LA VERDAD SOBRE EL PRESIDIO POLÍTICO…

Por Waldo González López

Buscando, rastreando, en fin, hurgando entre viejos y nuevos libros, tal suelo hacer, días atrás hallé uno cuya existencia ni imaginaba. Aunque conocía algo del tema, no poco me satisfizo el título bilingüe (en Inglés y Español): La verdad sobre el presidio político de mujeres en la Cuba castrista, publicado en junio de 1987 por la Revista Ideal, creada y editada, entre 1971 y 2018, por Lorenzo de Toro, fundador de la óptica Versailles De Toro, empresa exitosa con sucursales en Miami-Dade y San Juan, Puerto Rico.

   La verdad… —título que ha sido y será del mayor interés entre los lectores miamenses es, a un tiempo, un importante haz de Testimonios relatados por las ex-presas políticas democráticas cubanas, según anuncia el subtítulo— editado por De Toro, asimismo director de la Fundación Compromiso Cristiano.

   El volumen reúne testimonios de valerosas mujeres que antepusieron la lucha contra el vil tirano Castro, que permanecer en silencio ante los atroces actos cometidos contra ellas y miles de luchadores, apenas llegado con engaño al poder el asesino y su banda.

   En «Palabras a los lectores», bien lo dice la compiladora y autora de varios de los textos: Esther Pilar Mora Morales —quien pondría todo su empeño en este singular proyecto— al inicio del volumen, agradeciendo a las cubanas incluidas, los traductores que gratuitamente vertieron al Inglés los textos, entre ellos destacados luchadores por la Libertad en el exilio, como a su esposo Felipe Lázaro de Bethania, de quien subraya

que me ha dado el máximo apoyo para que el desaliento por tanto desengaño no me haya hecho claudicar en el camino, antes de haber realizado mi propósito de publicar el presente libro; no literario, pero sí absolutamente verídico, relatado por algunas ex presas políticas cubanas que, sin hacer alarde de intelectualidad, hemos tratado con palabras claras y precisas de hacer llegar al mundo libre el dolor, el afán y la apasionada labor de la mujer cubana frente al comunismo; la misma que antaño, soñando con su propia libertad, no dudara en ofrecer joyas, dinero y cuánto de valor poseía para unir esfuerzos, y […] hacer posible la emancipación de los Estados Unidos de América.           

   Por su claridad y sencillez, sus palabras me evocan las de nuestro Martí, quien en el prólogo a su antología Los poetas de la Guerra, subrayara: «Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían agregaba, rimaban mal a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien».

   Asimismo, en «La legión heroica», prólogoa La verdad…, remarca Tomás Regalado:

Muchas de las que forman o formaron La Legión Heroica, participaron en la lucha anterior al primero de enero, que estalló como alborada de libertades. «Pan sin terror» que […] devino «Terror sin pan», y estas mujeres excepcionales, retomaron el camino, siempre duro, pero en esa oportunidad más, de continuar la lucha sin desmayo, con nuevos bríos… como si fuera un comienzo en la búsqueda de la libertad para todos. […] Mientras hombres y mujeres salían al destierro, ellas se plantaron firmes en la lucha contra el poder mas represivo y brutal de que se haya tenido noticias en nuestro Hemisferio. […] Amas de casa, madres, muchas de ellas, algunas […] ancianas, adolescentes, supieron cumplir el deber patrio, no el pregonado, sino el sentido. […] Hoy, sin embargo, la casi totalidad de ellas continúa braceando con las circunstancias, a fin de sobrevivir en esta sociedad abierta y generosa, pero en la que están en desventaja, porque dedicaron muchos años, esos largos y duros […] de clandestinidad y prisión, a solo cumplir con su deber. Ante estas integrantes de La Legión Heroica, los ex prisioneros políticos cubanos y los que aun permanecen en las prisiones castristas, rendimos, todos, nuestras banderas de combate.               

    Al prólogo del exAlcalde de Miami, le sigue la introducción «Se inició la etapa de la violencia», donde la propia Esther Pilar Mora Morales, narra, con brevedad, el complejo devenir de las luchas de las mujeres junto a los hombres en nuestra oprimida Patria, desde la colonia hasta los ‘60s, subrayando el valor de «la verdadera […] cubana, la que sabe serlo en todo momento [y que] fue, es y será el complemento directo del hombre en el proceso civico-social de la patria».

