LA LECTURA, ESE RESPLANDOR [4] PABLO NERUDA

Por Waldo González López

Ya en la cuarta entrega de la serie La lectura, ese resplandor, incluyo al segundo latinoamericano en alcanzar, en 1971, el Premio Nobel: Pablo Neruda, nacido en Chile, «País de poetas», tal fuera denominada la patria de la primera galardonada, la mítica Gabriela Mistral.

   Mas, si bien coinciden en la tierra donde nacieron, no lo harían en sus respectivas poéticas, pues correponden a distintas épocas y distantes ideologías, salvo quizás por la única temática que los aproxima, como a millones de poetas que en el mundo han sido, son y serán, porque, aunque el hombre «es un animal político», tal diría el socorrido Aristóteles en su Libro I Política, pregunto con Rubén Darío: «¿Quién que es, no es romántico?» Sin duda, el amor, nunca desatendido por millones de poetas de toda laya.

   Neruda fue un niño precoz que comenzó a escribir poesía a los 10 años. Su padre trató de disuadirlo de nuestra considerada por mucha absurda pasión; pero no se preocupó más, y el joven poeta continuaría escribiendo con el seudónimo que le daría celebridad internacional.

   Ingresó a la Escuela de Varones de Temuco en 1910 y terminó allí sus estudios secundarios en 1920: alto, tímido y solitario, Neruda leía con voracidad y era alentado por la directora de la Escuela de Niñas de Temuco: nadie menos que Gabriela Mistral, con quien integrara después el dueto chileno del codiciado Nobel.

   El poeta publicaría primero sus textos en los diarios locales y luego en revistas editadas en la capital chilena: Santiago, adonde, en 1921, se trasladaría para continuar sus estudios y convertirse en profesor de francés. Allí experimentó la soledad y el hambre y adoptó un estilo de vida bohemia, quizás por ello titularía su primer cuaderno: Crepusculario (1923), cuyos sutiles y elegantes textos, continuarían la tradición simbolista, en su versión hispana: el Modernismo

   Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), el segundo, inspirado en una infeliz historia de amor, devendría un éxito instantáneo hasta hoy, pues continúa siendo el más popular  poemario de amor en Latinoamérica, gracias a su verso vigoroso, sutil y novedoso, como por sus imágenes y metáforas, por lo que sus textos superarían los libros de la tradición romántica.  

   Mas, su décimo poemario, Canto General, que comenzara a escribir en 1938 y publicara en el México de 1950, coincide con diversos poetas, que —como el suicida ruso Vladimir Maiakovski y el búlgaro Nikola Vaptsarov [al que la inculta y apasionada Pasionaria ¡nominara al Premio Nacional de la Paz!]— se obnubilaran con los cantos de sirena llegados de la URSS.

   En Canto…, descuidaría su valioso verso, ahora farragoso: el cuaderno sería definido por un crítico amigo: «obra circunscrita al realismo socialista, impulsado por Andréi Zhdánov, estilo que Neruda llevará a su culminación en Las uvas y el viento (1954)».   

   En estos textos épicos, algunos logrados en los que celebra la fauna, la flora y la historia de América Latina; mas, «el deber» le impondría arremeter contra las «guerras de liberación del dominio español y la continua lucha de sus pueblos por obtener la libertad y la justicia social

   Mas, no conforme, también dedica un panfleto al sanguinario sátrapa Joseph Stalin, quien, en el momento culminante de la represión ordenada por él, denominada: «el gran terror» (1937-1938), obligara la detención de 2, 5 millones de rusos y, entre 1921-1953, fusilara, por motivos políticos», a 800,000 personas. La cifra, tan impresionante, como cierta, evidencia la torpeza de estos y otros tantos poetas, ciegos por el sueño del socialismo, como el propio Neruda, quien, para colmo, en 1960, llevara a La Habana «Canción de gesta», donde incluyera «A Fidel», en loor al fascistoide Castro, quien —como antes Hitler y el propio Stalin— ordenara imprimir, en una multimillonaria y costosa edición de lujo, el lamentable mamotreto, obsequiado a su «querido pueblo», texto que recuerdo por su exceso hímnico.   

   Aquel ideario socialista, reforzado por sus poetamigos Rafael Alberti y Miguel Hernández, lo involucra al radicalista Partido Comunista, al que se había integrado el 8 de julio de 1945.

   En consecuencia, las “benévolas” ideas sobre la URSS, llevadas a México, Chile, Argentina, Colombia, Cuba e, incluso, traídas a EUA, las acogerían no pocos poetas, «tontos útiles» que caerían bajo la falacia/engañifa del “buen socialismo”, arrastrando las cadenas del obsoleto yugo hasta el siglo actual, cuando los ex tontos útiles e incrédulos despiertan de la pesadilla y corroboran la tríada socialista/comunista: fracaso, falacia y engañifa.

   Consecuente con ello, Neruda, no tan distante de aquellos «tontos útiles», lucharía por el mito de «la ideología del proletariado». Al punto de que, incluso, en el libro de visitas del Museo de la Defensa, anotaría: «Nací para cantar a Stalingrado», donde además pidió que depositaran, en su nombre y en el de su partido, una corona de flores en la tumba de Rubén Ruiz Ibárruri (hijo de La Pasionaria), teniente del Ejército Rojo que cayó abatido en septiembre de 1942.

