La revolución patriarcal y el poder de los Castro*

*Fragmento del capítulo 1, Segunda Parte, Sobre el Castrismo del libro Totalitarismo en Cuba. El castrismo cultural y el último hombre (segunda edición, Ediciones Exodus, 2022)

¿Cómo surge el castrismo, o cuál es su definición más cercana? Si me embarcara en la difícil empresa de ofrecer una respuesta, tendría que sugerir, en primer lugar, que dicha definición no se agota en una aprehensión política. En su definición influyen una variedad de variantes socioculturales y psíquicas que no puedo abarcar en este texto. Sin embargo, dada la emergente y ferviente oposición política y civil al castrismo en la actualidad, me veré obligado a utilizar un ejemplo arraigado en la tradición histórica de Cuba: la presencia del Líder y la formación del sujeto colectivo.

Considero que esta experiencia de formación del sujeto colectivo (las masas) comienza a perfilarse con José Martí y el culto al heroísmo. De entre los autores prominentes que más influyeron en él, resalta la figura de Thomas Carlyle. Martí adoptaba una disposición fractal ante la exaltación del heroísmo americano.

Por tanto, su obra podría ser leída en gran parte como una “arqueología del espíritu heroico”. No solo exaltaba la heroicidad en el ámbito intelectual o cultural (Carlyle, Emerson, Pérez Bonalde…), sino también, de forma sutil y conspicua, en el ámbito político (Bolívar, Jefferson, Céspedes, Agramonte…). En este contexto político, la heroicidad se traducía en una “dirección” para la formación de audiencias, y de hecho, Martí la veía instrumental en la creación de “colectivos unidos”. Sus discursos en Tampa dirigidos a los tabaqueros emigrados contenían la hermenéutica de la fogosidad homérica. En la “intrepidez” con la que solía caracterizar la valentía de Agramonte, se establecían los cimientos del líder, el dictador y, incluso, el anhelo de reconocimiento.

¿No son estas tres características –líder, dictador y deseo de reconocimiento– las que moldean y dan sentido a la tradición política cubana que desemboca en el castrismo y que sigue afectándonos? Agrupaciones, colectivos, masas, movimientos que en Cuba poseen una conceptualización martiana. Le debemos la técnica y el principio. La diferencia entre un período y otro es en gran parte formal. Martí consideraba necesaria una “ética”; para el castrismo, un “líder”; para la oposición al castrismo, el “deseo de reconocimiento”. Todos impulsados de manera subrepticia por la influencia del heroísmo. Y el heroísmo se traduce, guste o no, en el Yo que adquiere importancia a través de lo colectivo. Lo colectivo se unifica ante la presencia del líder, el guía y el deseo de reconocimiento.

Es legítimo que la secularización del heroísmo dé origen a la formación de colectivos en Cuba. La transmisión del “atrevimiento” de una generación a otra es una constante en nuestra cotidianidad y, por ende, en la cultura que aspira a superar lo antiguo. Sin embargo, este proceso de superación se alinea con un colectivismo que a menudo está limitado por el igualitarismo. Se alcanzan objetivos colectivos y se emprenden acciones en una dirección única. Por consiguiente, la necesidad de un “líder” se impone para orientar la acción. Mi perspectiva es tanto optimista como escéptica. Pero, ¿no estamos reproduciendo el mismo patrón? ¿No seguimos la misma dirección hacia el nacionalismo y la socialdemocracia de masas? ¿Cómo podremos liberarnos del castrismo si la base se encuentra en los procedimientos heroicos del Yo que propongo?

Estas son preguntas que no buscan descalificar. La acción es importante, pero debe estar precedida por un auténtico pensamiento. Sin duda, es necesario desacralizar al líder como creador de colectivos y movimientos. “Yo no soy líder”, afirmó Nietzsche en respuesta a la prerrogativa del arte total, en el caso de Wagner. Es la perspectiva crítica de la cultura de masas la que genera individualidad, opiniones, en lo colectivo. El cambio es complejo, pero necesario para desentrañar el castrismo hasta su esencia.

