La vida en barco: un calderón de ensueños

Por: Jose Raul Vidal Franco

—Patronio, hace días me siento tenso y no logro conciliar el sueño.

—¿Qué le sucede?

— Sabes que logré escapar de aquellos apandillados que usurparon el poder en nuestra patria. Llegue a tierra extranjera y gracias a mi esfuerzo y talento me inserté en un nuevo espacio donde me adapté a nuevas costumbres y vencí los nuevos miedos en otro idioma que no es el mío para lograr vivir decorosamente. Y, a Dios gracias, lo he logrado.

—¿Y entonces señor conde?

—El otro día recibí un amigo de juventud que hacia muchos años no veía. Según me cuenta —prosiguió el conde—, acaba de escapar de nuestra tierra luego de 40 años allí.

— Qué bueno —acentuó Patronio.

— Si, pero me entristece el hecho de que no es la misma persona de mi juventud. Tenía otra imagen de el — dijo el conde frunciendo el ceño — Ahora lo vi arrogante y lo sentí hostil. Todo lo critica de este país porque no sabe inglés y no le interesa aprenderlo. Dice que esto no sirve.

—¿Cómo así? —pregunta Patronio.

—Al ver como vivo me ha dicho dos cosas. La primera, que tengo mi vida resuelta, ignorando que hay un largo camino a recorrer —agregó el conde.

— ¿Y la otra?, pregunta Patronio.

— Que mi educación y buena salud se la debo al gobierno que gratuitamente me la ofreció y luego traicioné al abandonarlo. Dice que debo de estarle eternamente agradecido. ¿Crees que tenga razón?

—Mi querido conde —advierte Patronio— no se sienta mal. La ignorancia, frustración personal y envidia son el peor flagelo del hombre.

—Explícate Patronio.

—El deber de todo gobierno es proveer educación y salud a su pueblo. Y este del que habla su amigo centralizó ambos sin dejar a nadie opciones para elegir.

—Una verdad verdadera — afirmó el conde con ironía.

—Por otra parte —añade Patronio —de no ser por su inteligencia y deseo de estudiar a ese gobierno le hubiera importado un bledo que usted se superara o sencillamente que fuera un pelador de gatos.

—Si —asienta con un gesto de cabeza el conde.

—Pero, la ignorancia de su amigo es galopante —subraya Patronio en tono sentencioso.

— Prosigue —pide el conde con entusiasmo.

—Dos conceptos sobrevuelan mi pensamiento: uno moral y otro económico.

—¡Ajá! —se escucha al conde.

—En lo económico, esa educación y salud se ha pagado en excesos con la miseria material e igualdad en la pobreza en que vive nuestro pueblo hace décadas: sin medicinas, alimentos ni materiales de estudios. —¿Y en lo moral? —pregunta el conde.—Desde el adoctrinamiento en las escuelas, los miles de muertos en la aventura africana de ese gobierno junto a los desaparecidos en el Estrecho de Florida buscando libertad. Añada las exportaciones de revoluciones sociales, los plantados y fusilados en masa hasta la locura de poner al mundo al borde una guerra nuclear. Y peor aún —agrega Patronio— el hecho de haber disgregado a nuestro pueblo por doquier. Ahora somos la isla más grande del planeta.

—¡Qué realidad tan triste!—dice el conde.

—Tenga en cuenta, mi estimado conde —dice Patronio— que aunque parezca una verdad de Perugrullo, nuestro pueblo pasó de ser tradicionalmente casero a esencialmente emigrante.

—Tienes mucha razón —afirma el conde.

—Por eso…, deberíamos preguntarle a su amigo ¿qué hace aquí? Si aquel gobierno al que tanto defiende es tan bueno ¿acaso no es él el traidor?

—¡Qué vergüenza! —dijo el conde ya intranquilo.

—A lo que añade Patronio: —ahora existe un concepto rarísimo al que llaman Repatriarse y del que puede beneficiarse su amigo.

—¡Cómo si el concepto de patria hubiera existido alguna vez bajo ese gobierno de apandillados! —gritó el conde.

—¡Asi es! Asentó Patronio.

—¿Entonces debí mandarlo al carajo?—Con mayúscula, mi querido conde, con mayúscula.

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