   De tal suerte, añade:

Nuestro Presidio Político Femenino podemos considerarlo epopéyico, por su trascendencia heroica […] Tal es el respeto […]  por ese inolvidable presidio […] brutal, despótico, bárbaramente cruel [que] presenta […] su ensañamiento y alevosía; [mas, asimismo]la hermosura incomparable del valor humano, frente a los bestiales desmanes del enemigo.     

ALGUNOS VALORES DEL LIBRO

   Aparte de los dos mencionados textos de la propia Esther Pilar, reúne además otros suyos, como: «Recuentos históricos: Juana Pérez Pantoja», «La niña del Escambray», «Playa Girón o Bahía de Cochinos y las mujeres presas ese día», «El traslado de 45 mujeres presas políticas», «Traslados y más traslados, torturas y más torturas», «Violencia y terror», «Mujeres en prisiones cubanas» y «Dora Victoria Reyes».

   Asimismo, se incluyen «El juicio», de María Magdalena Álvarez»; «El presidio político de mujeres en la Cuba comunista», «El presidio político comunista» y «Feliz Día de las Madres», de María Milagros Bermudez; «El dolor de la opresión» y «El traslado para Baracoa», de Gloria Sofía Argudín de Moreno; «El presidio político de mujeres», de Teresa Sagaró de Percadé, y «La prisión cubana y la mujer anticomunista», de Riselda Martínez.     

   En todos, las autoras no solo hablan de sus luchas, sino, sobre todo, testimonian los casos de otras valientes y el batallar contra el alevoso castrismo, de quienes no cejaron en sus contiendas, por las que algunas morirían por sus firmes ideales libertarios.  

   Esther Pilar evoca los denodados esfuerzos de estas heroínas: Lydia Pérez, quien, de parto, en junio de 1961, se entera de que su esposo, preso en otra cárcel, se suicida; Julia González, ese mismo año, fallece de septisemia; Aida, hija de los dueños del teatro homónimo de Pinar del Río, quien había profesado como religiosa, es condenada de muerte del corazón; pero nada conmueve a sus verdugos, ni la presencia de sus ancianos padres, y fallece sin obtener la ansiada libertad de su tierra; Lilin Correoso, hija del cónsul inglés en Camagüey, condenada con su prometido a veinte años de cárcel, enferma de cáncer, la mantienen en prisión hasta que su mal se ha extendido al punto de que, en alardoso gesto de bondad, los asesinos la liberan y muere; Nereida Polo, sin una sencilla operación demorada por los criminales castristas, deben llevarla en tres ocasiones a la mesa de operación hasta que su padre muere por la paliza que le propinan los «valientes» castristas y luego también morirá ella; Bertha Alemán, brava e indomable mujer, pequeña de estatura, pero gigante de bravío espíritu, apenas apoyada por la enfermera plantada Olga Marrero, quien tantas vidas salvara en el presidio; Antonia Rodríguez, no les bastó con asesinarle a un hermano y otros alzados desde una cueva oculta en un bohío que es Quemado, y mueren todos ante la desesperada y anciana madre…

   Estos y otros cientos de casos evidencian la bravura de estas Marianas aguerridas ante la cobardía y las canalladas de los seguidores del nefasto castrismo. Del propio modo, nos refieren las cavernarias bartolinas de Guanabacoa: inmundas cuevas que en el siglo XIX serían utilizadas para castigar a los esclavos, y en los iniciales días del castrismo, amontonaban a casi diez mujeres donde apenas cabía una persona.

   Y cuenta Esther Pilar:

Era horripilante escuchar los alaridos de niñas que pidieron protección y clemencia a sus carceleros ante los ultrajes de que eran objeto por otras mujeres […], mujeres no, hienas asquerosas, prostitutas muchas por el medio ambiente y a la vez cebo corrupto, cuya putrefacción conlleva el camino a la concupiscencia más abyecta…

«LA NIŇA DEL ESCAMBRAY»

   En «La Niña del Escambray», «La Niña de Placetas» y «La Capitana», alias con que sería llamada, desde su primer alzamiento en Escambray, Zoila Águila —verdadero nombre de la legendaria mujer, cuya ejemplar existencia diera a conocer la autora en este libro en 1987—, subraya la autora la valentía de «esta heroína con la que conviví varios años en las prisiones de Guanajay, Guanabacoa y América Libre».