Durante más de 50 años, el castrismo ha elaborado una “subjetividad del líder” y, por supuesto, del dictador. Requiere que tú también seas líder, un creador de masas. Ahí radica la dialéctica de su armamento ideológico. De hecho, crea la sustancia contraria a sus propios preceptos, un oponente, pero en el mismo nivel y rango, para justificar el terror.

Hace 20 años, leí uno de esos libros fundamentales que ayudan a comprender la causalidad de la formación cultural del poder de la familia patriarcal, el caudillismo y la militarización en América Latina. “Casa Granda y Zensala” de Gilberto Freire fue una obra excepcional que utilicé desde el punto de vista metodológico y estructural para iniciar mis investigaciones en el campo de la sociología y la historiografía regional de Cuba.

Mis indagaciones sobre la formación de la nacionalidad cubana, que alcanzaron su apogeo durante la segunda mitad del siglo XIX, llevaron al encuentro previamente señalado por otros historiadores: el «clan familiar» era una de las fórmulas sociales, de los componentes celulares, que contribuyeron a la conformación de la nacionalidad cubana mediante ramificaciones familiares bien definidas. En la región oriental, especialmente en el área del Cauto, donde las grandes “haciendas ganaderas” definían la estructura económica fundamental, apellidos como Céspedes, Aguilera, Osorio y Estrada constituían un “clan familiar” bien consolidado que ejercía su poder en un sistema patriarcal de esclavitud. Este último se diferenciaba notoriamente, en su gravedad, del tipo de explotación llevado a cabo por los dueños de ingenios en Occidente.

Mientras que en Matanzas, en la región de Colón, prevalecía una esclavitud acorde con el modelo de los ingenios de azúcar, con el barracón como institución que establecía la separación entre el amo y el esclavo, en lugares como Bayamo, Holguín, Las Tunas y Manzanillo los hacendados mantenían un régimen de explotación patriarcal. Los esclavos participaban en las relaciones con sus amos. Si la primera tendencia, la esclavitud generalizada, se convirtió en la base de la formación del capitalismo en Cuba, la segunda, la esclavitud patriarcal, dio forma al socialismo cubano. La primera se convirtió en una ideología económica: la expansión del mercado interno; la segunda, en una ideología política, conocida como “ideología mambisa”.

Esta última tendencia, que inauguró la voluntad de poder de la revolución en 1959, implicó la formación de un clan familiar: los Castro. Desde entonces, Cuba se transformó en una gran “hacienda” donde una masa considerable de “esclavos” se utilizaba de manera patriarcal, es decir, según una ideología renacentista, para consolidar y perpetuar el poder. No es coincidencia que el clan Castro, actualmente conformado por una familia que disputa el poder en Cuba, provenga de una región donde el sistema patriarcal constituía la base de la estructura socioeconómica durante el siglo XIX. Por lo tanto, se puede afirmar –y es un principio que amerita un estudio exhaustivo– que la mentalidad del poder patriarcal aún persiste en Cuba. Esta corriente se somete a las ideologías políticas, al caudillismo y a la militarización.

Los Castro han asumido la ideología de “patriarcalizar” a Cuba como una estrategia que lleva consigo la consigna “patria o muerte”. No podría haber una premisa más adecuada para comprender por qué el poder se ha aferrado a la dirección de un clan familiar, que aquella derivada de la historia de la ideología mambisa. Es una experiencia surrealista: en Cuba se experimenta la unidad del pueblo a través del concepto patriarcal-familiar. Cada unidad familiar debe estar conectada con la entidad fundamental, con el gran patriarca. Esto se logró a medida que el líder de la revolución intercambió su origen socioeconómico, su productividad económica, por una productividad política.

Alguien ha afirmado con certeza que el poder no corrompe, sino que revela la inclinación hacia la corrupción. Parece que esta predisposición corrupta está arraigada en Cuba gracias a la mentalidad patriarcal del pasado.

Detrás del castrismo se encuentra un mito y el poder. Hans Blumenberg, en uno de sus estudios más destacados, «Trabajo sobre el mito», argumenta que la historia de la humanidad se caracteriza por una interacción entre la «realidad» individual, su estructura mental, y los mitos y leyendas que se han creado. Partiendo de esta hipótesis sobre el mito, especialmente del mito de Prometeo, Blumenberg cuestiona la autenticidad de la era moderna en comparación con la Edad Media.

