La resurrección de Freud

Hace ya una década que me sumerjo en los intrincados textos de Freud. En su obra tardía, El porvenir de una ilusión (1927), el maestro de la psicología desgrana una revelación impactante: afirma que las representaciones religiosas encuentran su génesis en la misma necesidad que impulsa los logros culturales. En otras palabras, surgieron como un escudo contra la implacable superioridad de la naturaleza.

No obstante, su disertación no termina aquí; Freud nos previene sobre la necesidad de ir más allá de la clásica teoría del deseo psicoanalítico. Sugiere que debemos contemplar la posibilidad del desarrollo de una teoría de la compensación cultural. Y es en este peculiar contexto que se despliega la expresión, paradójicamente poco mencionada y aún menos evaluada, del «hombre como Dios de prótesis». Esta expresión enigmática apunta directamente a un reconocimiento primordial de la cultura como un escudo protector.

A diferencias de sus exegetas y epígonos, Freud comenzó a transmutar las muletas, las prótesis del hombre al arte del funámbulo. El problema de lo espiritual que aborda magistralmente en el ensayo de 1927 Porvenir de una ilusión, se convierte en tema principal de su pensamiento en sus días últimos. Freud expone en ese texto:

«Pero no creemos poder caracterizar a la cultura mejor que a través de su valoración y culto de las actividades psíquicas superiores, de las producciones intelectuales, científicas y artísticas, por la función directriz de la vida humana que concede a las ideas. Entre estas el lugar preeminente lo ocupan los sistemas religiosos cuya complicada estructura traté de iluminar en otra oportunidad».

Ya no es el inconsciente, el psicoanálisis, ahora es la religión. Sin pretenderlo, Freud se había revirado contra sí mismo y contra toda tenencia de prominencia individualista, muy en boga, tratando de equilibrar el egoísmo de la felicidad individual con el de la comunidad (cuidado) de intereses inmunes culturales. Podía alargar estas consideraciones, que serían innecesarias si el texto de Freud no fuese manipulado por los intereses del psicoanálisis clásico. De ahí aquella frase que hizo estallar las neurosis en sus discípulos: «Así, pues, el primer requisito cultural es el de la justicia».

Freud aborda una perspectiva distinta en relación a la interpretación de esta teoría de la oferta en el fenómeno religioso, desvinculándola de la posición católica predominante. En este enfoque, se destaca una línea de transmisión jerárquica en la oferta, descendiendo desde Dios hasta los hombres y de los sacerdotes hacia los laicos. Resultan notables la optimización de la dominación y la preeminencia del dogma. Los fieles, en este contexto, quedan limitados a la esfera de los receptores, como aquellos hambrientos frente a un comedor de beneficencia.

En tiempos caracterizados por una influencia clerical, la palabra de Dios trasciende su mero significado como regalo trascendental, convirtiéndose en un paradigma de oferta cuya importancia es innegable. Así, es comprensible que los católicos más fervientes mantengan hasta el día de hoy la tradición de celebrar la misa en latín, ya que esto exhibe el núcleo esencial de una religión fundamentada en la noción de la oferta.

Esta religión no indaga en lo que los hombres pueden comprender, sino en lo que Dios pretende revelar. Para sus seguidores, el punto culminante de la sacralización reside en la ejecución, por parte del sacerdote en calidad de líder de la comunidad, de la representación de los misterios en latín. Esto se erige como la manifestación inmutable de los arrebatos de espiritualidad que configuran lo religioso.

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