La psicología más allá del marxismo. Introducción a «Más allá del marxismo»

Por Ángel Velázquez Callejas.

Más allá del marxismo es, según las propias palabras del autor, «un fragmento de autobiografía espiritual». Es una declaración de fe revisada por alguien que, aunque habla constantemente de Marx con respeto, se ha visto obligado a darse cuenta de que para el movimiento socialista el marxismo, sea lo que sea que haya sido en el pasado, es ahora un estorbo, algo que no interpreta los tiempos ni se corresponde con las aspiraciones de la época. Henri de Man tiene cuidado de distinguir entre Marx y el marxismo. El marxismo, que es lo que el movimiento laborista ha hecho del sistema teórico de Marx, es lo único que importa, y muestra un desprecio apenas velado por aquellos que se ocupan del comentario y la crítica textual, y que confían en las citas del maestro. 

Como dice en un lugar: «El marxismo vulgar es un error vivo; el marxismo puro es una verdad muerta» y está claro que de Man no tiene ningún interés en la disección de una verdad muerta. Por lo tanto, su volumen no es en ningún sentido una crítica a Marx; es una refutación de mucho de lo que el marxismo ha llegado a significar, sobre todo de las falsas suposiciones del marxismo sobre la naturaleza y el funcionamiento de las mentes de los hombres. El razonamiento y la lógica de Marx han sido refutados con suficiente frecuencia; es dudoso que cualquier refutación, por muy efectiva que sea, llegue a cambiar algo; porque, aunque Marx pretendía basar su caso en el poder invencible de la razón, su influencia se basa realmente en el hecho de que representa ciertas cosas que se sienten, y el grado en que estas cosas se sienten no es una cuestión de razonamiento ni depende de la comprensión de la doctrina marxiana. Marx, en definitiva, es un conjunto de mitos «sorelianos»; y con un mito, como con un fantasma, no se puede razonar. Puede que Marx se convierta con el tiempo para todos, como se ha convertido para muchos, en un aburrimiento infinito; pero ninguna refutación, por muy convincente que sea, desprenderá de él al más humilde de sus seguidores.

La crítica de Man a Marx es, por lo tanto, peculiar en el sentido de que Marx apenas es citado, si es que lo es, en sus páginas. Fundamentalmente —si se puede usar la palabra cuando se discuten tantas fases del problema—, la crítica de Man es que con Marx y en el marxismo, el socialismo es demasiado una cuestión del intelecto. «Para Marx, el conocimiento, la conciencia, era el determinante principal, la voluntad de clase era el resultado de la conciencia de clase». Pero de Man no tiene mucha dificultad en mostrar que la conciencia de clase fue el resultado de la guerra de clases, y que la propia guerra de clases fue el resultado de un sentimiento de resentimiento de clase. Las raíces del socialismo, en resumen, no están en el campo intelectual; no es el producto del capitalismo. Los intereses de clase no lo explican todo; de hecho, en el ámbito nacional, como en el internacional, de Man se da cuenta de que la solidaridad de la clase obrera no es más que una frase, vacía de significado. La solidaridad, cuando surge, es una manifestación del instinto de comunidad, un instinto que no es una bomba de conocimiento. Los resortes del socialismo, inextricablemente enredados con un complejo de inferioridad, son muchos; la cuestión salarial es sólo uno, y no un factor predominante.

Si el marxismo malinterpreta los resortes del socialismo, también simplifica indebidamente el problema con su simple dicotomía de la población en empresarios y empleados, en burgueses y proletarios. La crítica de Man sobre este punto, que implica un alegato a favor de los llamados «intelectuales», no sólo tiene interés en sí misma; su argumento aquí es importante porque lleva a repudiar uno de los puntos fundamentales del marxismo. La identificación del Estado con el gobierno de la clase capitalista (o de cualquier clase) es descartada como una quimera. El Estado lo dirigen los intelectuales, que no son ni capitalistas ni proletarios. Si de Man tiene razón al objetar la división simplificada de la población en clases y la identificación del Estado con una de ellas, quizá no exagera cuando (con Aristóteles) añade que «la política no es una ocupación de las horas de ocio; es un trabajo de especialistas».