   Fue tanto el daño que le causara el largo tiempo en las mencionadas ergástulas castristas, donde sufriera mil y un atropellos, que la propia autora decidiría contar su odisea desde que entrara en las prisiones, «tras sacarla del infernal G-2, lugar tan funesto como todos los que componen los cuerpos represivos del infierno rojo cubano, hasta su entrada en este país, vía Costa Rica».     

   Evoca Esther Pilar, la dura prisión que compartiera con la también integrante del grupo Las Plantadas, en la cárcel de Guanajay, como no olvida la canallada del traidor Faure Chomón, cuya soberbia le llevara a fusilar a un hermano de «La Capitana» en el Escambray, si bien tampoco ella olvida la anterior cobardía del propio cobarde al entregar en Humboldt 7 a quienes lo creían su hermano de lucha, y fueron denunciados y fusilados por el ignominioso tipejo.   

   En su libro, Escambray: la historia olvidada, el historiador Enrique Encinosa, define que «La Niña de Placetas» […] fue una joven alzada que se incorporó a las tropas que combatieron al castrismo en el macizo montañoso de Las Villas, de 1960 a 1965».

   Este decisivo hecho histórico que la historia oficial de Kuba se miente, al llamarla: “La lucha contra bandidos”, tendría en Zoila Águila, con su esposo Manuel Munso La Guardia, Osvaldo Ramírez, Tomasito San Gil y Julio Emilio Carretero, un bastión contra las milicias, mucho más numerosas y mejor armadas que los indeclinables anticomunistas.

   Encinosa la perfila como una joven bizarra, capaz de dirigir a un grupo de hombres y de liderar embestidas contra el ejército castrista, solo armada de su M1. Dormiría en los montes, pasaría hambre y sed, «y a tiro limpio» quebraría los triples cercos de las milicias castristas. En la manigua parió dos hijas, y ambas morirían en sus brazos de hambre y sed. En 1963, Zoila ya era jefa de una guerrilla de doce hombres, veterana de centenares de escaramuzas en los montes villareños.

   La verdadera y larga historia de las luchas anticastristas —escrita por genuinos historiadores del exilio, como Encinosa y otros, y publicada por las miameses Ediciones Universal, a diferencia de la trastocada por farsantes y divulgada en la Isla Gulag-— no olvida que la heroica cubana participaría en la mal llamada Limpia del Escambray, donde dirigiría el grupo de valientes que lograra romper el cerco de cientos de milicianos; pero serían traicionados y sometidos a crueles torturas en el Escambray, que repetirían luego en el G-2.

   Por otra parte,  la verdad sería, como siempre, escamoteada por la Robolución, tal podemos corroborar en el engañoso filme El Hombre de Maisinicú, del mediocre realizador cubano Manuel Pérez, quien, como recompensa por falsear la verdadera historia de las luchas del Escambray, sería invitado a participar en el 8.º Festival Internacional de Cine de Moscú, donde el ex Presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y del Instituto Cubano de Radio y Televisión, Sergio Corrieri, sería recompensado con uno de los Premios por su ¿gran? actuación como… COW BOY, ignorando que el lauro lo merecía el gran intérprete cubano Reinaldo Miravalles.

   ¿El resultado del triste imbroglio? Un mendaz Consejo Sumarísimo (carente de defensa, tal suele hacer el Desgobierno castrista) decide el fusilamiento para los hombres y 30 años para la heroica Zoila Águila,  quien tiempo después será ingresada en el tétrico Hospital de Mazorra, hasta que, ya afectada mentalmente por tantas traiciones y sufrimientos, es sacada por Costa Rica y traída a Miami, donde fallecería, víctima del Covid, a los 82 años en el 2021, según informara el Presidente del Presidio Político Histórico Cubano, Luis G. Infante, quien añadiría que la indetenible mujer sería «la única […] que se incorporó a la lucha armada y estuvo todo el tiempo en las montañas en primera fila, participando en combates».  

