaje al Umberto Eco de Apocalípticos e Integrados?), reúne textos brevísimos, cuya economía de palabras resulta su mayor ganancia, como la virtud definida en el poético «Epílogo» de Augusto Lemus-Martínez, como «elocuente diálogo del silencio».

    El minimalismo, entonces, marca sus muy breves haces de palabras: artefacos delineados por la síntesis y la sugerencia, con las que erige sus retablos de fabulosas e inesperadas situaciones, en «extraños» mundos. 

   De tal modo, parece configurar sus minicuentos Alex, quien, ingenio mediante, articula sus sorprendentes tramas que, resueltas en inusitados artilugios, en un abrir y cerrar de ojos, cierran, apenas dejando lo necesario, tras crear la imprescindible atmósfera que caracteriza los textos de misterio, terror y, ¿por qué no?, crueldad.    Aquí asimismo leemos muestras de minimalismo en varios de los textos, tales: «Final

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