De los otros innumerables puntos de gran interés en el tratado de Man sólo se pueden indicar algunos. No sólo ataca la doctrina marxiana del Estado, sino que encuentra en el Estado una institución de la mayor importancia para el socialismo, de modo que «hoy en día, en todos los países de Europa, los socialistas son los verdaderos contrafuertes del Estado». No es sólo el Estado lo que el marxismo juzga mal; toda la idea del nacionalismo ha sido malinterpretada, y es debido a las falsas suposiciones sobre este punto que el marxismo se ha convertido en un obstáculo en el camino del socialismo internacional. Si acaso, uno podría estar tentado de sugerir que, de Man, en su reacción, no tiende más bien a exagerar la importancia de la nacionalidad.

En una nota que debe ignorar la mayor parte de un extenso libro, está implícito en toda la obra de Man que el marxismo y el socialismo tradicional han errado al concentrarse demasiado exclusivamente en las cosas materiales y en los fines lejanos. Él mismo es indisimuladamente reformista; profesa dar más valor a la construcción de una nueva alcantarilla en un barrio obrero que a una nueva teoría de la lucha de clases. Desconfía de todas las utopías. Y al ir más allá del marxismo, el socialismo se convierte para de Man en algo casi totalmente ético y espiritual, algo impregnado del espíritu del Sermón de la Montaña. 

El socialismo es una pasión, no un conocimiento; su objetivo es hacer a los hombres mejores y más felices ahora. Más concretamente, su regla de oro debería ser: «Hazte mejor, haz más felices a los demás». Ciertamente, el ambiente de «fervor religioso» que invoca de Man está muy lejos del marxismo tradicional. Sería un halago decir que el libro de Man es interesante en su totalidad; de hecho, habría ganado considerablemente con la comisión de sus quinientas páginas sustanciales. Pero es un libro de gran sinceridad y coraje, y su penetrante estudio del marxismo a la luz de la actualidad es de gran valor.

La exposición de Humphrey de los argumentos modernos a favor del socialismo es principalmente interesante porque ejemplifica el tipo de cosas de las que de Man querría librarnos. Comienza con una declaración ortodoxa y algo superficial de los principales puntos de la doctrina marxiana. Se trata de la habitual y árida exposición de la teoría del valor y de la plusvalía, de la ley de hierro de los salarios y de la lucha de clases. La acusación del Humphrey contra el capitalismo es a veces ingenua. «No se puede conquistar en el campo comercial más que en el campo militar a menos que haya alguien a quien conquistar. Por cada persona que se sube alguien se baja». Lejos de ser el «caso del socialismo» moderno, esto es puro Louis Blanc, y bien podría dejarse sin alterar en sus páginas. Humphrey es, sin embargo, representativo de un tipo de socialismo moderno en la amargura que le domina cuando este argumento le lleva a hablar de los banqueros. Se debate entre el deseo de representarlos como algo sin importancia («Después de todo, sólo son prestamistas»), y un deseo igualmente fuerte de pintarlos como los villanos de la obra. «En términos de existencia humana, ellos determinan si las colas en las bolsas de trabajo serán largas o cortas… si los niños estarán bien alimentados o mal alimentados».

El argumento Humphrey refleja no pocas veces una cierta confusión mental. Es cierto, sin duda, que «toda bancarrota es un fracaso de la empresa privada», pero es una verdad irrelevante, ya que nadie ha sugerido nunca que bajo el capitalismo cualquier tonto pueda ganar dinero. De hecho, los anti socialistas argumentarían que la posibilidad del fracaso individual es una salvaguarda necesaria y que, en un sistema de industrias socializadas, que se apoya en última instancia en las tarifas, lo que falta es precisamente un control automático de la ineficiencia. El volumen finaliza con una exposición ortodoxa de los principios del socialismo gremial —que «en la actualidad ocupa el campo»—, una exposición que podría haberse escrito hace muchos años.