   De cualquier modo, queda su mejor poesía —en la que, sin torpes prejucios/perjuicios, incluyo sus magníficos Veinte poemas de amor y una cancion esperada, con los que, tras su edición el 15 de junio de 1924, desplazara del hasta entonces Centro de la Poesía Latinoamericana al bienamado Nervo de La amada infiel—, como sus poemarios Residencias, Cien sonetos de amor, Los versos del Capitán, Crepusculario, Odas elementales

   Sin duda, aquel nacido en Parral, el 12 de julio de 1904 y fallecido en la Santiago del 23 de septiembre de 1973: Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basulto —cuyo nombre sugiere el de alguna «novela de la tierra», del movimiento narrativo homónimo que, guiado por el realismo social y psicológico, predominara entre 1915 y 1945 en Latinoamérica— sería  ya para siempre el  Pablo Neruda de los entonces insólitos Veinte poemas…, como de los poemarios mencionados, gracias a cuanto leyera y escribiera aquel provinciano y joven poeta por conquistar tal sitial, tal narra en sus valiosas memorias: Confieso que he vivido, donde ironiza al oportunista grupúsculo de escritores cubanos que, temerosos del maldito Kastrofidelismo, firmarían una carta abierta, publicada en el oficialista Granma, el 31 de julio de 1966, contra el gran poeta, por su “pecado”: asistir al Congreso del PEN Club, en la New York de ese año, cumplimentando una invitación de la importante institución, que tiene filial en Miami.

   El cronista de entonces 20 años, aún recuerda no El Alboroto de Goldoni, sino el instigado por el canalla tirano tropical, a causa de la «traición» de Neruda, como asimismo la carta firmada por  un grupo de escritores cubanos, encabezados por Alejo Cagpantié, Nicolás Guilladón, Juan Marinero, Lisandro Hortera, Roberto Fernández Rematar, Antón Atrufat y 140 más, incluyendo a varios que no tardarían en ser asediados, censurados, purgados, suicidados o encarcelados, por “contrarevolucionarios” o por homosexuales —olvidaba el tirano la doble vida de su medio hermana, Raúla, “La China”—: José Lezama Lima, Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo y, desde luego, Heberto Padilla, como luego el propio Antón…

   Aún me falta anotar que su apellido, adoptado en el ya lejano 1946 —cuando nace este cronista— lo tomaría prestado del gran narrador checo Jan Neruda: singular acople de doble y afortunada nominación: la dupla Pablo y Neruda significaría uno de los grandes nombres poéticos del pasado siglo… y, por qué no, acaso también de este.

   A quienes gusten de su poesía, les recomiendo el muy valioso filme Neruda, dirigido por Pablo Larraín, estrenado el once de agosto del 2016 y presentado en septiembre por Chile como candidato al Oscar, pero no fue seleccionado.

   Neruda no fue, como dijo García Márquez [el comunistoide y entrañable amigo del tirano kubano], el mejor poeta del siglo XX, pero si uno de los más originales y prolíficos en español durante buena parte de esa centuria, porque, a pesar de la variedad de su producción en su conjunto, cada uno de sus libros tiene unidad de estilo y propósito.

   Antes de trascribir el texto prometido, ofrezco el siguiente    

                     Soneto LXVI [en Cien sonetos de amor,1959]                                          

                                          TARDE

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumiré la luz de Enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y morirme de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

                                   LIBROS  

   Un bibliófilo tiene infinitas ocasiones de sufrir. Los libros no se le escapan de las manos, sino que se le pasan por el aire, a vuelo de pajaro, a vuelo de precios.

   Sin embargo, entre muchas exploraciones salta la perla. Recuerdo la sorpresa del librero García Rico, en Madrid, en 1934, cuando le propuse comprarle una antigua edición de Góngora, qje solo costaba 100 pesetas, en mensualidades de 20. Era muy poca plata, pero yo no la tenía. La pagué puntualmente a lo largo de aquel semestre. Era la edicion de Foppens. Este editor flamenco del siglo XVII que imprimió en incomparables y magníficos caracteres las obras de los maestros españoles del Siglo Dorado.

   No me gusta leer a Quevedo sino en aquellas ediciones donde los sonetos se despliegan en línea de combate, como férreos navíos. Después me interné en la selva de las librerías, por los vericuetos suburbiales de los de segunda mano o por las naves cadetralicias de las grandiosas librerías de Francia y de Inglaterra. Las manos me salían polvorientas, pero de cuando en cuando obtuve algún tesoro, o por lo menos la alegría de presumirlo.

   Premios literarios constantes y sonantes me ayudaron a adquirir ciertos ejemplares de precios extravagantes. Mi biblioteca pasó a ser considerable, Los antiguos libros de poesía relampagueaban en ella y mi inclinacion a la historia natural la llenó de grandiosos libros de botánica iluminados a todo color; y libros de pájaros, de insectos o peces. Encontré milagrosos libros de viajes: Quijotes increíbles, impresos por Ibarra; infolios de Dante con la maravillosa tipografía bodoniana; hasta algún Molière hecho en poquísimos ejemplares, ad usum delphini, para el hijo del rey de Francia.

   Tardé treinta años en adquirir muchos libros. Mis anaqueles guardaban incunables y otros volúmenes que me conmovían; Quevedo, Cervantes, Góngora, en ediciones originales, así como Laforgue, Rimbaud, Lautréamont. Estas páginas me parecía que conservaban el tacto de los poetas amados. Tenía manuscritos de Rimbaud. Paul Éluard me regaló en París, para mi cumpleaños, las dos cartas de Isabelle Rimbaud para su madre, escritas en el Hospital de Marsella, donde el errante fue amputado de una pierna. Eran tesoros ambicionados por la Bibliothèque Nationale de Paris y por los voraces bibliófilos de Chicago.

   Tanto corría yo por los mundos, que creció desmedidamente mi biblioteca y rebasó las condiciones de una privada. Un día regalé […] aquellos cinco mil volúmenes escogidos por mí con el más grande amor en todos los países. Se los regalé a la Universidad de mi Patria. Y fueron recibidos como dádiva relumbrante por las hermosas palabras de un rector.

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