Nunca, en esencia, ha existido una separación entre ambas eras, según el filósofo alemán, porque el estudio del mito desmiente tal noción. La Ilustración, la modernidad y las guerras mundiales posteriores se basan en mitos antiguos: los mitos vuelven a convertirse en metáforas esenciales de la existencia humana.

La conclusión de Blumenberg radica en que las sociedades humanas han sobrevivido y se han estructurado socialmente gracias a algún mito. Por lo tanto, las sociedades modernas, de alguna manera, forman una estructura mitológica. Los conceptos de «realidad» propuestos por la Ilustración y, por ende, los impuestos por la Modernidad, están arraigados en alguna leyenda mitológica. Los conceptos de rebelión, revolución, progreso, ideología, política y democracia, entre otras abstracciones que conforman la nueva realidad ilustrada y moderna, no están desligados de antiguos mitos.

En ese sentido, cabe preguntarnos si existe una forma de superar la transgresión mitológica de algunos mitos a lo largo de la historia de la humanidad, con el fin de liberar al hombre de esa ansiedad. Aunque algunos estudiosos del tema responden afirmativamente, dar muerte al mito, como dice Blumenberg en algún momento, es una máscara. El mito ha sido funcional y ha permitido la supervivencia de las sociedades. Pero Blumenberg no encuentra una manera de superarlo y, por lo tanto, cae en una ambigüedad que se despliega a través del análisis y la lógica contextual. Si bien habla de dar muerte definitiva al mito, establece una dualidad: los mitos de naturaleza estética deben subsistir. Su propuesta se reduce en última instancia a una formulación bastante ambigua, pero lógica: solo busca eliminar ciertos mitos, independientemente de su procedencia, que sean la base del autoritarismo, la dictadura y las prácticas políticas totalitarias.

El análisis que Blumenberg realiza sobre el mito de Prometeo desde la perspectiva de Goethe, en la que Napoleón encarnado se convierte en un dictador, podría ser un modelo de investigación útil para desmitificar el mito que subyace en el totalitarismo castrista en Cuba. Este mito también puede rastrearse desde la mirada de Céspedes/Martí hacia Prometeo, que es el origen y la constante del relato mítico de la revolución cubana, a través del cual Fidel Castro se convirtió en dictador. Esta investigación también puede abordar las implicaciones de lo estético en lo político.

Sin embargo, en un proceso histórico como el cubano, es sumamente difícil examinar todas las dimensiones sociohistóricas y culturales de las implicaciones estéticas y políticas del mito relacionado con el origen y el desarrollo del totalitarismo castrista. No obstante, en el futuro podríamos explorar algunos puntos en forma de hipótesis, con la previsión de ampliarlos y verificarlos en futuras investigaciones.

En Cuba, han tenido lugar tres revoluciones sociales: a) la lucha por la independencia colonial (1868-1898), b) la revuelta de 1930 contra la dictadura de Machado y c) la revolución de 1959 contra la dictadura de Fulgencio Batista, todas disfrazadas bajo el mito de Prometeo, pero esta vez bajo la perspectiva que Andrés Gide ofrece sobre «Prometeo mal encadenado».

En otras palabras, la búsqueda de libertad para todos se transforma en poder para uno. Fidel Castro personifica esta capacidad grotesca –tanto estética como política– del redentor versátil. Una especie de monoteísmo de la liberación que surge a partir de una nueva entidad cultural: la Historia.

El proceso revolucionario en Cuba, en líneas generales, hasta el golpe de Estado de Batista el 10 de marzo, se basa en la percepción estética del absurdo republicano. Figuras como Mella, Guiteras y Chibás abogan por una revolución moral, mientras que a partir de 1953 la visión cambia hacia la imposición de lo político.

Cuando lo estético se convierte en político a través de la historia, se abre el camino para crear la imagen de lo colectivo. El poder político toma el escenario, dirigido por lo ritual: la voluntad del poder dictatorial se impone sobre los demás.

