Las dos caras de la autoeficiencia

La ambivalencia de la autoeficiencia radica en la idea de una mejor versión que parece un objetivo fijo, pero que siempre se redefine. Tan pronto como alcanzamos cierto nivel de condición física, aspiramos al siguiente. Si optimizamos nuestra rutina diaria y gestionamos nuestras tareas sin esfuerzo, surgen nuevos desafíos que podemos asumir.

Por Galan Madruga

La autoeficiencia nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. Desde antes de poder caminar, observábamos a nuestro entorno y tratábamos de imitarlo. Con cada intento, nos levantábamos, dábamos un paso y, tras varios tropiezos, logramos finalmente alejarnos del suelo y explorar nuestro entorno. Pero esa fase también se tornó monótona. En la siguiente etapa, deseábamos jugar con los niños mayores, que se movían mucho más rápido. Así que comenzábamos de nuevo: intentar, caer, intentar, caer, lastimarnos, resbalar, intentar, intentar, intentar… De alguna manera, está en nuestra naturaleza optimizarnos continuamente.

El consumo desempeña un papel crucial en nuestras vidas. Compramos cosas para recompensarnos y sentirnos mejor, pero a menudo caemos en un círculo vicioso: adquirimos más y más productos para acercarnos a nuestro ideal, solo para descubrir que nunca estamos realmente satisfechos. La autoeficiencia a través del consumo puede convertirse rápidamente en un problema. Perdemos de vista lo esencial, lo que verdaderamente nos hace felices. En lugar de enfocarnos en nuestros valores internos, perseguimos constantemente nuevas tendencias.

Aquí es donde entra la competencia; nuestra obsesión por nuestra mejor versión se alimenta de la validación externa, y las redes sociales ofrecen el espacio perfecto para ello, proporcionando reconocimiento a través de los me gusta. En el mundo digital actual, tendemos a satisfacer nuestras necesidades narcisistas con me gusta, mostrando nuestra riqueza, nuestro cuerpo o nuestra supuesta vida perfecta para obtener reconocimiento. Sin embargo, esta validación es temporal y superficial, y no refleja quiénes somos realmente ni lo que sucede en nuestra vida real.

La ambivalencia de la autoeficiencia radica en la idea de una mejor versión que parece un objetivo fijo, pero que siempre se redefine. Tan pronto como alcanzamos cierto nivel de condición física, aspiramos al siguiente. Si optimizamos nuestra rutina diaria y gestionamos nuestras tareas sin esfuerzo, surgen nuevos desafíos que podemos asumir. Nuestra mejor versión se desarrolla continuamente y crece con nuestras experiencias. Por lo tanto, deberíamos enfocarnos menos en crearla o alcanzarla, y más en descubrirla y ocasionalmente alcanzarla. Pensemos en un bosque en primavera: todo florece, hace calor y sopla una brisa agradable.

No criticaríamos la hierba alta, los árboles desordenados o las flores imperfectas. Percibimos el lugar como un todo, apreciamos las simbiosis y pensamos en los animales que encuentran refugio allí. De la misma manera, podríamos intentar vernos a nosotros mismos. ¿No reside precisamente en la imperfección la verdadera belleza y singularidad de cada persona?

La motivación para la autoeficiencia proviene principalmente de la necesidad de control. En una época en la que aumentan las opciones y los puntos de referencia tradicionales se desvanecen, buscamos al menos dominar nuestro propio ser. La autoeficiencia promete que, mediante medidas específicas, podemos superar nuestras debilidades y mejorar áreas de nuestra vida que nos causan insatisfacción. Este deseo está estrechamente relacionado con el anhelo de autorrealización, es decir, el esfuerzo por desarrollar y realizar nuestras propias posibilidades.

Así, la autoeficiencia sirve como una herramienta para moldear nuestra vida según nuestras propias ideas y vivir de acuerdo con nuestros valores. A través de acciones conscientes que interrumpen las rutinas habituales y producen resultados visibles de nuestros esfuerzos, la autoeficiencia puede fortalecer nuestra autodeterminación. Además, puede ser una fuente de experiencias de autoeficacia que aumentan nuestra autoestima y provocan emociones positivas como orgullo, satisfacción y felicidad.

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