La muerte apostólica de José Martí

La muerte apostólica de José Martí, ocurrida el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, constituye un fenómeno complejo que ha sido objeto de numerosas interpretaciones y análisis. Lejos de ser un simple evento de martirio, su deceso simboliza la culminación de un profundo viaje espiritual y moral. Esta muerte no debe entenderse como un suicidio anunciado en combate, sino como la representación simbólica y performativa del último esfuerzo hacia la perfección e integridad espiritual.

Por: Spartacus

La fractura del tiempo existencial, causada por quienes han abandonado el ritmo del mundo, y que José Martí se empeñaba en preservar con su controvertida frase «ruinen tiempos» en el Prólogo al poema del Niágara, revela un ambicioso proyecto ético-moral. Este proyecto surge de la búsqueda de la perfección espiritual, vista como el acercamiento a la meta final en el tiempo, donde debe ocurrir la fase última de la carrera por el apostolado cristiano.

En un capítulo central de mi libro inédito, Adiós al héroe, titulado El renacimiento apostólico martiano, argumento que la muerte de Martí en Dos Ríos no fue un suicidio anunciado en combate, como sugieren algunas versiones, sino la representación simbólica y performativa del sprint final hacia la perfección e integridad espiritual. Este objetivo busca al hombre integral, y Martí, a través de su apostolado, se convierte en guía y mentor para futuras generaciones de imitadores del apóstol, quien a su vez imitaba a Cristo.

Desde la Joven Cuba hasta el M-26-7, surgieron nuevos seguidores que adoptaron el apostolado martiano, impulsados por una venganza postergada o una revolución aplazada. Este impulso vengativo se originó en la teología y la filosofía ecléctica cubana, y Martí lo transformó en un destino apostólico. Corrió más rápido que sus competidores, se posicionó a la cabeza y utilizó su sufrimiento, expresado en El presidio político en Cuba, como base para convertirse en el líder indiscutible del apostolado.

Martí, según Tertuliano en Ad mártires, tenía todas las cartas a su favor al haber experimentado la muerte desde la niñez hasta la adultez, tanto externa como internamente en sus Apuntes filosóficos. La muerte de Martí no debe entenderse como una protoescena artística, sino como la de un atleta etrusco que, mediante la muerte, acelera el fin de una vida marcada por la inercia mundana y secular.

La muerte de Martí el 19 de mayo de 1895 simboliza la culminación de la maratón donde el atleta, a través de la escritura, busca un renacimiento apostólico para guiar a los pueblos latinoamericanos hacia la independencia espiritual. La última etapa de la carrera, plasmada en el Diario de Campaña, muestra el desarrollo disciplinario del trabajo existencial y literario de Martí, que culmina en el sentido apostólico de su muerte. Martí muere de cara al Sol, y su obra política y literaria trasciende su significado.

El apostolado de Martí no surge inmediatamente tras su muerte, sino a través de la resurrección simbólica que se produce en la retórica y el discurso nacional cubano. La «generación del centenario» asume el mensaje apostólico independentista dejado por Martí, debido al giro hacia el atletismo vengativo contra la injusticia. El carácter tanatológico de la espiritualidad vuelve a tomar forma existencial, afectando a todo un país que, en el siglo XX, asume el sufrimiento como parte de su historia, dando origen a revolucionarios antiimperialistas.

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