A partir de aquí, la historia establece la tendencia a la necesidad del liderazgo y la presencia del poder político. Surge la necesidad de un líder que combine la estrategia moral y estética con la política como pilares fundamentales del poder. Es un arte que, en ambos casos, implica el dominio del mando.

Fidel Castro retoma lo que André Gide, en «Prometeo mal encadenado», confirma como una transgresión hostil y pecuniaria contra las fuerzas morales del mito en un siglo en el que la obediencia a Dios ha sido aniquilada. El Titán no busca liberarse del mito ni de las ideas fundacionales de la revolución independentista, sino que, bajo su impostura, dicta la historia. «La historia me absolverá», el alegato con el que Fidel Castro se defendió de la dictadura de Batista, se convierte en la semilla del mito que más tarde germinaría en su propia dictadura: el líder se convierte en la personificación del héroe en la mente colectiva cubana.

El castrismo es, en muchos sentidos, el pecado original del intelectual cubano. El castrismo es un concepto intelectual. A medida que este concepto se arraigó en el tiempo, pasó de ser una mera abstracción a convertirse en una realidad. En Cuba, el concepto no es popular; el ciudadano común no ve el castrismo, sino el socialismo. En las calles, no se habla en términos de una sociedad castrista, sino de una sociedad socialista. Por lo general, la psicología de los cubanos residentes en la isla todavía ve a Fidel Castro como el símbolo del ideal socialista. Dada la desconexión con la sociedad, a lo largo del tiempo y la distancia, se ha forjado una narrativa en torno al castrismo, que asume directamente la magnitud del concepto.

De alguna manera, todos aquellos que han narrado partes de la historia del castrismo se han identificado con esa historia. De alguna manera, lo han respaldado, aunque estén en desacuerdo. La razón por la cual se habla tanto del castrismo en la actualidad se debe en parte a que, en algún rincón de la mente, se ha soñado deliberadamente con él, ya sea en apoyo o en oposición. En el sueño, podemos estar a favor; en la vigilia, en contra. Naturalmente, nuestras narraciones monológicas están inspiradas en el concepto soñado.

Esto lleva a una especie de retroalimentación existencial entre el yo y el concepto en su oposición. Luego se suman los ingredientes que dan forma al concepto.

El concepto establece el tono. No estamos luchando contra el concepto en sí, sino contra la realidad que lo respalda. Esta identificación con el concepto es lo que nos atrapa, y no podemos escapar de su trampa conceptual. El castrismo juega un papel de trampa que nosotros mismos hemos creado, una artimaña en contra de sus propios críticos. Es así de sencillo: a medida que nos alejamos de la sociedad a través de un concepto, ese mismo concepto adquiere vida e identidad en algún lugar. Forma una historia en nuestro subconsciente. Allí se gesta, para luego emerger. Esto explica la ambivalencia del ser humano, especialmente del intelectual cubano, que a veces nos sorprende con un cambio repentino. De repente, nos convertimos en enemigos acérrimos del concepto y, de repente, lo apoyamos fervientemente.

He leído cientos de historias que denuncian las atrocidades del castrismo, pero estas son simplemente narrativas que se identifican, de manera similar a lo que hace Vargas Llosa en «El sueño del Celta», con las atrocidades del colonialismo británico en África y Perú. ¿Cómo podemos liberarnos de estas identificaciones? Amir Valle ha estado publicando una serie de relatos excelentes, «Memorias del horror». Sería apropiado decir que el pecado original del intelectual cubano no es, en palabras del guevarismo, no ser «auténticamente revolucionario», sino estar identificado con cada uno de los conceptos de la revolución y apegado a su historia.

¿Qué son las narrativas? Son historias identificadas con el tiempo. La opinión de Guevara tiene un sentido moral y ético ante el hecho revolucionario, pero eso no es el pecado. El pecado radica en la identificación que el intelectual hace de su pasado. Es por eso que lo convierte en un concepto, para poder manipularlo según su conveniencia. La asunción del castrismo en el intelectual es el mayor pecado, porque siempre lo lleva a la repulsión, al odio y a la desdicha. Además, le sirve como medio y propagación.

Continúa…

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