Ahora voy a enumerar 5 puntos, habida cuenta de que los enemigos de Henri de Man los consideran parte del «revisionismo» del marxismo. Para los detractores de Más allá del marxismo, de Man recurre a toda clase de argumentos estrafalarios, algunos de ellos de firmeza diáfanamente psicoanalítica, como señala el líder marxista latinoamericano José Carlos Mariátegui en su Defensa del marxismo. Para cuestionar los defectos que le atribuye a la perspectiva marxista, de Man comienza por:

Defecto del cientificismo: el marxismo no es una ciencia y aspiraba ofrecer a la humanidad un socialismo científico. En esencia, el socialismo científico lo que pretende es crear un movimiento sentimental, ético, utópico y religioso, apoyado en el «sentimiento cristiano» traicionado por la Iglesia católica en virtud de la trasformación del «sentimiento democrático»”, una vez «desertado por la burguesía», conformaría el corpus del «sentimiento socialista». 

Los cimientos del cristianismo en la doctrina marxista explicarían el origen de la «solidaridad obrera», el cual se anuncia en el imperativo «caritas cristianas». De ahí, el «espíritu escatológico» la «fe en el mañana» y el «mito de la revolución» del marxismo. De ahí también, la recurrente mitomanía del «juicio final» basada en la «identificación simbólica inconsciente» de la burguesía roja bajo el dominio de la dramaturgia en «apóstoles, profetas, santos y mártires», una tarea simplificada en la «ilusión consciente sobre los móviles del inconsciente».

El socialismo científico no sólo ocultaría su esencia cristiana, sino también, según de Man la «emoción reprimida» desplegada en un «estilo polémico extraordinariamente apasionado y rencoroso». Y lo que aún más paradójico, el socialismo científico velaría por antonomasia la forma «psicológica», travestida en base a un «conocimiento pretendidamente objetivo de las causas». Con ellos se destaparían otros defectos en la parte gnoseológica.

El racionalismo y el mecanicismo se atravesarían a la «interpretación de los hechos psicológicos», mediante el cual se explicaría la «voluntad humana y todo desarrollo social» por encima de un «pensamiento racional». El racionalismo y el mecanicismo dan lugar a otro defecto del socialismo científico a la reducción del determinismo económico, la base determina la superestructura. 

Para de Man la «hipótesis materialista del marxismo» es falsa, pues la estima en realidad una «hipótesis psicoenergética» a través de la misma se sustituyen los «móviles egoístas» por «móviles altruistas», lo cual demuestra hasta qué punto se produce un cambio por el interés, que obedece a determinado «estados afectivos». 

Todo lo que se ha dicho hasta aquí, descrito por de Man, parte del hecho de que en hombre existe una montaña mágica (parafraseando a Tomas Mann) de instintos y voluntades que se entrecruza para dar lugar a sentimientos expresado psicológicamente para una sociedad donde en el capitalismo concierne el «instinto adquisitivo ilimitado». Esta limitación contrae, de hecho, que el socialismo obedezca al «sentimiento de comunidad», la lucha de clases al «instinto de posesión» y las luchas obreras al «instinto de auto estimación». En este sentido, la llamada explotación capitalista de Man la considera una “noción ética y no económica” en el ámbito de un «sentimiento de ser explotado» en una fortuita «reacción recíproca del instinto adquisitivo y del sentimiento de igualdad».

Los críticos de Man han convenido en que esta visión «psicologizadora» no llega a ningún puerto. Como todo se basa en sentimientos y voluntad de poder, cumplen objetivos de subjetivos e irracionales. De esto se desprende una bifurcación de intereses según los contrincantes. Para Mariátegui el marxismo se traduce en satisfacer necesidades por la lucha de intereses y para de Man en cambiar las creencias y los intereses, a través de la «actividad educativa». Desde luego una actividad así, la educación permitiría viajar al «fondo del alma» y trascender «más allá de los intereses», mostrándose que no hay «nada más real en el hombre que la potencia divina de la ley moral».

Para los que predican el marxismo, de Man deviene en perfecto hombre represivo que niega y destruye la participación del sujeto en cualquier movimiento revolucionario. Y esto tiene que ver con critica a la falsa moral, por la cual el psicologismo es disfuncional para entender la reproducción capitalista. Lo cierto es que el estudio de Man posee una fortaleza narrativa difícil de destronar. Por mucho que se le critique de «psicologizar» el marxismo, de Man es más existencialista que psicoanalista. Mas nietzscheano que freudiano. Y en esta perspectiva de los «estados de ánimo» el marxismo no ha dado el primer paso.

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