   En «El dolor de la opresión», Gloria Sofía Argudín de Moreno testimonia los vejámenes sufridos desde que fuera apresada en su pequeño pueblo natal, Mataguá, en la Antigua provincial de Las Villas, hoy Santa Clara, el 19 de septiembre de 1960. Tras narrar algo de lo mucho acontecido en las crueles prisiones castristas, confiesa con aire conceptual y vuelo literario: «Cuando creas que todo está perdido, recuerda que todavía nos queda el futuro. Así pensé una y otra vez, cuando estaba en la tapiada, durmiendo en el frío suelo, casi desnuda y con mi cuerpo herido por los golpes que recibí de las bestias disfrazadas de hombres y mujeres.

   Pero ella explica a lectoras y lectores qué son «las tapiadas»:

Ustedes se preguntarán: ¿qué son las tapiadas? En la cárcel de mujeres de Guanajay hicieron un pabellón con unas pequeñas celdas cuya puerta es una lámina de acero con un hueco por donde nos servían la harina cruda y demás inmundicias de comida, que ni los puercos la comerían; con un pequeño retrete, un lavamanos y una ventana completamente tapiada que impedía viéramos para afuera.      

   Y añade, dando más información sobre las horribles prisiones —que me evocan, las que a petición mía, en el lejano 1977, vi compungido en el Campo de Concentración de Auschwitz, cuando viajé a Polonia, por merecer, con mi colegamigo, el compositor y músico Danilo Avilés, el Premio «La Edad de Oro», en Canción para Niños, — que sufriera durante siete años:

Yo estuve [allí] sin poder coger sol, solamente cuando era día de visita, el tramo desde el pabellón hasta el salón y no yo, todas las otras que se encontraban en el citado lugar. En la galera D [estaban] las más rebeldes, aunque en el C también se encontraban valientes mujeres. El pabellón E era el de castigo, o sea, las tapiadas. Este pabellón fue fabricado cuando era el Director del recluso Roberto Fontanela, otro animal vestido de hombre.          

   Mas, adjunto otro  fragmento que revela la perversidad y la vesania de los monstruos castristas, sufridas en esta ergástula:

Cuando Gilberto Ramos fue Director del Reclusorio, sanguinario hasta más no poder, me sacó de Guanajay castigada para el pabellón de las comunes locas en Mazorra. Allí estuve con las hienas […] más grandes: con asesinas, prostitutas, llenas de enfermedades venéreas, que se desnudaban ante nosotras. Ante esa clase de «entes» uno no puede achicarse, sino coger fuerza […], enfrentarme a situaciones muy difíciles de explicar, pero mi moral me hizo vencer, aunque esto para siempre ha dejado cicatrices imborrables en mi corazón.     

   Todas de una u otra forma, se refieren al más terrible canalla que, por desgracia, naciera [y por fin, muriera] en Cuba: «El Carnicero de Birán», quien, apenas arribara, con engañifas, al poder, iniciaría su infernal serie de miles de asesinatos que continuaría hasta este 2023, cuando ya suman 63 años de ignominia sus discípulos, tan sanguinarios como El Habitante de la Piedra, donde solo están sus cenizas: el polvo odiado por todos los cubanos dignos.

   Mas, a pesar de lo denunciado por estas heroicas mujeres en este cenital volumen, es lamentable que los sufrimientos continúen en la Cuba castrista. Justamente, en la edición del pasado 22 de febrero del Semanario Libre, en entrevista del periodista Germán Acero, el recién liberado opositor José Díaz Silva —quien, prisionero de la tristemente célebre cárcel Combinado del Este, de la que él y su esposa fueron liberados el pasado 24 de diciembre— narró «las golpizas que debió sufrir su mujer, quien integra el grupo de Las Damas de Blanco, luego de participar […] en las protestas contra la dictadura castrista, defendiendo a los presos políticos, actualmente tras las rejas en las inhumanas prisiones castristas    

   Mas, añadiría que «[…] es tanta la brutalidad, que también hay cientos de miles de mujeres en las cárceles de Cuba, simplemente por […] participar en protestas para exigir la Libertad. Y, lo peor, la mayoría son madres cabeza de familias con más de cinco hijos».      

   Podría continuar comentando las necesarias páginas de La verdad sobre El Presidio Político de Mujeres en la Cuba Castrista, en las que se dan a conocer no poco de las terribles ignominias cometidas por el mil y una veces maldito castrismo; pero debo finalizar, no sin antes sugerir la pronta lectura de este libro de alta valía, que figura entre los mejores publicados de su tipo en Miami.

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